Reto 30D – Tercera Parte

Tener vida para los renegados parece ser una oportunidad única, para los sobrevivientes un destino inseguro. Con el acercamiento de la tarde el presentimiento de lo inevitable se hace claro y profundo.

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Temas: Drama, Angustia, Romance, Canon, Pre-Hades
Personajes: Kanon, Ikki, Minos, Aldebaran, Aiacos, Radamanthys, Saga, Mu, hura, Camus
Resumen: Después de la batalla contra Poseidón, la llegada de Atena al santuario es irremediable, así como la guerra, así como la muerte.

Tener vida para los renegados parece ser una oportunidad única, para los sobrevivientes un destino inseguro. Con el acercamiento de la tarde el presentimiento de lo inevitable se hace claro y profundo.

#21: Flor (Saga x Afrodita)

Apenas lo vio traspasar el salón con la compañía de Camus y Shura, lo abordó, sin dejarlo pestañear. Lo jaló de su brazo y haciendo uso de una sardónica sonrisa lo arrebató de la compañía de los otros dos que no conocían ni llegarían por completo a entender a ese hombre. No podía decir que él si lo hiciera, pero años de obediencia y fe le antecedía. Y por supuesto, la compañía en la cama que nunca fue despreciada.

Saga se dejó guiar sin oponerse al movimiento alterado de sus articulaciones. Aún así, había fruncido su ceño. Apenas encontró un lugar a solas en el castillo, Afrodita lo empujó contra la columna y clavó ojos incendiarios sobre él. Mordió su labio inferior y Saga enarcó una ceja. El escrutinio habría sido divertido en otras circunstancias.

Acercó lentamente su nariz al afilado cuello del guardián de géminis, buscando su aroma. Con sus dedos agarró un par de mechones notando la reciente humedad y pudo encontrar otras notas de olores que sabría reconocer a la distancia. Su mirada entonces se atrevió a buscar más, y lo halló. Una marca en su nuca.

Suficiente.

Afrodita se apartó con el repudió en su rostro teñido de rojo. La mirada se volvió un diamante intenso y cortante. Saga simplemente suspiró ladeando una sonrisa.

—Admito que me trae recuerdos.

—¡Maldito! —Dio media vuelta dispuesto a salir, pero Saga lo tomó de su brazo y lo jaló. Afrodita mantuvo una distancia prudencial, con el atisbo de ira manándole por sus ojos.

—Afrodita. —Su voz sonó ligeramente dócil.

—Jamás pensé que podrías caer a ese punto. Tu… Precisamente tú.

—¿Qué te hace pensar que esto que hice es más vergonzoso que vestir estás armaduras oscuras?

Bajó su mirada sintiéndose hondamente decepcionado. En los bucles claros de su cabello ocultó el temblor de sus pestañas y la humedad de sus ojos negándose a buscarlo más. No era el Saga al que sirvió, tampoco de quien estuvo enamorado. Y sinceramente después de morir no creyó posible sentir con tanta intensidad aquellas emociones.

Saga se acercó a él y jugueteó con varios de sus mechones, deslizando hasta la punta. No esperó que Afrodita le devolviera la mirada.

—Ni siquiera estos cuerpos nos pertenecen. Aunque besara esos labios, no serán los tuyos ni tendrán su sabor. No será la misma flor que me protegió hasta el final.

Odiaba a Saga. Eso no se pudrió con su cuerpo, no mermó con la pétrea muerte. La habilidad de destrozarlo con su elocuencia y hacerlo sentir único pese a saber de antemano que no era así, que era falso, no había caducado. Seguía allí, perseverante.

Levantó su mirada y buscó el espacio de esos labios. Luego se separó. Con pisadas secas se alejó de él confiado de haberle dejado su propio sabor.

Aunque se llevó el asqueroso sabor a whisky.

