Falsos Santos (Cap 05)

El encuentro con el padre y sus palabras junto con la revelación le hacen tomar una decisión ¿Podrá con las consecuencias?

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Temas: Yaoi, angst, drama, lemon, Religión, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka, Kanon, Alone
Resumen: Una noche puede cambiar la vida de muchas maneras. Un paso en falso puede ser el detonante para una serie de consecuencias que quizás no se esté preparado para asumir. Él, peleando contra sus propios demonios, intenta ayudar a otros a vencer los suyos mientras sostiene una lucha entre su misión y su carne. Una noche puede ser suficiente para declararlo vencedor o perdedor.

El encuentro con el padre y sus palabras junto con la revelación le hacen tomar una decisión ¿Podrá con las consecuencias?

Capitulo 05: La batalla de Carne

Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. II Corintios 10:3-5

Sabía que estaba entrando a un terreno minado, a un territorio lleno de trampas que él tenía que evadir si quería salir ileso de aquel lugar, con su castidad y pureza, la que aún llevaba a cuesta, latente. También estaba consciente que el estado de Saga tras la revelación se había vuelto inestable, podía olerlo en el sudor que empezó a manar de sus hombros y la forma en que tensó sus piernas y brazos ante el señalamiento.

—Me dijo que escuchó una conversación entre tú y tu hermano—percibió con la vista en sus manos el temblor ante aquellas palabras, la rigidez que se acumuló en su piel—. Que había oído una discusión entre tú y él sobre… algunas cosas de su pasado.

Era una batalla, supo de inmediato que lo que venía era una dura batalla. Su cuerpo había reaccionado al temblor de él, sus sentido reaccionaban al aroma de su sudor y a la idea de que estaban solos en ese lugar y a punto de tocar un tema, un secreto escondido y que quizás era preferible mantenerlo allí, atrapado en tierra y lodo, en las profundidades de un pasado, en capas de ignorancia.

—Shaka… qué te dijo…—tartamudeó y esa señal fue suficiente para obtener todas sus respuestas—.  ¿Qué te dijo mi hijo?

Pero ya era demasiado tarde… demasiado tarde para declinar aquella batalla aunque él quisiera. La voz de Saga se había tensado ante la mención, su misma garganta se vio apresada por la falta de aire y el exceso de saliva al comprender las señales corporales que aquel emitía al paso de los segundos, aquellos que se escurría empecinándose, tan lentamente que podía sentir la gota de su propio sudor recorrer su cuello y bajar por su espalda.

Y lo supo…

—Creo que debemos orar…—quería huir…

—¿Qué fue lo que te dijo, Shaka?

—Oremos  Saga, oremos y pidamos a Dios por su misericordia…—escapar, correr, alejarse… ¡LEJOS!

—Yo… yo no quería… yo no quería ocultarlo—sentía los nervioso en su voz, la desesperación, la angustia que corroía su timbre… ¡Y él debía huir!—. Shaka…

—Olvida eso, no tiene importancia en los momentos—sus manos temblaban—. Ya debo irme, oremos.

—Shaka… por favor, déjame…—acercó su mano… rozó.

Y vino su reacción.

Hubo silencio, turbio… agonizante. La presión se agolpó sobre su cabeza en el mismo momento que Saga intentó tomar su mano y le manoteó con aversión, llevándola a su pecho y protegiéndola como si hubiera tocado algo sucio, repugnante, carente de toda posibilidad de salvación. El mero roce había incendiado dentro de él un fulgor lascivo que intentaba aplacar con toda sus fuerzas, una corriente eléctrica que manó por todos sus poros, ahogándole la visión. Los ojos verdes le observaron asombrados, le contemplaron asustados, su mirada le traspasaba y Shaka lo sentía, sentía el fluir de la indignación y el temor en esas retinas, el manar de las preguntas y las dudas rodeándole y calcinándole, el aura de él enturbiándose…

Pero no podía subir su mirada celeste que parecía resguardar dentro de ellas la tormenta a punto de desbocarse.

—¿Te dijo eso verdad?—su voz se escuchó rasposa, grave… ronca—. ¡Mírame Shaka!—y su grito imperante, agresivo.

Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia; y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.  Efesios 6:14-15

—Vamos a Orar, Saga—repitió el joven, tomando con sus temblorosas manos la biblia, desviando su mirada, recordando aquellas líneas y vistiéndose con ellas como si quisiera protegerse del fuego que empezaba a rodearle.

