Reto 30D – Primera Parte

Los muertos despiertan y comienzan las premoniciones. Hades prepara todo, Poseidón parece preferir hacerse aun lado y los santos duermen sin saber el peligro que se avecina.

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Temas: Drama, Angustia, Romance, Canon, Pre-Hades
Personajes: Kanon, Sorrento, Shaka, Milo, Saga, Hades, Aioros, Shura, Camus
Resumen: Después de la batalla contra Poseidón, la llegada de Atena al santuario es irremediable, así como la guerra, así como la muerte.

Los muertos despiertan y comienzan las premoniciones. Hades prepara todo, Poseidón parece preferir hacerse aun lado y los santos duermen sin saber el peligro que se avecina.

#30 Mar (Kanon x Sorrento)
El sonido del mar siempre fue su acompañante. Siempre.Al inicio, cuando niño, le arrullaba escuchar el oleaje golpeando suavemente la costa cerca de la casa donde se había criado. Luego, en el santuario, siempre se dio la tarea de escapar entre las barricadas para sentir la espuma marina entre sus pies desnudos. El mar siempre fue su acompañante, más tarde intentó ser su tumba.

Logró convertirlo en su hogar y reino. Lo hizo.

Pero como era de esperarse, él no era del mar. Ese mundo siempre había sido negado para él. Querer esconderse en sus faldas —para eliminar el resquicio de brillo que Géminis dejaba en su destino— había sido una misión infructuosa. La estrella siempre le llamó. Castor siempre lo llamó. Y bajo el brillo del oro llenándose de sangre, las puntas del tridente hallaron espacio en su estómago cuando intentó ser lo que nunca había sido en su vida.

Un santo.

El mar terminó escupiéndolo. Lo devolvió como si fuera una mala cena en la madrugada que tenía que desechar. Expulsado.

Abrió sus ojos cuando el mar se coló con el aire e hizo música. Luego identificó el tono y arrugó su ceño ante el reconocimiento.

—¿Me vas a matar? —No podía ser de otro modo, ¿Qué destino le espera al que juega con los dioses? Seguramente el de su hermano: asesinado por traidor.

—No pensaba en ello. —Esgrimió a su favor la más elocuente de sus miradas y notó la figura del marina a su lado, ajustando su instrumento entre sus manos. Sus pestañas gruesas y sempiternas le daban un aspecto andrógino que se le antojaba, desde siempre, delicioso.

Lo comprobó otras veces más. Intercambio táctico, se justificó.

—Julian ha sido benevolente contigo.

—Los dioses me sorprenden con su infinita benevolencia —gruñó al ponerse de costado, con los ojos más afilados de lo que quizás nunca admitiría. Salvado por Atena, por Poseidón, se preguntaba si el Hades también le daría por salvarlo cuando su trasero golpeara el río Aqueronte.

Seguramente lo escupiría a la tierra, como lo hizo el mar.

Los ojos de Sorrento no parecieron avalar su evidente desagradecimiento.

Kanon no pudo quedarse mucho tiempo en su sitio. Rumió fuerzas y gimió ronco cuando se sentó en la mullida cama. Luego se puso de pie, sujetando su estómago vendado para enfrentarse a la mirada amatista de quien fue compañero y amante.

—Hazte un lado.

—No pienso detenerte, pero solo tengo una duda. —Los ojos del griego le indicaron que podía continuar—. ¿A dónde vas?

—Al santuario —repuso como si todo fuera evidente—. Limpiaré el honor de géminis.

Sorrento no dijo más y comprobó lo que había visto en él al conocerlo.

Estaba perdido en el mar, pero ya había encontrado el rumbo.

#4 Obra (Hades x Saga)
Respiró aliento sobre su boca. Sopló. Huesos sin carne, músculos inexistentes, pétrea expresión de la muerte bajo la tumba.Volvió a respirar. Sonrió. Quien levanta la mano contra un dios una vez, está condenado a hacerlo mil veces más. Él lo sabe, la maldición le ha costado una eternidad encerrado en elíseos para proteger su cuerpo. Y planea usarlo, por supuesto, a su beneficio.

El traidor está allí. Los huesos están allí. Intactos… si no fuera por su puño que atravesó el corazón, él no estuviera allí. O lo estaría.

Sopló. El hedor de la muerte cobró otro punto. El espíritu sempiterno se escurre entre las vértebras. Dedos cósmicos acaricia el hueso de su cadera y lo levanta. Sonríe contra la esquelética mandíbula y lame la ausente humedad.

