Momentos (Albafica x Shion)

Vista de momentos Shion & Albafica desde sus inicios hasta el final

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Temas: Yaoi, Angst, Drama
Personajes: Shion, Albafica
Resumen: Vista de momentos Shion & Albafica desde sus inicios hasta el final
Dedicatoria: A Karin, mi Geme malvada. Creo que ella disfrutara mucho estos pequeños escritos :3
Comentarios adicionales: Basados en el universo canon de Saint Seiya Lost Canvas.

Vida
[428 palabras]

Hay un tintineo.

En realidad es un estruendo, pero para sus oídos es como un tintineo hueco. Como las campanas de un pueblo anunciando la hora de la misa. Así, en un vacío agudo se esparce y llena sus oídos, siseando. No es arrullo, tampoco un grito. Es solo un tintineo.

Sus ojos recorren las túnicas pesadas. Ubican las aberturas. Rastros de piel blanca, tras los tejidos desgastados de un manto viejo. Sus pupilas almendradas fijas en un objetivo. Y allí, embebido en su momento, el tintineo se detiene con el brillo escuálido de un martillo. Controla el aliento.

Él lo envuelve. Sus labios húmedos y entreabiertos le invitan. Sus mejillas sonrosadas por el esfuerzo le llaman, una invitación de suave toque insano: prohibido. Su faz conteniendo el aire —como él— es un festín a los ojos. Belleza implícita entre telas viejas y retazos de oro. Con polvo de estrellas entre sus dedos, su cuello, sus párpados. Pegados a sus pestañas, como la vía láctea.

Fascinante.

El tintineo queda lejos, perdido. Ahora es su corazón el que escucha con golpes sordos dentro de su tórax. La sensación le abruma, la sed le sabe a sal. Absorto observa el siguiente movimiento. Aquel mira sus manos magulladas, escarcha esparcida en sus finos pliegues. Sus pestañas tiemblan, sus piernas tiemblan.

Su sexo tiembla.

Y el corte. El aire se le escapa de un murmullo. El corazón le aprieta. Sus vísceras se remueven cuando observa la fina capa carmesí envistiendo su armadura. Los ojos almendras contienen el dolor y brillan. Titilan, enfurecidos, airados, emocionados, atolondrados. Dilatadas pupilas observando con placer, con ardor, la forma en que sus rojos cubren el oro y lo manchan.

Él observa. Fascinado.

Vuelve a respirar.

Su armadura responde al baño escarlata y brilla. Una estela de luz inunda el recinto obligándole a cerrar sus pestañas. Siente un escalofrío levantarse desde la punta de sus pies, mientras se mantiene a distancia. Siempre a distancia, su seguridad en espacios abiertos y protocolo establecido.

Entonces, silencio.

—Acabé —le escucha.

Abre los ojos. La observa. La luz de su coraza le ciega por un momento, lo deja aturdido.

Persigue el brillo con su mirada, luego la sinuosidad de una venda. Pronto el movimiento en sus muñecas, la blancura convirtiéndose en rojo. Después sus manos. Al final sus labios.

—Ya está viva.

Sus ojos como almendras dulces. Mechones dorados cayendo en su faz.

—Te heriste —murmura.

—Ellas necesitan sangre para vivir.

Sangre + Vida. Qué ironía.

Se sonríe.

La ecuación es distinta para ellos. Polos opuestos. Un más donde siempre habrá un menos.

Cotidianidad
[Shion x Albafica]
[442 palabras]

Había aceptado la invitación pese a lo inusual. Albafica miraba de reojo a Shion caminando a su lado mientras observaba una y otra vez la nota de pedidos que tenía para Rodorio. Él solo pensaba comprar algunas cosas para su pequeña nueva planta, la que cuidaba esperando no fuera víctima de su veneno.

Volvió a ver la lista con renovado interés. La historia de ella le había parecido graciosa. Había surgido de un impase con Manigoldo, quien destruyó uno de los libros más queridos de Degel. A Shion le había tocado la tarea de ver cuál era para irlo a buscar al pueblo. En el camino: Cid le pidió una hojilla, Kardia un par de manzanas, Dohko que le trajera algún bocadillo con jalea y Hasgard unas nuevas sandalias de cuero para uno de sus aprendices. Tenía una gran cantidad de cosas que llevar de vuelta.

Todo le parecía un tanto inverosímil, pero no podría negar que le agradaba la sensación. La paz en el santuario se reparaba en esas pequeñas cuestiones cotidianas.

Shion cruzó a su derecha al encontrar la biblioteca. Entraron juntos y dejó que el más joven hablara con el encargado mientras pasaba el peso de su cuerpo entre un pie y otro, observando la imagen  nítida de la ventana del local. Se inclinó contra el madero y suspiró. Desde allí, en el reflejo, se podía ver a Shion tratando de explicar los detalles de aquel libro.

Se veía tan niño aún, tan joven, tan ingenuo y genuino. Verlo le inspiraba recordarse a sí mismo en esa época de juventud donde sus puños no se habían convertido en acero. Sonrió ante el pensamiento de querer proteger esa parte de él, incluso en la guerra.

—Estamos listos.

Ante el mensaje de Shion, Albafica se separó del mueble para salir del local. De regreso al santuario se dieron tiempo de hablar de muchas cosas, de los aprendices, de la temporada de lluvia, de recuerdos de sus maestros y sus vidas lejos del mármol santo. A los dos se les antojó alargar más el momento, pero al estar en los pies de Aries, era hora de volver a su casa.

