Admirador Secreto

Para ese día el buscaba el regalo perfecto que le permitiera lograr su objetivo.

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Temas: Yaoi, romance, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka
Resumen: Para ese día el buscaba el regalo perfecto que le permitiera lograr su objetivo.
Dedicatoria: A todos los pecadores y a aquellos que han decidido pecar en algún momento de sus vidas. A ustedes que han hecho posible con sus aportes y talentos este sueño. A todos ustedes que han sido testigos también de un crecimiento y de una pasión que sólo busca un espacio en el enorme universo del fandom. Sin otros animos más que existir y disfrutarlo al máximo. Por los que pecaron, los que pecamos y los que seguiremos pecando. Amen.
Comentarios adicionales: Nada en especial, me vino en una peluquería.

Admirador Secreto

Miró analíticamente los arreglos florales que la floristería presentaba en la parte frontal del local.

Meditó.

Un halito frío brotó de sus labios a modo de una nube de dióxido de carbono, denotando así el clima del lugar, aún helado el ambiente que rodeaba la zona por la crisis climática. No tenía mucho en mente mientras observaba los distintos arreglos, más completos, altos y llenos de detalles debido a la época y la fecha que ya estaba sobre su cabeza; sólo quería hacer algo para mostrarle a esa persona que en esa fecha él estaría allí, latente e inmutable. Que lo recordara…

El día altamente comercial había significado más movimientos y más clientes. Se sentía un poco azorado, de preguntas y de ideas que se dispersaban en la cabeza de la misma forma en que los aromas de las rosas llegaban hasta su nariz. Carraspeó un tanto, observando sin ningún interés especial todos los adornos comunes; concluyó al cabo de unos minutos que eso no era lo que específicamente buscaba y que lo que quería entregar debía ser algo más personalizado.

Pensando en todo ello mientras estaba de pie frente a la floristería, se le acercó una mujer, de cabello claro y un vestido floreado con estilo colonial, como la moda exigía en ese temporada. La doncella, atenta, le había sonreído desde el lugar donde lo visualizó y mantuvo aquella serena curva en sus labios conforme acortaba la distancia entre ambos, dispuesta a atenderlo y hacer comprar uno de los arreglos que estaba en venta. El hombre le dibujó una corta sonrisa, renegando con su rostro ante la invitación de la dama de observar a uno de los arreglos visiblemente más costoso.

—Quiero algo más pequeño—aclaró y la joven le sonrió con coquetería extendiendo sus manos para convidarlo a entrar al local.

Apenas cruzó la puerta, los diversos aromas florales le aturdieron, confundiendo a sus sentidos. El hombre vestido con el uniforme del estadal bancario se acercó hasta una de las muestras de rosas de diversos colores, cavilando sus opciones. Según tenía entendido no le gustaban las rosas; eran insípidas y tan usadas que le parecía una máscara. Sonrío entonces recordando eso: aquellas muecas observadas mientras le comentaba su modo de pensar respecto a las rosas y sus argumentos para sostenerlo.

—¿Les gusta estas rosas?—escuchó a la vendedora a su lado y movió su cabeza en señal negativa.

—Prefiero claveles y tulipanes.

La mujer con la agraciada forma de actuar ya demostrada en esos pocos minutos de atención, le invitó a seguirla de cerca, dejando atrás diversos rosales. Cruzaron dos puertas más hasta llegar al depósito parecido a un invernadero donde caminaron hasta quedar frente a diversos claveles abiertos y tulipanes de varios colores, cerrados y abiertos.

El hombre se aproximó hasta un ramillete de tulipanes blancos con un mateado amarillo en la punta de sus pétalos entreabiertos, observándolo con deliberada necesidad; parecía que en ellos había encontrado algo que buscaba. Lo tomó entre sus manos con una media sonrisa dibujada en sus labios, al tiempo que la joven encargada se le acercaba tras su espalda con unos claveles ya seleccionados para el futuro arreglo.

“Prefiero los tulipanes. Son sencillos, no pretenden ser el centro de un arreglo, simplemente están allí para apoyar a la flor mayor”—recordó sus palabras, en aquella oportunidad donde se encontraron hablando de flores, justo en el cruce del semáforo que daba salida al banco. Allí un joven se había acercado a la ventanilla ofreciendo unos modestos ramos de rosas para el día de los enamorados—”. ¿Y a ti cuáles te gustan?”

Memoró que justo en ese segundo se sonrío divertido por la pregunta. Realmente no se había detenido a pensar en flores; después de todo, era un hombre y por lo general ellos permanecen ajenos a ellas. Pero allí estaba, rodeado y con un ramo de tulipanes en sus manos, sonriendo con una memoria que se esparcía con los diversos perfumes naturales.

—Claveles, tulipanes, ¿que más desea para su arreglo?—indagó la encargada, teniendo entre sus manos y ya armando una forma con los claveles escogidos.

El hombre divagó por unos instantes, rodeando con su mirada todo el resto del local. Faltaba un elemento que fuera el necesario para captar el énfasis en la notoria dedicatoria que colocaría. Debía ser, tal como él esperaba, un elemento que inmediatamente le creara el efecto deseado: el que supiera que ese presente venía de su parte. Por así decirlo, su sello personal.

