Lealtad (Saga x Shura)

Su duda había conseguido respuesta y con ello una dolorosa realidad. Saga aprovechando su poder ha vertido el puño en el Santo de Capricornio, dejándolo sin escapatoria. Y este ve escapar las alas doradas que aún creyendole traidor admiraba.

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Temas: Yaoi, Angst
Personajes: Saga, Shura, Afrodita, Aioros
Resumen: Su duda había conseguido respuesta y con ello una dolorosa realidad. Saga aprovechando su poder ha vertido el puño en el Santo de Capricornio, dejándolo sin escapatoria. Y este ve escapar las alas doradas que aún creyendole traidor admiraba.
Dedicatoria: A Scarlet y Kaori Subaru, también a Martha porque su Art me dio más impulso para acabar este. Se los dedico por toda la labor que han hecho en el foro, por su animo, su buena vibra, porque siento que pese a que nos guste diferente pareja no significa nada porque pertenecemos a un mismo fandom y amamos a un mismo personaje. Y ADORO eso. Sentir que no hay problema porque te guste con el uno, con el otro, porque te gusten más de este o aquel lado, sino que somos compañeras de oficios y que nos gusta recrear escenas fantásticas con personajes que nos gustan. Es un placer leerlas y es un placer para mi compartir este espacio con ustedes. Muchas gracias por hacerme sentir  en casa 😉
Comentarios adicionales: Creo que lo sigo leyendo, y lo sigo corrigiendo.

Lealtad

Cuarteado en miles de pedazos, la conciencia de Shura cayó tal cual como los cubos en los que convirtió los ornamentos que decoraban la sala patriarcal. Piezas de piedras habían sido víctimas de su filo de justicia, pero no pudo evitar que dos puños demoniacos atravesaran sus nervios y destruyeran todo rastro de razón. Con sus rodillas machadas de sangre apenas podía procesar el hecho del sabor metálico de su boca o el dolor que tenía en todo su cuerpo producto del Galaxia Explotion. Apenas pudo sacar un murmullo, moribundo, intentando recuperar la necesidad de tomar aire perdido en la nebulosa de su ser.


—Todo santo deberá arrodillarse ante mi—escuchó a lo lejos, mientras sentía el hilo de sus pensamientos ahorcarle la posibilidad de defenderse ante ese poder que ardía y consumía su voluntad—, sin importar que tan fuerte era.

¿Realmente lo era?

Ahora ante su vista la armadura de Géminis resguardaba el cuerpo del patriarca, quien ya había puesto sobre su cabeza el yelmo de oro que lo envestía de poder. Entre resplandores de luz, la oscuridad y el silencio gobernaban la sala destruida. Y él se preguntaba si realmente era fuerte…

Abrió sus labios partidos por el poder de las galaxias que había estallado en su rostro. Tembló su mandíbula mientras intentaba enfocar ojos desorbitados. Lo sentía aún, como un hilo de hierro al rojo vivo atravesándole la cabeza, en una secante en la mitad de su cerebro. Pero no se dejó caer… su cuerpo no pudo siquiera pensar en dejarse desfallecer. Sus rodillas temblando se mantenían firmes en la empresa de mantenerlo allí, en esa posición, inclinado antes quien ahora era su señor. Una rodilla contra el suelo, su hombro guardando el ángulo idóneo de la reverencia, su cabello como el ébano cubriendo hilos ensangrentados; las gotas de sangre manchando su inmaculada capa blanca.

Justicia…

Su justicia estaba frente a él, no podía desfallecer. No podía…

Justicia…

Aioros…

—Aún sigues así—Saga se acercó con andar lento hacía quien se había atrevido a desafiarle, a él, un dios. A él, un asesino de dioses. Las circunstancias hasta le parecieron irrisibles—. Desfallece ya.

La mandíbula le tembló, más no pudo hacerlo, no pudo obedecer el designio del nuevo amo. Sintió todos sus huesos tensarse en el solo objetivo de mantenerlo lejos del suelo. Jamás saberse vencido, jamás asumir la derrota y jamás mostrarse ante su señor un perdedor. Jamás rendirse…su justicia, aún manchada, seguía recta y firme en sus principios.

Era lo único que tenía desde que lo había matado.

Lo único que le quedaba…

Se descubrió entonces aun pensando en él pese al peso del puño demoniaco en su misma alma, como si incluso ese poder maligno hiciera reverencia ante la luz de su recuerdo. No podría de ningún modo manchar el resplandor de su memoria con la sangre ni mucho menos con la traición. Y ahora… ahora veía un honor haber sido su brazo la espada que cercenó el futuro de las alas doradas.

