Falsos Santos (Cap 04)

Shaka ha escuchado la verdad del hijo y su confisón. ¿Esto de qué manera cambiará el rumbo de su vida?

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Temas: Yaoi, angst, drama, lemon, Religión, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka, Kanon, Alone
Resumen: Una noche puede cambiar la vida de muchas maneras. Un paso en falso puede ser el detonante para una serie de consecuencias que quizás no se esté preparado para asumir. Él, peleando contra sus propios demonios, intenta ayudar a otros a vencer los suyos mientras sostiene una lucha entre su misión y su carne. Una noche puede ser suficiente para declararlo vencedor o perdedor.

Shaka ha escuchado la verdad del hijo y su confisón. ¿Esto de qué manera cambiará el rumbo de su vida?

Capitulo 04: La voluntad del Padre

“La noche está avanzada, y se acerca el día.  Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz” Romanos 13:12

Caminaba sintiendo los gritos y las verdades clavándose incesantemente en su cráneo, atravesando el hueso y moviendo la masa cerebral, coagulándose en la sangre y penetrando por las arterias hasta obstruirlas e impedir que la sangre llegara al corazón. Tenía miedo, dolor, ansiedad, un poco de desesperación que iba acorralando a su consciencia, indignación quizás. Era como si aquellos gritos, lo s de sus antiguos demonios y errores, los de sus gemidos; cayeran sobre él como dagas de acero al rojo vivo carcomiéndole la piel, quemándole las vísceras. La misma sensación, asfixiante, de querer respirar abajo del agua y tratar de salir de un líquido pantanoso que más bien lo tragaba, más y más, cuanto corría o cuanto se movía. Era eso… la culpabilidad matándole, lentamente…

—“¡Si quiere pregúntale a él! A ver si es capaz de decirlo, ¡si es capaz de decirle lo mismo que le dijo a mi tío!”

No, ¡no! Él no quería confirmarlo, no quería saber más, ¡no quería entender más!

—“¿Te duele las muñecas?”—recordó aquella vez, harían ya unas semanas, que estando en el despacho sacerdotal él había dejado de escribir en el teclado y estaba masajeándose sus muñecas, cansado de tipiar una larga lista de convertidos.

—“Algo, he escrito demasía…”—se calló cuando le tomó una de sus manos sin previo aviso, empezando a masajearla desde la palma, haciendo círculos a lo ancho hasta subir a la muñeca y guiar un movimiento rotatorio.

—“Mi esposa me hace esto cuando me ocurre lo mismo. Ser contador a veces cansa”—no dijo nada al sentir sus manos ejerciendo el masaje, no dijo nada ante los roces, ni la mirada que le penetraba al alma ni las corrientes que le invadían—“. ¿Se siente mejor?”—asintió, desviando sus ojos, tomando su fe con fuerza—“. Bien, dame la otra.”

Entró al auto desviando invitaciones indecorosas de varios de los que transitaba por la oscura calle, evadiéndolos como si el solo roce le quemara y le ensuciara, le creara en él una especie de aversión casi inhumana a cualquier acercamiento, como si solo ello fuera capaz de llevarse su alma al Seol y condenarlo eternamente. Sólo cuando cerró la puerta de su auto se sintió protegido, lejos y escondido en una burbuja que lo apartaba del lugar lleno de pecado y aberraciones y lo  escondía de las garras del maligno la cual sintió, en algún momento, justo debajo de su quijada.

Se permitió un minuto de silencio cerrando sus ojos y nivelando las pulsaciones. Sentía aún su cuerpo temblar, sus manos blancas y pálidas seguían sudadas luego de haber escuchado aquella confesión y salir de ese lugar siniestro que se estaba convirtiendo en una cárcel dispuesta a apresarlo. Suspiró profundo y dejó brotar el aire de sus labios de forma lenta y pausada, casi saboreándolo entre sus dientes mientras que con parpados cerrados intentaba mantener la compostura. Algo tenía que hacer, lo sabía, pero decidir el qué y el cómo resultaba difícil debido a los últimos acontecimientos. Sobre Aarón no pudo hacer más, cuando este aprovechando su minuto de silencio se alejó de él hasta escudarse en la ancha espalda de quien debía ser su pareja, un hombre de mirada oscura y desafiante que le envió un sinfín de advertencia.

