Espejo (Aspros x Defteros)

La grieta siempre estuvo allí, visible y frente al espejo de su habitación.

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Temas: Angst,  Drama
Personajes: Aspros x Defteros
Resumen: La grieta siempre estuvo allí, visible y frente al espejo de su habitación.
Dedicatoria: A Scarlet D  <3 Surgió como parte del duelo de pareja de LC en este fin de semana. Comenzó con un drabble, luego vinieron otros dos que decidí unir y hacer un solo oneshot. ¡Espero que te guste!
Comentarios adicionales: Eran 3 viñetas separadas, solo publiqué una en el duelo. Basada en el canon.

Espejo

Había notado aquel detalle demasiado tarde, se dijo, pero ya que lo conocía no pensaba quedarse sin una respuesta. Lo observó desde allí, a Defteros desparramado en la cama en aquella mañana de domingo mientras lo veía ajustar su armadura de oro junto a la capa siempre blanca que le envestía de poder.

El espejo estaba en aquella esquina donde lo había dejado. Traído de Italia, fue uno de los pedidos caprichosos que había tenido para poder admirar bien el fruto de su esfuerzo. En algún momento no bastó la mirada embelesada de su hermano tras verlo vestido con el refulgente oro. Necesitaba verse a sí mismo y corroborar los resultados.

Sin embargo, las últimas mañanas había en Defteros algo inusual. Cada vez que se acercaba al espejo por obligación —porque en su noche dejaron ropas desperdigadas por el piso de la alcoba— evitaba verse en el espejo. Incluso si Aspros le pedía algo que estaba cerca de él, Defteros rehuía la mirada de aquel reflejo.

Eso no tenía sentido.

—Defteros, ven. —Se apartó del vidrio. Defteros tenía los ojos ocupados negociando con su máscara unos minutos más de libertad.

El menor le miró dubitativo antes de obedecer, como ya estaba acostumbrado. Salió de la cama y buscó su pantalón para vestirse, haciéndolo esperar. Aspros tuvo que hacer gala de su paciencia, porque en ese momento que necesitaba corroborar algo cada movimiento innecesario de su hermano lo llenaba de una odiosa ansiedad. Cuando por fin Defteros se puso de pie, lo hizo agarrando la máscara en sus manos y se acercó ofreciéndosela, resignado.

Aspros le destinó una mirada airada, como si ella fuera la culpable de todas sus maldiciones. La arrojó a la cama, tomó la muñeca de su hermano y se encaminó hacia donde el espejo estaba empotrado. Sintió la piel de Defteros tensarse, un sonido en su voz con lo que intentó —quizás— negarse pero no halló las palabras para hacerlo. Fuera lo que haya querido decir, no le importó, porque en cuanto estuvo frente al reflejo límpido de la superficie, asió a su hermano y lo abrazó por la espalda, obligándole a reflejarse por completo en él.

El cuerpo de Defteros vibró empequeñecido, como un animal indefenso ante un panorama al que no se había preparado. Esperó por largos minutos que sus ojos finalmente se fijaran en la figura y notara las semejanzas que había entre ellos. El oro de su armadura contrastaba con lo morena de su piel y lo desgastado de sus ropas. Sus rostros podrían ser iguales pero adivinaba rastros de resequedad y calor en los de su hermano. La diferencia estaba allí y él la notaba, pero no le importaba porque así juntos, como estaban, todo estaba bien.

Más no lo hizo. Defteros no osó posar sus ojos en el espejo. Rehuía de él mismo. De su rostro. Cuando Aspros comprobó que Defteros no podía mirarse tras el reflejo, algo en él se cuarteó. Un vacío se intensificó en su estomago, dejándolo sin habla. Tras varios minutos en silencio, con la mirada del menor titubeando entre sus pies, Aspros lo soltó. Defteros se hizo a un lado tan rápido que tropezó contra la pared.

No se dijo nada.

Solo se vio la grieta.

Pese a que ambos sabían que algo estaba mal, ninguno lo promulgó en palabras. Se escudaron en el silencio consensual para evitar entablar una conversación de la cual sabían no tendría salida. Aspros siguió viendo a Defteros huir del espejo, el otro continuó haciendo lo que mejor podía hacer. Azuzado por la promesa y la condena, ambas palabras igual de determinante en su vida, Defteros no se oponía a nada de lo que pudiera ofrecerle Aspros o el santuario.