—¡Mírame Shaka!

—Amantísimo Dios y padre celestial…—cerró sus ojos, se ocultó en la oscuridad de sus parpados

—¡Shaka!—otro intentó de contacto, otro alejamiento agresivo y severo.

—Estamos hoy en este lugar, pidiendo de nuevo a ti misericordia.

—Te doy asco… ¿es eso? ¡Te doy asco!—apretó sus parpados, tensó sus hombros, clavó sus uñas en las palmas buscando fuerza.

—Sabemos que ante ti, Señor, no hay nada oculto debajo de los cielos ni sobre la tierra…

—¡¡QUE ME MIRES!!

La biblia cayó junto al grito, abriéndose sobre la alfombra que decoraba el centro de mesa. La rodilla del dueño de la casa estaba sobre la pequeña mesa de madera y vidrio junto a sus manos, las cuales se habían alojado en los hombros del visitante, quien ante el contacto tembló pero no abrió sus ojos, ni hizo esfuerzo para mirarle. El reloj de la sala, un minutero extensamente viejo, fue lo único que sonó en esos segundos donde la mirada verde seguía clavada esperando que los parpados blancos abandonaran su posición y le vieran.

Pero no ocurrió… Aún con el temor contenido dentro de sus vísceras Shaka se ató a esas líneas que había leído minutos atrás como si fuesen su única salvación.

Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Efesios 6:16

—Padre que estás en los cielos—musitó el siervo de Dios prosiguiendo con su oración y recibiendo a cambio aquellas garras clavarse en sus hombros—, venimos ante tu presencia sabiendo que sólo tú puedes ayudarnos.

—¡Deja de orar!

Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; Efesios 6:17-18

—En la cruz del calvario llevaste todos nuestros pecados, por lo cual sabemos que en ti conseguiremos la salvación y vida eterna—continuó, perseveró…

—¡Escúchame y deja de orar!—sintió el zarandeo en sus hombros, el peligro apareciéndole y tomando su figura carnal… y la cercanía, quemándole.

—Tu misericordia se renueva cada día y siempre estás presto para recibir a aquellos que buscan de tu perdón.

—¡Sí, te deseo!… sí es verdad, te deseo pero ¡juró que no pensaba hacer nada!

—Cúbrenos ahora con tu sangre divina, limpia de nosotros toda maldad—y la respiración agitándose.

—He orado, he ayunado, lo he puesto en oración, Shaka, y sigo luchando por ello así que… ¡escúchame!

—Porque en ti las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas.

—Tú no entiendes… no entiendes lo que es pelear con esto, por el amor de Dios, Shaka ¡Mírame!—entenderlo… claro que lo entendía…

Pero confesarlo… no, ¡jamás!

—Tú lavas nuestras almas, conviertes en blanco como la nieve lo que fue rojo como sangre. Gracias por tu infinita misericordia, Padre…

—¡¡BASTA!!

—Creemos que en ti tenemos salvación, en el nombre de Jesús.

—¡¡YA BASTA!!

Sintió las fauces de él tomar su mandíbula, estrujar sus mejillas, buscar que alzara el rostro… percibió a su vez la intención, el ardor recorriendo sus extremidades, la respiración agitarse, la sangre agolpándose en puntos que no debía detenerse. Escuchó la risa asquerosa de su adversario invisible mofándose en su oído mientras aquellos dedos gruesos apretaban su rostro y le obligaban a levantar la vista, esperando de seguro a esos ojos que aún eran resguardados celosamente tras sus parpados.

Y al apreciarlo, actuó. Al sentir la forma en que la distancia era cortada en una velocidad agresiva subió sus rodillas y empujó aquel cuerpo hacía al otro lado como si tratara de zafarse de un animal que había venido a comer de sus carnes. Empujó, pateó, y solo oyó cuando el vidrió de uno de los cristales se quebró y cayó a la alfombra, junto al sonido del cuerpo caer al otro lado del mueble.

