S’Agapo, Mere Dost (Cap 01)

En la Grecia Antigua, dos hombres de distintas culturas establecen un lazo en nombre de las artes y el conocimiento, en un país donde la belleza y el amor entre hombres tenía una connotación más allá de la sensorial.

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Temas: Yaoi, Angst, Drama, Histórico
Personajes: Saga, Shaka
Resumen: En la Grecia Antigua,  dos hombres de distintas culturas establecen un lazo en nombre de las artes y el conocimiento, en un país donde la belleza  y el amor entre hombres tenía una connotación más allá de la sensorial.
Dedicatoria: A los amantes de esta pareja, al club y bueno, es un reto que quise asumir.
Comentarios adicionales: He estudiado y leído tanto que ya no sé donde leí lo que leí. Solo sé que he intentado documentarme lo suficiente para abordar esto de la forma más verosímil posible y no fallar ante lo que se conoce como la civilización Griega e India de la antigüedad. Esta historia ha sido un reto, quizás no sea tan leída porqué no es el tipo de fics que lamen la atención, pero me gusta, me he sentido llena y enfrentada a mi miedo por abordar historias en contexto históricos.

He abordado este tiempo por distintas razones: el auge de  Grecia como gran polis, la fundación de Budaismo y el comercio marítimo  Sé que no será sino hasta dos siglos después que haya una real influencia de Grecia sobre la India, peor nada dice que no hubo contacto, aunque sean pocos, desde antes.

Capitulo 01: Namaste

Siglo V a. C

Atenas estaba en su era de Oro. Pericles, su gobernante, enaltecía la belleza de las artes y los conocimientos, convirtiendo a la hermosa hija de Zeus en un centro de saber y de entretenimiento, más allá de lo que otra ciudad en la época podría adjudicarse. La fuerza naval y económica de los ateniense dominaba el mediterráneo, el mercado estaba en auge y la victoria sobre los persas había promovido a la civilización helena en un estado de paz y poderío que nadie se atrevía a disputar. Ni siquiera las ciudades aledañas que temerosas de su poder aceptaban con sumisión los decretos atenienses aunque no estuvieran de acuerdo. Más que aliadas, subyugadas.

Siendo este el panorama de la antigua Grecia, ocurre una historia particular que no tiene espacio en ningún libro, siquiera en algún cuento mitológico. No hay poemas ni declaraciones que hayan sido desarrolladas en el marco de estos dos hombres que, en el punto del sol donde Atenas era bendecida, se habían conocido. Ni lo habrá. Muchas historias nacieron para no ser contadas. Otras para ser oídas en el silencio y disfrutada en el secreto. Testificadas en el seno de una jurisprudencia invisible. Ellos ante el mundo fueron perfectos, ante ellos eran seres que peleaban contra su propio sentir. Y si bien, el contexto histórico pudiese ser relevante, este autor no quiere más que sumergirse en las variantes que la historia y los eruditos no podrían explicar, sino ellos. Simples seres humanos.

Entre los mercados y los mercaderes, el esclavo daba pequeños brincos en la multitud buscando el encargo que su señor le había dejado. Corría con la naturalidad de una gacela y se perdía por su minúscula imagen entre la muchedumbre, escapando de los gritos, algunas manos mal intencionadas y trataba de desviar la mirada de los opulentos y desgastantes remates de esclavos que de vez en vez se mostraban en la ciudadela.

Él contaba con un buen señor y había tenido la fortuna de ser tratado como parte de la familia, pese a su posición como esclavo. Además, sus compañeras eran amables y atentas y le trataban con ciudado, cosa que debía agradecer. Poco le importaba ser tomado en cuenta como ciudadano ateniense, mientras fuera un ciudadano de esa casa. Y por razones como estas, tan sutiles e insignificantes, cumplir con la labor encomendada para él era una razón de vida.

Myron alzó de nuevo sus talones y se puso en puntas. El calor del verano provocaba que el sudor de su dermis se pegara con la tierra amarilla y denotaba a su vez el cansancio. Otra embarcación había llegado al puerto de Pireos y esperaba que en ella estuviera la encomienda de su señor. Le había dicho que lo esperaría en la plazuela y llevara allí a la persona que tenía que escoltar en su nombre. Viendo como se armaba el descenso de la embarcación y por los bienes que eran transportados en ella, dedujo que de allí vendría el objeto de su misión.

El comercio de esclavos era habitual en esa época y no había ningún tipo de desagrado ante las condiciones en que los esclavos podían llegar a sus manos. Myron, por ejemplo, no hablaba. Su dueño anterior le había cortado la lengua antes de venderlo y nadie se había preocupado en buscar algún tipo de justicia para él. Así era mejor, decían. El secreto de sus dueños estaría a salvo con esa acción.

