Contrarreloj (Cap 02)

Kanon ya siente que hay una distancia con su hermano, pero no siempre fue así.

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Temas: Canon, drama.
Personajes: Saga, Kanon
Resumen: ¿Si el error fue empujar hacia las sombras, debería empujar hacia la luz?

Kanon ya siente que hay una distancia con su hermano, pero no siempre fue así.

Capitulo 02: Las noche de Sunion

Las estrellas se veían mejor en verano, eso lo sabían. Pese al calor que las ruinas acumulaban en el incandescente día, hacia la noche este siempre menguaba y el cielo lucía despejado. El oleaje a lo lejos y la inmensidad del mar perdiéndose en el horizonte eran una vista ensoñadora que en los primeros momentos los había maravillado.

Kanon recordaba la primera vez en que fue con su hermano a ese lugar. En lo alto del risco, las columnas yacían sobre las bases cubiertas por la historia y los siglos. El simple acto de tocarlas era casi un sacrilegio.

La luna llena era dorada y enorme, se reflejaba sobre el mar en calma mientras ellos compartían añoranzas en aquel sitio. Con lo que él mismo había leído de los libros de su hermano, pudo mantener una conversación con él sobre los hallazgos y mitos que el mármol guardaba.

Saga aún era alcanzable. No se sentía tan distinto a él. En ese momento, los dos estaban viendo a la luna que descansaba entre las constelaciones.

—Dicen que podrías ser patriarca —le comentó con un dejo de orgullo infantil que sorprendió a su hermano. Saga carraspeó y en sus aún infantiles rasgos adivinó rastros de timidez. Lo vio desviar la mirada hacia el océano impasible, vestido en sus trajes de entrenamiento común.

—No lo creo…

—¿Por qué no? —Se levantó de la columna que usó de apoyo y juntó sus palmas sobre el hueso de su cadera, imponiéndose ante la imagen de la noche. La brisa sopló entre ellos y apartó mechones de cabello de su rostro forrado de orgullo fraternal. Imaginaba a su hermano alzándose en medio de ellos, demostrando cuan fuerte e inteligente era. Y él…

—Aún es muy pronto para decir eso pero… —Giró su rostro y buscó la mirada que Saga había perdido entre las masas de agua—, me han dado una misión.

—¿Misión? —Su hermano enfocó sus ojos hacia él y pudo notar su mirada confiada. En el viento, sus mechones de cabello bailaban como si tuvieran vida propia y le otorgaba un aspecto casi celestial. Kanon podría pensar que así mismo se veía él, pero siempre había un dejo distinguible cuando se trataba de Saga. No estaba seguro del porqué, pero en ese momento Saga parecía tener el toque de un dios en su semblante.

—Así es. Tengo que vigilar los dominios de Poseidón. Me dijeron que debo proteger lo que está abajo de este risco y vigilar que las escamas no desaparezcan.

Vigilar a un dios. Kanon supo que a partir de ese momento, la ascensión de Saga sería inevitable. Con apenas cuatro santos de oro y un montón de aprendices, Saga estaba por tomar una responsabilidad que de solo nombre pesaba.  Perdió su visión con él en las formaciones marinas que estaban allí, a sus pies, y por un momento se sintió dueño de todo eso junto a su hermano. Saga avanzó un paso y pese a la ausencia de la armadura, podía imaginar que brillaba sobre él como si lo estuviera cubriendo.

No hubo promesas de ningún tipo. Algo en él, al menos, le instaba a no dar pie a la pronunciación de una. Como si fuera un acto reprochable; como si temiera que el acto de ponerla en palabras la condenara a no cumplirse. Ellos se entendían mejor a través de la mudez inexorable que avalaba cada acción. Allí mismo, el silencio de Saga le decía todo.

Llevarlo al lugar que debía proteger era hacerlo parte de esa noble misión. Kanon entendió que mientras Saga no estuviera allí, el peso iba a recaer en él. Y asumió con renovada energía esa misión.

—Vendremos aquí y aprovecharemos para que entrenes. Nadie se acerca a estos límites del santuario. —Le aseguró con una sonrisa en el rostro—. Aquí no te tendrás que ocultar.

Y lo hicieron durante unos año sin embargo, las cosas ya no eran iguales. Tres años transcurrieron y Kanon veía la inmensidad del cielo oscuro y las estrellas brillantes de la constelación en soledad. Saga no había regresado a cubrir el puesto y a compartir entre ellos como habían acordado. Ahora que la ascensión al patriarcado había dejado de ser solo una distante posibilidadl, Saga estaba más lejos que nunca.

Ya serían tres noche observando las estrellas sin su compañía y sus pensamientos ya no poseían el velo ingenuo de antes. Ahora eran una nada oscura,  balanceándose entre vertientes inexplicables de motivaciones que pujaban a cada tramo de su piel, sin darle certeza de hacia dónde debía dirigirse.