Alcanzó con su vista a la flor que faltaba para complementarlo y con ello en mente miró a la mujer, decidido.

Lo había encontrado.

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El marido llegó a su casa y le extrañó el alboroto suscitado entre sus hermanas, cuñadas y su mujer. Las cinco damas reían y hablaban emocionadas en la sala de estar de su pequeña casa, como si hubiese acaecido un evento de importante magnitud. El hombre se quitó la chaqueta de su empresa y resopló fastidiado por el calor y la presión laboral; había sido demasiado ajetreada la rutina con toda la pantomima del día de los enamorados que aún no terminaba. Ahora le tocaba atender a su casa y darle algo digno a su esposa.

Pensando en eso mientras movía su hombro derecho de forma circular a modo de estiramiento, fue que vio una de sus hermanas salir de la sala con una mirada picara.

—¡Ay hermano!, tu esposa tiene un admirador secreto—cuchicheó la mujer con una risilla coqueta provocando que el esposo enarcara una ceja molesta, nada divertido por el asunto—. No le vayas a decir nada, ¿eh?—reclamó la mujer en una advertencia—. ¡Además ni fueron rosas! ¡Y ella no tiene idea de quien fue!

El señor de la casa no dio importancia a esas palabras, aumentando la velocidad de sus pasos para buscar a su mujer. No podían pedirle por mucho que quisiera que tomara aquello como un hecho fortuito y ante todo su orgullo de hombre estaba siendo tomado como un juego de niños. Visiblemente alterado al entrar a la salita, vio al resto de sus acompañantes al lado de su esposa, las cuales enmudecieron al ver al hombre entrar a la estancia, como tenían acostumbradas por su cultura. La joven esposa se le acercó a su marido con mirada condescendiente, como sí le pidiera que no la culpara, como si todo lo que estaba pasando no era responsabilidad de ella. La notó también, contrariada y apenada cuando entró, bardeada por todos los francos por las otras mujeres.

—No sé de donde vino, amor—aseguró abrazándolo y recibiendo de respuesta sus brazos rodeándole su esbelta figura—, ni siquiera me gustan las flores y dice la tarjeta que es un admirador secreto.

El hombre acarició la espalda de su mujer no muy convencida y decidió mirar el ramo entregado, notando de inmediato las flores escogidas para el arreglo. Un enorme girasol estaba rodeado de tulipanes y claveles, junto con un follaje de eucalipto y diversas hojas que le daban volumen. Simplemente se quedó en silencio, con el sobresalto en su pecho por el descubrimiento y el recuerdo que regresó en ese instante.

—”¿Girasoles?”—preguntó con curiosidad al escuchar la respuesta del hombre mayor que lo llevaba a un destino aún desconocido—“. ¡No esperaba eso, Saga!”—el hombre se sonrió. Fue una forma sincera y hasta intrigante la manera en que sus labios se curvearon en una mueca de placer.

—“Desde que te conozco me gusta el amarillo, y eso es lo más amarillo que vino a mi mente”

—Si quieres la arrojo al depósito—accedió la esposa al ver el silencio con el que su marido observaba el obsequio que no había tenido mayor remitente. Las hermanas en un mudo remordimiento también observaron el arreglo, cada una deseando haber sido ella la beneficiada de tan hermoso regalo.

La respuesta fue emitida directamente; reforzando el abrazo en la delgada cintura, el esposo buscó los labios de su mujer y le dejó un corto beso lleno de comprensión.

—No es necesario, te creo… Por hoy dejaré que te quedes con él, igual no traje flores pero si tengo una habitación apartada en el mejor hotel para que la disfrutemos.

Los ojos ámbar de la mujer brillaron emocionados por la velada que le esperaba. Sus hermanas con dificultad contuvieron la euforia, algarabía que luego se formó en cuanto la joven dejó a su esposo para ir a su habitación y prepararse para la noche, acompañada de todas las jóvenes que iban a ayudarle a escoger las mejores prendas para la ocasión. El esposo observó de reojo hasta que las mujeres se retiraron y al encontrarse a solas dejó dibujar una sonrisa de complicidad. Se acercó entonces al ramo, leyendo la letra del admirador y renegando con su rostro como si se hubiera dado cuenta de una travesura.

Marcó. Le contestaron.

—Eres un cínico—habló apenas escuchó que la llamada había sido tomada y de vuelta recibió una carcajada de fondo.

—¿Por ti? Siempre, Shaka—el esposo suspiró rozando con la punta de sus dedos los pétalos del girasol que glorioso se alzaba entre las demás flores escogidas—. Feliz día de los enamorados, amor. Espero que a tu esposa le haya emocionado, si es así cumplí con mi objetivo.

Enfermo, peligroso, arriesgado… así fue el gesto, perfecta metáfora de su relación.

Terminó la llamada luego de hablar por unos pequeños momentos, cuidando que nadie más lo escuchase. Al acabarla, entró un mensaje de texto a los pocos minutos, que fue leído y borrado al instante. Sonriendo el esposo se dirigió hasta la alcoba donde su mujer se arreglaba, dispuesto a cumplir con su rol en la sociedad y esperando decirle luego de la velada que ese fin de semana tenía una junta urgente que lo tendría fuera de casa.

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