Contrarreloj (Cap 03)

Kanon ha quedado con muchas dudas sobre el comportamiento de su hermano. ¿Encontrará las respuestas?

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Temas: Canon, drama.
Personajes: Saga, Kanon
Resumen: ¿Si el error fue empujar hacia las sombras, debería empujar hacia la luz?

Kanon ha quedado con muchas dudas sobre el comportamiento de su hermano. ¿Encontrará las respuestas?

Capítulo 03: La costa de Sunion

Enfocó la mirada en él una vez más. En aquella tarde nublada, el oro que envolvía a Saga se veía opaco y amenazador. Hacía ya semanas desde que le había pedido entrenar así y conseguido a su vez un poco de tiempo de su parte, para medir los avances de su entrenamiento en solitario. Además,había otras cuestiones que él quería probar y para ello necesitaba de eso: tiempo y atención.

Y cercanía.

Saga estaba frente a él vistiendo la poderosa armadura y le veía con ojos dilatados por la adrenalina. Había captado su interés, Kanon sabía que había logrado lo que buscaba. Saga no podía entender en qué momento su hermano había alcanzado tal velocidad y tal fuerza, como había conseguido un avance así, cuando los entrenamientos habían cedido y él estaba ocupado en otros menesteres en la organización del santuario. Pero allí estaba, su hermano lucía confiado, con la mirada embebida en minuciosas tretas por probar. El asombro era mayor.

Durante todo ese tiempo, casi una estación entera, Kanon había destinado su tiempo libre en practicar. La motivación inicial no era loable de ningún modo. Toda la energia acumulada la necesitaba soltar de algún modo y halló en el entrenamiento físico y cósmico la manera ideal de hacerlo.

Por las noches todo era demasiado extraño. Y no importaba cuan tarde llegará al templo ese algo ocurría. Cansado y tirado en la cama, sentía a Saga moverse hacia él, tocarle entre sus costillas, bajo su estómago, sobre su pecho y luego quedarse quieto y dormido. Empezaba a pensar que Saga encontró una forma nada ortodoxa para dormir y a él no le estaba haciendo ningún bien esa cantidad de roces.

Tras los besos y caricias en las noches, terminaba frustrado en la mañana ante una necesidad no satisfecha. Saga marchaba a resolver sus asuntos y él no pensaba quedarse allí con todo oliendo a él. Prefería irse a Sunion, que de un tiempo para entonces estaba lejos de todo lo que la presencia de su hermano le inspiraba. Era un lugar ideal para soltar sus frustraciones, practicar sus técnicas y hallar mayor tino en el uso de los poderes tácticos de géminis. Quiso intentar imitando a otros, pero no le pareció lo suficientemente interesante.

Los resultados estaban allí, a la vista. Cuando Saga lo atacó de nuevo, se vio burlado ante la velocidad de su hermano que no se veía afectada por la desventaja de estar desarmado. Un par de golpes más fueron evadidos y otro fue atajado a la altura de su estómago con facilidad. Saga afiló la mirada y le entregó una sonrisa convencida. Kanon había logrado avanzar demasiado sin él. Cuando Kanon creyó que con esa demostración sería suficiente, su hermano decidió aclararle cual era la diferencia radical entre ellos.

Saga tenía la armadura de oro. Él era Géminis.

Hasta ese punto, Kanon sentía que había alcanzado por fin a su hermano. Lo había encontrado. Cuando la mirada que obtuvo de él tenía reflejada muestra de sorpresa y de orgullo, creyó tener por fin derribada esa distancia construida entre ellos. Eso es lo que había creído; antes de que Saga le atacara, mucho antes de que el puño impactara con poder en su pecho.

Se sostuvo apenas de pie, pero el dolor sentido fue inconmensurable. Como si inyectara ardor en cada nervio y su cabeza, se sintió mareado y a punto de explotar. Saga no se había movido de su posición. Estaba allí, imperenne y distante, con apenas el viento moviendo sus cabellos. La capa ondeando en el firmamento y el mar cantando su victoria. La vida aclarándole una vez más que la distancia estaba allí.