Suspiró y decidió regresar. Nada había en las ruinas de cabo Sunion que pudiera calmar a su mente. Seguramente, Saga estaría en la habitación estudiando de nuevo complejos algoritmos y escrituras antiguas con dialectos que él apenas podría reconocer. En el camino de retorno, pensaba que con la mayoría de los santos de oros ya identificados, faltaba poco para el momento en que se eligieran un sucesor del patriarca. Aunque a ese hombre lo había visto de lejos, no le interesaba tampoco conocerlo.

El templo a su llegada se sintió desolado. No había rastro de su hermano en la entrada, el silencio entre el mármol le dio la bienvenida. Con pasos sigilosos avanzó hacia el pasillo, preparándose mentalmente para la imagen que iba a encontrar. Seguramente, Saga estaría estudiando y para su malestar, no habría recordado que de nuevo estaría en Sunion. No iba a reclamarle tampoco, porque no había promesa que pudiera sacar como aval. Comenzaba a comprender que las cosas serían así en adelante.

Lo que encontró fue la vela tambaleando en la esquina y a Saga dormido en la mesa, sobre sus libros y escritos. El lápiz había rodado hasta el suelo y la armadura descansaba a un lado de la habitación, imperturbable. Por los reflejos de la luz, se le antojó codiciable el rostro de su hermano, tan humano que empezaba a hallar un error en su propia percepción al tildarlo como divinidad. De día parecía un dios, en cambio, de noche era tan vulnerable…

Incluso más que él.

Se acercó con sigilo a su espalda y alcanzó a leer algunas anotaciones que había hecho con una letra que no recordaba fuera tan descuidada. Parecía haberlas escrito en el pináculo del agotamiento. Tras echar una mirada suavizada sobre el hombro de su hermano, encontró mechones adheridos en su comisura y sus pestañas pegadas como si estuvieran húmedas.

Entonces entendió que había llorado. Entre los escritos y la luz vacilante, se podía evidenciar gotas de humedad que dañaron su elaborada caligrafía. Kanon no iba a preguntar el porqué, sabía que Saga jamás le respondería.

Varias noches, así de forma aislada, lo había escuchado llorar mientras dormía. Suponía eran pesadillas, rastros de cansancio mental o un desequilibrio emocional debido a la presión. Kanon se contenía de abrazarlo cuando eso ocurría, temeroso de algo que no acababa de comprender. En esos momentos su hermano le daba la espalda creando distancia y cuando eso ocurría, Kanon veía lejana aquella noche frente a las estrellas.

No quiso incomodarlo y volvió hacía la cama, se quitó las sandalias de cuero y sacudió el lugar en que le tocaba para dormir. La cama ya era pequeña para ambos, pero los dos encontraron el modo de acomodarse en ella. Kanon se negó desde un inicio a dormir en el sótano, tanto que el primer día se agarró por completo la cama de su hermano diciendo que no dormiría en aquel lugar. Le huyó, como si le huyera a un recuerdo.

Se acomodó de costado, cerró sus ojos y rememoró.

En verano ellos llegaron al santuario, luego de que fueran hallados en el hogar de sus padres. Aquella pequeña casa tenía un terreno amplio, abundaban las uvas y los olivos. Solían juguetear entre los racimos, cazar insectos y subir en árboles. Saga había descubierto por sí mismo como destruir las piedras. En esa tarde soleada, los dos frente a una pequeña laguna detrás de su casa se miraron atónitos cuando luego de apretarla esta se pulverizó. Creyeron ver rayos de luz que para ese instante no tenían nombre. Luego sabrían que era cosmos.

La curiosidad innata y la competencia los orilló a buscar piedras más grandes que destrozar con sus palmas. Se había convertido en un carrera,que luego llamaría la atención de un extraño viajero en nombre del santuario. El resto era historia. Los dos habían sido convocado a proteger a la diosa, prometieron fama y honor a la madre y partieron hacia un futuro desconocido. Más tarde, todo se volvería agotador y cuesta arriba.

Con a una enorme distancia.

Cuando el colchón recibió un golpe seco, Kanon se sobresaltó y abrió los ojos. Solo tuvo que regresar la mirada sobre sus hombros para notar que era Saga quien se había movido y ahora estaba allí, hecho un ovillo contra su espalda, evidentemente agotado. Frunció su ceño con preocupación y las palabras no hallaron salida de su boca. El sacrificio que él hacía para obtener el lugar que ya sentía suyo era palpable en la tensión de sus músculos.

Se sentó en la cama y decidió ayudarlo a acomodarse mejor, al menos lo suficiente para que descansara. Apartó sus brazos para colocarlos a ambos lados de su cuerpo y le arregló la almohada con cuidado de no despertarlo. En la oscuridad –la vela no estaba encendida–, lograba ver formas diversas del cuerpo de su hermano sobre las sábanas. Tomó sus piernas para enderezarlas y jaló las sábanas para tratar de cubrirlo con ella. Pese a que fuera verano, las noches solían ser frías.