Tembló de nuevo… tenía miedo…

Sus manos frotaron su rostro con pesar, como si quisiera arrancarse la cara y con ello la escarcha de todas esas palabras que golpearon contra su semblante. Estaba ahogado, confundido, se sentía ruin al no poder emitir palabra alguna ante esas interrogantes, el haber fallado como maestro y haber permitido ese instante de duda que inmediatamente le hizo quedar en desventaja frente al hijo de ese hombre y su realidad. Debió responder que si se podía hacer, que si se podía salvar, más esas palabras no nacieron de sus labios por carecer de convicción hacía ellas. ¿Cómo decir que sí si por dentro aún seguía peleando contra aquello? ¿Cuántos años se suponía habían pasado desde que había derrotado a su demonio?

—Ayúdame, Señor. Dame fuerzas…—susurró, como si se sintiera al borde de un abismo que debía cruzar en una cuerda floja—. No me dejes caer en tentación—tomó entre sus manos las llaves del auto y encendió el motor, escuchándolo ronronear.

Se encontraba inseguro de hacía donde dirigirse, pero confiaba que el espíritu le guiaría. Presionó el acelerador y salió de aquella plaza con miles de ideas en su cabeza, anudándose un lazo que empezaba a ahorcarle muy lentamente, como si la presión se fuera ejerciendo poco a poco al ritmo de sus pensamientos y de los argumentos que se tropezaban con versos bíblicos, aquellos que empezaban a ayudarle en la enorme faena de sobrevivir a tantas verdades y mentiras juntas. La imagen de Saga para él ahora se notaba como un caleidoscopio de imágenes, distintas y discrepantes que palpitaban entre sus sienes y le imposibilitaba entender las palabras de su hijo, encajarla a la versión que el sostenía de ese hombre.

“Amo a mi esposa, Shaka. Quiero hacerla feliz, satisfacerla, que no haya hombre en la tierra que pueda darle lo que yo le daré”

No, ese hombre no podría sufrir de aquello. Jamás, no podía tener sentido.

“De seguro tu futura esposa será una mujer entregada a la iglesia, abnegada a su casa, es el tipo de mujer que veo a tu lado, ¿no?”

Debía ser una trampa del enemigo, una confusión que querían tenderle en la mente para desviarle el camino, para hacerle caer.

“¿Sabías que te sienta bien esa camisa? Deberías usarla más a menudo”

Una equivocación…

“¡Vaya Shaka! Me sorprende los cuidadas que son tus manos, ¡si no fuera por Sasha las mías estarían hechas un asco!”

Un error…

“Tus ojos son hermosos Shaka, son grandes y expresivos. Llamarías la atención de cualquier mujer”

Y una caricia en su antebrazo, un roce de piernas, una palmada en su espalda, un susurro en su oreja…

“Lástima que mi hija sea muy joven para ti, me gustaría que fueras mi nuero. Incluso, hasta permitiría que empezaran viviendo en la misma casa con nosotros mientras se acomodan…”

¡Una tentación!

Detuvo su auto de golpe conteniendo entre sus ojos la desesperación vidriosa. Cerró sus parpados por un momento, necesitando calmarse, ver de nuevo el camino, buscar hacía donde debía llevar sus pasos. Habían señales, muchas, que había preferido dejar de lado y ahora se mostraban a él como evidencia, por lo tanto, lo primero que debía hacer era enfrentar aquello, enfrentar a ese hombre y hablarle con autoridad, hacerle entender que la forma de salvar a su hijo no era sacándolo de su hogar. Ese debía ser el primer paso, aunque sus piernas temblasen ante la posibilidad de confirmar aquellas palabras, su deber, su misión, le insistía que eso era lo que debía hacer.