Hubo un largo minuto de silencio entre ambos, minuto que se extendió casi como si fuera una hora para ellos, eterna, donde uno buscaba una mirada y el otro se negaba a entregarla. Shaka se vio a sí mismo como la presa encarcelada que debía correr para salvarse; para ese momento, su única opción era escapar de aquel lugar, de las verdades, y de las consecuencias. Inseguro estaba de poder hacer algo por esa casa, no al menos en la condición que estaba y luego del último acontecimiento. Aquello no mostraba alguna salida sencilla y él sentía que iba perdiendo cada vez terreno en su propia batalla espiritual como para estar al frente de la de ellos, más ardua y lúgubre. El ambiente a su alrededor se notaba plagado de lujuria, insana lujuria quizás alimentándose en años de mentiras y buscando la forma de plagarle a él, de ensuciarle, comérselo hasta hartarse de sus huesos.

—Es hora de irme—se levantó con el temblor en sus piernas, buscando recoger su biblia sin importar los vidrios que estaban regados en la superficie—. Seguiré orando por esta casa…

—Te doy asco… es eso…—prefirió no emitir comentario alguno al respecto. Tomando la palabra de Dios entre sus manos y viendo sus propios dedos sudar, vibrar por el pavor que invadía sus sentidos.

—Estoy seguro que podremos hacer algo, la misericordia del señor se renueva cada día.

—Al menos mírame… mírame y dime que es lo que sientes, Shaka.

¿Sentir? Miedo… una horrible sensación de peligro que le impulsaba a salir corriendo de aquel lugar, de él, de esa mirada verde que parecía tomar color carmín conforme avanzaba los segundos y seguía clavada sobre su cuerpo.

—No hay nada que decir.

—¡Te doy asco!—el grito lo había sacudido. Un respingo había invadido su columna vertebral ante el levantamiento de esa voz, cada vez más ronca, más bestial.

Y el aire se le escapaba en bocanadas llenas de angustia. El aire que tomaba empezaba a  tener un olor que aunque sabía no era posible, era el que pervivía, el del sudor, el de semen, el de su cuerpo en plena excitación cuando se masturbaba. El temor le fluía por el cuerpo, viajaba dentro de sus conductos sanguíneos derramando dentro de cada célula una pizca de lascivia que iba acrecentando su efecto dentro de su cabeza. Empezaba a ver mal, a oler mal, la turbación estaba desencajando sus sentidos.

—Debo irme ya, no es correcto estar aquí—tomó las escrituras, la afianzó contra su pecho sosteniendo sus fuerzas—. Oración y ayuno, esas son nuestras armas.

—¡Te doy asco y no sabes que es lo que pienso de ti! ¡Que es lo que veo en ti! ¡Que es lo que me provocas, Shaka!

—¡No quiero hablar de eso!—se apresuró a llegar a la puerta, con el nerviosismo tatuado en sus movimientos.

—No lo hagas, Shaka, ¡no me desprecies de esa forma! ¡NO LO HAGAS!—sujetó la manilla con fuerza, la movía intentando abrirla más no lograba su cometido.

—No te desprecio…

—¡MIRAME ENTONCES! ¡MIRAME Y ASEGURAMELO!—y pasos, los pasos se acercaba, la manilla se movía, el sudor le resbalaba por la textura metálica del seguro y sus manos húmedas, frías.

Maldijo dentro de él mordiendo sus labios… y pidió perdón por su blasfemia…

—¡MIRAME SHAKA!

Los brazos de Saga lo acorralaron, se convirtieron en una prisión para él en cuando las palmas se afianzaron a la puerta y su cuerpo se convirtió en una pared de musculo tras su espalda. Transpiró y un estremecimiento sacudió las extremidades de su cuerpo al saberse totalmente arrinconado, entre la madera y su cuerpo, entre su aliento lleno de terror y excitación y él de él que estaba plagándole la consciencia, desquiciándosela. Más no… no podía permitirlo, ¡ese acercamiento turbio no podía permitírselo!

—Mírame Shaka…—su voz en un ruego en la punta de su oído, su respirar profundo, su aroma de hombre corroyéndole el alma—. Eres tu el único en quien puedo confiar, el único quien puede ayudarme… no me juzgues, no me condenes—el pecho de él cubriendo su espalda, la respiración de él inundando su cuello, las manos de él aferrándose y dejándole sin salida—. Mírame y confírmame que no me juzgas.

