Falsos Santos (Cap 02)

La pelea es contra su propio demonio, teñido por una ilusión prohibida. ¿Podrá contra ello?

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Temas: Yaoi, angst, drama, lemon, Religión, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka, Kanon, Alone
Resumen: Una noche puede cambiar la vida de muchas maneras. Un paso en falso puede ser el detonante para una serie de consecuencias que quizás no se esté preparado para asumir. Él, peleando contra sus propios demonios, intenta ayudar a otros a vencer los suyos mientras sostiene una lucha entre su misión y su carne. Una noche puede ser suficiente para declararlo vencedor o perdedor.

La pelea es contra su propio demonio, teñido por una ilusión prohibida. ¿Podrá contra ello?

Capitulo 02: Lucha de Carne

Porque el cuerpo es Templo y Morada del Espíritu Santo. 1 Corintios 3:16

Las sábanas friccionaban, la oscuridad cubría, la ansiedad corroía, su cuerpo… su cuerpo de nuevo tomaba vida propia. ¿Por qué? ¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué era tan doloroso? ¿Por qué era tan triste? Gotas de sudor resbalaba por sus piernas cerradas, derechas,. De nuevo el cuerpo se movía de su posición, boca abajo, tapando su cabeza con las sábanas y la almohada, ocultándose de los ojos de la noche, de la habitación, de los cuadros bíblicos, de sus padres, de sí mismo…

Más no de él…

No puedes esconderte de él… él es omnisciente, él lo sabe…

Abrió sus ojos viendo nada, viendo negro. El roce d las sábanas, sólo eso era suficiente para agitarlo, sintiendo aquello que le quemaba éntrelas piernas, el hormigueo erógeno de una necesidad que debía ser saciada.

Si tan solo pudiera tocarse… si tan solo pudiera tocarlo, a aquello que el creador le había dado para el gozo, para el placer, para un medio de reproducción de la humanidad pero en ese momento, en ese instante, era un enemigo, un tumor, un cáncer que le corría y comía la consciencia, que atentaba contra su santidad, que ensuciaba la pureza de sus pensamientos, la virginidad de su cuerpo. Aquello enrojecido, deseoso, palpitante ante cada roce de las sábanas y las gotas del sudor… ¿Era sudor? Cerró sus ojos… no, ya no era sudor… era… era una lengua, una lengua que bajaba por su espalda, por la columna hasta posarse en su coxis; punta húmeda, trazo de fuego, rugosa que esculpía el contorno de sus glúteos, penetraba en el desliz… ¿era una lengua?

No, era su dedo…

Su dedo bajando por la franja, su mano metiéndose por debajo, temblando al encontrar el vello de su intimidad húmedo. Metido en las sábanas, para que nadie lo viera…

Él te ve…

No importaba…. Él tiene a muchos que ver, él no necesariamente lo tiene que ver a él. ¿No tiene a muchos que cuidar?

Te está viendo…

No… quizás no, quizás en ese momento veía hacía otro lugar y no donde el índice circunscribe su ano, no el temblor de su cuerpo ante ese roce, no la mano que ha tomado su pene, no el pulgar que roza su glande, que se humedece con el liquido pre seminal.

¡Te está viendo!

Las manos se alejaron, se cerraron en puño hasta emblanquecer, subieron hasta su cabeza,  cerrando parpados—arrugados—, secando garganta—ahogada—.

Mencionó un nombre, mencionó una oración, mencionó un verso, una historia.  Intentó dormir, pensó en muchas cosas: las clases del día siguiente, el texto aprendido el domingo, los rostros de su padre, el nuevo CD del cantante que admiraba, las historias bíblicas… el ardor, el olor, el sudor, el sabor, el hedor de su cuerpo calentándose en sexo en contra de su voluntad…

Abrió parpados y dejó escapar dos lágrimas de frustración. Jadeó, sintiendo como una fila de alambra le recorría por las piernas, le tensaba los muslos, le hacía ansiar. Un toque… una vez… ¡solo una vez! Una vez que su mano tome su miembro, presione, bombee, una vez que su dedo acaricie sus testículos, apriete, succione… una vez, una vez que sus manos se muevan por su cuerpo…

Se removió y sintió escalofrío cuando sus tetillas ya erectas por el ardor friccionaron las sábanas. Gotas gordas de sudor bajaban por su cuello, apegaban su cabello dorado a su piel, embotaba su mirada enrojecida. Sólo un poco…

Te está viendo…

Un poco, su mano moviéndose un poco, su cuerpo respondiéndole, sus ojos cerrándose, su mente armando una escena de lujuria… armando manos que lo tocaban, creando lengua que lo trazaba. Jadeó, gimió, una mano poseyó su virilidad y la estrujó, tomó, palpó hasta hacerla insoportable, moviendo sus caderas, poniéndose de rodilla y meciéndose con énfasis, desquiciado, azorado… anhelante.

