Reto 30 D – Quinta Parte

Las culpas pesan y los reclamos avanzan. Entre los sobrevivientes ya hay fuego. Entre los renegados el peso de sus decisiones.

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Temas: Drama, Angustia, Romance, Canon, Pre-Hades
Personajes: Kanon, Ikki, Minos, Aldebaran, Aiacos, Radamanthys, Saga, Mu, hura, Camus
Resumen: Después de la batalla contra Poseidón, la llegada de Atena al santuario es irremediable, así como la guerra, así como la muerte.

Las culpas pesan y los reclamos avanzan. Entre los sobrevivientes ya hay fuego. Entre los renegados el peso de sus decisiones.

#02: Mayoría (Shion x Saga)

Se presentó a él usando adustos protocolos, casi de modo ceremonial. Shion, quien había preferido mantenerse alejado y observando las sombras del palacio, volteó para observar la leve inclinación y la seriedad que Saga imprimía a cada uno de sus movimientos. No había modo de escapar a ello, aún si Shion aparentara sus jóvenes 18 años. Su experiencia se veía allí, en las sombrías irises opacas. Mirada de siglos.

Saga, con el tono calmado y seguro, le explicó los planes que tenían planificados para su encuentro en el santuario dentro de unas horas. Acordaron dividirse en dos grupos, él con la protección de Afrodita y DeathMask, y Saga seguiría la retaguardia con Camus y Shura. Shion le observó con seriedad; en la mayoría de sus años había aprendido a detectar todo. Incluso había detectado la maldad de Saga aún antes de que levantara su puño. ¿Pero qué fue lo que colocó la balanza a favor de géminis? Allí estaba… en su plan todo estaba dicho.

—Entonces, le pido que detenga a Mu de Aries en su templo. Somos más que ellos y si nos sabemos mover, tendremos la menor cantidad de sacrificios innecesarios.

Era cierto, la mayoría estaba a su favor. A favor del Hades.

Shion cambió su postura, abandonando su posición en el mueble inclinado de la sala principal. Su cabello espeso se desperdigó en su espalda y el color contrastó con las oscuras vestiduras.

—Siempre fuiste un hombre inteligente, Saga —el aludido levantó su mirada, extrañado ante el tono de voz usado por quién fue su señor—. Mantuviste a mi discípulo lejos por miedo a que él leyera en tu mente lo que intentabas ocultar.

Todos los poros muertos de Saga se elevaron ante esa declaración, y sintió su lúgubre corazón latir con pesadez. Los pasos de Shion, terriblemente tétricos, resonaron en la estancia.

—Convertiste a un justo en un traidor, condenaste a su hermano para preservar tu reino. Usaste a dos de tus compañeros, alejaste a dos amigos y a Mu lo dejaste en el destierro. —Lo enfrentó con la mirada, profunda y lejana—. Ahora planeas detenerlos. Usarás lo que más aman para confundirlos y así nos darás la victoria.

—Asumo mis culpa —arremetió Saga con tono áspero, sin cambiar su posición—. Todas y cada una de ellas. Si hay alguien que debe ser más traidor, ese soy yo.

—Apilas más culpas de las que tienes para que los demás no las carguen, aún si todos nosotros hemos decidido vestirnos con estas sapuris. Lo planeas tú, para que nosotros no nos sintamos culpables. Loable y letal.

Mantuvo silencio por unos segundos, mientras la mirada lo increpaba. Los ojos de Saga lucían turbios, pese al porte que garantizaba su estabilidad.

—E irás al frente, porque eres capaz de matar incluso lo que amas —completó con aire soberano—. ¿Nunca será suficiente pecados para ti?

Saga no dijo nada.

—Lo haré. Detendré a Mu y esperaré el final.

—¿Para qué…?

—Para cumplir una promesa.

#18: Fogata (Aioria x Mu)

El comentario de Shaka había dado lugar al silencio. Con la culpa inadmisible, se había retirado del grupo y Milo envió una mirada airada a ambos santos antes de ir tras él. Aldebaran no tuvo otra reacción más que suspirar y renegar. Aioria ahora tenía más razones de pelear, pero dirigiendo toda su frustración al santo de Aries, que sin decoro alguno le emitía una mirada que podría encender una fogata sin dudarlo.