Cerró sus parpados, arrugándolos con fuerza mientras tragaba esas palabras. El escozor ahora lo sentía en el estomago, el mismo repudio de su propio cuerpo que estaba respondiendo a la cercanía de él, al aroma de su aliento, a la situación en donde se había visto atrapado por una treta de su enemigo. Si… su estomago empezaba a revolverse cuando sintió de sí mismo el olor de la excitación, su propio pene empezando a removerse ante el llamado de la cercanía y de su voz pegada a su oreja. Reconocía a su cuerpo… ya estaba al tanto de sus señales… sabía que ocurría y saberlo… ¡LE ASQUEABA!

—Vete Satanás…—musitó, bajo, conteniendo el ardor que se iba aglomerando en la boca de su estomago.

—¿Q-qué dijiste?

—¡Aléjate de mí , Satanás!—gritó, usando su brazos para extender la distancia, empujando el cuerpo del dueño del lugar con ferocidad para luego entregarle una mirada profunda llena de odio y aborrecimiento. Su cuerpo temblaba, pero su firme convicción era aún mayor: la hostilidad era lo único que podía encontrar Saga tras sus ojos.

Repulsión, señalamiento, juicio… el padre no lo toleró.

—¿Satanás?—bramó, levantando sus verdes irises enrojeciéndose del furor que contenía entre sus puños—. ¡¿ME LLAMASTE SATANÁS?!—rumió…

Y Shaka sintió pavor.

Lo había despertado.

Volteó asustado buscando abrir la manilla cuando las gruesas manos le tomaron por los hombros y le empujaron dando vuelta hasta quedar de espalda a la puerta y totalmente sometido. Iba empujar de nuevo cuando su puño fue apresado y tensado detrás de su espalda en un ángulo que le hizo gritar por el dolor sentido en la extremidad, en el musculo de hombro y cuello, obligándolo a levantar su cabeza y golpearse con la madera por la abrumadora fuerza en la que era sujetado. Entonces fueron sus mandíbulas las primeras que recibieron los besos calientes de él; fue la línea de su rostro, en el filo de su barbilla, la que sintió la mordida de él y justo en ese momento el fuego como incendió empezó a corroerle las fuerzas. Abrió sus ojos al cielo buscando una salida…

Quemaba… su saliva, sus roces, ¡sus labios quemaban!

—¡Basta!—intentó patear, pero sus piernas habían sido separadas por las de él mientras que el brazo en la torcedura le sometía—. ¡DEJAME SAGA!

—Me he conformado con verte de lejos…—le sujetó la mano libre que intentaba alejarlo clavando sus dedos en el rostro de aquel, ahora plegándola contra la madera. Aprovechó y buscó afanoso los labios que se negaban a ofrecerse, persiguiéndolos con agresividad y sin ánimo de retroceder un ápice de terreno. El olor se espesó… violento, el cálido brebaje de la fornicación empezaba a cuajar dentro de ellos, lascivo… aglomerándose y quemándole la sangre—. Con tomarte la mano, ¡con rozarte el brazo!

—¡SUÉLTAME!

—Pero te asqueo… ¡TE ASQUEA AHORA SOLO VERME!

—¡¡YAAAAA!!

Aplicó su fuerza, forcejeó intentado quitárselo de encima. El movimiento creaba fricción a ambos cuerpos, pero era imposible, no podía hacer nada para quitárselo y sentía que ante cada rechazo la fuerza de él se hacía más implacable, dispuesta a doblegarlo a como diera lugar, dispuesta a hacerle sentir lo que él deseaba evitar. Mordió al hombro descubierto buscando infringir dolor y ser liberado de aquella prensa humana pero el sudor probado en su boca fue para él una muestra del fuego que empezaba a calcinarle el vientre y generó un pavor que de inmediato aceleraba los gruñidos en su estomago, revolviéndole.

Sus ojos se abrieron del estupor hacía la nada, zafiros azules temblando y a punto de salirse de sus cuencas ante la intromisión, buscando alguna escapatoria, suplicando con su mirada salvación. Antes de que siquiera pudiera defenderse Saga sujetó su cabeza con su mano, luego de haber soltado una de las suyas, apretando con fiereza su mandíbula y obligándole a sentir aquella lengua caliente en su cavidad… trastornándolo.

La arcada, acelerándose…

Respóndeme, Jehová, porque benigna es tu misericordia;
Mírame conforme a la multitud de tus piedades. No escondas de tu siervo tu rostro, porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme.  Salmos 69:16-17

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