Calor Humano (Milo x Mu)

El calor humano es necesario para reparar una armadura y para dar valor a una vida. Milo decide poner en práctica esta afirmación.

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Temas: Romance, Canon
Personajes: Milo, Mu
Resumen: El calor humano es necesario para reparar una armadura y para dar valor a una vida. Milo decide poner en práctica esta afirmación.
Dedicatoria: Para mi Geme adorada que le gusta todos x Mu xD ♥
Comentarios adicionales: Se supone que era una viñeta… y luego todo fue negro y oscuro (?) no supe hasta que momento se convirtieron en más de 2mil palabras.

Hecho para el evento interno Enseñar x Aprender del Club de Milo.

Calor Humano

Suspiró hondo y tragó grueso al sentir la potencia de su mirada. Era extraño tenerle allí, pero como era de esperarse, Mu no iba a destilar su reciente incomodidad al espacio invadido aunque Milo no dejara de apuntarlo con su mirada severa mientras comía una manzana. Se dedicó a cumplir su labor. Observó la armadura con algunas brechas obtenidas en la batalla contra Cronos. No tardarían los demás en venir con el mismo objetivo.

Sin embargo, el silencio del que siempre hacía gala se cortaba con cada mordida con la que Milo atacaba a la pobre fruta, y eso lo tenía con los nervios de puntas porque a un lado de eso estaba la perseverante mirada del griego sobre él, pulsante y muda. Agitó su manto junto a parte de su cabello como si quisiera cubrirse del escrutinio. Milo tenía una mirada profunda, una que sentía podría desnudarlo.Agitó las herramientas y el polvo de estrella se esparció por el taller revuelto entre restos de otras armaduras. No había nadie más con él, la soledad era su única acompañante la mayor parte del tiempo. Además solo estaba acostumbrado a la presencia de Aldebaran, a su sonrisa y a su amabilidad que dejaba de lado todo el tema del santuario y hacían de sus llegadas incluso esperadas. En Milo había olor a santuario, a honor y a pregunta junto a la mirada de acusación que le helaba la piel.

Se volvió a escuchar un crujir. Mu mordió el labio sintiendo ese crack en cada poro de su piel. Le regreso una mirada opaca y lo vio saboreándose un trozo de manzana sin perderle de vista cada movimiento.

—Ya solo falta sangre.

Milo estaba un tanto sorprendido con la idea de que para curar una armadura fuera necesaria la sangre. Lo había escuchado, claro, pero era muy distinto cuando se veía en la práctica. Y a su vez, le daba un aspecto más real que el inanimado que aparentaba la armadura cuando estaba en posición de Totem. No era un ser sin vida, la armadura podría estar «muerta». Podía hacerse uno con él e incluso tomar decisiones de forma independiente para proteger a su amo.

Según la teoría que luego hicieron práctica, el llevar diariamente la armadura formaba un lazo entre esta y su guardián. No era de ningún modo sólo un atuendo para cumplir alguna ley, era algo que debía hacerse para fortalecer la unión que había con ella. Porqué tal como tenían vida, también tenían un alma. Y no hay mejor forma de conocer y entender un alma que mediante la cotidianidad.

Así, el santo aprendía las limitaciones de ella y ella comprendía los  movimientos de su protector. Compartirían todo y se harían uno solo hasta que la muerte la manchara de la sangre que protegió. Y ella lo tuviera que despedir.

Todas aquellas lecciones aprendidas en la teoría de ser un santo ahora tomaban un sentido práctico e impresionante. La armadura aún estaba opaca, pero la sentía vibrar y como si fuera un llamado colateral, los poros de su piel también la llamaban. Cuando detuvo la inspección de su compañero, sus ojos hallaron otro objeto al que destajar con su mirada analítica. La armadura de Escorpio cimbrando en espera de sangre, sangre que, ahora observaba, Mu estaba dispuesto a dar.

El santo de Aries descubrió las vendas de su muñeca, mostrando leves marcas de anteriores heridas por razones similares. Suspiró para tomar suficiente aire antes de la corte, pero Milo se le adelantó. Saltó del asiento, tiró la manzana por allí y de un movimiento cortante abrió su muñeca para dejar que su roja sangre cubriera su armadura.

