Distancia (Dos) Kanon x Mu

Distancia… ¿que es distancia? Se supone que la separación de dos puntos que puede ser medida. ¿De qué forma? ¿Que tan lejos o que tan cerca podemos estar cuando

Dos.- Entre sueño y realidad: Mu tiene un sueño que lo acerca a Géminis, a un géminis distinto al que conoce.

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Temas: Yaoi,  romance, drama
Personajes: Kanon, Mu , Shion, Saga, Afrodita
Resumen: Distancia… ¿que es distancia? Se supone que la separación de dos puntos que puede ser medida. ¿De qué forma? ¿Que tan lejos o que tan cerca podemos estar cuando

Dos.- Entre sueño y realidad: Mu tiene un sueño que lo acerca a Géminis, a un géminis distinto al que conoce.

Dos.- Entre sueño y Realidad

Una tardesoñé algo particular. Recuerdo que veía las ruinas del santuario. Todo estaba desechó y de algún modo mi corazón se comprimía conforme corría entre los escombros de templos dirigiéndome hacía las casas doradas. Todas estaban vacías, podía sentirlo; había un aire de soledad palpable en cada una de las piedras y espeso en el viento que era respirado por mis pulmones.

Mi mente entonces buscaba el nombre de Shion, el nombre de mi maestro, quería buscarlo entre las sombras de lo que había sido el santuario. El cielo, al subir mi mirada, estaba cubierto de ángeles, ángeles que parecían más bien darnos la bienvenida a la muerte. Verlo provocaba en mí un intenso temor, tan palpable, que casi podría acariciar su esquelética forma con mis manos.

Volví a correr, llevando entre mis manos lo que parecía ser un cuenco de agua y unas vendas de seguro para ayudar a curar a los heridos. Me veía de vez en cuando levantarla mirada al cielo a cierto punto, e incluso me pareció haber visto pasar por mi mente la idea de querer ayudar allá donde el cielo dejaba de ser cielo. Más no comprendía en ese momento el porqué de esos pensamientos tan extraños.

De repente, mientras caminaba me vi en las puertas del templo del carnero y simplemente me quedé allí, de pie, un tanto impresionado por sentir fuerzas oscuras atacando la cámara del patriarca. Mi pensamiento fue difícil de entender, algo decía que debía ir allí pero también, a su vez, sentía una armadura de oro resonando a lo lejos y entonces, sí, el poder del cosmos que yo no podía manipular, no de esa manera. En mis pensamientos hice el llamado instituto a la dorada de Aries pero no vino a mí, y supe que no podía ya que estaba en manos y en el cuerpo de otro. Me sentí entonces frustrado, desarmado. ¿Qué podía hacer yo para defenderlos? ¿Cómo defender a mi diosa sin una armadura? Veía mi cuerpo pequeño y frágil, mis manos sucias y heridas con solo un cuenco de agua y vendajes, con solo eso y sin nada más que dar. Me llené de tanta impotencia…

—Mocoso—escuché entonces la voz, ronca y gruesa batirse sobre mi oído. Volteé hacía la entrada del templo y lo vi…

Nunca había visto a alguien así.

Su cabello azul serpenteaba entre las ruinas del lugar, mostrando una embravecida melena que le daba ese aire de ser adorado, de ser obedecido y temido a su vez. Las gruesas cejas, el color de sus ojos tan claros y profundos, la armadura de oro que le cubría, tan amplia, tan grande y brillante, un cosmos agresivo capaz de destrozar el núcleo de la tierra podía percibirlo en él.

Pude identificarlo… era la armadura de Géminis… Era Saga… ¿Saga?

No… cuando me miró, poniéndose frente a mí y llevando en sus puños aquel ornamento que colgaba mi maestro, supe de inmediato que no se trataba de Saga. Este hombre podía parecérsele pero había algo en él, mucho más peligroso, que me asustaba y al mismo tiempo me intrigaba. Saga podría crearme admiración pero él… él…

—Es mejor que te escondas—volvió a hablar, mostrando aquel colmillo que al verlo me lleno de temor.

