Rikudo Rinne (Cap 0)

Un humano quiere el poder de la eternidad, un vampiro de sangre pura está dispuesto a entregarselo. Más que amor, solo hay deseos de poder, deseos de atar, deseos de ser fuertes. Pero la entrega del legado significará un infierno por si solo.

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Temas: Yaoi, drama.
Personajes: Shaka, Saga
Resumen: Un humano quiere el poder de la eternidad, un vampiro de sangre pura está dispuesto a entregarselo. Más que amor, solo hay deseos de poder, deseos de atar, deseos de ser fuertes. Pero la entrega del legado significará un infierno por si solo.
Dedicatoria: Sonaré vanidosa pero me lo dedico a mi porque siento que este fic es una idea muy especial, un experimento también y sobretodo un intento para salir del bloqueo en donde estoy.
Comentarios adicionales: Este fic en realidad nación para el evento Crepusculo que auspicio el club de shaka peor debido a cuestiones de tiempo e inspiración no lo pude acabar. Ahora lo retomo y tomando en cuenta que tengo la idea fresca espeor terminarlo antes de culminar el evento. Un fic netamente oscuro, quizás un poco cruel, una visión que tengo de los vampiros muy distinta y que me gusta tomar. Que entre ellos no solo existe ese lazo de amor que vemos en las actuales series de televisión sobre el tema, sino que hay algo mucho más que quizás a las romanticas como yo (porque lo soy xD) no nos guste. De todas formas, como amo la contradisión y tensión emocional me he metido en este paquete.

Rikudo Rinne

La noche penetraba por el filo del reflejo de aquel enorme ventanal. Noche sin luna. El cuerpo desnudo en las sábanas, el albor del orgasmo que aún no cedía de sus células: extasiado, abrumado, enamorado, si, también… de aquel ser de la noche que se había levantado de la cama y cubierto su cuerpo con un manto de damasco. El cabello dorado brillaba con soltura tras su espalda, los movimientos elegantes que aquella noche en la fiesta de disfraces de los duques le había fascinado. Creyó estar enfermo cuando aún sabiendo su sexo no le importó besarlo, demente cuando aún tocando su miembro no se sintió asqueado, hereje cuando se dejó tomar y luego poseyó con lujuria aquel cuerpo… culpable, pecador…

Amante…

Se reincorporó resintiendo la debilidad de su cuerpo. Cada orgasmo era igual, sentía los colmillos de plata desgarrar los músculos de su cuerpo y desviar el caudal de su sangre, para luego ser víctima del entumecimiento de sus extremidades, el éxtasis más avasallante jamás sentido en el centro de su cuerpo y sí, el vértigo con el que caía inconsciente en sus brazos, por unos minutos, antes de que la herida se cerrase y se encontrara de nuevo mimado en el pecho blanco, siendo despejado sus cabellos añiles de la frente, como un niño en el pecho de una madre.

Y entonces, recordó, aquello que le había dicho antes de morderlo en el acto sexual:

—Saga, ¿quieres ser inmortal?

Esa había sido la respuesta a su propia pregunta anterior:

—¿Me convertirías?

Parecía que era una decisión que no podía tomarse a la ligera.

—Tomé sangre de más, te recuperarás pronto—escuchó la voz del rubio, mientras se servía en una copa de oro y cristal más de aquel licor rojizo que tiñó las paredes vidriosas—. Descansa un poco más.

—Shaka…

Intentó levantarse, más el esfuerzo había sido en vano: todo lo que estaba a su alrededor dio vueltas al mismo tiempo que la luz se apagó en sus pupilas y los colores se encendieron cuan reflectores de teatros intermitentes, dejando algunas luciérnagas de colores variados flotando en su visión. Echó su cabello hacía atrás, con su mano, cayendo de nuevo de frente al colchón, agitado un tanto por el esfuerzo, aún temblando.

¿Cuánto tiempo llevaban juntos? Quizás seis meses, seis meses encontrándose en aquella mansión del rubio, escudándose en negocios terratenientes, para luego quedarse allí, beber tan sólo una copa, acercarse, recibirle, besarle, adorarle… Se había enamorado de aquel conde, con ojos tan azules como el cielo, cabellos tan dorados como el sol, piel tan blanca como el alba… ¿para qué necesitar el día si él era el día? Con él dejaría de salir a la luz del sol solo para permanecer a su lado.