—Siempre lo haces, ¿no?—Le miró mientras Mu cubría de nuevo su muñeca marcada, con gesto neutral. Milo apretó el puño del brazo herido, para provocar que los borbotones de sangre brotaran sobre la armadura —. Arriesgas tu vida por las armaduras, recibes a los santos para repararlas. Eso no te hace un traidor.

Mu apretó su venda y se obligó a sostenerle la mirada a Milo, quién había decidido hablar. La sangre corría y bañaba el manto dorado y se sentía la transferencia de poder, energía y vida a través de aquel ritual. Pero ambos estaban desconectados de ese momento.

—No soy un traidor —afirmó el lemuriano.

—No. Entregas tu sangre para las armaduras, eso no te hace traidor. Estar fuera del santuario y no venir cuando el patriarca nos llama, sí te da ese título.

—Las armaduras necesitan de cuidado para estar con vida. De sangre. Fue lo que aprendí de mi maestro y eso hago. Las armaduras son seres que tienen vida y una historia que contar, desde que se formaron en la época mitológica con el polvo de estrellas y los primeros santos. Estar aquí y velar por ellas, es una misión honorable —repitió como si intentara resarcirse de las culpas que su callado abandono infringía en sus hombros—. El patriarca entiende que mi misión amerita estos sacrificios.

—Estar aquí, ¿sin más? —escupió Milo con voz ronca—. ¿Alejado de todos? ¿Cómo podemos formar lazos si estamos lejos, Mu?

—Demostré que pueden contar conmigo aunque esté aquí, que en lo que sea necesario abriré las puertas para ustedes en la batalla.

—Te necesitamos en el santuario, Mu.

—Estos son los sacrificios que hago por mi misión.

—Darle vida a las armaduras ¿no? ¿Y tú? ¿Qué clase de vida vives tú?

Mu se quedó en silencio. Respiró forzosamente, conteniendo la acidez del veneno ensartado en sus palabras. La mirada de Milo se suavizó tan solo un poco, luego de haber obtenido lo que había buscado. No se trataba de si era un traidor o no, se trataba de que era un compañero y que en el santuario podían entablar relaciones, amistades, seguir juntos el camino de sacrificios que como santos dorados habían asumido. No solo Mu había decidido un camino de sacrificios, todos los habían tomado al momento de dejar su infancia y verterse a los entrenamientos exhaustivos. Incluso Shaka que era el más distante estaba allí al menos para tomar una taza de té de vez en vez.

Sintió vértigo, pero su mirada se mantuvo sobre Mu quien comenzó a mudar su semblante. Tragó grueso y se apretó la herida.

—Es suficiente —le escuchó decir tan lejos que creyó podría estar en otro plano temporal. Milo arrugó la cara. Solo pudo ver en pestañeos la sangre titilante, el brillo de su armadura y sus propios ojos tambaleando por varios puntos del lugar—. ¡Milo!

Todo se desvaneció.

Pasaron un par de horas antes de que despertara y se encontrara en una mullida cama improvisada llena de mantos. Agitó su cabeza y levantó su brazo derecho para observar la herida de su muñeca cubierta por una venda ya manchada de sangre. Había un rastro de debilidad aún en él y se sintió un poco desorientado mientras trataba de hallar formas familiares dentro de la habitación.

Se movió perezosamente en la cama mientras miraba las estatuas de buda apostadas en pequeños muebles contra la pared. Seguramente a Shaka le gustaría una de ellas y la idea se le hizo divertida. No creyó que le hiciera falta con el enorme hombre barrigón que tenía en su templo.

Rió tan solo un poco porque el dolor de cabeza del que era víctima se sentía como un aguijón en su nuca. Reprimió un quejido y se acomodó en las calientes colchas mientras escuchaba unos pasos acercarse. De reojo lo miró, imperturbable en la entrada.

—Me desmayé —anunció como si fuera lo obvio. Mu simplemente asintió y se acercó a él para verle la herida.

—Fue mucha sangre.

—Ya se curará. Además siempre lo haces.

—Pero yo sé cuál es el límite—replicó el joven mientras revisaba las vendas. Suspiró y colocó la mano de Milo en descanso, sin dejar de notar sus gestos. El griego le miró por un par de momentos antes de continuar.