Tan peligroso… ¿era de verdad un Santo de Athena? Por mi mente pasó la idea que podría perfectamente ser cualquier cosa menos un santo. Su cosmos agresivo me daba temor y a su vez… curiosidad.

—¿Dónde están todos?—preguntó de nuevo, y yo me encontraba inmóvil para responder. Abrí mis labios con temor pero me obligué a cerrarlos cuando él, mirándome fijamente, dibujó una sonrisa sarcástica que me hizo sentir como un verdadero idiota, como si se burlara de mi—. ¡Habla ya, mocoso!

—¡No me hable así!—¡me enfadé! Y juro que aún ahora mientras pienso en ese sueño me preguntó cómo era posible que yo pudiera hablarle así a Saga. Sé que no lo haría pero también sé que ese hombre no era él. Él en cambio, antes mi reacción solo levantó una comisura y entrecerró esos ojos que pensé me podrían llevar a las profundidades—. Ellos están en el Lost Canvas.

Cerré mis puños, como si la sola mención de aquel lugar que desconocía me diera la más pura frustración. De nuevo me vi pensando en querer tener una armadura y poder presentarme allá, pelear al lado de Shion… mi maestro, o al menos el mío porque él parecía verlo de otra forma… o yo… Lo cierto es que, quería estar en aquel lugar donde al parecer se encontraba todo el santuario.

—¡Yo puedo llevarlo!—me ofrecí, como si fuese lo único que podía hacer—. Yo puedo transportarlo hacía ese lugar, ya el sello de Hades está roto, ahora no es necesario usar el barco…

Puso una de sus grandes y calientes manos sobre mi cabeza y me sentí temblar. De repente, el aire de mis pulmones se volvió salino, sulfuroso, podía sentir mi pecho acelerarse en ese segundo donde su mirada, una muy distinta, se destilaba hacía mí y me golpeaba al mismo tiempo que me abraza con una fuerza natural, una que iba más allá del espacio o las galaxias. Una tangible. Me sentí presa de él, de una forma que no sabría cómo explicar, me sentí presa de esa estrella.

—Tienes el espíritu de un Santo de Athenas—me dijo, y sentí por primera vez esa sensación de tener un lugar en toda esta historia, en esta guerra, una que no era mía pero en la que trataba de ayudar en lo que podía con mis frágiles manos—. Pero no necesito de eso.

Ante mis ojos, una alfombra de negro con líneas y tiempo tejidos entre sí se abrió tras su espalda, un lienzo tan distinto al que entintaba los cielos, tan misterioso, profundo, con una fuerza descomunal que me costaba tan siquiera precisar. Mis labios se abrieron a la par de mis ojos, como si quisiera captar con ellos toda la magnificencia de la escena que se abría ante mí, todo el poder que él desplegaba, la fuerza, la prepotencia y el orgullo. Vi entonces como aquel agujero le engulló y le envolvió hasta no dejar nada frente a mí, como ese poder desapareció ante mis ojos y si… sentí que podría quedarme admirando esto toda la vida.

—Mu… ¡Mu!

Abrí los ojos. Fijé mi vista en la mano de mi maestro, que parecía estar preocupado mirándome. El sol de Grecia ya no estaba en el punto que recordaba y la arena amarilla se sentía más tibia que antes de perder el conocimiento.

—Creo que tiene fiebre—mis ojos giraron hacía la voz terciopelada que estaba a mi lado, la de Afrodita, quien preocupado con su casco dorado en su brazo me miraba y pasaba su mano sobre mi frente—. Debió ser el jardín, lo lamento su excelencia.

—No…—murmuré, intentando decir algo pero mi maestro se adelantó, posando su mano sobre el rostro del dorado a mi lado.

—No lo lamentes, no es tu culpa.

Sentí en mi maestro una leve señal de dolor al mencionarlo, más no pude definir porque. Lo único seguro es que realmente no fue su culpa, fue la mía. Había salido de la cámara del patriarca porque quería ir al tercer templo, quería intentar ver a ese santo que era capaz de abrir las galaxias con mis propios ojos.

Cómo hace poco… en el sueño… ¿Me pregunto cuál es la distancia entre nosotros?

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