Además, estaban también sus planes, los planes que le hacían pensar que semejante decisión no era tan descabellada. El poder, la ambición del conocimiento: Shaka parecía ser la puerta a todos los placeres del hombre y le gustaría, sinceramente, ser el poseedor de todos ellos. Todo había empezado cuando en aquella fiesta de los marqueses dejó entrever, por una copa de vino de más, lo que pensaba sobre el poder y la sumisión, su idea del más fuerte, la ambición que para los demás fue algo irreverente de escuchar. Esa noche en medio de las copas y las palabrerías políticas él los había hecho ver como cucarachas, les hizo sentir como perros, les humilló con sus ideales de poder y control… y se sorprendió cuando al grito de uno de los marqueses ofendido, el rubio se integró en la discusión con una serie de argumentos tan bien formados que no le quedó más que callarse.

Allí se vieron y se desearon… la avaricia por el poder se convirtió en un afrodisiaco para ellos, con la diferencia de que Shaka no tenía nada que envidiar ni codiciar: lo tenía todo, belleza, juventud, poder y vida eterna. Un vampiro de clase pura, mil quinientos años de existencia en la tierra viendo lo que para él era: la historia de los hombres. Él quería ser otro testigo de semejante obra…

—¿Mejor?—salió de sus pensamientos cuando la fría mano del vampiro apartó dos mechones rebeldes de su frente, bebiendo de aquella copa con elegancia. La bata no se encontraba cerrada, su desnudez aún era visible y lo adoraba, adoraba la belleza de ese hombre como nada en la tierra.

—Quiero que me conviertas—volvió a decir el humano, con la mirada decidida, el rostro férreo. Estaba decidido, quería el poder, lo quería a él, sentía que ese era su verdadero lugar. Cansado se encontraba de seguir mendigando entre los humanos cuando sentía que debía ser un dios y eso quería hacerle ver con su mirada, firmemente, declarando que era momento de hacerlo. Que estaba decidido a dejarlo todo por ese ideal.

El rubio bufó un poco, dejando caer la copa que con ayuda de la telequinesis sostuvo en el viento hasta hacerla flotar al estante de caoba más cercano. Lo miró luego con indulgencia, sus ojos azules penetraban en los pensamientos de aquel y los leía, comprobando entonces que ciertamente el pedido no sólo era genuino, sino que no se encontraba plagado solo de esos ánimos cursis de atarse por el ser amado. Había más que eso, más que amor o miedo a la pérdida: había obsesión, hambre, deseos de poder, ambiciones. Debía admitirlo… eso era lo que le había fascinado de aquel humano, diferente a los demás, pese a ser solo un mortal tenía el alma de un semidiós.

—Saga, ¿estás decidido a que sea hoy?

—Lo quiero hoy—afirmó, tomándolo del antebrazo y levantándose en el movimiento. Su voz resonó ronca y grave, su mirada no daba pie a atisbo de duda. Realmente estaba seguro de lo que pedía.

El rubio sonrío, beatíficamente… una sonrisa que declaraba miles de males carnales.

—Bien, entonces, que sea hoy—se acercó a sus labios, los besó por un momento como si comprobara de nuevo su calor corporal. Apartándose un poco le miró con seriedad una que Saga pocas veces veía en él—. Escúchame Saga, lo que vas a pasar es un proceso algo… interesante. Espero que estés preparado para ello.

—Lo estoy, sólo quiero tener también tu poder, dominar con la ley del más fuerte a los humanos.

—Saga…—y su voz sonó como la de un padre regalando a su hijo—, el humano no necesita enemigos cuando pueden destruirse a sí mismo, sólo necesitan una escusa barata para dejar correr sus bajos instintos; una motivación, un interés común, sólo dales eso y ellos se comerán a los de su misma carne para poseerlo. ¡Es tan simple! Siglos, Saga… tengo siglos viendo cuan débil son…

—Entonces…—sus labios callaron ante la señal de sus dedos frotándolos con parsimonia. Los ojos de Shaka, en ese momento, le parecieron un abismo azul de profundidades incalculables.

—Yo sólo disfruto viendo como se comen…—le sonrió—, y buscan sus dioses y se justifican, para volver a delinquir… son tan previsibles…—suspiró—. Y mientras ellos los hacen nosotros gobernamos, simplemente le damos espacio para su derramamiento de sangre y pactos de paz infructuosos. ¿Crees que me ensució las manos? No hace falta…—delineó la mandíbula seductoramente—. Sólo sé, que no dejan de sorprenderme las formas absurdas en las que se destruyen… es lo más interesante.