#20: Abismos (Aioria x Shaka)

Su mirada se perdió en el movimiento que la cola de escorpio realizaba entre la cabellera serpenteada y la capa blanca, cuando abandonaba el templo. Tragó grueso y cerró los puños. No terminaría de acostumbrarse a la situación, ni mucho menos a los papeles. No podía creer que fuera Milo y no él quien tuviera la posibilidad de estar más cerca de Shaka. Precisamente, el santo caminaba frente a él para dirigirse a la flor de loto en donde iniciaría sus meditaciones.

Suspiró y trató de ignorar aquel hecho para tratar de acercarse a él. Lo notaba un tanto inquieto. Por lo general siempre le saludaba, pero en ese momento se veía indispuesto a socializar.

—Shaka. —El aludido volteó y detuvo su paso—. Creo que tenemos que resolver esto de una vez.

El guardián de Virgo asintió y se sentó en su flor de loto, pero no en completa postura. Dejó una pierna sobre la rodilla y descansó sus manos en el regazo. Aioria comenzó a inspeccionar su semblante, la tensión de sus cejas y el cumulo de rigidez que avistaba en sus hombros.

—¿Pasa algo?

—No dormí bien.

Aioria tomó la respuesta de manera literal y la sumó a la presencia de Milo tan temprano en la mañana. Mordió sus labios con resentimiento y tuvo que aguantarse el gruñir. A cómo iba las cosas, el abismo que había entre ellos después de lo de Saga sería insalvable.

Sus ojos vagaron por el piso de la virgen con desencanto ante esa idea. Shaka había intentado acercarse a el tiempo atrás, no le permitió por el rencor y luego cuando Milo se acercó a Shaka, buscó hallar lo que antes le había negado. Era demasiado tarde para demasiadas cosas.

—Decías que debemos resolver algo.

La voz de Shaka lo sacó de sus pensamientos y le obligó a alzar su mirada. El abismo estaba allí y si bien él había rechazado al inicio el acercamiento, no veía porqué mantenerlo tan distante. Quizás ya no podría tener el lugar que Milo tenía, ¿o quizás sí?

—Sí. Es respecto a esa promesa. —Notó que con la mención el rostro de Shaka se ensombreció—. Quiero que la hagamos de nuevo.

—¿De nuevo?

—Sí —carraspeó un tanto inseguro—. Al menos de mi parte, quiero prometer que te protegeré a costa de lo que sea…

—Aioria. Yo te fallé. —No quería pensar en eso. Ese era el abismo que quería eliminar.

—No importa, prometo que esta vez será diferente.

Shaka se dio unos minutos para pensar, con gesto meditabundo. Para Aioria, casi fue la eternidad misma.

—Esta vez será diferente. —Finalmente contestó—. Lo prometo.

Y ciertamente lo sería.

#10: Cuerdas (Minos x Afrodita)

Cuando lo vio no tardó en reconocerlo. La idea de ir a visitar el bendito castillo donde Radamanthys llevaba a cabo sus planes no tardó de ser retribuida cuando la figura del doceavo santo lo golpeó desde lejos con su envidiable belleza. Había regresado… tenía la memoria antaña y eso le decía que a ese hombre lo había conocido. Lo había matado dos siglos atrás.

Se relamió los labios al verlo caminar tan altivo y tan enojado como podría recordarlo alguna vez. Lucía un poco diferente, aunque no le podía pedir mucho a la gloria del destino. En todo caso, estaba allí y él no pensaba perder esa oportunidad.

Solo fue necesario un movimiento de sus manos y los hilos rodearon al santo sin poderlo evitar. Afrodita observó con frustración una mezcla de temor como sus extremidades se vieron invalidadas y no pudo moverse con libertad. Los hilos pronto lo levantaron del suelo y el santo gruñó, buscando a su adversario.

—¿Quién es? —exigió con un tono de voz potente que no daba justicia a sus suaves facciones. El espectro salió de las sombras para presentarse, articulando con sus dedos para hacerle saber la fuente de su poder.