Aquella carencia no era una debilidad para él. De contextura delgada, tenía largos brazos y piernas para las maniobras rápidas, y su cabello yacía pegado a su cráneo, formando pequeños remolinos color oscuro. Su piel era oscura, con facciones fruto de su descendencia siria, sin embargo vestía como un ciudadano griego, colgaba sobre sí la túnica de lana que amarraba con un cordón degastado. Sus pies descalzos eran grandes, de dedos separados. Eran notable a su vez los contrastes de color en su planta, pálida. Con la energía de un chico de trece años servía a su señor sin la necesidad de oponerse a su estado de yugo impuesto.

Entre el gentío que se movía en el puerto se podía observar toda clase de cosas. Por un lado los esclavos que llegaban a Atenas eran encaminados en fila hacía la plazoleta, amarrados sus pies y con una gargantilla en el cuello que los enfilaba entre los grilletes. Había mujeres y niños, como él, algunos jóvenes que visiblemente habían sido golpeados. El destino de ellos era tan misterioso como su pasado, lo único claro de ellos era su constante presente. A veces Myros intentaba no verlos y no dar rienda suelta a su imaginación alimentada de la poca experiencia vivida.

Sacudió sus manos y volvió a dirigir sus grandes ojos oscuros al rollo de cuero que debía permanecer atado a su túnica. Esa era “la llave”. La forma en que el invitado venido de lejanas tierras sabría que era con él con quien debía de irse. En efecto, el rollo de cuero que guardaba el papiro escrito con el puño y letra de su amo estaba allí y Myron lo sujetó con obsesivo cuidado. Devolvió la vista hasta donde desembarcaban las vistosas telas y jarrones artísticos.

Su amo le había dicho que lo reconocería solo al verlo. Que sería difícil que pudiera despreciar su figura en cuanto sus pies pisaran las tierras helénicas. No se había equivocado y con certitud el joven esclavo había avistado desde su posición la figura del visitante, observándole con incrédula sorpresa. Las telas coloridas de su traje fueron lo primero que llamó su atención, de colores terracotas y naranjas, habían insinuaciones turquesas entre puntos violáceos, que envestían su túnica. El turbante en su cabeza daba arremolinadas vueltas con colores tierras, parecidos al de la túnica que tejía y caía sobre su cuerpo. Luego, venía algo que se enrollaba en sus pies y no pudo reconocer, como dos piezas separadas que lo revestía antes del calzado colorido y llamativo.

Un hindú. Eran muy pocos los que había visto, pero este en definitiva tenía algo que lo hacía diferente a los demás. Maravillado con la visión, no detuvo sus pasos hasta que se acercó a él y extendió el pequeño rollo de cuero con el que sabía el hindú lo seguiría hasta su amo. Tuvo el respeto de no mirarle directamente el rostro, le pareció incluso prudente. Era posible que, tomando en cuenta lo maravilloso que era ante sus ojos, fuera algún tipo de falta de respeto mirarlo directamente.

Como no podía hablar, simplemente se inclinó lo suficiente para levantar entre sus manos el rollo y fijar su vista hacía la tela que acababa su vestuario y sus zapatos. Escuchó que algunos otros marinos se acercaron al hombre y le hablaban de ciertas cosas en un idioma que no llegaba a comprender. El hecho fue que el hombre llegado de la India finalmente tomó entre sus manos el rollo de cuero y luego de hacer ir a los otros, abrió la envoltura para leer lo escrito.

Myron empezó a sentir la incomodidad de preservar esa posición frente al extranjero, aunque se entretenía la vista entre los bordados de los zapatos que cargaba ese hombre, cubriéndole incluso los dedos de los pies. Era muy distinto a ver sus propios pies llenos de tierra, con manchas amarillas entre su piel oscura y las uñas rosadas. De imprevisto, el toque de una mano sobre su cabeza lo sacó de sus pensamientos discrepantes y se animó a subir la vista hacía el hombre. Las pestañas eran como oro, pensó, y el punto sobre su frente de color rojo era intrigante. Pero sin dudas algunas lo que llamó su atención fue el momento en que el hombre juntó sus palmas  al nivel de su pecho y sonriendo, le saludó.

—Namaste.

Magadha, al norte de la India, era un reino en constante expansión en ese tiempo. En sanscrito era llamado el gran país. Ante el antiguo reinado de Ayata Sharu, las tierras del reino se habían ampliado y tenían la mayor parte del norte de la India bajo su poder. El antiguo rey había muerto, pero la irrevocable influencia Budista, en especial después del Consejo del budismo auspiciado por el mismo gobernante, ya era irreversible. Aún después de la muerte de Buda Gautama.