—Quiero verlo también…

—Tendrás que pasar las pruebas en tu conversión…

—¿Cuáles?

—Rikudo Rinne.

El hombre lo miró con extrañeza ante esa palabra. No entendía que significado tenía, pero el cuerpo se encrespó ante esa mención como si fuese algo realmente aterrador. Era como si invocara algo realmente aterrador, como si fuese algún tipo de magia y él, como era común en aquella época, le temía a las fuerzas oscuras que pudieran desatarse, más por crianza que por creencia. Sus ojos, aún así, no retrocedieron en su determinación de ser parte de ellos, de poder obtener el poder y la posibilidad de tenerlo a él a su lado con el precio de su vida; obligándose a permanecer firmes en los de Shaka que brillaban como una llama fluorescente.

—No a todos les doy el pasaje a Rikudo Rinne—se levantó el rubio con el andar elegante, dejando que la bata se moviera al son de sus pasos—. Sólo a aquellos que de verdad puedan estar preparados para un pasaje a los seis infiernos humanos—se recostó contra la pared de madera. Con la desnudez a su vista, el damasco apenas acariciando los laterales de su cuerpo, dejó sus brazos cruzados y si mirada fija, mostrando así el porte de un dios—. Cuando fueron mis primeros… tres siglos, cometí el error de darles el pasaje a muchos, y la gran mayoría murió en el proceso.

—Yo no moriré—aseguró el hombre, sentándose en cama, ya con más equilibrio. El cuerpo desnudo estaba a completa vista del vampiro que no dudó en escanearlos con lascivia desde donde se encontraba.

—Eso espero, sería una lástima perder a tan buen amante.

Saga no pudo evitar fruncir su entrecejo, observarlo profundamente en busca de algo. Se mentiría si no dijera que aquello no le había sonado especial, que de alguna manera lo que él sentía por Shaka no era igual a lo que Shaka sentía por él, un tanto decepcionado, otro tanto dolido… tenía muchas ideas en la mente en ese momento.

¿Lo amaba? Esa era la principal de ellas… querer saber si lo amaba tanto como él sentía, si tenía ese sentimiento también aflorando en él… ¿estaba mal en querer saberlo? Aunque sabía que sus intenciones eran más egoísta, el no sentirse correspondido con la misma intensidad le creaba una inevitable sensación de malestar, de estar por debajo, de no ser lo que quizás Shaka esperaba de él. Quería al menos tener la esperanza de que ese pacto no solo significaría poder, o que al menos Shaka querría también que él lo siguiese… al menos algo como eso, ¿era difícil de pensar?

—No te martirices por algo tan vulgar—abrió los ojos espantado. Pese a que no era la primera vez que Shaka leía sus pensamientos, no estaba del todo acostumbrado a ello. Desvió su rostro, molesto a su vez por aquella falta de privacidad—. No te molestes…—añadió el rubio, acercándose a él, volviendo a acomodar los cabellos de su frente.

—¿Qué soy para ti?—preguntó de inmediato—. Sabes perfectamente lo que eres para mí, pero lo que soy para ti lo ignoro—el vampiro volvió a sonreírle, esa ocasión con dulzura.

—El humano más interesante que he conocido en mis mil quinientos años de vida.

—Dijiste que ya habías dado el poder a otros.

—Lo hice, más no para que me acompañaran, como quiero que lo hagas tú—atrapó su duro mentón, lo miró posesivamente—. Yo quiero que te quedes a mi lado, adorándome, como humano o como vampiro, da igual.

—¿Y eso que es? ¿Amor? ¿Obsesión? ¿Egoísmo?—Shaka le miró, chasqueando un tanto su lengua y ejerciendo un movimiento horizontal renegando con su rostro.

—¿Por qué los humanos insistes en darle nombre a los lazos? ¿Importa el nombre?—se levantó andando por la habitación mientras remarcaba sus palabras con el movimiento de sus manos—. Sólo son sentimientos, emociones, sensaciones tan volubles lo que ustedes tienen… —se acercó a sus labios, le aspiró sobre ellos—. Nosotros no conocemos de eso…

Soltándole sin darle el beso que parecía querer iniciar, Shaka caminó perezosamente hasta el balcón de la habitación, abriendo los ventanales y dejando que la fría brisa envolviera su desnudez. Así, campante, dándole al universo una muestra de su inmortal belleza para que lo adorasen: Shaka daba esa impresión, la de querer que el mismo universo se detenga para inclinarse ante él.