—Minos de Grifo, juez del inframundo. ¿Entonces tú eres uno de los juguetes que irán al santuario? —El aludido mordió su labio inferior y le entregó una mirada autosuficiente. Pese a la situación en la que se encontraba no pensaba perder un atisbo de su orgullo.

—Minos de Grifo. ¡Qué alentador! —Torció una sonrisa—. ¿A qué debo el honor de que uno de los jueces del infierno haya venido a presentarse ante mí, Afrodita de Piscis?

Debía admitir que saberlo petulante había sido encantador y hasta le incitaba a continuar. Minos se movió con seguridad en el pasillo observando las expresiones del santo y el dejo de cosmos que cubría a cada cuerda de su poder. Se relamió los labios y pensó en la utilidad que le haría a ese cuerpo en una cama. Ciertamente, el castillo tenía de sobras. A Radamanthys no le importaría mientras le dejara las extremidades completas para combatir.

Afrodita tensó su rostro al notar el brillo de deseo en esa mirada potente. Intentó recobrar la movilidad e incluso levantar su cosmos pero ambas cosas fueron inhabilitadas por el poder que las cuerdas ejercían en su cuerpo. Entonces se dio cuenta que sí estaba en problema y no tenía intenciones de seguir los pasos de Saga para estar en paz con el inframundo. Tampoco en convertirse en la muñeca de uno de ellos.

—Suéltame maldito, suéltame o conocerás la furia de piscis.

Minos le tomó el rostro con ferocidad y relamió su labio inferior crispándole los nervios al santo.

—Ya la conocí y por experiencia es… venenosa.

#08: Extraviado (Shaka x Ikki)

Ikki había preferido salir de las bocas del volcán. La intranquilidad de la que era víctima tras los sueños no la podía mitigar con el calor y se sentía extraviado. Era incesante y palpitante, un recuerdo potente que le ahogaba.

No entendía de dónde venían esas visiones, porqué veía a esa niña, porqué le quitaba a Shun. Cada vez que intentaba recordar, su mente se encontraba atrapada en una marejada de sensaciones oscuras y adversas que lo confundían y le impulsaba a despertar. Sudando frío y con un calor emergiendo de las entrañas, esos días caóticos habían intensificado su insomnio.

Lo más preocupante era que no estaba seguro de cuánto era realidad y cuánto no. La visión que vio cuando peleó con Shaka de Virgo lo había hecho presenciar uno de los antiguos sueños que tenía de niño. Su perseverancia y obstinación por mantener el cuerpo de su hermano en sus brazos aún la sentía en sus uñas pese a no tener nada que sujetar. Era como una necesidad casi animal y programada en su cuerpo que le instalaba a aferrarse a algo como si se lo fueran a arrebatar.

No quería pensar que era simple nostalgia fraternal y que todo aquello era solo porque extrañaba la presencia de su hermano. Sería iluso si llegara a justificar todo ese terror con algo así.

Suspiró y precisamente el nombre en quien había pensado apareció como llamado por su consciencia. De algún modo Shaka de Virgo estaba allí, en el cielo se dibujó los cabellos dorados serpenteando en el aire y su aura enfermamente potente envolviéndole y drogándolo. Shaka tenía esa habilidad, la de dormir incluso los pensamientos fehacientes aunque solo fuera un efecto analgésico  temporal.

—¿Tienes fascinación con islas y volcanes? —escupió en Santo de Fenix al verlo llegar. La primera vez que lo vio había sido en la isla de la Reina Muerte y tal como se lo prometió, conocería y sentiría el terror al recordarlo.

Shaka hizo caso omiso de sus palabras altaneras y pisó el suelo con sus botas de oro.

—No tanto como tú, Fenix —comentó sin expresión alguna, dando un paso en la tierra árida—. De nuevo has sobrevivido a Géminis. No esperaba menos de ti.

