Falsos Santos (Cap 03)

El encuentro con el hijo de aquel hombre puede cambiar el rumbo de la noche para Shaka. ¿Podrá acaso salvar a al joven victima de las garras del demonio o terminará él cayendo dentro de ellas?

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Temas: Yaoi, angst, drama, lemon, Religión, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka, Kanon, Alone
Resumen: Una noche puede cambiar la vida de muchas maneras. Un paso en falso puede ser el detonante para una serie de consecuencias que quizás no se esté preparado para asumir. Él, peleando contra sus propios demonios, intenta ayudar a otros a vencer los suyos mientras sostiene una lucha entre su misión y su carne. Una noche puede ser suficiente para declararlo vencedor o perdedor.

El encuentro con el hijo de aquel hombre puede cambiar el rumbo de la noche para Shaka. ¿Podrá acaso salvar a al joven victima de las garras del demonio o terminará él cayendo dentro de ellas?

Capitulo 03: El dolor del hijo

Así que, hermanos, os ruego por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. Romanos 12:1

La sangre empezó a helarse dentro de él desde la punta de su piel hasta que el frío interno le arropó las arterías tensando a su propio corazón. Un halito de aire brotó de su boca temblorosa, teniendo los ojos dilatados y observando aquella esquina donde el hijo mayor de ese hombre se dejaba tocar y besar por aquel hombre visiblemente mayor. Aaron y Sasha, los dos retoños de Saga, eran jóvenes que habían sido criados bajo la santa iglesia desde su niñez, siendo presentados ante ellos en sus meses de nacidos, bautizados, una figura que había sido en su tiempo de admiración; porque toda la familia de Saga era como ver la imagen perfecta de una familia sacerdotal. Pero en el último año con la rebeldía del muchacho esa imagen se estaba cayendo, aunque el padre hiciera esfuerzo y aún la pequeña Sasha siguiera fielmente los preceptos divinos.

Más sin embargo, la imagen del hijo le asqueó de una manera tal que no supo de qué forma controlar la ira reprimida en sus puños blancos o la desesperación que de nuevo tomó forma de acidez en su estomago. Sus azules observaban al muchacho, lo veían con su cabello negro y un traje asqueroso que imitaba a los curas católicos, dejándose tocar y someter de un joven de quizás tres o cuatro años mayor. No estaba solo; junto a él había otras parejas y hasta un travesti vestido de monja que le provocó un calofrío intenso  delatando así su aversión a lo que sus ojos veían.

“Aarón, debes saber que eso que sientes no es normal, no se trata de algo natural. Son demonios que atormentan nuestra vida…”

­

“Supongo…”—eso era, en grandes rasgos, las conversaciones que había tratado de tener con él las últimas semanas luego de aquel retiro espiritual.

En aquella oportunidad, se acercaba un segundo retiro, esta vez enfocado para los jóvenes de su iglesia y Shaka esperaba convencer al muchacho para que fuera liberado mientras él mismo peleaba contra su propio demonio. Hablar con él y reforzar las razones del porqué no debía dejarse vencer por esa atracción maligna era una forma para reforzar en sí mismo la negación de una naturaleza que cada vez le costaba enfrentar. Durante aquella reunión, que seguía la misma tónica de ser corta y fría, carente de fluidez; el hombre se dejó caer contra el espaldar del mueble lanzando un suspiro, mirándolo de una forma que le costaba definir: no sabía si era comprensión, lastima, dolor o impotencia lo que le transmitía.

“Aarón, muchas de esas personas han sido abusadas en su niñez y por ello desarrollan esta anomalía, esta desviación”

Pero eso no pasó contigo, Shaka. Nadie te tocó, nadie te faltó al respecto, no tienes familia con esa desviación, no tuviste amigos con ello… ¿Entonces qué pasó contigo?

“Nadie me hizo nada. Nací así, ¿no lo ves? Hay estudios que…”

 

“La ciencia es engañosa. El enemigo está usando la ciencia para confundir y llamar natural a lo que la biblia llama una degradación. La ciencia dice que venimos de los monos y sabes perfectamente que opina la biblia al respecto”

“¿Entonces como explicas que sin haber sido violado, abusado, o como fuera me gusten los hombres?”—esa misma pregunta…

­—“Que tienes un ministerio en tu vida que Satanás quiere destruir.”