¡Te está viendo, Shaka!

No, ya no escuchaba, ni esas voces, ni sus conciencia; solo los agónicos jadeos que brotaban de su garganta, el sonido de su colchón moviéndose al ritmo de sus envestidas imaginarias y el tacto de sus manos, estrujando su hombría, su dedo tentando a su ano… y quiso entrar y se aventuró y una corriente le despertó la lascivia. Y prosiguió… dolía sí, pero el placer era mayor, las ansías le desbocaban él arremetía, su sexo palpitaba, su sangre bullía, su sudor corría y caía, se humedecían sus sábanas, se llenaba de sexo y…

“El señor está en este lugar”

Abrió sus ojos.

“El señor está en este lugar”

Y su semen brotó disparándose contra las sábanas.

“El señor está en este lugar”

La música de su móvil, la alarma que lo despertaba para ir a clase, resonaba al lado de su mesa de noche, con aquella melodía.

“Para cortar, para librar, para romper toda obra de maldad”

Pecaste…

“Para sanar, para salvar mi alma…”

Pecaste…

¿Y que quedaba después?

Su estomago se asqueó de la humedad de sus manos, se asqueó del intruso en su recto, se asqueó del dolor, del sabor, del salino camino que bajó de sus ojos… se asqueó de su debilidad, de su pecado.

Del demonio que lo había vencido, de nuevo.

Y corrió, corrió hasta el baño de su habitación tirándose al retrete en arcadas cada vez más dolorosas y repugnante. Saliva, bilis y lo que hubiera comido en la cena; de eso se llenaba el inodoro conforme las contracciones que doblaban al rubio en el piso de su habitación se intensificaban, a oscuras, en soledad… eso y lágrimas, lágrimas y palabras de perdón, lágrimas y auxilio… y culpas y temor…

Y vacío…

Eso había sido su adolescencia. Eso y las lágrimas de su madre noche a noche pidiendo a su Dios que librara a su hijo de las garras del mal. Eso y las palabras de su padre relatando todos los viernes en el servicio familiar la historia de Gomorra y Sodoma. Eso y el recuerdo del castigo que tendrían los que como él se dejaba llevar por el cuerpo y caían en pasiones pecaminosas, en la concupiscencia, a lo prohibido que su cuerpo pedía.

Ayunó, oró, fue a rituales de purificación y liberación. Tomaba las manos de otros que como él peleaban con sus propios demonios, reforzaba su fe en base a versos bíblicos, meditaba en la palabra de él y su sacrificio, hacía todo, todo lo que debía hacer, todo lo necesario para ser liberado. Hasta que, aquella noche, en un grito de guerra en medio de un retiro espiritual, sintió como el demonio tomó forma en su estomago y salió, en arcadas, vomitando en frente de todos luego de haber lanzado un grito con toda su alma. El líder le tomó la cabeza, le impuso su mano, declaró sobre el sanidad mientras el vomito llenaba sus fosas nasales y el sentía que le había partido el estomago en dos. Tembló, tembló arrodillado mientras los demás unieron sus voces en un solo grito de guerra y presencia contra las huestes de maldad. Cerró sus ojos y los alcanzó, declaró también para él liberación, se dijo salvo y sano de aquello que había condenado a Sodoma y Gomorra…

Fue libre… y testificó, en aquella oportunidad, testificó diciendo que ya había sido liberado del espíritu que lo estaba acosando en su adolescencia. Lo habló totalmente superado, confesó que ya había sido salvado y sus padres, llenos de lágrimas agradecieron al cielo porque su hijo ya había sido liberado de las cadenas del homosexualismo.