Saga la pedía. Saga acababa de reforzarla. La distancia debía seguir allí.

Se irritó. Kanon apretó los puños y quiso destruir eso que los separaba. Quiso derribar a Saga y apretarlo contra él. Hacerle entender que esas noches  en que él mismo propiciaba los acercamientos era porque no quería que existiera esa distancia. No quiso quedarse callado, no se conformó con simplemente ver y asumir. Quería más de esas madrugadas de entrenamiento, más de esas noches en Sunion o más de esos besos que antes le daba y ahora se limitaban a los momentos previos al sueño de Saga. Quería eso que Saga se estaba negando, eso que su hermano estaba sacrificando por la búsqueda de un poder mayor. Uno que no se había prometido, uno que los alejaba, uno que no importaba mientras estuvieran juntos.

Quería esa mañana en el río con las manos llenas de tierra por una piedra destrozada. Quería las miradas de ingenuidad y confabulada complicidad. El secreto, el mundo de ellos, el espacio para los dos.

Corrió. Fue tras él y observó como su hermano se puso en posición para recibirlo, para enfrentarlo y contrarrestarlo creyéndolo parte del entrenamiento. Él no pensaba seguir con ese combate, buscaba algo más. Buscaba eso que Saga quería y estaba cubierto por el oro.

Se tiró a él y Saga no lo pudo predecir. No pudo tampoco sostenerlo y ambos cayeron a la arena. Los ojos de Saga se abrieron sorprendidos cuando su visión se llenó de Kanon y todo su peso estaba sobre él, allí, tirados en el atardecer mientras el otoño aligeraba sus pasos en el cielo. Ahora sí, la distancia era mínima, aún si los ojos de Saga quisieran alargarla.

Kanon dispuso sus manos sobre el peto de oro y le miró con seguridad. La primera cosa que debía hacer para quebrar el espacio que había entre ellos y resarcirlo era precisamente eso: apartar la armadura. Quitar esa pared de metal que los tenía desconectados el uno del otro. Su pensamiento no fue errático, estaba cargado de convicción y de ansiedad. Quería la armadura lejos y quería el cuerpo de Saga, sólo Saga, debajo de él mientras le imploraba misericordia al destino. Ella le obedeció, como si escuchara cada clamor de su tempestiva mente. Las piezas de oro se desanclaron del cuerpo de su hermano y aparecieron a toda velocidad formando la perfecta figura de géminis flotando en el cielo.

Los ojos de Saga ahora habían adquirido un tono distinto. Era un negro que se comió el verde en cuestión de segundos. Con sus pupilas dilatadas, observaba como la armadura había decidido abandonarlo.

—Mírame. —Kanon gruñó y tomó entre sus manos el rostro de Saga que veía a su vestidura dorada como si le pidiera explicaciones. Necesitaba que esos ojos se enfocaran a él y se encontrarán por fin con él único que estaba dispuesto a estar con él y no porque existiera un destino. Sino porque así lo quería.

La mirada de Saga hizo lo que pidió, lo miró. Sus ojos verdes, aún dilatados, enfocaron su atención en él y en los mechones que caían desordenados y sudados a los bordes de su rostro. Contempló todo con renovado interés. Había un dejo de asombro en su forma de mirar. Como si algo dentro de lo que veía desencajara con alguna visión particular que había moldeado dentro de él. Como si hallara una parte amorfa en todo el espejismo que se había dibujado.