«Te invoco»

No es un pensamiento. Es mandato divino. Es traer su alma del Seol. Es violar su descanso —tormentoso— y cortar el para siempre. Es una exigencia extrapolada en acciones que no requieren la aprobación de nadie más que él mismo. Es poder inmortal llamando al legado de la sangre y convocando músculos para que a través de su cosmos vuelvan a materializarse.

«Ven»

Es una sentencia. Cuando aquel despierta en Cocytos, no tiene forma de evadir la suprema voluntad. Se remueve. Se opone, más no hay espacio a desobediencia.

Los huesos se cubren de carne y el dios lo aprieta. Los músculos se endurecen en sus dedos, obtiene sabor bajo la punta de su lengua que delinea el cuello, mientras las venas se forman en líneas y se llenan de sangre.

«No puedes negarte»

Es una advertencia que hace a su cosmos caótico queriendo sobreponerse a su oscura determinación. Toma posesión de sus piernas, las debilita. Y cuando los parpados que cubrieron cuencas se abren, mostrando irises verdes, puede ver inmerso el terror que su presencia inyecta a su alma.

Calla el inminente grito y paraliza todas sus funciones por un minuto más. Le vende la vida. Le ofrece la vida.

«Pero a cambio…»

Su cabeza. El intercambio ha sido pautado. El pacto no requiere cerrarse. Sabe de antemano la respuesta, lo sabe porque el pánico de volver al tormento es palpable. Él le ofrece una dulce salida mientras mueve su mano sobre el cuerpo que desafió a un dios.

Si no fuese tan impuro, le hubiera gustado ese cuerpo.

¿Pero que se hace?

Hades siempre ha amado a los que enfrentan a los dioses.

#7 Ilusión (Camus x Milo)
Los pasos se escuchaban imposiblemente hondo. Como un eco perdido, golpeando las ondas a distantes paredes, más allá del tiempo y el espacio que pisan realmente sus pies. Demasiado lejos y absurdamente presente…Milo observa las paredes de Acuario mientras la lúgubre sombra de su propio cuerpo opaca las líneas de la piedra antaña. Reflexiona. Tenía demasiado tiempo sin quedarse allí. Mucho desde que había pisado con certeza una última vez la onceava casa. Creía lejano el último día que la cruzó pensando en su dueño.

Pero estaba allí, y al detener su camino, los sonidos de los ecos se apagaron dramáticamente hasta dejar una soberana nada. Milo respiró hiel en el aire y se enfurruñó, arrugando su nariz cuando pudo comprobar que aquello no podía ser el aroma cálido del santuario. Por mucho que Afrodita no estuviera, seguía oliendo a rosas. Aunque debía admitir que más que pétalos de rosa, lo que navegaba en el ambiente eran los finos pétalos de un jardín escondido a los ojos del mundo.

«Milo»

Entrecerró su ceño convencido de que solo era un murmullo moribundo que los recuerdos creaban a su alrededor. La añoranza quizás de un tiempo distante antes de Siberia, de Arles y de traiciones. O al menos, cuando no los había afectado. Creyó oportuno seguir el camino —¿de ascenso o descenso?— y salir del templo antes de que las memorias lo convencieran de quedarse un minuto más.

«Milo»

Un soplo de aire sacudió sus pies, y antes de poder meditarlo, el piso se fue llenando de un manto de hielo que cristalizaba el aire entre sus pisadas. Se detuvo sorprendido, y una pared de huelo se elevó ante sus ojos cerrándole el paso hacia el exterior y dejando frente a él a su propia imagen cristalizada en el hielo. Abrió los labios y aquellos pasos que creía alejados se fueron haciendo cada vez más presente y evidente detrás de su espalda. La figura estaba frente a él, dibujada por el vidrio de hielo que cortaba su salida.

El cabello rojo, la armadura negra… el andar elegante y los cristales de hielo danzando bajo su palma. Él: increíblemente dueño del ártico. Desdeñosamente enemigo.

—No me ignores, Milo. —Esta vez no había eco ensoñador en el sonido—. Estoy aquí. —Era voz pegada a su oído.

Menta…

Su corazón comenzó a latir con fuerza. Sus ojos veían incrédulo las dos imágenes.

Su largo cuello, las manos de Camus tomándolo.

Asfixiándolo.

Despertó.

#25 No (Saga x Aioros)
No.Estaba claro en su mirada que no le gustaba en nada el plan ni mucho menos el proceder. No estaba de acuerdo con su armadura. No quería esa posición, ni mucho menos regresar a aquel lugar que había abandonado hace 13 años como el traidor que nunca fue.