El teléfono de nuevo sonó, confirmándolo. Él lo estaba llamando.

Decidido tomó el control del automóvil y se dirigió hacía aquella zona residencial donde él convivía con su mujer e hija. Era una pequeña casa de una planta, cómoda y preciosamente decorada por las manos femeninas de su esposa. Había entrado a ellas en algunas ocasiones debido a servicios familiares que presidió, acompañándolo y apoyándolo en la recuperación de su matrimonio. Sabía que su esposa e hija estarían, por lo cual era el mejor ambiente para hacer la confrontación: quedar solos no debía ser ninguna opción. Ahora que lo pensaba, esa necesidad de llamarlo aquella noche quizás se debía a la discusión que tuvo con su hijo, y a la decisión de botarlo de la casa, si las palabras de Aarón eran totalmente ciertas. No podía evitar dar una segunda posibilidad, la de que Aarón se haya ido de su casa y había inventado todo lo que dijo por hacer quedar mal a su padre y aumentar su posición.

Eso tenía más sentido para él.

Bajó del automóvil, cubriendo sus manos en los bolsillos mientras sostenía con el antebrazo pegado al cuerpo la biblia de cobertura negra de cuero. Sintió para ese momento el frio que empezaba a tejerse en sus pies y la sensación de hilos que comenzaban a enredarse entre sus pasos, una evocación al peligro que lo hizo detenerse frente a la puerta. La saliva se aglomeró en la punta de su garganta y sus pulmones no dejaban de exigir aire, como si el que era capaz de captar no fuera suficientes y sus neuronas necesitaran urgentemente de oxigeno. Necesitaba calmarse, necesitaba actuar; una oración musitó para sus adentros, con parpados cerrados, el temblor adhiriéndose a sus nudillos. Una oración lastimera y tan poco convincente como su mente en ese momento.

Tocó la puerta, sintiendo que el dorso de sus manos empezaba a ceder ante el calor de llamaradas que buscaban corroerle. Entre abrió los labios nervioso, escuchando como detrás de la puerta se escuchaba el ruido de los pasos acercándose y pensando a quien vería primero al abrirse, si su esposa, si su hija, si…

—¡Shaka!

Sus cejas se contrajeron de dolor y angustia, sintiendo dentro de su estomago las llamas de lujuria que empezaban a gestarse, de nuevo, dentro de su ser. Bajó su mirada de inmediato antes de obedecer el impulso de verlo de arriba abajo, de notar aún más la forma de su pecho plegándose a aquella camiseta sin manga y ajustada, o sus pantalones de color plomo que apenas se sujetaba por el botón. Era él, quien vino abrir fue directamente, él… y era como si todas las piezas en esa noche se confabularan para dejarlo sin salida, provocarle a tal punto que tan siquiera un verso podía atravesar su cabeza para desviar los pensamientos que le insistían en verlo.

—Te había estado llamando, pensé que ya no…

—Vine por eso—evitó su mirada—. ¿Me dejas pasar?

—Adelante.

El enorme cuerpo se hizo a un lado para permitirle el paso, y con él el aroma de la loción penetró a sus pulmones quitándole todo rastro de calma, si aún existía alguna. Al sentir el cerrojo de la puerta cerrarse no pudo evitar mirar a todos lados buscando con desespero la figura de la mujer o de su hija, en las cercanías y que le hicieran sentir que nada de eso era una mortal trampa tendida por el enemigo. Más no halló imágenes de ellas, más que las fotografías que adornaban el recibo de la sala.

—¿Y tu esposa?—preguntó, sintiéndose asustado ante una idea.

—Salió con Sasha a la casa de la pastora, había una vigilia de mujeres hoy—relataba mientras recogía los platos de su mesa, donde al parecer estaba cenando—. Vengo llegando así que apenas es que ceno. ¿Quieres algo? Tengo limonada en el refrigerador.