Kanon observaba todo y sintió que sus pulsaciones bajaron su ritmo, hasta casi hacerse inaudible. El zumbido característico que sentía tras los besos de Saga, se patentó en ese momento haciéndolo insondable e imposible de evadir. Las pupilas de su hermano iban de un punto a otro, recorrieron sus pestañas y luego sus cejas, se deslizaron lánguidamente sobre sus mejillas para luego prestar atención al filo de su nariz. En un punto se alojaron en los labios y para ese momento Kanon entendió que sus latidos habían bajado de sitio, dejando de sonar en su pecho y quedándose atrapado entre sus intestinos. Sintió que precisamente eran ellos los que tenían amarrado a su corazón y apretado para crearle esa presión asfixiante en todo su cuerpo.

Se le erizó la piel cuando Saga hizo ese movimiento con sus ojos, un poco a los de él, otro poco a sus labios. Intermitentemente enfocaba la mirada en uno y en el otro y Kanon sintió un golpe de hambre amarrándole la médula. Su saliva se espesó y pronto los latidos hicieron eco en su cabeza, justo contra sus oídos que escuchaban de lejos al mar. La distancia no solo era mínima sino que ahora amenazaba con volverse una línea invisible.

Sus cuerpos uno sobre el otro reconocían al ajeno con solo respirar y las caderas de Kanon no pudieron quedarse quietas por más tiempos. Se removió, lento, con la soltura con que la ola acariciaba a la arena cuando volvía en oleaje y subió con el ímpetu con que una ola golpea a la tierra. Las pupilas de Saga temblaron, se dilataron hasta volver a sus ojos totalmente oscuros. Kanon relamió sus propios labios e inclinó su cuerpo hacía él. Sus palmas alojadas en su pecho acariciaron hasta encontrar los hombros a donde anclarse. Volvió a moverse de esa manera y pegó su nariz con la de él, buscando el hambre que le había sentido en esas noches.

Lo consiguió. Estaba allí, dentro de una tonelada de miedo.

«¿Tienes miedo?»

La voz de Saga en aquella noche regresó como un látigo de vergüenza y frustración contra su espalda. Las manos de su hermano presionaron justo en ese momento contra sus muslos: estos temblaban. No había nada más que miedo y horror en sus ojos, con una mezcla enferma de curiosidad y otra de deseo. Kanon supo entender que había una batalla interna dentro de él, entre lo que era apropiado hacer, entre lo que hacían y quería. No entendía porque en las noches, sobre todo en aquella, nunca le había sentido tanta vacilación en su hermano como hasta ahora que se atrevía a hacerlo, a la luz del día, lejos de los umbrales del sueño.

No quiso detenerse a meditarlo ni mucho menos a preguntarlo. El torso desnudo de Saga estaba a disposición de sus manos aunque éstas hubieran decidido tocarle en el cuello. Envolvió la piel tosca sobre los huesos y las articulaciones y sus pulgares dieron círculos armónicos sobre su piel acalambrada. Kanon siguió moviéndose, de arriba abajo, de a dentro hacía afuera con lentitud mientras disfrutaba cada golpe electrizante que sentía entre las telas de sus pantalones. La piel de Saga se energizaba y él disfrutaba de cada temblor inconsciente mientras los ojos de su hermano se enfocaron impresionados hacia él.

Esta vez sería él quien cortaría el orden del universo, de la naturaleza, de Saga. Esta vez él se haría dueño de su mundo.

Si su hermano no quisiera eso, estaba seguro de que no apretaría las piernas con actitud pueril, ni que se dejaría tocar del modo en que lo estaba permitiendo. Aún si su hermano no se quejara, el ronco sonido de su voz antes los consiguientes roces le daban evidencia de que era eso lo que buscaba. Y si era ese el modo de quebrar la distancia y encontrar a Saga, el que lo buscaba en las noches y al que perseguía de día en el anonimato, entonces lo haría. Se movería, lo haría sentirle.

Su voz se desgranó con la de él en una coral de sonidos inciertos. Ante el roce ahora rítmico de sus caderas sobre él, Kanon sintió deseos de probar el sudor del cuello y de sentir el pulso en esa yugular por unos instantes, con sus labios. Saga echó su cabeza hacia atrás y sus piernas se tensaron. Lanzó un suspiró que vació a sus pulmones y dejó a sus costillas  visibles al estirar la piel de su abdomen. Kanon buscó saborear más, soltó a su lengua en línea recta hasta la oreja, sorbió el lóbulo. Sonrió.