En ese momento, la polis ateniense brillaba entre las numerosas muestras de conocimiento, las artes y las construcciones que Pericles promovía con el tesoro de la Liga de Delos. Su victoria sobre los Persas la había engalanado de prestigio y fueron muchos los que quisieron prendarse de ella, en busca del saber. En esta historia, hubo uno de la India que azuzado por las maravillas de Grecia, había decidido visitarla y traer sus influencias para hacerse conocedor. Un hombre hindú, oriundo de la ciudad de Raja Griha. Esta no era la primera vez que pisaba los puertos helénicos.

Perteneciente a la varna Brahmán, era considerado un dios entre los hombres. Y si bien, ese título le daba una atención especial y una alta jerarquía en el reino, Shaka en sí no se veía atado a él. Muchos eran los nobles y príncipes que guiados por el budismo, desafiaban las leyes que dictaban la herencia de las castas impartidas por el hinduismo en ese tiempo. Se decía incluso que Buda Gautana era, realmente, descendiente de los chatrías, pero lejos de las armas el hombre había conseguido la iluminación.

Pese a su estatus, Shaka había decidido abordar más conocimiento y formar si no una religión, al menos una filosofía que guiara y convenciera el estilo de vida que debía llevar en un futuro. Había cubierto ya su noviciado desde los veintiún años y había formado su familia luego de ser declarado un Grihasta. Su esposa e hijos le esperaban en los viajes que ejecutaba en nombre de un bien mayor. Las artes y las ciencias necesitaban ser fortalecidas y siendo Atenas el centro de ellas, había visto propicio comenzar otro período de estudio y peregrinaje. Si bien había sido instruido para ser un maestro del Dharma, su camino había cambiado en secreto.

Su esposa lo sabía y no había hecho oposición alguna en el camino que él había decidido escoger, así que se encargó de apoyarle, dándole la libertad de ir a otras tierras en búsqueda de ese conocimiento que estaba más allá de sus fronteras.

Este era, entonces, su cuarto viaje. De los primero había aprendido el idioma de la tierra helena y había traducido pequeños escritos que le ayudaron a llevar conocimiento de vuelta a su casa. Ahora, con mayor dominio, había regresado en búsqueda de más y a su vez, había traído regalos a la familia que lo había  cobijado en aquellos momentos. El amo de Myron en ese tiempo era estratego y aún permanecía en esa posición por la votación de la asamblea. Su forma de legislar le había entregado esa fortuna.

Shaka se presentó y al esclavo aquello lo había contrariado. No le habían enseñado como actuar ante alguien que siendo visiblemente superior, le hablaba con naturalidad. Se preguntó si acaso en su tierra las cosas eran diferentes, pero lo cierto es que no eran así y si bien los helenos tenían la esclavitud como una parte fundamental de su civilización alimentada por las conquistas y las guerras ganadas, en el reino del norte de la India, las varnas habían definido el destino con el nacimiento. Habían impuros a los que no se debían tocar, aunque el budismo se enfrentaba a ello.

Y Shaka era a su vez, budista.

El joven intentó hacer unas señas para explicarle que debía llevarlo con su amo. El hindú movió su rostro de lado y lado, como si se negara. Aquello fue erronamente interpretado por parte del esclavo y no supo de qué manera convencerlo, así que, angustiado ante la idea de fallar en su encomienda, salió corriendo en busca de su amo. El extranjero lo miró un tanto desubicado.

Eso le generó un castigo al final del día.

—Lamento la espera y la imprudencia de mi esclavo.

La voz gruesa y potente había sido identificada pese al bullicio de los alrededores, al menos para él. Esperando que regresara el joven que había ido a escoltarlo, Shaka se había sentado entre el equipaje donde llevaba sus pertenencias y algunos regalos: sedas y joyas para la hermosa mujer y la hija del estratego, además de perlas, alfombras y artesanía para el hogar.

El aludido se sonrió al verlo y luego buscó con su mirada el cuerpo del esclavo visiblemente reprendido. Se sentía el miedo en sus facciones ante lo que sabía sería un castigo brutal. Volvió sus ojos hacía el amo y se levantó de entre sus pertenencias, para juntar sus palmas al pecho y dar el acostumbrado saludo. El heleno le secundó.

La figura del extranjero, envuelto en coloridas túnicas contrastaba con la sobriedad con la que cubría el Himatión a su señor. El largo cabello de su amo tomado en cortas trenzas hacía su espalda se movía con ligereza con el viento y la tierra levantada. Los dos se veían a simple vistas unidos, y en el tiempo que conocía a su amo y vivía en esa casa, no había visto esa distinción en el lazo con otros de su casta.