Su frente fue puesta contra el vidrio. El sudor corría ahora bajo la fría superficie y el cambio de temperatura le hizo tiritar. Allí, expuesto, y pese a desear abrir los ojos, la certeza de contra qué su hermano lo había atizado le obligaba a mantener los párpados fuertemente cerrados. Sus manos se posaron con debilidad en la superficie, una en la más fría, otra en la más áspera encontrando en esta última un mejor sostén.

Clavó sus dedos en el mármol de ella ansiando aferrarse, mientras un gruñido escapaba de sus tiesos labios. Las manos de su hermano lo envolvían por completo, como una llamarada viva. Se vertía en cada recoveco de su cuerpo reconociéndolo como suyo, y lo hacía arder cuan leño en la fogata.

No podía negar, pese a eso, que sentía su existencia completar el fallo de su nacimiento con cada estocada. Aspros entraba y salía, lo hacía como si su lugar siempre hubiera estado allí. Defteros no podía más que sucumbir al ardor del placer y a la reticencia de su nombre maniobrados entre jadeos, conforme su cabello era jalado y su cuello besado. A su vez, sentía que así como estaba debía estar, siempre y en cada momento en que se sintiera inmerecedor del deseo de respirar.

—Mírate.

Mas no lo hizo. Estaba tan encadenado a su penitencia de no ser visto que consideraba incluso un altercado el mirarse a sí mismo. Su misión era desaparecer, de este modo Aspros surgiría. Mientras más recóndita estuviera su vida del templo, del santuario, mayor sería el brillo de su hermano cuando rayaba el alba. El que ya Aspros lo conociera era suficiente, él que le prodigara de las caricias posesivas que ahora disfrutaba lo consideraba ya una fortuna. Truncar con la promesa de no dejarse ver con el hecho de mirarse en ese espejo, que además no le pertenecía, no era correcto. Ni siquiera porque él se lo pidiera.

El rechazo a su pedido se transfiguró en estocadas más fuertes y en incesantes caricias al punto de provocar dolor. Con sus ojos cerrados, Defteros se sentía sorbido por la fuerza, el cosmos y la vida de Aspros hasta sentirse nada. Y cuando eso ocurría, sonreía, con la exposición de su colmillo hiriendo los labios. Sentirse nada con él era lo más cercano a ser solo uno.

Aspros, desde su lugar e irrumpiendo incesantemente entre los glúteos de sus gemelo, miró el cuadro con fluctuantes emociones. Por un lado sentía el ardor de la frustración apoderarse de él, al notar cuán arraigado tenía Defteros la necesidad de esconderse incluso ante sus ojos. Por el otro, la morbosa necesidad de seguir siendo el único en su vida, al punto de apretar con sus uñas la asquerosa profecía de la maldición. Entre cada embestida, sus emociones se hacían ambivalentes. Y con cada gemido atrapado su equilibrio tendía a mutar.

La grieta era llenada por gotas.

Y así persistieron. Conforme más honda se hacía la grieta, más gotas se acumularon intentando resarcir la inevitable herida en Géminis. El tiempo no mimetizaba lo inaudible, solo lo tejía en negras fibras que se anteponía entre los hilos venosos de sus propias sangres. Ambos unidos por la fragilidad de una promesa que tentaba a romperse y llevarse con ella lo que habían estado cuidando.

Cuando el momento llegó, nada había claro. La luz que Aspros había vivido alguna vez se había apagado y lo único que quedaba de él eran gotas. Gotas negras, luego gotas rojas y un brillo dorado opacándose cuando su alma vertida en la desesperación caía al infierno, con la poco psiquis destruida gracias al puño. Los puños. El suyo propio y el de Defteros.

Esa misma noche, Defteros volvió a Géminis con el cuerpo de su hermano a cuesta.

Tenía las manos temblorosas pero no quería mirarlas. Realmente no quería mirar absolutamente nada de lo que estaba allí. Con velocidad sus movimientos descoordinados buscaban agarrarlo poco que le quedaba. La nada que hallaba entre los objetos superfluos, porque su existencia había quedado hecha añicos. Desviaba la mirada de la mesa donde Aspros estudiaba, del librero que Aspros usaba para sus estudios, de la lámpara de aceite o de la vela, de la cama que fue su principal escenario de encuentro, de la mesita con sus objetos preciados. No había nada de Defteros allí: solo Aspros, y entonces se preguntó porqué se había detenido en ese lugar si no había nada que llevarse de él. Nada.