El demonio simplemente lo buscaba y tentaba por tener un gran ministerio. Para Shaka la respuesta era esa a pesar de que él no cubriera el perfil que muchos adjudican al hecho de tener deseos homosexuales.

“¿Ministerio? Mi único ministerio es ser parte de la perfecta familia que papá quiere mostrar fuera de casa. Para eso es lo único que me quieren…”

Su padre, ese hombre que le admiraba, que le buscaba, a quien de algún momento u otro se terminó atando de una forma pecaminosa. Shaka recordaba aquella conversación y la sensación que siempre recorría a su piel cuando escuchaba al hijo hablar del padre y el cómo para él se convertía en un lazo de doble presión escuchar su nombre y recordar sus roces.

Saga siempre le buscaba, le invitaba a comer y entablaban largas charlas bíblicas y comentarios de su avance en la familia, siempre buscaba estar cerca de él y mantenerlo al tanto de los resultados. Y cada salida, cada mirada, cada toque límpido que realizaba a su mano, o a su hombro, o espalda o sus antebrazos, cuando tomaba sus manos a la hora de orar en un servicio de intersección, cuando le abrazaba con dos palmadas en la espalda… todo eso; todo eso lo acorralaba más y más. Pensó en algún momento que atender a su hijo y ver de nuevo lo que a él mismo le tocó superar le ayudaría, pero fuera de eso, le abrumaba más.

No lo pensó más, cuando vio aún metido entre sus pensamientos al hijo de ese hombre besando apasionadamente al otro. Él era un guía espiritual, estaba embestido en la autoridad de su iglesia y de su Señor para ejercerla y corregir a como diera lugar. Con ese pensamiento en su mente salió del automóvil, asegurando las puertas y respirando profundo para tomar las riendas del asunto. En ese momento ya no era él y su conflicto lo importante, sino el hijo de ese hombre que pese a todo quería ayudar con todas sus fuerzas, aunque solo tuviera que quedarse con el agradecimiento de un padre y de un amigo mientras terminaba de vencer a su propio Golliat.

La calle se encontraba prácticamente vacía, obviando al grupo de homosexuales que en la esquina presentaban su encanto y evadían los insultos que algunos transeúntes les entregaba sea en palabras o en miradas. El aire frío penetró en el pantalón del joven guía espiritual, resguardando sus manos temblorosas dentro de los bolsillos y sosteniendo el aire dentro de sus pulmones, sintiendo que su temple se iba tambaleando conforme los pasos le acercaban a ese lugar. Veía al muchacho, y aparentemente no se había dado cuenta de que se le acercaba; lo veía con los brazos atados al cuello de un hombre de cabello corto y oscuro con una chamarra negra decorada por la imagen de un Ave Fénix de color violeta. Frunció su ceño desagradado con la imagen y notando en ese momento que algunos de sus acompañantes se dieron cuenta de su presencia.

Aarón volteó sus ojos azules, delineados en un tono negro que acentuaba su rostro ya de por si aniñado; y el terror envolvió su semblante.

—Aarón…—lo llamó, acelerando el paso.

El muchacho huyó.

Sin siquiera meditarlo, Shaka salió corriendo tras la figura del chico que se perdió en uno de los callejones que llevaban al boulevard atestados de bares y casa de prostitución. La calle en ese lugar si lucía poblada, decenas de hombres y mujeres del bajo mundo estaban allí bebiendo y besándose en cualquier rincón oscuro, junto a mendigos que intentaban dormir en las calles con un poco de cartón y travestis que ni siquiera el maquillaje podía ocultar su verdadera identidad sexual. El creyente no quiso prestar atención al lugar donde cada vez se iba internando conforme la carrera tras el hijo de ese hombre avanzaba, ni a las personas que le tropezaban y hasta le adulaban intentando llamar su atención o vender sus servicios. De repente recordó el pasaje de Sodoma y Gomorra, donde relataban que a la llegada de los ángeles los hombres buscaban acostarse con ellos, sintiéndose de algún modo de esa manera, perseguido por brazos invisibles que en las sombras intentaban tomarle.