Mu era pura cólera enfrascada en templanza. Era como una mina amenazando con estallar.

Aldebaran prefirió ya no intervenir. Si iban a empezar una guerra de mil días, que la empezaran ahora mismo. Ya venían retrasando el encuentro desde antes, incluso desde la llegada de Mu al santuario en la batalla contra Saga. Eran dos víctimas de su reino, con acciones y actuaciones distintos. En vez de comprenderse mutuamente, parecían enfrentarse.

Todo caía por el peso de una cuestión tan contradictoria como sus temperamentos, aunque fuese del mismo signo fuego: Mientras Mu decidió por el destierro, Aioria se quedó asumiendo su peso kármico. Cada quien eligió una soledad diferente, más no por ello menos dolorosa.

—No importa cuánto confíe el viejo maestro en ti, no te veo como patriarca y no seguiría tus órdenes.

Mu enfiló una sonrisa sarcástica, aquella que solo tenía reservada a sus adversarios y en ese momento le mostraba a él.

—Da la casualidad que no sería a ti a quien le daría órdenes. No me has demostrado ser capaz de obedecerlas sin dejarte llevar por tus impulsos

—Y tú si las obedeciste ¿no? Trece años… trece años esperaste para hacer algo…

Mu frunció su ceño, denotando en su rictus la dureza de sus ojos claros. Parecía que en cada queja de Aioria había miles de culpa que quería atizar sobre su espalda: la muerte de su hermano, la burla al santuario, los años del silencio, la fidelidad de Shaka o incluso el puño demoniaco. Como si todo ello fuera, de forma indirecta, su culpa.

Aioria acercó un paso más para hacerle sentir mejor lo distinto que eran y lo desacuerdo que estaba en sus métodos. Mu levantó su mirada hacía él, enfrentándolo. No dejó que su poca altura sobre él le dominara.

—Esta pelea es insulsa, tus razones insípidas y el tiempo limitado. No pelearé contigo Aioria, por mucho que quieras provocarme.

—Me tienes miedo, tanto como a Saga.

—¿A Saga? Te equivocas… ¿te has preguntado por qué nunca Saga osó matarme? Porque me tenía miedo. Sabía que solo era estar frente a él para saber su mentira.

Estuvo a punto de dar media vuelta antes de que Aioria lo agarrara de sus hombreras doradas y lo apegará más a él. Ojos verdes, encendidos, le miraron con sumo ardor.

—Pudiste haber detenido esto desde antes. Mostrarle la verdad a Shaka…

—Aún no logras entender. —Mu no se separó—: Yo era la sentencia y Shaka era su garantía. Nada iba a cambiar.

El fuego se apagó.

Aioria, por dentro, lo sabía.

#24: Solidez (Saga x DM)

Escuchó los pasos prontos a alejarse del lugar y pudo observar la tensión de su semblante. Saga respiraba presión, se le podía ver en las líneas de su frente y el rictus de su boca. Deathmask lo observó divertido, y no pudo evitar reír entre dientes cuando caminó frente a él. Decidió seguirlo.

Aquellos le traía viejos recuerdos, momentos en que había visto a Saga enojarse tanto que terminaba tomando una inteligente elección: retirarse con una dramática inclinación que provocaba aquellas muelas chocar. Reconocía esa mirada de advertencia y le divertía. Tantas veces jugó al límite de la paciencia de ese Saga y muchas otras supo las deliciosas consecuencias. Sexo duro y sin miramientos. Las más sádicas pasiones invertidas en su cuerpo duro, listo para recibirle con toda la crueldad y contender con él. Delicioso y avasallante, el tiempo que duró valió la pena, hasta que Afrodita se convirtió en su juguete favorito.

No le importó, lo compartió. Ambos jugarían al fuerte.