—Estoy bien.

Mu se sentó a su lado y suspiró. Dejó a un lado la pequeña bandeja con la que había traído un poco de frutas y leche para darle de comer. La noche había caído y no creía que fuera buen momento para que Milo regresara al santuario.

—Ya escorpio ha sido reparada —comentó Mu pasándole una manzana—. No pudiste ver cuando regresó su brillo porque perdiste el conocimiento. —Milo tomó la manzana y lanzó un bufido decepcionado. Con un mordisco trató de quebrar la frustración que sentía al haberse perdido el momento final—. He pensado en tu pregunta.

—¿Cuál de todas? —rezongó el visitante sin perderle la vista.

La vela que alumbraba la recamara bailó por el leve viento que se escurría por la ventana. Era brisa cargada de humedad, de pasto y flores silvestres. Un aroma muy distinto al de rosas que gobernaba sobre el santuario de Atenas. El clima también lo era, era un lugar asoleado, siempre brillante. Jamir era opaco, respiraba melancolía en sus brisas afables. Candor y añoranzas a tiempos remotos. Para Milo, allí radicaba una diferencia abismal.

—Qué clase de vida vivo. —Suspiró agarrando una manzana con sus habilidades telequinéticas, la cual flotó hasta quedar en sus manos—. Vivo la vida que vivió mi maestro durante doscientos años. La entrega al deber, el amor a las armaduras, y el peso de una melancolía que no acaba.

—Hasta que nosotros llegamos al santuario. —Mu no dijo nada. Suponía que Milo al creer que su maestro estaba vivo, debía imaginar que esa soledad de la que Mu le hablaba había acabado con el regreso de los dorados—. ¿Intentas demostrarle que también puedes vivir con ello? ¿Es una prueba al patriarca?

Mu sonrió suavemente y le dio una vuelta a su manzana mientras saboreaba el nudo en su garganta.

Podría decirse que sí, era una prueba. Una prueba al impostor de que el remanente de Shion seguía en él y él seguiría su legado mientras esperaba la justicia.

—Así es. Es una prueba.

Para sí mismo y para aquel. Quién sería el más fuerte luego de la traición.

El agarre que vino no lo esperó, pero fue tan apremiante que lo empujó contra la cama, con los brazos de Milo a su alrededor y la nariz de él pegando contra su cuello. Sintió un golpe de escalofrió que dio contraste con el calor pegado en el pecho de su acompañante y el latir que podía escuchar junto a su espalda. Abrió sus ojos ampliamente en medio de la tenue oscuridad y notó que en sus manos ya no tenía la manzana. Quizás había rodado a causa del empujón.

—No solo las armaduras necesitan del calor humano para vivir, Mu. —La tibieza de sus palabras lo conmovieron, sintió el sopor cálido de ellas penetrando en sus oídos y llenándolo de una sensación reconfortante que sabría extrañaría después—. Te estamos esperando allá.

Los brazos de Milo no cedieron y por dentro Mu se encontró deseando que no lo hiciera. De cierta forma le traía recuerdos lejanos, abandonados seis años atrás, cuando compartían habitaciones mientras esperaban las armaduras. Y pese a lo doloroso que era recordar a veces, en ese momento se sentía tibio.

—Durmamos juntos, tengo frío.

No respondió a ello. Su respuesta fue mudada en acciones, acobijándose junto a su cuerpo mientras la tibieza de su abrazo se extendía entre cada poro y esparcía brotes de calor bajo su piel. Cerró sus ojos y se dejó llevar a aquellos tiempos qué, cuando llovía, Aldebaran, Milo y él se metían en la misma cama para protegerse del frío y terminaban despertando con el cabello alborotado, las extremidades confundidas entre las sábanas y desubicados frente la mirada helada de Camus y la presencia de Shaka en la esquina en medio de una nueva meditación disciplinada.

Calor humano.