Saga podía leer todo aquello en la mirada adolescente de un Aioros de 14 años obligado a revivir. Se sentía el miedo y a su vez la indignación, todo ello ocultando una enorme y férrea voluntad de no ceder. Él no iba a hacerlo, no importaba de qué modo quisiera retratarle una vida eterna o de qué manera quisieran convencerlo de que había un plan más allá de su entendimiento que debía obedecer por el bien de la diosa. No iba a creer, ni en él, ni en ellos, por mucho que sus edades en la data de muerte le superaran.

Sería difícil convencerlo de seguirlos.

Saga decidió que era momento de hacerlo. De simplemente imponerse a él como lo había hecho siempre aunque la idea de utilizar de nuevo ese aura de control para manipularlo le resultara repulsiva. Pero los ojos del castaño tenían demasiado ingenuidad e inocencia aún vertida en sus verdes y aquello le hacía recordar fragmentos de memoria desmoralizadas y aterradoras de un ser que fue y que no quería volverse a encontrar.

—No voy a hacerlo.

Y era claro que no había manera de obligarlo. O quizás sí, a través de la violencia y el terror. Saga vio necesario proseguir con la obra y el papel que se le había asignado. Dependía demasiadas cosas de lo que harían frente a los templos como para tener a Aioros hablándole de honor. El puño sería sencillo de ejecutar y le quitaría un peso a su consciencia cuando sus acciones se le avalaran al poder maligno de su Gen Ro Maken y no a la necesidad de fingirse enemigo.

Había funcionado con Shura, con Aioria, ¿por qué con él…?

No tuvo tiempo.

Cuando su brazo se puso en posición, una ráfaga cortante atravesó los espacios abiertos y ante sus ojos vio el cuerpo de Aioros cortarse en dos exactas partes que luego cayeron al piso de Alemania tiñéndolo de sangre. Después, como si se tratara de solo una ilusión, se desvaneció en fragmentos de cosmos. No había necesidad de voltear para saber que ocurrió. Mucho menos de preguntar sus razones.

Shura les dio la espalda a todos en el silencio que avalaban lo ocurrido.

Ya lo había matado una vez. ¿Porqué no…?

#17: Satén (Shaka x Milo)
No podía dormir. Estaba seguro que ya no podría. Si no era la imagen de Camus apareciéndole en su templo con intención de matarlo, era Saga con sus ojos rojos llorando sangre. Las visiones eran demasiado perturbadoras y él se sentía especialmente expuesto a ellas. Después de todo, ambos significaron un punto en su vida que no dejaría de extrañar.Se rodó lo suficiente para tropezar con el cuerpo del compañero que dormía a un lado. La cama de Shaka siempre estaba envuelta de satén, una tela finísima y suave que erizaba cada vello de su cuerpo, aunque precisamente no necesitara de ello. La sola imagen de Shaka lograba causar ese mismo efecto sin necesidad de un roce. Justamente, era esa presencia lo que necesitaba.

Deslizó sus brazos por el mullido bulto que estaba bajo las sábanas y se apegó a él, en busca de su aroma. La calidez de su compañía pareció esparcirse por completo, regalándole la paz que en ese momento ansiaba. Estaba demasiado perdido en su mente, quizás aún asustado por su pesadilla, que requería de Shaka un poco de su fortaleza y calma. Se asió a él y pegó su nariz al cuello. Murmuró su nombre tras un suspiro tembloroso.

—Milo. —El aludido se quedó acurrucado contra la espalda del santo de la sexta casa. Respiraba su aroma.

—Sigue durmiendo —le invitó. No tenía intenciones de despertarlo ni de hacerle el amor como horas antes. Solo quería descansar al menos una hora más.

—No he dormido.

La voz de Shaka sonó ronca y hasta ese momento comprendió que la rigidez de los hombros del rubio no era normal. Abrió los ojos un tanto preocupado, también entendiendo otra cuestión. Ese sueño, no fue solo un sueño. O al menos no solo suyo.

—Shaka…

—El rosario no me ha dejado dormir —le explicó y Milo se sentó en la cama para notar como el rosario estaba totalmente amarrado al antebrazo de Shaka, marcando su blanca piel.

El griego observó con estupor el artilugio rugiendo como si tuviera vida propia. Incluso los gritos que parecían estar encerrados en él eran transmitidos a su cabeza. Cuando dirigió la mirada hacía Shaka, su impresión se disparó.

Sus ojos estaban abiertos y le pedían ayuda.

Lo comprendió.

Afiló su uña y lo volteó para sentarse sobre él en su estomago. Su corazón latía a mil y estaba seguro que el de Shaka estaba al doble. Su mirada se lo transmitía a gritos.

Dolor para mudar dolor.

El aguijón lo liberó del trance.

Luego lo abrazó y sintió que sería la última vez.

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