El puño demoniaco aprovechaba eso a su antojo, ordenando su memoria como piezas de un rompecabezas, acomodando sus recuerdos como mejor le convenía. Menos dolor, más honor. Menos culpa, más valentía. Menos nostalgia, más convicción. Menos oscuridad, más de Aioros, más de su brillo, más de su sonrisa esfumándose en la luz de los amaneceres griegos, brillando entre el oro de la arena de sol. Bailando en un cielo dorado de plumas. Eliminando toda brecha que pudiera generar una ofensiva en el cosmos para tratar de liberarse del maleficio que Saga había vertido en él.

Él había subido por él…

Él se mantenía por él…

El falso patriarca lo tomó del cuello, apretando sus ásperos dedos sobre la lisa y adolescente mandíbula. Había notado que pese a su control algo en él no lograba pertenecerle por completo. Podía sentirlo y no solo eso, podía verlo a través de su cosmos. La mirada de Shura pasó a moverse hacia atrás, visualizando los grabados antiguos del techo del salón, o lo que quedaba tras su técnica. Sus pies cubiertos por oro se arrastraron hasta dejar de sentir el charco de roja sangre que habían manchado sus pulidas botas santas. Ahora estas gotas caían goteando con aquel sonido que se vertía en su oído, sin dar mayor información más que de su existencia. Intentó entrar al negro de sus ojos no encontrando más que el trance que había provocado

Saga frunció su ceño al notar la oscuridad de sus pupilas, absortas aún, perdidas en lo profundo de sus divagaciones. Relamió en sus labios el sabor alcalino de la victoria y la sumisión. Sintió entre sus dedos el placer de la sangre fresca y la piel joven. La conquista que tenía en sus manos le auguraba una noche placentera. El fuego del sadismo hacer presa de sus pensamientos. Sus ojos cubiertos de sangre recorrieron el cuerpo que ya había crecido, divagó entre las líneas de sus hombros y recorrió con indolora templanza la derecha de su brazo, buscando el tan ansiado filo de su excalibur. Aquella que ya no le pertenecía a Atena sino a él. Su mayor y nueva adquisición. Sonrió ante aquello.

El brillo de los ojos de Saga era solo semejante a la sangre que llenaba sus pies. Su cabello negro caía en ondas sobre la dorada armadura, en medio de las sombras que hundían y empapelaban cada espacio de piedra en el lugar. Nadie se había movido de sus templos, y aquello le había otorgado el tiempo suficiente para actuar. La mano que sujetaba la mandíbula de Shura se movió provocando que el cuerpo inerte ahora saboreara entre sus labios el aliento caliente del hombre que usurpaba las máscara. Shura tembló… un atisbo de terror nubló su cabeza ya atestaba de otras tantas cosas.

—¿Huelo miedo?—su voz aterciopelada pareció mofarse de lo que había sido un inconsciente respingo en su piel ante la sensación de la cercanía—. Huelo terror, Shura—la mano derecha tomó el otro lado de su rostro sosteniendo aquel cuerpo a base de su cabeza perdida en el limbo de su psiquis—. Mi misericordia es que salgas con vida de aquí-se curvó sus gruesos labios mientras veía la exhalación brotar de la boca del de capricornio-, más no con honor.

En un movimiento lleno de fuerza bruta, Shura fue arrojado hasta donde quedaban los vestigios del trono patriarcal. Trastabilló contra el suelo antes de hallarse de espalda al pie del trono, y cayó con su nariz contra la piedra. Sus brazos no tuvieron esta vez fuerza de moverse, en su cuerpo de poder siquiera oponer resistencia, mientras se escuchaban en eco los pasos patriarcales del hombre que vestía la armadura de los templos gemelos.

Justicia.

La palabra se transformó en una mofa mientras sus ojos ahora comenzaban a arder, o lo hacían y apenas se hacía conocedor de ello. Volvió a temblar al sentir como un manto de negro cubría su vista, manto que pronto pudo identificar como cabello. Saga ahora se había inclinado sobre él y dejaba que el largo de su cabellera cortara la visión de la salida del templo, aquella que aún no pisaría. Sonrió en ese momento y entonces Shura sintió como el fuego que calcinaba a sus neuronas no era capaz de mitigar el frío que se colaba por su columna.

Tomándole de la barbilla levantó el rostro ensangrentado y paseó su lengua por la comisura. Probó con alevosía el sabor de su sangre y sonrió sintiéndola caliente, aún llena de vitalidad. El brillo de sus ojos enrojeció aún más ante aquella muestra de poder sobre él y se aventuró a quitar los rastros de aquella sangre en sus labios con el uso de su lengua. Los ojos de Shura vagaban entre los surcos de luz que se escurría entre los mechones negros. Una lágrima frustrada brotó de su lagrimal derecho y se precipitó a la herida losa.