—“¿Crees que podré salvarlo?”—recordó aquella pregunta que le hizo, en la oficina, luego de que en medio de lágrimas de dolor Saga revelara todo lo que estaba pasando con su hijo: la rebeldía y la frustración, los engaños, las mentiras, su cambio en la forma de vestir y actuar… su inclinación y compañía. El padre tenía miedo, quería salvarlo, ya había aplicado la fuerza y el orden para tratar de corregirlo pero sin resultado y su esposa… su esposa le culpaba por no haber ejercido su autoridad antes… por no haber sido un buen padre desde un principio—“. Me la pasé trabajando, Shaka. Trabajé duro para poder construir la casa con ayuda de mi padre, para que mi esposa terminara sus estudios, mis hijos estudiaran en el mejor colegio. Trabajé… ¿pero de qué valió eso? Mi hijo varón es un…”

“No lo digas… no lo declares. La vida y la muerte está en el poder de tu lengua, dijo el rey Salomón.”

“Lo sé.”

“Entonces, decláralo Libre…”

¿Fuiste libre, Shaka?

El sonido de varias cornetas de automóvil lo sacó de sus cavilaciones, notando que ya la luz del semáforo había pasado a verde. Se detuvo a pensar que había pasado, cuánto tiempo llevaba parado en ese lugar como para que dos o tres autos le estuvieran reclamando cuando recordaba que la carretera estaba vacía. Bufó con aturdimiento al tiempo que liberó el croché y puso el auto en marcha, evadiendo los gritos que uno de los conductores le exclamó antes de partir. Tenía muchas cosas en que pensar, los recuerdos de alguna forma lo seguían embaucando, lo seguían ahogando. Ciertamente había peleado contra eso pero cada vez perdía más fuerza; conforme los acercamientos se incrementaban y las noches en vela viviendo ese mismo cuadro exactamente se hacían más frecuentes. Cada vez que había un roce, una tomada de mano, un abrazo fraterno de él que le quemaba hasta las venas que luego le embaucaba en esas noches.

Sí, noches iguales como en su adolescencia, noches tratando de reprimir su cuerpo, quemándose ante el contacto de las sábanas, sulfurándose con el recorrer de sus propias gotas del sudor. Emboscado por su mente, Shaka se había encontrado varias veces sobre su lecho gimiendo pensando en sus dedos, en sus manos, en su boca, en la aspereza de su lengua viajando por su vello púbico, la brillantez de sus ojos verdes viendo la complejidad que le abría al levantar sus piernas; ahogándose en la concupiscencia de sus deseos, masturbándose para luego correr, de igual forma, hasta el baño… y vomitar como si quisiera sacarse las vísceras

El olor a su semen le asqueaba. Su olor corporal plagado en sexo le revolvía las entrañas.

Le hacía sentir sucio.

Aparcó en la plaza principal de la ciudad, sin bajar del auto. Se quedó en silencio ahogándose en lágrimas que no podían brotar. ¿Sentía que no merecía hacerlo, cuánta ya no había derramado pidiendo perdón, fuerza, misericordia, piedad? ¿Cuántas veces ya no se había arrepentido para volver a caer en el mismo delito, una y otra vez?

—“Te admiro, Shaka”—le escuchó aquella vez, a la entrada del local donde comenzarían el retiro espiritual de pareja que el rubio presidía con otros líderes—“. Tan joven pero está tan entregado. Tienes un gran ministerio, eres un hombre que llegara muy lejos para la gloria de nuestro señor”

Recordarlo le hacía sentir vil.

“No digas eso, Saga. Solo soy un siervo”—un pecador, que ha soñado contigo, que se ha masturbado pensando que eres tú quien lo penetra. Un hombre con pasiones distorsionada… una farsa, Saga—“. El señor pone en mí el deber como el hacer”

“Bendita sea la providencia que te trajo a nuestra iglesia. Con tu ayuda, por ti siendo instrumento de él estoy salvando a mi familia, reconquistando a mi esposa.”

Y él, en lo más intimo de su ser, deseaba… ¡deseaba tener el lugar de esa mujer en su cama!

—¡Qué me pasa!—gimió, golpeando con fuerza el volante, metiendo su cabeza entre sus puños blancos—. ¡Qué me pasa! Esto no puede ser más fuerte que yo, ¡¡No puede!! Lo tengo a él, con él todo es posible, con él soy más que vencedor, no hay hueste de maldad que pueda permanecer si él está en mí… ¡Entonces que te pasa, Shaka!—volvió a manotear, mordió sus labios—. ¡Reacciona!—gritó…

Era como tener sal en sus ojos. Las cuencas oculares enrojecidas delataban el enorme torrencial que se guardaba dentro de su garganta. ¿Cuánto más podría con eso? ¿Cuánto más podría soportarlo? No sólo dolía caer… era para él más asqueroso saber que le dolía no ser correspondido. Que todos esos acercamientos de Saga hacía él solo era de una complicidad llevada por la necesidad de ayudo que en un principio le hizo buscarle, y por ende, una señal de agradecimiento que le extendía por haberlo ayudado. Porque sí, Shaka cumplió, le ayudó… Saga salvó a su matrimonio gracias a él.