—He leído historias impresionantes, de ustedes sobre nosotros. Esa donde nos enamoramos de humanos y queremos darles el don por querer ser felices… Nuestra forma de pensar no concuerda con ese ideal—puso una mano en su cintura, la mirada azul brilló en las sombras—, quizás se pueda adjudicar a los de sangre impura, como lo serías tu Saga, que llevan el recuerdo de las emociones humanas. Quizás ustedes si pudieran ser tan volubles en ese sentido pero… nosotros, los puros, no sentimos de esa forma. No conocemos los sentimientos, sólo los instintos, las emociones son solo reacciones de nuestra sangre—caminó en paso pausado, ondulante—. ¿Dudas? Eso es debilidad, Saga… ¿Has visto aquellos animales que escogen una sola pareja? ¿Acaso es amor? ¿Es instinto? ¿Es… conveniencia?

—Son como animales…

—Ustedes también, sólo que muy por debajo de los demás. El raciocinio del que hacen gala, los han convertido en soberbios de su propia debilidad. A decir verdad—ató entre sus dedos un mechón dorado—, son la única raza animal capaz de destruirse a sí misma.

El hombre sólo lo observó, asimilando aquella información que parecía ser tan simple pero que para él no decía mucho. No le aclaraba si lo amaba, más bien le decía que esos eran vínculos, para él, vanos. Aún así, le hacía sentir que pese a ello de alguna forma era importante, aunque el nombre para hallar de qué forma lo era seguía siendo un verdadero misterio.

Lo único claro es que Shaka lo quería a su lado, él quería estarlo y además… quería ese poder.

—Por eso, la transformación de humano a vampiro es tan especial—agregó, de nuevo acercándose a la cama—, significa pasar por distintos estados, cada uno de ellos van despejando la imperfección mortal hasta hacerte superior. Es un proceso fascinante… De los que les he dado la puerta, solo tres han sobrevivido. Andarán por allí, sinceramente no me importó tenerlos a mi lado sólo… era sobrevivencia. Contigo es obviamente distinto.

Saber eso era suficiente… Con el poder ya se encargaría del resto, de atar al vampiro de sangre pura a él. Sus ojos refulgieron convencidos de aquello y Shaka, leyéndole la mente, se sonrió como si quisiera ver el final de semejante determinación.

—Entonces, dame el conocimiento.

Ante la voz del humano, los colmillos se mostraron amenazantes. Era el brillo siniestro de un pacto que estaba a punto de concretarse, un nuevo rey de las tinieblas que entregaría el don. Saga lo sintió, sintió aquel sádico deseo que veía en los ojos de Shaka, esa forma de sus labios curvarse levantándose hacía la derecha y observándole con lujuria, como si fuese él un ente más que un amante. Así… la mirada enferma de un científico en búsqueda de probar su teoría, eso es lo que sentía el humano ante los ojos azules del vampiro, como si fuese una especie de experimento, como si comprobaría si era fuerte o no.

—Espero no te arrepientas Saga…

Sus palabras resonaron como una amenaza tácita mientras recogía la manga de su bata damasco y mostraba la finura de sus muñecas pálidas. Cerrando su puño, el vampiro le mostró los turgentes conductos de sangre, aquellos canales que contenía el influjo eterno, el elixir de vida.

—Que se haga nuestro lazo de sangre.

Sus dientes se clavaron a cinco centímetro de la muñeca, abriendo dos surcos profundos en su brazo que empezó a brotar aquella tinta carmesí. Sus ojos le miraron y devoraron extendiéndole la mano, aquella era una invitación a beber de ella sin ninguna decencia. Saga sintió su corazón crepitar dentro de su pecho, sabiendo que ya no habría vuelta atrás; escoger ese camino era definitivamente darle rienda suelta al destino.

Y decidió hacerlo, soltando el hilo de su vida para que este rotara en el suelo esperando que no llegara aún a su fin, tomando aquellas heridas y llevándosela a la boca mientras sentía la sangre tocar sus papilas gustativas y mostrarle ese sabor metálico.

Comenzando de esa forma el ritual.

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