Milo volvió un par de días después al santuario, pero regresó un par de veces más antes de que la justicia que Mu había esperado llegara. La última vez, ya Milo no lo encontró solo. Estaba un pequeño infante en la torre con la que Mu escudó su nueva falta a los llamados del patriarca. Milo había pedido el permiso de ir, el patriarca se lo dio bajo la orden de informar si era un traidor tal como las acciones lo delataban. Pero el llanto de un niño había sido suficiente razón para comprender el porqué Mu no había ido.

El niño tendría contados cuatro años y había formado una algarabía por la atención de su ahora maestro y padre. A Milo le pareció impresionante que con apenas diecisiete, Mu tomara la responsabilidad de cuidar de un menor. Aunque admitía que sería suficiente calor humano para mantenerlo al margen a la soledad.

Era difícil sentirse solo con semejante llanto.

—No sé cómo puedes con ello —murmuró sentado en una esquina, con sus largos mantos y las piernas cruzadas mientras mordía la manzana. Mu se masajeó el cuello con aire cansado y destinó una mirada a la caja de pandora esperando quizás una nueva reparación. No era necesario, la armadura seguía intacta—. Camus cuida de dos. Cuando voy es casi imposible hablar al menos que estén entrenando.

—Es mi alumno y como tal debo enseñarle la disciplina desde corta edad, aunque creo que me costará un poco —Milo asintió a su reciente evaluación y se levantó de su asiento—. Viniste por mi inasistencia en la última reunión dorada, ¿no?

—Son eventos que no suelen ocurrir y se suponen que debemos estar.

—Ya ves porqué no pude ir.

—Siempre hay una excusa, Mu.

—Milo.

—Puedes reparar armaduras y cuidar bebes en el santuario.

—¿Ordenes del patriarca?

—Siempre he venido porque quiero.

Discutir con él sería una pérdida de tiempo y se encontraba muy agotado como para comprobar cuánto tardaría alguno de los dos en rendirse. Lo observó con gesto suavizado y soltó el aire en un suspiro desolador.

—Mejor descansa.

—Te estaba esperando. —Mu, quién ya había dado media vuelta para ir a dormir con su pequeño discípulo, detuvo sus pasos para mirarlo de reojo—. Durmamos juntos, siempre hace frío.

Eso se había convertido en un ritual desde la primera vez, y no habían hecho nada para detenerlo. No le veía razón. El calor que sentía en la cama al ser abrazado con Milo no perdía su efecto confortante. Una tibieza que se expandía dentro de él y le hacía sentir sosegado y tranquilo. Aún pese a saber que Milo no estaba del todo de acuerdo con su estilo de vida, sabía que él iba a darle un poco de compañía y a recordarle que el templo del carnero lo esperaba. El santuario lo esperaba.

Él no lo había olvidado, pero el tiempo no había llegado. Las estrellas aún no habían declarado la sentencia.

En medio de la noche, se removió ansioso cuando la respiración de Milo en su cuello se sintió más caliente de lo que creía haber vivido antes. Bajo su ropa estaba la señal de por qué sentía tanto calor. Se sintió avergonzado ante esa broma de su cuerpo y prefirió quedarse quieto aunque la aprehensiva habilidad de Milo de quedarse pegado contra su espalda le hiciera difícil la tarea de dormir con una incómoda respuesta hormonal de su cuerpo.

Llegó a un punto en que se hizo intolerante la espera, y Mu tuvo que hacer un esfuerzo para levantarse sin despertarlo. No tuvo éxito, Milo despertó gruñendo un poco y se frotó los párpados antes de posar su mirada en él. Los ojos de Mu le miraron con impaciencia y un poco de necesidad, sus irises verdes temblaban mientras en el vaivén de la flama de una vela en la esquina podía notar los detalles cercanos de los ojos somnolientos de su compañero, ese azul intenso y llameante con el cabello revoloteado por las sábanas.

—¿Qué pasó? —preguntó con la voz ronca por el dormir. Mu no pudo contestar a tiempo cuando los brazos de Milo volvieron a atraparlo para abrazarlo esta vez de frente. Los movimientos se detuvieron ante el roce inesperado. Ambos se tensaron en medio del silencio del lugar.