Y en vez de sentirse feliz, se sentía solo, desesperado, comiéndose sus intestinos cada vez que se auto complacía y caía metiendo la cabeza en el retrete.

—Esto no tiene salida…—susurró, ocultando su cabeza entre sus manos. Ya dos gotas de sal húmeda habían brotado de sus azules tormentas encerradas en vitrales rotos—. Él no te ama, Shaka… él no te piensa de esa forma. ¡Tú eres el enfermo!

Dolía el corazón, tan enfermo… que prefería el amor de ese hombre que él de su padre.

—“¡Shaka!”—y los recuerdos no le abandonaban. Le latigueaba, le asaeteaban una tras otro sin deseos de dejarle un descanso a su moribunda alma—“. ¡Gracias, Gracias!”—con cada vez memorias más dolorosas—“. Te bendigo, Shaka. ¡Te bendigo, hombre de Dios!”—con cada vez más prueba de su pútrida alma—“. ¡El señor te trajo para salvar familias, Shaka!”

Esas fueron las palabras del hombre que se había convertido en su deseo más inmundo, esas fueron las palabras que salieron de sus labios cuando llorando, abrumado ante la presencia gloriosa y la atmosfera lograda al final del retiro espiritual; le abrazara con fuerza, con ahincó, haciéndole sentir todo su cuerpo cubierto en espasmos de emoción y la turbieza de su voz ahogada en llanto. Su esposa le había perdonado, ambos habían decidido seguir adelante como una familia en una conmovedora escena que atestiguaron todos los presentes. Y en ese momento, frente a todos, el hombre agradecía al siervo del Dios Altísimo que había servido de instrumento.

Y Shaka, primero conmocionado, no pido ni responder el abrazo ni procesarlo. Su cuerpo reaccionó a su cercanía, a su aroma, a la fuerza de su agarre haciéndole recordar sus fantasías egoístas, viendo a su vez detrás de la espalda de ese hombre a su mujer, también llena de lágrimas, mirándolos con tanta ingenuidad…

Y lloró… aunque para los presentes fueron lágrimas de la misma unción… Shaka lloraba de dolor, de vergüenza, de ahogo en una batalla cada vez más perdida. Se había enamorado… no, jamás. Sólo tenía un deseo impuro.

Un hombre no puede amar a otro. Son pasiones prohibidas. No es amor, no era amor, era sexo, era su carne…

Pero dolía en el corazón como si le hubieran arrebatado lo más preciado… o como si lo dejara ir, el resultado era el mismo.

“Gracias por salvar a mi familia…”

Levantó su mirada, secando las lágrimas que habían aprovechado su momento de debilidad para salir del encierro de sus parpados. Sus ojos azules enrojecidos denotaban sueño, cansancio, fatiga, derrota y dolor; todo convertido en un caldo húmedo que teñía sus retinas. No podía enfocar muy bien, pero si de algo estaba seguro, es que todo lo que sentía le estaba matando en vida.

Tragó una bola de saliva al tiempo que frotaba con su antebrazo su rostro, tratando de despejar la nube de agotamiento que eclipsaba su mirada celeste; más sin embargo, lo que enfocó sus ojos le hizo caer en una espiral interminable que podría cambiar el rumbo de esa noche.

—“Ahora que he recuperado a mi esposa, sólo nos queda salvar a mi hijo”—eso le dijo, a la salida del servicio luego de la declaración de testimonios. Su hijo, Aaron había ido con su cabello dorado ahora teñido de negro, sombras alrededor de sus ojos y una actitud que había llamado la atención de todos los presentes. Aún así, su padre desde el altar había declarado que su hijo estaba libre—“. Espero me sigas apoyando, Shaka. Sé que con tu ayuda podremos”

Y allí estaba, el hijo, acompañado por otro hombre, besándose en una esquina de prostitución…

¿Quién eres tú para salvarlo, Shaka?

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