—No te preocupes…—desvió de nuevo su mirada, más nervioso aún; la noticia de que estaban los dos solos en la casa no le había agradado en lo más mínimo, por el contrario, lo había llenado de ansias, muchas ansias y una leve sensación de desesperación que empezaba a robarle las palabras.

Lo dejó ir a la cocina y se sentó en el mueble de tela azul en líneas doradas, con las piernas juntas y buscando rápidamente un pasaje en la biblia que le aliviara la tensión. Los dedos caminaron entre las finas hojas de papel hasta posicionarse en Efesios, la carta de San Pablo a la congregación de Éfeso, justo en el pasaje en la que hablaba de la armadura del creyente. Ese pasaje empezó a infundirle fuerzas.

—Pensé que como no contestabas las llamadas estabas ocupado—escuchó su voz frente a él, sentándose en el mueble y recostando su espalda a ello, mientras acariciaba con el pulgar su sien—. No esperé que vinieras…

—¿Dónde está Aarón?—el hombre se tensó ante esa pregunta, notándose en la forma en que sus hombros se contrajeron. Era todo lo que Shaka le veía, porque no tenía el suficiente valor de posar sus ojos a aquel rostro y mirarle fijamente.

—Mi hijo… de eso quería hablarte—vio la manos sostenerse en las rodillas, el rostro ocultarse en una expresión de lamento, apenas perceptible por el aura, por el cabello que cayó de sus hombros y se movía sin forma llevados por la gravedad—. Le dije que se fuera de casa—y tembló, al escuchar la confirmación de una de las verdades—, no es lo que dice la biblia: ¿si tu ojo te es ocasión para pecar, arráncalo?

—Pero es tu hijo…

—Está enfermo—sentenció, moviendo sus manos entre ellas como si buscara calor—. Me dijo que no quería cambiar, me echó en cara muchas cosas y no, no toleré que él hiciera lo que le diera en gana. Shaka, se supone que él debe poner de su parte pero, no quiere ayudar, y yo… ¿cómo hago para obligarlo? Mi hermano tampoco quiso ayuda y mira como se ha pervertido…

Permitió que Saga hablara de lo que había ocurrido la noche anterior, de cómo le reclamó por el maquillaje que había usado y la forma en la que actuaba, como al final la discusión cobró un tinte violento al punto que el padre, enfurecido, había tomado el brazo de su hijo y lo había zarandeado, mientras que Aarón no dejaba de llorar y echarle en cara que era así y seguiría siendo así. Aún así su mente divagaba en las palabras del hijo y lo que vio, en todo lo que sentía y en las imágenes que su memoria reconstruía de todo lo que habían pasado juntos, pensando a su vez en el significado de cada una de ellas. Fijaba su vista en los primeros versos del capítulo escogido en la epístola, tratando de conseguir fortaleza de ellas, quizás vistiéndose a sí mismo de aquellas piezas sagradas y espirituales que podrían salvarlo.

Sentía que de otra forma estaba totalmente vulnerable ante él.

—… no sé qué hacer con él, no te niego que me preocupa en donde se está quedando pero…

—Quizás esté con tu hermano…—sugirió, aferrando sus falanges blancas en el texto bíblico.

—¡Por Dios, no! ¡Quiero salvarlo, Shaka!—mordió sus labios, cerró sus parpados mientras buscaba la fuerza para hacer el enfrentamiento—. Si está con Kanon… Kanon sólo será una mala influencia…

—Vi a tu hijo—interrumpió y logró que ante esa acotación el padre callara—. Por eso vine, vi a tu hijo en… la plaza del centro.

—¿A Aarón?

Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Efesios 6:13

Abrió sus ojos y leyó aquella cita, deletreándola con la mirada. Se tomó de ella para hacer lo que había ido a hacer; debía asegurarse de esas palabras, no quedaba otra opción asegurarse y soportar el embate con fortaleza y decisión. Si eso era lo que ocurría, si era cierto que Saga había empezado a desearlo a él como él lo deseaba… debía huir.

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