Apretó sus dedos contra su palma aún sintiéndose a punto de reventar, como si hubiera sido a su pecho y no al de aquel a quien le atravesó el puño. Se resistía a la idea de girar su mirada hacía la cama donde el cuerpo de su hermano languidecía sin vida. Se negaba a ir de Géminis, aunque este fuera ahora un lugar al que no debía pisar. Su existencia hueca no encontraba espacio entre el mármol del tercer templo sino estaba él. Yacía perdido en lo raquítico de su voluntad recién descubierta.

Volteó, asimilando que no había nada que pudiera llevarse de ese lugar, más que el cuerpo de su hermano. Pero al hacerlo, el golpe de su reflejo terminó de corromper lo poco que quedaba de él. El aire escapó de golpe de sus labios, y allí, en las fluctuantes sombras del templo se observaba dibujado por la superficie platinada. La vela que tendía a apagarse aún sorbía la textura de la cera, en la mesa continua. Y su reflejo bailaba entre las flamas en un aspecto fantasmal.

Allí estaba él, ya no hecho sombra. Sus ojos marcaron con horror lo que quedaba de su desfigurada figura. La sangre seca en sus nudillos, la marca de la máscara en su rostro y las lágrimas que habían formado surcos de tierras en su piel. Entonces él estaba allí, brillando fundido en oro. Frente a él, podía ver la figura de Aspros sagradamente visitar al espejo para verificar que todo estuviera en orden antes de salir. Y como si eso lo hubiera llamado, los recuerdos tan sentidos de su vida allí juntos galoparon frente a sus ojos, en sus oídos entrando con el sonido de su voz, en su nariz a través de su inigualable aroma. Uno a uno, incluso los roces afiebrados en la penumbra del orgasmo, volvieron y golpearon indolentemente a su frágil mente, atiborrada de culpa.

Para cuando Defteros se dio cuenta, se había arrastrado a gatas hasta la superficie del espejo, envuelto en largas lágrimas que quizás no dejarían de brotar en lo que quedaba de la noche. Encontrándose a sí mismo, se había hallado solo. En su imagen sólo había un Defteros destrozado hasta sus más íntimas bases, desconchado en su forma más vital. Desmembrado y discapacitado para continuar una vida sin la luz y la espalda de Aspros frente a él. Eso era lo que veía por fin, y comprendió perfectamente las palabras que Asmita le había dicho en una clara nueva penitencia que llevar: era su culpa.

Restregó su frente contra la fría superficie, anhelando encontrarse con la de él que yacía a menos de un metro de distancia, absolutamente muerta. Sus murmullos resonaron y pronto escaparon los sollozos llorando como nunca antes lo había hecho. Ni siquiera la noche que le tocó dormir con la máscara había despertado un llanto tan visceral como él que tenía en ese instante, cuando las lágrimas terminaron de borrar las líneas oscuras, y sus ojos no pudieron ver más.

No importaba qué había sido Aspros en las últimas horas, no cuando tenía toda una vida que recordar. Y el incipiente rencor, apenas era una forma de frisar la tonelada de culpa y desolación que sentía dentro de él. Acariciar aquel espejo, buscándolo a él, parecía ser lo único que le quedaba por hacer hecho un ovillo en Géminis. Pero aunque se lo pidiera, en titubeante murmullos desesperados, el espejo no le regresaría nada.

Un puño entonces lo quebró. El ruido que partió la superficie plateada, se hizo un eco apenas audible en la soledad de Géminis. Defteros abrió sus ojos cansados de llorar, y observó de nuevo con atención la figura frente a él. La imagen partida en retazos se mostraba espeluznantemente valedera. Incluso podría decir que era un reflejo más real de quién quedaba en frente. Un ser sin forma, hechos de retazos ambiguos. Un demonio.

Se llevaría esa imagen al volcán. Sería esa la meta que debía cubrir.

Ya no había espejo que mirar. Solo a él, a sí mismo y a la promesa rota.

2 thoughts on “Espejo (Aspros x Defteros)

  1. Magnífico. Qué habilidad tan buena tienes para transmitir emociones. Me encanta el reflejo que haces siempre de Defteros.

    1. ¡Gracias por tus palabras! ;u; September’s Child, también amo la visión de Defteros. En sí, Defteros es mi perso favorito y no dudo en buscar más maneras de entender como era él. Me alegra mucho habertelo transmitido en este escrito. ¡Gracias por leerme!

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