No estaba seguro cuando Shaka lo estaba adulando o se estaba burlando, el tono que usaba al hablar podía ser cualquiera de las dos cosas. Ikki se crispó y encogió sus hombros. Intentó huir de su suave presencia pero las manos de Shaka, antes de que él pudiera alejarse, le tomó del rostro y posó sus dedos en las sienes.

—No quiero otro de tus trucos Virgo. —Sabía que Shaka estaba al tanto. Crédulo sería de dudarlo—. Puedo con esto.

—Eso dices. —Frunció su ceño y se quedó observando el lago azul de sus ojos—. Viene la muerte y aunque la conozcas ya, te ordenó que no te inmiscuyas.

Su corazón latió con violencia. Y entonces entendió: los sueños eran como una premonición.

La Guerra Santa.

#09: Vanidad (Shura x Afrodita)

Un corte destruyó los hilos que lo tenían sometido. Un filo acertado y poderoso que empujó al juez a dar pasos atrás y retroceder. Afrodita no se contuvo: la ira de sentirse sometido la sentía aún en sus venas. En un acto impulsivo, al caer al suelo y posar su rodilla contra el piso, sacó de sus manos un par de rosas negras y las arrojó ante el adversario. Este, con un movimiento de sus alas las interceptó, pero cuando creyó que sería atacado de nuevo, alguien apareció frente a él.

Shura.

Sus bucles terminaron de acomodarse en sus hombros cuando la capa retozó contra el suelo. Frente a él, pudo ver al juez haciendo un gruñido antes de retirarse. Parecía que estaba a salvo y que efectivamente, el enemigo había decidido retirarse.

Afrodita levantó sus ojos hacía él, recuperando un poco el aire y el ritmo de su corazón que se había disparado a causa de la amenaza. Shura mantuvo sus ojos al frente por unos minutos más, como si quisiera cerciorarse que realmente el adversario había abandonado el sitio. Por los momentos, era así, aunque debía admitir que había pensado que no tendría escapatoria.

Bajó sus ojos, notando las muñecas enrojecidas que sentía arder bajo la cobertura dorada. La fricción de los hilos había dejado marcas visibles en su cuello y extremidades. Cuando soltó el aire, los ojos de Shura se posaron sobre él y le miraron en actitud clínica, buscando quizás alguna herida.

—Por fortuna estabas cerca.

—No lo estaba. Simplemente sentí.

No entendió mucho aquellas palabras, pero se sorprendió cuando la mirada de Shura se mantuvo sobre él. Afrodita levantó sus ojos con cuidado, buscando hallar las razones escondidas tras la mirada oscura. Debía admitir que le debía un agradecimiento. De no ser por él, quien sabe qué destino le hubiera tocado en manos de uno de esos jueces.

—Afortunadamente viniste. Ese maldito espectro… —Se sacudió el cabello—, pretendía alguna aberración. Ni crea que se la iba a dejar tan fácil.

—Estás bien y eso es lo que importa.

Afrodita no hizo caso a la preocupación de sus ojos, se limitó a voltear y a seguir el camino de regreso. Desde el lugar donde se quedó de pie, Shura pudo observar como la vanidad de la que Afrodita siempre hacía gala permanecía impérenme en su personalidad. No habían cambiado demasiadas cosas, pero sí lo había sentido. Quizás en una conexión más allá, sintió que Afrodita necesitaba de él y no dudo en buscarlo hasta conseguirlo.

Alguna vez, al confesárselo, el guardián de piscis se rió tildándolo de crédulo. Él prefirió no decir más. Lo cierto es que, pese a que no hubo unas gracias sinceras, sabía que Afrodita admitía que sí lo había necesitado.

Soltó el aire y agitó la cabeza. Como ya había pasado con Camus, era demasiado tarde para muchas cosas. A uno con el hielo, al otro con la vanidad.

Muchas palabras se quedaron sin ser escuchadas.

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