—¿Tienes miedo? —preguntó, con el mismo tono ronco que reconoció era parecido al que había escuchado meses atrás. Saga respondió apretándole la cadera, le hizo sentir sus finas uñas contra la tela mientras arañaba con un poco de impaciencia a su piel.

Eso era un sí, pero sigue. O un no, pero sigue. Independientemente de si había afirmación o no, Kanon empujó y se movió, aceleró sus movimientos mientras clavaba su nariz contra el cuello de Saga y respiraba el aroma febril que brotaba de sus poros. La fricción se hizo incandescente, movió la tela y descubrió sus erecciones endurecidas por la presión. La sangre viajando en sentido descendente por sus cuerpos, otorgaba un color rojizo a los rastros de piel descubierto mientras Kanon no se detenía. Su cabello yacía ya pegado contra su espalda debido al sudor.

Saga apretó y Kanon se empujó.

Su hermano le susurró en su oído y Kanon no pudo escuchar. Cuando oyó su voz suave, sintió como una culebrilla se vertió por su conducto auditivo y le recorrió toda la piel. Se halló sometido a la absurda intensidad de sus palabras aunque no les hallara coherencia. Besó el filo de su mandíbula y avanzó con la fricción contra su piel, hambriento. Con la sensación electrizante en su nuca, los dedos de Saga tomándole la espalda y esos labios diciendo incoherencias, él se movió hasta alcanzarlo. No duraron demasiado tiempo: sobraba torpeza, inexperiencia y ganas. La humedad los embaucó dejándolos atónitos. A Kanon especialmente emocionado.

Recargó su cuerpo contra él, retomando el ritmo al respirar. Sentía que sus muslos aún temblaban y dentro de sus párpados hubiera espuma acariciándole suavemente. Con sus ojos cerrados trató de calmar a sus sentidos y disfrutar de la agotadora inmovilidad que tenían sus músculos, y del calor que aún sentía a través de la piel de Saga a su alcance. Arrastró su mano hasta la altura del pecho de su hermano para sentirlo latir y percibió a Saga completamente inmóvil. Lo imaginaba igual de atolondrado y quizás de ansioso como él.

Pasaron largos minutos antes de que uno de ellos se moviera. Quien lo propició, fue Saga. Este hizo un esfuerzo para que Kanon rodara a un lado y pudiera levantarse de la arena. Kanon destinó una mirada distraída hacia el mar, a las olas que se veían a varios metros lejos acariciando a la costa.

Rodó sus ojos de nuevo y buscó la imagen de su hermano. Él estaba allí, de pie con sus puños cerrados frente a la armadura. Había acomodado su pantalón y sus piernas aún se veían temblorosas. No entendía qué era lo que lo tenía así, tenso como una vara de hierro clavada en el suelo. El ambiente que le transmitía su alrededor distaba mucho de la emoción que el mismo aún sentía brotar de sus entrañas. Se sentó entonces en la arena, aún con el pantalón a medio abrochar y la camisa enredada en la parte superior de su abdomen.

—¿Saga? —Pese a haberlo llamado por su nombre, Saga se encrespó. El aire a su alrededor se percibió lúgubre.

—No hables.

La voz de su hermano se escuchó turbia y cortada. Kanon se levantó del suelo, abrochó su pantalón y acomodó luego la camisa que solía llevar. Desde allí, pese a que la distancia era de sólo un metro, Kanon tuvo la idea de ver riscos y pantanos a su alrededor, alejándolo de él.

La distancia se hizo indescifrable… un plano totalmente diferente…

—Saga, ¿qué…?