Ese era el precio por tener el valor de buscar una respuesta. Ese fue el precio por seguir lo que creía justicia.

—Él tenía tu edad cuando murió—le escuchó decir mientras volvía a jalar de su cuello hasta levantarlo de nuevo del suelo.

Él…

Sus puños se cerraron presa de la impotencia que comenzó a sentir. De nuevo quiso pelear. De nuevo quiso huir. Quiso huir de la aspereza de la lengua que invadía a su boca como una culebra que se adueñaba de su espacio. Quería huir de la sensación nauseabunda, del honor perdido y el valor destrozado. Quería huir, pero era imposible. Había caído en la enorme telaraña que Saga había formado para él, comenzando con los hilos que había empezado a tejer en su memoria. Arrastrado ahora solo podía sentir como sus pensamientos de libertad comenzaba a ser invadido por otro de obediencias llegando a un punto que no sabía realmente que era lo que pensaba.

Saga lo elevó de nuevo del piso y la sangre escurrió hasta formar una alfombra roja bajo sus pies. Apenas y el cuerpo de Shura era capaz de mostrar algún atisbo de conciencia mientras su mente peleaba por reconocer cual era su verdadera voz en el cerebro. Sin dar lugar a ello, el patriarca lo empujó contra el trono que él había destrozado haciendo que su cuerpo desfallecerá sentado sobre la santísima silla. Su cabeza quedó en medio camino de golpear de nuevo su rodilla, con los mechones de cabellos negro ensangrentado y la vista perdida en los nubarrones del ardor provocado por el puño.

—Tú lo debes recordar mejor que yo—la bota de géminis se posó sobre la abrazadera del trono y dejó que su cabello cayera lánguidamente a un costado de su cuerpo—. ¿Fuiste a buscarlo queriendo encontrar que el llamado de traición era una mentira?—le tomó de la barbilla, levantando el rostro que se dejaba hacer, perdiendo cada vez más voluntad al paso de los segundos—. Ingenuo… como lo era él.

Detuvo sus dedos en el filo de su mandíbula. Como titiritero su sonrisa se torció pensando en la mejor de sus cacerías. El rostro derrotado de Shura se le antojó completo para él, saciándose así de todo honor que quedaba aún arraigado en su casta.

—¿Quieres verlo?—ases de luz llenaron su palma mientras el viento que se gestaba en consecuencia del poder movió su cabellera empujándola tras su espalda. El mismo brillo que hizo que los ojos oscuros de Shura vieran luz.

Otro golpe contra sus retinas. Otro infierno transmutado a luz en sus ojos. Cualquier podría imperar misericordia a favor de él pero no había nadie quien pudiera salvarlo de los pensamientos que Saga tenía para su cuerpo aprovechando los desechos de su alma.

El rostro de Shura estaba a punto de descender dramáticamente hasta su pecho cubierto de oro pero fue detenido por la palma de Saga quien estaba atento a cada movimiento. Ahora allí sabía que sus recuerdos no solo eran manejados sino que estaba embebido en la ilusión que creaba dentro de su cabeza. Sabía que era lo que Shura más ansiaba, quizás más que su propia vida. Ansiaba volver a ver a Aioros y seguirle por un instante como lo había hecho antes, como tanto llegó a molestarle. Se lo estaba concediendo, más nada era dado gratis, no cuando podía darle un cambio sustancioso. Saga perfiló una sonrisa mientras veía como los negros se dilataban aún más queriendo leer lo que había en su cabeza.

Efectivamente, Saga había sabido leer cual era el deseo de Shura, que era lo que más anhelaba. El español ahora se veía sumergido en los ojos verdes de aquel hombre que le sonreía como si la luz del sol se trasladara entre sus dientes. Sus rizos castaños se movían al son del seco viendo griego y podía ver el color tostado de su frente bañada de sudor y tierra amarilla.

Shura, totalmente envuelto por la ilusión del géminis intentó levantar su mano notando que ya no había control en su cuerpo. Podía notar las plumas que se iban al cielo en doradas porciones mientras sus ojos se estacionaban en la espesura de sus pestañas y en lo ancha de su nariz. Podía sentir su nombre tintinear entre sus labios absortos por decir algo a su favor. Pero su mano no podía moverse, no físicamente, porque ya su cuerpo estaba resquebrajado hasta sus últimas fuerzas. Su mente estaba colapsando y no podría más, aunque sintiera un hormigueo que se avecinaba en sus piernas, y el tacto le hacía sentir el fuego de un deseo no consumado.