Pero no, eso no sería suficiente como para acabar su carrera o pensar en retroceder. La manga del manto que cubría el cuerpo de Aarón por la velocidad  estaba más cerca de sus dedos, podía poco a poco ganar terreno en aquella persecución y sentir casi en sus uñas la piel y tela del hijo de aquel hombre que aunque le hacía pecar en su pensamiento quería ayudar, como fuera, a costa de lo que fuere.

Por otra parte, quería ayudar al muchacho y a sí mismo a vencer ese maldito demonio que intentaba dominarlos.

—¡Aarón, espera!

Siguió corriendo, desesperado y agotado por la falta de alimento en el estomago y las altas dosis de cafeína que había ingerido durante esas noches. En cierto modo eso también lo tenía más despierto y más hiperactivo, al punto que pudo acelerar su marcha y atrapar entre sus yemas las telas negras del traje y empujarlo hasta la pared más cercana, en uno de los callejones más angosto del boulevard, a oscuras y con un asqueroso olor a orín penetrante hasta en el cerebelo. Lo llevó contra la pared sujetándolo de los hombros e imponiendo todas sus fuerzas contra su cuerpo, para de esta forma cortar toda posibilidad de escape, al tiempo que dejaba salir cúmulos de aire ahogados por la repentina carrera.

—¡Déjeme ir!

—¡No, Aarón!—le gritó, sometiendo las manos del muchacho que intentaba separarse de él—.  ¡Tenemos que hablar! ¡¡Escúchame!! ¡Te quiero ayudar!

—No quiero su ayuda, no quiero la ayuda de nadie ¡suéltame!—manoteó y Shaka no tuvo otra opción más que alejarse pero notando que Aarón se quedó allí, quieto, con su cabeza mirando el suelo, visiblemente avergonzado.

Estaban allí, juntos, en un callejón donde al parecer la divina mirada del creador no era capaz de entrar. El aire, apenas respirable sin provocar una arcada de inmediato, se colaba en sus fosas nasales pero no era capaz de hacerles sentir repudio por él, no aún.

Era como si ellos por dentro estuvieran aún más sucios.

—¿Qué haces aquí y vestido así, Aarón?—se atrevió a preguntar el mayor, con un nudo en la garganta, atrapado por varias emociones a la vez—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué diría tu…?

—¡No los menciones!—levantó el menor la mirada, una mirada llena de dolor y desesperación que corroía a quien la viese, una resignación al sufrimiento, un pacto tácito de placer en cambio del dolor y la soledad… el de la derrota—. Papá… papá ya lo sabe…

—Podemos ayudarte…

—No… ¡ustedes quieren es que yo cambie! ¡Pero yo soy así! ¡Soy así, Hno Shaka! ¿Así no me va a amar? ¿El Señor no me amará así?

—Sabes que él te ama por sobre todas las cosas, Aarón. Por ese amor, le entristece que realices actos que atentan contra tu cuerpo. Escúchame, nuestro cuerpo es su morada; al ensuciarlo, al mancharlo, le estamos haciendo daño a nuestra propia vida…

—¡Pero jamás podré vencerlo!

—¡No digas eso!

—¡No se puede! Seguirás peleando con él por el resto de tu vida, podrás casarte, tener hijos pero ¡siempre tendrás eso latente!—aseguró, con el rostro enrojecido por el esfuerzo de no llorar y la mirada afilada en una daga azul. Shaka le observó abrumado, sintiendo la fuerza y seguridad con la que daba por sentado aquello, como si no hubiera otra salida, como si todo estuviera perdido para ellos—. No se puede vencer…

—¿Qué te hace pensar en eso?—el menor desvió la mirada, con una mueca que parecía una sonrisa y un lamento camuflado, marcándose en su cuello cada trago de saliva turbia que pasaba por él.