—¿Qué fue lo que hiciste? —Saga volteó con tanta ímpetu que él tuvo que quedarse con la pregunta atragantada. Adivinó rastros de lágrimas en sus ojos y una vergüenza que le ahogaba dentro del color de sus irises. Se sintió juzgado y hasta sucio por algo que los dos habían promovido— ¿Qué fue lo que hicimos, Kanon?

¿Tenía que responder realmente a esa pregunta? Las cosas hechas no requerían explicación. Allí estaba, en la mancha de humedad en sus dos pantalones, en el olor de su piel y en el calor transmitido desde sus entrañas. En la mirada encendida de ambos, en el temblor de sus mandíbulas iguales. Saga dio un paso hacia atrás, horrorizado. Como si hubiera hallado respuesta en la evidencia frente a él.

—Tu empezaste… —Intentó justificar sus acciones con lo ocurrido en las noches y no con lo que había estado sintiendo desde antes, que en ese momento se volvió claro. Saga abrió más sus ojos, como si aún fuese posible.

—No sé de qué…

—¿Cómo que no? Lo que me hacías en las noches, las veces que…

—¡Cállate! —Kanon se tragó, de nuevo, el resto de las palabras y conforme los segundos se juntaban entre ellos, sentía que la arena se estaba acumulando para ahondar la separación. Los ojos de Saga habían bajado hasta posarse sobre sus propios pies y la tensión era visible desde su lugar, justo en sus hombros—. Esto estuvo mal… esto está mal.

—Saga…

—¡Esto no puede repetirse…!

—Saga…

—¡Soy un Santo de Oro, Kanon! ¡Me estoy preparando para ser el patriarca! Soy un ejemplo en el santuario, ¡mi deber es proteger…!

—¡Eres mi hermano, Saga!

—¡Con mayor razón esto está mal!

Mantuvieron la mirada entre ellos en un gesto desolado. Kanon supo en ese momento que la franja que había entre ellos sería insalvable. Necesitó algo para contrarrestar el dolor, algo para que el desazón de su rechazó no aguijoneara a su temple hasta hacerlo añicos. Pestañeó repetidamente antes de bajar la mirada y emuló la posición de Saga haciendo puños a sus manos. Su hermano fue cubierto por la armadura en un instante y comenzó a caminar alejándose de él.

Más lejos. Mucho más.

Por primera vez en cinco años, Kanon sintió la tentación de llorar. Pero tan rápido como la identificó, la odió con todas sus fuerzas. Se pasó la mano derecha por su rostro, apretó el tabique y gruñó con ganas de golpear una montaña y partirla en pedazos. Todo ahora se veía ante él oscuro y el futuro le dio terror tan siquiera pensarlo.

—Kanon… —Escuchó de nuevo la voz de su hermano llamándolo, desde una distancia prudencial. El aludido se frotó el rostro con su antebrazo y le devolvió la mirada enrojecida hacía él.

Saga estaba allí, pero no se veía como tal. Le miraba desde su sitio, con la mirada y el cabello opaco. La sonrisa ladeada distaba en mucho a la expresión que un minuto atrás había visto en su hermano. Su rostro reflejaba una diversión ilógica que distaba del terror que Saga le había expresada ya.

Tuvo un escalofrío. La mirada de Saga se volvió viciosa y estaba sobre él, contemplando con impávida atención lo que había logrado. Sus ojos puestos precisamente en su entrepierna le crearon reacciones adversas y ya no estaba seguro de que era lo que realmente sentía ante la marejada de emociones que Saga pulsaba sobre él.

Otra ráfaga de viento acarició su espalda sudada. Un beso de otoño…

—Esta noche quiero que lo repitamos.

—¿Eh…?

—Antes de que Saga duerma. Eso es lo que los dos queremos.

La revelación fue inesperada pero potente, sin lugar a dudas. Cuando Saga volteó luego de una sonrisa taimada, Kanon se quedó sin aire sembrado en tierra.

Escuchó el sonido de un reloj, a lo lejos.

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