Sueño (Saga x Aioros)

Su mayor anhelo ahora lo tenía, pero a que precio.

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Temas: Yaoi, drama.
Personajes: Saga, Aioros
Resumen: Su mayor anhelo ahora lo tenía, pero a que precio.
Dedicatoria: A Yasu, quien ha trabajado para dar un poco más por esta pareja que aunque no me guste pues, me surgió esto en un momento. También para Lightless_cynth, sé que quizás aquí no lo lea pero tengo mucho tiempo sin verla y siempre pensé en que me gustaría regalarle algo de esta pareja.
Comentarios adicionales: Mmmm… estoy aún calentando (?)

Sueño

Aún sentía sus manos llenas de sangre. Aún sentía entre sus dedos el líquido de vida caliente, llenando cada línea de su piel, goteando con lentitud descarada y creando ese sonido semejante a las agujas del reloj. Aún lo sentía… junto al helado viento de Star Hill, la sensación de tener una vida que se filtra entre sus dedos sin poder remediarlo. Sentía también como la sangre había teñido de rojo sus ojos, sus manos y su consciencia. Como había perdido el control.

El cuerpo del hombre de siglo yacía a su lado inmóvil, perdiendo el calor corporal. Su rostro de terror era lo que lo miraba y condenaba, un rostro que jamás olvidaría, viéndolo desde su posición, viéndolo desde su acongojada expresión y entre los mechones de color oscuro que caían entre sus hombros. La túnica manchada, las cadenas impactadas por su puño. El puño del sueño, el puño de la pesadilla.

El puño de la desgracia.

Desde aquel momento, nadie supo que ocurrió. Los soldados del templo fueron informados de la nueva meditación del patriarca ante los anuncios de las estrellas, que se extendió por semanas. Nadie podía entrar, nadie podía salir de ese lugar. Y dentro de las murallas de mármol, entre las columnas cinceladas con formas heroicas estaba él, mirando su mano, su derecha, aún ensangrentadas. Podía ver la sangre aún goteando entre sus dedos. La sangre atrapado en su cerebro, en su mente, dentro de él.

“Sálvenme”

Su mente encerrada por su mente.

¿Dónde quedaba el hombre de los sueños?

¿Dónde estaba el hombre que creía en la bondad, en la esperanza, en la justicia?

¿Dónde estaba él?

Necesitaba ser salvado. Necesitaba ser liberado de sí mismo. Necesitaba escapar.

¿Y si…?

Ante la llegada de la infanta Atenas, el templo de la suma santidad se volvió más asfixiante para ese ente que dominaba ya su razón noche y día. Su diosa estaba allí, perfumando las paredes del templo con su innegable presencia, con su cosmos cálido, con su poderosa esencia divina. Ella estaba allí, dándole un segundo de tranquilidad a su alma que no dejaba de ver su mano manchada de sangre. Dándole la oportunidad de escapar de él.

Necesitaba entonces enviar un pedido de auxilio, al único que sabía comprendería su llamado. Al que lo conocía, por encima de los demás. Al único que quizás le perdonaría la osadía de levantar su mortal puño ante el sobreviviente de la guerra santa, el pontífice, su padre. En cama levantó su puño derecho mientras sufría con la fiebre la lucha por la dominación de su mente. En cama levantó su mano  y filtraba sus ojos entre las aberturas de sus dedos como si buscara que alguien los llenase. “Sálvenme” pedía con angustiosa expresión, en una palabra que no podía transmutarse en sonido. “Sálvame Aioros”, cerró sus parpados agotados antes de que de nuevo el demonio de su cabeza le comiera la esperanza y lo sepultara en su manto oscuro.

“Sálvame”

Él lo escuchó. Sagitario aquella noche despertó sudando en sus aposentos luego de sentir como la figura oscura envolvía al patriarca y a su diosa. Sofocado y angustiado de dudas, se levantó de la cama de piedra para tratar de divisar desde la ventana de su templo lo que ocurría templos arriba. La calma de la noche no hacía justicia al  latir enfurecido de su corazón tocado por la preocupación, mientras sus bucles castaños se apegaban en su frente acanelada. Lo sentía, por dentro, el llamado de auxilio había llegado a él con una rapidez tal que sentía como si fueran palabras disparadas a su interior, a su misma alma.

Desde hacía semanas veía con pesumbrosa desconfianza el silencio del patriarca y la orden de que Géminis abandonara su templo por una misión, justo después de su llamado para liderar. Intranquilo ya era difícil el poder tan siquiera conciliar el sueño. Varias veces sus pasos se habían encontrado recorriendo el camino al tercer templo buscando un rastro de su compañero, al menos una pequeña partícula de cosmos que lo guiara a él. Más no encontraba nada… y la ansiedad junto a la intranquilidad tomaba espacio en su alma que dirigía horas enteras buscando entre cada rendija de las paredes del templo gemelo una señal de él.

Hasta esa noche, que creyó haberlo escuchado.

Y fue esa misma noche que el ente, agotado de pelear contra la voluntad del géminis y el poder que la diosa en su infantil cuerpo le ofrecía, decidió toma entre sus manos la daga de los dioses para dar fin a su vida y así, dar comienzo a su reinado como lo que era, como lo que ya era: el patriarca.

El viento se agitó turbio en el santuario, alertándolos a todos. En el silencio de la noche el cuerpo vestido por la túnica se filtró a la recamara de la diosa, con la firme decisión de acabar con su poder y con el poder del hombre que aún peleaba, dentro de él, por un momento de inusitada libertad. Se acercó reptando entre las piedras como la serpiente que se enrosca en las pedradas, y levantó el arma detallando el brillo del filo ante la luz de la luna.

“¡Sálvanos!”

Asestó. El viento atravesó la estancia con tal velocidad que no tuvo siquiera tiempo de notar en el momento preciso la figura de Aioros tomando a la niña en sus brazos. Se escuchó por dentro reír… y como una transfiguración lo que significó un sueño se convirtió en una pesadilla.

Lo que pensó era salvación, se convirtió en una tragedia.

Ahora sus manos estaban más llenas de sangre.

Ahora, al colocarse el yelmo usurpado, no había rastro de esa voz que clamaba por dentro un minuto de consciencia. Esta se había callado, dormida en el doloroso luto de la perdida, mientras el cosmos de sagitario se perdía a los lejos, fuera de los límites del santuario.

Verse vestido con la túnica, con el poder envestido en su cuerpo, con el peso de los siglos, era su mayor sueño.

Pero ahora se encontraba solo…

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