Lo único que salió después de largos minutos de mudo reconocimiento fue un «Oh» de Milo que puso las señales de Mu a mil. Se removió de nuevo buscando liberarse, pensó que lo mejor que podía hacer era salir de la cama y dejar de jugar a ser niños. No eran niños, nunca lo fueron. No tuvieron una infancia y tampoco tenían derecho a una juventud normal. Su vida estaba totalmente entregada al santuario y al ideal que su maestro perseguía antes de la muerte y todas las responsabilidades que llevaba a cuesta iban dirigidas a esa misma visión.

Esa era la clase de vida que había escogido.

Cuando intentó soltarse para salir de la cama, Milo no lo dejó. El abrazó se reforzó a su alrededor y su mirada exhaustiva volvió a clavarse en los ojos titubeantes de Mu. El color tiñó su rostro de vergüenza y frustración, no queriendo poner en palabras lo vergonzosa que era esa situación para él. Milo suavizó su expresión y destinó una caricia suave a su espalda.

—¿No lo has hecho nunca? —supuso que no por la expresión espantada de Mu ante la interrogante—. Tranquilo, es normal.

—No hemos sido entrenados para esto. —Milo rodó los ojos divertido.

—Hasta Shaka lo ha hecho —comentó en un aire cómplice que envolvió al santo en sus brazos—. Hemos sido entrenados para proteger al mundo, a la vida. ¿Pero cómo podemos proteger algo que no conocemos?

Faltan más lazos, sintió esa conclusión en su cerebro que le hizo mudar la expresión. La caricia de Milo ahora en su rostro fue como un gesto de consuelo a la trémula vida que había decidido llevar.

Las manos de Milo fueron más rápidas que sus pensamientos, y sin embargo, pacientes. Con suavidad se metió bajo las cobijas y le acarició con indolora lentitud mientras sus huesos sentía retorcerse ante el hormigueó experimentado. Pegó su frente a la de él, y extendió sus ojos azules buscando grabarse cada expresión que Mu pudiera crear del momento vivido. Sus dedos se enredaron entre la tela semihumedecida por el sudor y sintió que el calor se transmitía en él a bases de relampagueos que bajaban desde su nuca.

Mu abrió sus labios para soltar el aire y este tuvo un sonido que le erizó la piel. Cerró sus ojos arrugando su ceño, apretando los suaves puntos tatuados que Milo luego se encargó de besar. Apretó su agarre y disminuyó la distancia. Y ante el deseo vertido sobre su piel, Mu buscó finalmente cubrir la sed de su boca dentro de la de su compañero.

La inexperiencia del beso del primer guardián era cubierta con la dedicación que Milo empeñaba en responderle. Sorbidos y chasqueos, acompañaron el movimiento arrastrado de sus piernas bajo las sábanas y los escalofríos atrapados bajo su piel. Suave olor a sudor que condensado a la fragancia añeja de Jamir y al reconocido aroma de Mu formaban una mezcla exótica.

No era eso lo que había buscado pero sentía que era lo correcto. Para ambos lo era, cuando lo aceptaron. Las armaduras no eran las únicas en necesitar de un ritual para sanarse. No solo ellas necesitaban de empeño y entendimiento. No solo ellas requerían el calor humano, la sangre corriendo en su coraza helada y partida, cubriendo las heridas, llenando los vacíos, para poder brillar tras el cimbreó del martillo sobre su superficie emulando el palpitar de un corazón.

También ellos. También las personas. También el hombre.

Milo besó las manos y dedicó largo tiempo a lamer las cicatrices que se veían en sus muñecas. Se regodeó de sus temblores y sus jadeos ahogados, mientras miraba fijamente sus ojos y tenía antojos de morder suavemente sus mejillas coloradas. El rostro de Mu envuelto aún entre sus cobijas, con el sudor pegado en la frente y los mechones pegados en los contornos de su rostro lucía delicioso a la vista. La vela ayudaba a darle ese aspecto encendido que le incitaba a proseguir y por ello decidió que quería verlo un poco más. Lo ayudó a levantarse y comprobó que la luz de la vela acentuaba los músculos formados de su compañero aún con la ropa medio acomodada. Esas telas ya eran innecesarias.

Quitó los excesos de mantos y juntó sus piernas para continuar. En el calor de las fricciones la voz de Mu tomó un tono y un tempo rítmico. Entre las caricias y los besos, sus manos hallaron espacios en las heridas, las marcas y el polvo adherido a su alma. Y ya no estuvo seguro de qué hacía ni de las razones. Solo del calor que formaron juntos y encontraron necesario.