Se encaminó a él con paso teatral y detuvo sus pisadas cuando la espalda del heleno se detuvo. La solidez del ambiente alrededor era tal que estaba seguro que de moverlos dedos en el aire encontraría paredes de cemento. Eso le resultaba divertido, más al saber que salía así por su visita al viejo maestro.

—¿Aquello que huele es… culpa? —olfateó efusivamente con toda la alevosía y al verlo voltear le dirigió una sonrisa soez —. Mmmm, sí, huele a mierda pasada de tiempo.

Saga no le dijo nada. Su mirada era más elocuente y le hizo saber en qué terreno se estaba moviendo. Deathmask pasó su dedo índice sobre su nariz, rascándose suavemente la punta y liberó otra corta risita molesta.

—¿Ya es demasiado tarde para culpas, no crees? Morimos traidores, revivimos traidores y volveremos a morir como lo que somos: traidores.

La dureza de las palabras de DeathMask no sorprendió a Saga, su rostro permaneció inmutable, forrado de esa solidez tosca que le había dado el poder en esos años. Saga nunca fue manejable más que por sí mismo. Todo lo demás estaba perfectamente medido en sus manos.

—Pensé que el buen sexo con el espectro te había dejado de buenas ganas. ¿Tan mal estuvo?

—Estuvo muy bien —acotó de inmediato géminis y relajó sus gestos.

—Nadie me va a sacar de la cabeza que tenías un propósito.

—Sí. Que los espectros no se atrevan a interferir. Irán aparte de nosotros.

DeathMask soltó otra carcajada, más ruidosa y ruin que la anterior. El pétreo semblante de Saga se mantuvo inconmovible mientras los ecos se perdían en el espacio.

—El fuerte domina al débil y el inteligente a los animales. Pura ley universal.

No iba a negarlo. La ley de la vida era esa, el milagro pertenecía a una ley divina dada en gracia a los humanos. Solo actos de fe.

Saga volteó y prefirió seguir su camino dejando a su primer aliado atrás. Al que descubrió y compartió la mentira de su nombre.

#12: Regazo (Shaka x Atena)

Milo lo había alcanzado, con la idea firme de apoyarlo de necesitarlo. Realmente Shaka no necesitaba eso, por mucho que se hubiera tocado ese tema. Shaka no tenía duda al respecto de lo que había pasado, solo sobre lo que estaba por ocurrir.

Dejó a Milo de lado y continuó el camino hacía el enorme pasillo donde la diosa descansaba. No pensaba esperar a que ella saliera de sus aposentos, tal como los había llamado, necesitaba primero hablarle de algo importante y tenía que ser a solas. Cuando llegó al final del pasillo se inclinó solemnemente y dejó el rosario tendido en sus manos.

La sensación que sentía era extraña. La tenía, en sí, desde el encuentro de Kanon. Algo comenzaba  dar vueltas dentro de él y todas las figuras tomaban una forma que no había vislumbrado nunca en su vida. Dentro del rosario, había gritos. Y en medio de ellos un reloj que parecía acercarse a su final. Un tictac constante.

Aquello lo tenía entumecido entre miles de variantes, intentando encontrar una respuesta al acertijo. Si su mente humana no era capaz de verlo, tendría que acudir a ella. En otro tiempo habría sido él… en otro tiempo.

No lo había desechado del todo en su mente cuando ella salió de la habitación. Portada su vestido claro, teas griegas que guardaban a su cuerpo y llevaba en su mano la hermosa Nike. Sumiso, le guardó reverencia.

Saori era la diosa, de eso no le quedaba duda. De su poder no le quedaba duda, tampoco de su obediencia. Indiferentemente de cómo hubieran ocurrido las cosas, algo en él estaba tan convencido de que era ella la verdad que no había necesidad de siquiera comprobarlo. No podía entender porqué, mucho menos por qué razón su presencia en ese momento lo empequeñecía. Quizás y se trataba de algo embebido en su alma en siglos pasados.

Cuando pensaba hablar sus palabras se trabó en el momento en que Saori se puso de rodilla frente a él. Tal acción no pensaba avalarla desde ningún punto de vista, pero su voz, la suavidad de sus palabras, le instó a quedarse quieto cuando los dedos blancos tomaron cuidadosamente el rosario y lo sintió vibrar.