Al cabo de unos minutos que se mantuvieron en silencio, el menor levantó su mirada enrojecida, con un caldo de emociones encerradas tras ella como hace poco minutos la tenía él, confinados ambos en el mismo fango, en el mismo pantano, tratando de salir. El mayor entonces lo sintió; un miedo pulsante anclándose en forma de una garra en su coxis, un frío que invadió todas sus células hasta congelar sus neuronas, una sensación de que todo estaba para seguir cayendo, más y más, en un abismo sin salida.

—Papá es como yo… ¿no le dijo?—y si, ahora lo entendía: el pantano donde se estaba hundiendo cada vez más rápido—. Mi papá es igual… ¡y ahora se atrevió a echarme de casa! ¡Cuando él es igual que yo!—el muchacho reclamaba dejando salir lágrimas…

Shaka sentía que sus ojos se cocían por dentro.

—¡Él sabe lo que siento! ¡Lo difícil que es poder con esto! Y él no ha podido… ¡No ha podido derrotarlo!

—Aarón…—sentía que cada vez que profundizaba más en ese hombre, más terminaba encerrado y temía…

—Escuché, escuché una conversación entre él y mi tío Kanon en estos días—su voz antes en grito se amansó para solo formarse un doloroso murmullo—. Mi tío le habló de cosas… de cosas que hacían juntos de jóvenes. De cómo se revolcaban, entre los dos, mi tío Kanon se lo decía y él mandaba a callarlo.

No soy el hombre que dicen ver, no soy correcto… yo, yo estoy lleno de demonios…”

—Por el amor de Dios…—susurró el hombre dando un paso hacia atrás como una forma de evadir la terrible realidad que se abría ante sus ojos.

No quería saber más… ¡NO QUERÍA SABER MÁS!

—Mi papá… ¡mi papá no es más que una maldita farsa y quiere que yo sea como él! Pero no, ¡no me dejaré!

—Aarón, ¡no hables así de tu padre!—y aún así, debía defenderlo. ¡Justificarlo!— Todos estamos peleando contra nuestras propias debilidades, ¡no puedes juzgarlo por haber caído años atrás! Él sigue luchando, sigue peleando…

Él estaba guerreando, él había superado todo eso y amaba a su esposa y…

—¡¡¡TE DESEA!!!

Aquel grito no sólo fue capaz de callar todas sus palabras para defenderlo sino de quebrar toda calma encerrada dentro de él. Con ojos bien abiertos observó el rostro del joven mirarlo con rabia y dolor, enrojecido, quebrando sus irises por la oscuridad y el dolor que como gusano se iba comiendo todo rastro de esperanza, si acaso esta existía. Shaka abrió sus pálidos labios resecos más no halló sonido alguno capaz de ser mencionado luego de semejante verdad que él prefería ignorar, que él prefería no escuchar. Como un látigo divino sintió que su espalda se carcomía en heridas que cada vez quedaban en evidencia y éstas iban aumentando, iban multiplicándose e infectándole hasta convertirse en un criadero de parásitos.

—Mi papá te desea… se lo confesó a mi tío—prosiguió, secando las lagrimas con la manga de su manto—. Que muerde sus labios para no decir tu nombre cuando está con mi mamá, que por eso te lleva a cualquier lugar y te busca con cualquier excusa idiota…

Los roces, los contactos, los acercamientos, las salidas a las librerías, o las veces que lo llevaba a comer para simplemente hablar de estudios bíblicos… las llamadas, esas llamadas que en esa noche estaba ignorando…

No quería saber más… ¡Era una trampa saber más!

—Cuando peleé con él anoche, se lo dije y me golpeó. Me botó de la casa. Me dijo que él no iba a permitir que ensuciara a su familia cuando él está tan sucio como yo. Ahora, ¿me dirá que si se puede vencer esto? ¿Que sí se puede superar?

La confrontación. Ojos azules mirándole buscando una salida, un antídoto.

—¿O la salida es esa? ¿Casarme, estar con una mujer mientras pienso en un hombre y luego latiguearme por pecar? ¿Fingir ser un santo hombre de Dios?

¿No es eso lo que piensas hacer, Shaka?

Y ante esa ineludible realidad, Shaka no tenía respuesta.

Sed de espíritu sobrio, estad alerta. Vuestro adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar.1 Pedro 5:8

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