“Despertaste por fin, me habías asustado”—su voz… escuchar su voz provocaron que sus ojos se humedecieran por las lágrimas—“. Te desmayaste luego de haberlo logrado. Concentraste tu cosmos en tu brazo y lograste un milagro, ¡estoy orgulloso de ti!”

Cerró sus parpados dejando escapar la lágrima, la nueva lágrima, la última lágrima.

“Con ella protegerás a Atena…”

Saga observó con malestar como el cuerpo quedó tendido contra su brazo, con sus parpados cerrados y totalmente inconsciente. Por fin el maleficio había podido más que su cuerpo y pese a la mano que él ya dejaba rodar por sus muslos, no obtuvo más reacción que la rendición del décimo santo ante el cansancio y el dolor. Chasqueó molesto la lengua y empujó la cabeza del muchacho hasta que golpeara el esponjoso espaldar y que esta cayera a un lado de su hombro cubierto de oro. Poco realmente le importaba si estaba consciente o no, lo único que quería de él estaba allí, entre sus piernas.

Bajó el pie del trono y se echó el cabello hacía atrás, notando como había dejado él su hermoso santuario. Quizás ese no era el lugar adecuado y su aposento demasiado santo como para que un maldito traidor lo tocase. Quizás las santas albercas sería el lugar idóneo para satisfacer su lujuria.

Decidido se inclinó a punto de tomar sus piernas para arrastrarlo por toda las alfombra, antes de que el sonido de unos pasos y el cosmos de un conocido se acercara deteniéndolo en su proeza. Se había tardado, pensó, había tardado mucho para que uno de esos niños desobedecieran su orden de no subir.

—Su majestad—escuchó tras la enorme puerta la voz aún adolescente del doceavo guardián—, he venido para corroborar su seguridad.

Antes de que diera su permiso, Piscis se aventuró a abrir las puertas de la sala. Sin dar a tiempo a nada, el mismo Saga tomó la pierna de Shura y lo arrojó hacía el duodécimo guardían, haciendo que Afrodita en su segundo de avistamiento tomara el cuerpo del español y evitara que golpeara en seco contra las enormes puertas, importándole muy poco, o quizás no imaginando, el que se llenara de su sangre. Sus ojos celestes al por fin constatar la presencia de su compañero entre sus brazos se abrieron llenos de sorpresa. Estaba totalmente moribundo, Shura se veía absolutamente derrotado. Levantó entonces sus ojos hacía donde debía encontrar al gran patriarca y lo que vio fue el yelmo patriarcal sobre la cabeza de quien vestía la armadura de Géminis.

El brillo golpeó de inmediato a sus retinas.

El poder que envestía a ese hombre deslumbró los más profundos recovecos del alma de quien nació bajo la tutela de Piscis. Sintió ese poder tomar forma frente a él con una belleza indescriptible. Sus labios temblaron ligeramente y no pudo mantenerle la mirada, la bajó en gesto de sumisión con una inevitable sensación de mareo y de confusión. No podía creer que quien vistiera esa sagrada armadura era quien llevaba el yelmo del patriarca. No podía creer que era el mismísimo Saga el que ahora tenía el poder del santuario. Pero aún golpeado por un poco de su incredulidad, por dentro estaba seguro que no había otro capaz de sostener bajo su mano tan grandísima misión. Y si se trataba de poder, el de géminis era más que el indicado.

¿Bajó que preció? ¿Cómo? ¿Por qué? Esas preguntas carecían de sentido en ese momento. El poder lo había escogido a él. No. Saga había dominado el poder bajo su mano. Él era el patriarca.

—¿Entiendes lo que significa mi presencia aquí, Afrodita?—el menor aludido inclinó más su cabeza en señal de aceptación. Saga ya se encontraba dispuesto a usar su puño en piscis, si lo veía necesario, pero para su complacencia habían algunos que podía manejar sin necesidad de ese poder—. Entonces calla y sácalo de aquí.

En silencio, Afrodita obedeció.

El sueco bajó con Shura notando como su cuerpo pesado apenas podría mantenerse en pie. Notó lo perdido de su semblante, notó lo herido que se encontraba. No sabía si estaba despierto cuando lo arrojaron a sus brazos o acababa de despertar. No sabía nada. Aún así, el debía suponer la razón por la que aquella reunión terminó de este modo.

—¿Tanto creías en él, Shura?

Una pregunta retórica. Una respuesta inexistente.

Una lealtad probada y manchada…

Shura no tuvo fuerzas para responder.

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