—Siento el peso de las almas y el tuyo que las sostienes —No pudo evitar abrir sus ojos azules hacia ella y sentirse absurdamente pequeño ante la calidez que su cosmos transmitía. De repente, como si todo se hubiera sentido familiar, se vio a sí mismo frente a una niña con la nike debatiendo de la vida, y del dolor.

—Atena…

—Shhh…—La diosa tomó el rosario entre sus manos y lo apegó a su pecho acunándolo en el calor de su regazo. Su cosmos divino se esparció y de forma inmediata la misma intranquilidad que dominaba su cosmos se vio aquietada. Ahora no tenía duda alguna, a ella seguiría—. Shaka… quiero pedirte algo. —La escuchó y bajó su rostro en reverencia hacía ella—. No te vayas sin despedirte…

#5: Salitre (Hypnos x Tanathos)

Le gustaba. El sabor, la textura, el aroma suave que subía a sus fosas nasales. Eran de aquellos gustos y placeres humanos que valía la pena imitar, algo suave y sencillo. Demasiado elegante en sus manos.

Se entretuvo en eso y en los movimientos de aquel. Su igual levantaba el asa con sus dedos, veía en el reflejo del líquido coloreado sus ojos dorados como luna en el mar aquietado. Se regodeaba de esa visión, como si pudiera ver un pedazo del universo dentro de sus dedos, en una taza. Luego de estudiarlo minuciosamente, se lo llevaba a sus labios y apenas dejaba que se posara el filo entre sus carnes. Por último, lo degustaba. Un sabor dulzón que conocía y a su vez, había experimentado cambiar cuando en vez de usar a la taza lo usaba a él. El espectáculo no dejaba de ser enloquecedor. Tanto la taza, como Hypnos tomándola. Puro erotismo enfundado en salitre.

Hypnos levantó su potente mirada, notando los ojos de su hermano envueltos en llamante oscuridad. El plateado de sus ojos había abandonado su tono para dar lugar a las pupilas dilatadas: signos de excitación, de deseo, de lujuria humana tomando cuerpo divino. No le extrañaba esos momentos en su hermano, cuando dejaba de lado su posición de dios y buscaba aquello que hacía a los humanos felices efímeramente. Que él lo llamaba, después de todo, un manjar exquisito de la tierra desgraciada.

—¿Por qué no tomas? —Y le señaló con la mirada la taza dispuesta sobre la mesa, apenas con un nube de vapor. Thanatos la miró con indiferencia, entre el ambiente florido y llenos de colores que lo rodeaba.

—Me interesa más tus planes.

Claramente, eso no iba a obtener con solo mirarle los labios, pero también sabía que de ese modo obtendría su atención. Hypnos soltó suavemente la taza sobre el platillo y soltó apenas un suspiro, minúsculo.

—No hay ninguno. Esta vez me quedaré aquí a esperar.

A Thanatos no le pareció nada interesante esa acotación. ¿Cómo se iba a pelear una guerra allí? El insano placer que saboreaba al ver el terror humano se lo estaba negando. Chasqueó la lengua y rodó los ojos. Luego cruzó sus brazos y se levantó. Ante sus movimientos un tanto descontrolados, Hypnos lo miraba con su imperturbable paciencia.

—¿Mejor plan? —Había un atisbo de sarcasmo en su voz. Su hermano le dirigió los ojos con desdén—. Si nuestro señor cuida su cuerpo en este lugar, ¿por qué no hacerlo nosotros?

Hace 200 años habían perdido la ventaja de la inmortalidad de los espectros. Eso en cierto modo le seguía molestando, una eternidad hacía que 200 años no tuviera peso alguno. Y si a eso le sumaba que el escenario actual de la guerra era patético, enfrentar a un puñado de santos en un santuario desierto no se le antojaba siquiera digno. Nada de omnipresencia, nada de majestuosidad. Sería como aplastar cucarachas con la planta de sus pies.

Asqueroso e innecesario.

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