¿Cuántas caricias fueron necesarias? ¿Cuántas horas de compañía? ¿Cuántas palabras? Mu brilló entre sus brazos aquella noche, brilló en un tono de roja intensidad. Entre los apretones de extremidades y el apego de sus pieles, lo sintió encenderse en una lluvia de estrellas bajo el toque de sus manos.

Seguramente así brillaban las armaduras al renacer, pensó.

Mu le respondió que sí.

Habían pasado dos años desde aquella vez y trece desde que había abandonado su templo. Pese a tener algunas semanas en él, no pudo evitar sentirlo ajeno a todo lo que había vivido antes. El tiempo llegó y con ello la justicia. Athena volvió al santuario  y retomó el control, aunque el costo había sido muy elevado. Entre la lluvia perpetua a causa de Poseidón, Mu miraba el firmamento luego de la discusión que había tenido con Aioria minutos atrás, cuando quería invalidar su autoridad y las palabras del sabio maestro desde los cinco picos.

¿Qué tan sabio fue esperar? ¿Debía seguir esperando ahora?

Milo lo observó en la entrada del templo dejándose envolver en la lluvia. Caminó hacía él y sintió la tensión de su espíritu en todo el ambiente que rodeaba los escalones. El cielo estaba oscurecido y nublado, no había rastro más que del peso de Poseidón amenazando sobre ellos. Y si bien, había en ellos enormes brechas luego de la derrota de Saga, si algo tenía en claro Milo es que solo un hombre entre los cinco sobrevivientes podría cubrir el puesto del patriarca, y ese estaba frente a él.

El hombre como las armaduras doradas necesitaba de calor humano. De la cotidianidad para formar los lazos, de los sacrificios para recuperar valor. De vivir al límite para brillar con el fulgor que se le había asignado en su nacimiento. Todo ello fueron cosas que Milo le fue enseñando a Mu en las cortas interacciones a lo largo de trece años. Pero Milo aprendió algo también, solo un verdadero hombre podía sacrificar todo eso por el bien de una visión mayor para ser un santo. Un santo con la capacidad de llevar al frente un santuario, un grupo de santos, en pro de la victoria de la diosa.

Solo un hombre fuerte podía ser capaz de sacrificar lazos por su convicción. Solo un hombre valiente podía confiar la esperanza en cinco adolescentes creyendo en el brillo de su milagroso potencial. Solo un hombre sabio se mantendría inconmovible ante la adversidad, en espera del destino que se forja con el milagro del cosmos.

La espalda de Mu lucía tensa pese a estar cubierta de oro. No era a Aries que cargaba, era al santuario entero. Aunque no hubiera titulo que lo avalara.

Cortó el espacio que había entre ellos y aligeró la carga con un abrazo a su espalda, colgando sus brazos por sobre los hombros de Aries. Pegó su mejilla contra la de él y observó el cielo relampagueando mientras la batalla bajo el mar seguía su curso. Lo escuchó tragar grueso. Mu seguía allí, pese a los golpes, a la soledad y la muerte. Seguía viendo el horizonte esperando las estrellas.

—Tu maestro estaría orgulloso de ti.

Pero hasta un hombre fuerte necesitaba del calor humano. Era simple reciprocidad.

Mantuvo su abrazo mientras le sintió conmoverse bajo las placas de oro. Se aferró a él y a su cuerpo buscando que su calor le calmara el ardor del alma. Exhaló aire y se empapó con él bajo la fuerte lluvia que significaba amenaza y para ellos era otro latente brillo de milagro a punto de concretarse.

—Espero que sí. —Su voz sonó casi en un murmullo. Mu había bajado su rostro y escondido sus facciones en los dos mechones que caían a cada lado de sus mejillas.

Milo se acercó y besó suavemente su mejilla empapada. Saboreó la lágrima.

—¿Besas la lluvia? —Deslizó su nariz hasta encontrar la intimidad que le confería el espacio de su oreja.

—Sabe a mar.

El séptimo pilar cayó. Milagro.

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