Estaba en ello cuando sintió el agarre de su antebrazo derecho. Al subir la mirada, los ojos de Saga estaban abiertos y puestos sobre él, con un brillo incierto en sus pupilas. Todo se veía negro y allí, apoyado en la cama, parecía un dibujo de su propio hermano, amorfo y empañado. Por dentro se coló un hilillo frío en su estómago del que no pudo definir su procedencia. Se quedó prendido en la imagen que le daba una apreciación salvaje y prohibida de Saga en ese instante de oscuridad.

—Kanon. —Escuchó su voz y de nuevo el ambiente estaba embebido en estrellas y universo rodeándolos. Algo parecido ocurría en los entrenamientos, cuando el combate los acercaba tanto el uno al otro que se veían sumidos en una dimensión paralela, donde sólo había aire para los dos. El aludido apenas movió sus cejas, entrecerró sus párpados y trató de hallar un color más aparte del negro que cubría a la habitación y, en especial, a las sábanas.

Su búsqueda no tuvo éxito, sólo había negros y escalas de grises.  Lejos de encontrar una mejor imagen, solo estaba la sonrisa ladeada de Saga con un aspecto inusual. Una caricia lerda se pronunció en su brazo, que por su lentitud le generaba una sensación diferente a cualquier otra vivida. Esos ojos destellaban, había un brillo hueco en su mirada que no sabía si debía adjudicar al sueño, a haber llorado o a algo más.

Siempre entraba ese algo más en su mente, pero no era capaz de darle un nombre.

Ni siquiera de justificarlo.

Solo había negro, un denso y asfixiante negro que dejaba ver a las distancias más cortas y a los pretextos equivocados. Contuvo el aire cuando notó que lo que ocurría era que el negro se acercaba, que era Saga levantándose del colchón en la oscuridad, sentándose en la cama y absorbiéndole el aire. Que era él promoviendo calor en sus sentidos y sonidos de campanas de alarma a lo lejos.

Deberían estar en Sunion, deberían estar hablando sobre lo que veía cada quien en su realidad, uniendo los bordes de sus dimensiones para crear una sola donde ambos existieran. Deberían estar resguardando aquella misión, sin mirar al futuro, recordando en silencio el pasado.

No debían estar allí, convirtiéndose en núcleo de un hoyo negro en una noche de verano. No debía estar sintiendo los labios de Saga ahora más atrevidos succionándole su labio inferior y encendiéndolo con alevosía. No debería ver tan poco verde en tanto negro.

Un sonido corrosivo surgió de sus propios labios, uno semejante a un gruñido gutural. Sintió la fiebre agolparse en su frente y un escozor en su pecho que no le permitía retomar el ritmo de su respiración. La caricia ya no estaba en su antebrazo, se había alojado demandante en el hueso de su costilla y luego bajó hasta tomarle el fémur. Kanon, con miedo, le atajó la muñeca y eso encendió una risa atípica en Saga, ronca y cansada.

—¿Tienes miedo? —La voz de Saga acarició con aire a su cuello. Había inclinado el rostro y Kanon permanecía tieso como piedra ante esos movimientos, conscientes o no. Tragó grueso y arrugó su frente, no conseguía suficiente oxígeno para respirar.

—¿Qué haces? —titubeó al preguntarlo. Vaciló de nuevo cuando aquella mano apretó y tensó a su cadera, hasta subir a su pectoral como si lo reconociera. La mano de Saga no se movía con torpeza, se mostraba decidida a seguir identificando su cuerpo. Kanon contuvo la respiración, con sus poros en alerta. El apretón siguiente le sacó un quejido.

Saga lo abrazó y se tiró con él en la cama, dejándolo sobre su pecho y con la barbilla en su hombro. El impulso fue tal que en el proceso la cama chirrió debido al peso de los dos. Kanon se quedó quieto, más quieto que nunca. No sólo saltó el colchón y los resortes sino una parte de él, irremediablemente despierta. No se sentía capaz de moverse y en efecto, no lo hizo. Por dentro esperaba que tampoco Saga lo hiciera, un movimiento en falso y no estaría seguro de poder contener lo que se había encendido dentro de él. A los pocos minutos, se dio cuenta que no ocurrió nada más y la respiración de Saga sobre su oído se volvió fluida y lenta.

Se había dormido.

Kanon hizo un esfuerzo para zafarse del agarre y maldijo la fuerza del abrazo de Saga junto a cada roce que por error recibía su entrepierna. Cuando se vio libre, solo pudo contemplar el rostro de su hermano dormido con cabellos desperdigados en su mejilla. Como si hubiese sido una burla, Kanon se sintió víctima de una broma pesada por parte de él.

Se tiró de espalda al lado contrario de la cama y mantuvo su vista en el techo ennegrecido. Tenía la presión de una galaxia en su estómago y su mente llena de preguntas sin respuestas. No entendía qué había pasado pero sí que había sentido. Lo que no estaba seguro era de qué pensaba Saga al respecto.

Cerró sus ojos e intentó dormir. Quiso aferrarse al recuerdo de la niñez olvidada. Pero solo había en su cabeza Saga. Saga en miles de formas y colores.

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