El camino de regreso había sido agotador. El estratego pagó para que le fueran enviadas las pertenencias de su visita hasta su casa y dejó a su esclavo encargado de supervisar que no faltara una sola alhaja de él. El joven Myron se quedó con los regalos y posesiones del visitante, con la responsabilidad sobre ellos y observó desde allí los dos cuerpos alejándose de la muchedumbre para regresar a casa. Luego los siguió con el resto de las pertenencias.

Atenas les recibió a avanzada horas de la noche, donde frente a su hogar se detuvieron los carretas y empezaron a bajar los baúles que había traído el hindú de su tierra. Mientras el estratego supervisaba con sus esclavos la llegada de las pertenencias, el extranjero fue recibido por la joven esposa en el patio de su casa, con la pequeña hija que lo veía con curiosidad. Demeter, la primogénita del estratego, poseía la belleza de su madre Eufelia: pestañas abundantes y oscuras, cabello en rulos que caían a la altura de su cadera y vestida delicadamente con un peplo de color claro que cubría sus hombros. La joven mujer le presentó a su vez, el varón de la casa, un infante de unos dieciocho meses que ya gozaba de la vitalidad de su padre. Dion, como lo llamaron, manifestó su asombro ante los colores del vestuario del visitante que no dudó en buscar acercarse a él.

Una familia conformada, una familia ateniense. El señor de la casa no tardó en unirse a ellos, mientras las pertenencias eran subidas al cuarto para el huésped, para presentar con orgullo a su varón.

El extranjero bendijo al varón del hogar y disfrutó del banquete que le habían preparado, aderezado por vinos y frutas pero dejando de lado la carne que no solía consumir. La familia acostumbrada a ello no presentó ningún tipo de problema ante su petición, y se dispuso a celebrar con él la llegada, preguntando del viaje, e intercambiando los regalos que habían traído y preparado para su encuentro. Myron, pese al castigo de los azotes impuesto por el amo, estaba de nuevo con ellos sirviéndoles las copas y aguantando el dolor.

Afortunadamente para el esclavo, la celebración no se extendió. Al cabo de unas horas la mujer llevaba a sus hijos con ayuda de sus esclavas a sus habitaciones, y las otras se quedaron con sus compañeros levantando la mesa. El visitante y el amo se encaminaron hasta el Andrón.

—Espero haya sido una bienvenida adecuada. —El hindú sonrió someramente y observaba a los esclavos del dueño de aquella casa acomodando su habitación. Entre las columnas del andrón, se veía las lámparas de aceite iluminando tenuemente la estancia.

—Ignorando el castigo de tu esclavo, lo ha sido.

El amo sonrió y renegó mientras posaba su mirada hacía la puerta de la habitación de su invitado. Nadie en esa casa podría negar lo entusiasmado que estaba por la visita, había preparado todo para su llegada y el desatino de su esclavo había sido un fallo imperdonable.

Shaka aprovechó ese momento de silencio para hacer lo que se había estado conteniendo desde la llegada. Subió sus manos y tomando las envolturas sobre su propia cabeza, se quitó el turbante y su cabello brillante amainado con aceites se replegó por sobre sus hombros. No era un rasgo característico de su tierra y de ello Shaka tenía su propia historia, pero si bien era exótico, no era lo único que lo diferenciaba de sus hermanos de castas.

El dueño del hogar dedicó una mirada intensa pero aplacada a los rasgos que entre las flamas delineaba el perfil de su compañero. Las finas líneas de juego dibujaban sobre el marfil de su rostro traicioneras líneas que aumentaron las líneas definidas de sus pómulos, el puente de su nariz y la suavidad de su mentón. A su vez, otorgaba un brillo que junto al aceite que cubría sus cabellos lo hacían ver como verdadera pieza de oro. La marcada intensidad en los ojos del heleno la percibió el objeto de su atención y la devolvió, con la misma dedicación.

—Agradezco la generosidad, Saga —comentó con un aire de complicidad en su tono de voz—. Y te felicito por tu hijo varón. Lo habías estado esperando.

—Dion es un varón lleno de energía e inteligente. Vaticino un futuro glorioso en nuestra próspera Atenas. Yo agradezco que hayas decidido regresar.

—El conocimiento griego para comprenderlo y hacerlo suyo no basta con solo una visita. —Notó que los esclavos ya desocuparon su habitación—. Es momento de descansar.

Saga, el estratego, no le detuvo en su andar hasta su aposento como tampoco dejó de verlo.
A su vez, no pudo evitar mantener su sonrisa de complacencia, aquella que a ningún esclavo le resultó una sorpresa. Los que tenían allí sirviéndole durante años, sabían perfectamente quien era el hombre que les visitaba en ciertas temporadas y lo que significaba para su señor.

Un amigo.

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