Albafica se despidió y sin más comenzó su camino de ascenso, dejó a Shion con toda la canasta de compra. Le había propuesto ser él quien la dejara a cada dueño, pero Shion prefirió quedarse con esa tarea. Los ojos almendras se quedaron clavados a su figura hasta que lo vio desaparecer entre la sombra de Tauro. Luego bajaron hasta la canastilla.

La pregunta siguiente era qué hacer con todo lo que compró como excusa para estar unas horas a su lado.

Eran Compañeros
[419 palabras]

Sus puños temblaban. Albafica lo vio bajando de la sala patriarcal. Los suaves rasgos del tibetano vibraban entre el estupor, la vergüenza y la impotencia, mientras su compañero de arma bajaba cabizbajo. Había sentido el golpe de poder en la sala principal, había percibido que algo ocurrió. Los tres santos de plata que habían subido al recinto no volverían más.

Apretó sus propios puños. Debió haber notado que algo no estaba bien en ellos. Esos tres santos, enemigos, habían incluso superado la frontera de sus rosas y atacado a su diosa. Lo había superado a él. Semejante desatino en su misión no se lo perdonaría nunca, y aunque Albafica rumiara ahora su propia responsabilidad, ver a Shion aún paralizado entre las escaleras se convirtió en su prioridad mayor.

Se acercó a él dubitativo, observando como la mirada clara levantaba su dirección hacía él y los dos puntos crearon una curva insistente sobre sus ojos. Marcada agonía interior.

—Eran nuestros compañeros. —Logró decir, con su voz ambivalente entre los tonos cansados de su garganta.

—No, ya no lo eran… —La tajante respuesta de Piscis provocó que el ariano apretara más sus dedos a la coraza de oro, no pudiendo digerir tan simple conclusión: correcta y cruel—. Dejaron de serlo en cuanto murieron Shion.

—Siento que los maté.

—No, ya ellos estaban muertos.

Le hubiera gustado consolarle con algo más que palabras perecederas, pero no podía. Los músculos de sus brazos que ansiaron cubrirle tuvieron que resignarse a la razón y a la distancia que debía imponerse. Albafica aún así le transmitió su impotencia y los ojos de Shion, observándolo, temblaron al constatar que también tenía necesidad de ese gesto.

—Por favor, no te sientas responsable de esto. —Bajó sus ojos hasta el brillo de sus zapatos dorados

La distancia de ellos debía ser así: tácita. El veneno tenía el grosor de un océano. Shion bajó también sus ojos, hacía las rosas. Roja marea de muerte y destrucción a la que Albafica estaba acostumbrado.

—Yo no podría matarte. —Albafica levantó su mirada al escucharlo—. Yo no podría, si Hades llegara a… —No pudo terminar la idea, Shion mordió sus labios ante la posibilidad.

—Yo si lo haría. —Los ojos de Shion le miraron con desesperación—. Te abrazaría con mi sangre hasta matarte. Le agradecería a Hades esa oportunidad.

Abrió sus labios buscando una palabra que nunca llegó, para pronunciarla. Albafica prefirió esconderse en la soledad de su templo, dejando en el aire el deseo oculto tras sus palabras.

Cumplido
[402 palabras]

Derogó el uso de la mascara en Géminis y la prueba de sangre en Piscis. Con esos solos hechos, Shion sintió que había curado algo del pasado. Era una especie de deuda añeja, que se había marinado por decadas. Una cuestión irrefutable que había esperado el momento de ser concretadas.

Ese momento llegó. Cuando el último de los jovenes aprendices había alcanzado la sagrada armadura, su corazón sintió el tan anhelado descanso. Los ojos vivos de Saga, conmo recuerdo intangible de un viejo amigo, le habían buscado para hallar un mudo consentimiento. El anciano tras la máscara le sonrió y ante las líneas del tiempo, ahora entretegida en textura de estrellas, giró sus ojos avellanas hacía la figura del joven piscis. A su derecha.

Pasó su diestra en los suaves remolinos de sus cabellos claros. Los ojos del aludido, infantiles y avidos, le regresaron una mirada admirada y una suave curva en sus labios, con sentimiento fraternal.  El recuerdo de él se vertió como una brisa. Leyó en el fondo el alma de Albafica rejuvenecida y brillante.

“He cumplido mi promesa…”

En la soledad de su templo, delineó entre sus yemas las lineas de aquello que su memoria había inmortalizado. Los recuerdos de él, en hojas de remembranzas, habían sido parte de su fuerza y vigor en el largo camino que su destino le había preparado. Había convertido también en amiga a sus rosas. Había aprendido a amar su belleza y soledad. 200 años experimentando la ausencia y entendiendo a un amigo que recreó en él un sentimiento súbito e intenso en su perdida juventud.

“He protegido lo que protegiste con mi vida, con mis años. He hecho lo que he podido hacer por ti”

Todo estaba dicho. Sus pasos agotados subieron a la colina. El frío de lo irremediable caló a sus entrañas. Un fulgor alejado en la noche, oculto entre capas de ayeres. Eso era el brillo de una estrella ya muerta.

Alzó su mirada. Star Hill se despedía. La premeditación ante la certeza había sido determinante.

“Pero el destino es el destino. ¿Podemos luchar contra ello?”

Géminis llegó. Vertió sangre.

En su caída, ante los vagos resquicios de vida, observó una frazada de petalos ser jaladas al infinito, acompañando las estrellas.

Entonces no importó el destino. Su mirada se derramaba. Ellas también fueron a despedirle.

“Realmente, son bellas”

Sonrió y su alma halló entre la traición su esperado reposo.

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