Reto 30D – Sexta Parte

Ya es hora de partir. Los santos a sus templos, los renegados a su misión. Con los sentimientos a tope se dirigirán al inicio de la guerra Santa.

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Temas: Drama, Angustia, Romance, Canon, Pre-Hades
Personajes: Kanon, Ikki, Minos, Aldebaran, Aiacos, Radamanthys, Saga, Mu, hura, Camus
Resumen: Después de la batalla contra Poseidón, la llegada de Atena al santuario es irremediable, así como la guerra, así como la muerte.

Ya es hora de partir. Los santos a sus templos, los renegados a su misión. Con los sentimientos a tope se dirigirán al inicio de la guerra Santa.

#15: Multitud (Shaka x Mu)

La orden había sido dada. En ese momento, todos tenían la misión de resguardar su templo. Saori había sido muy clara en la orden, eventos estaban ocurriendo y ella lo sentía. El anciano maestro había hablado con ella y le había advertido.

El sello estaba por desvanecerse, el día había llegado. La certeza había sido más latente ante el llamado del mismo rosario. Todos supieron que las premoniciones, sueño y presentimientos que habían estado aguardando durante toda el día, tenía su razón de ser.

La guerra santa.

Ahora les tocaba a ellos proteger el santuario y protegerla a ella. La muerte se acercaba.

Y desgraciadamente, ellos eran pocos más que un puñado. Ante 108 espectros. Una multitud.

Todos salieron de la reunión, agobiados y sorprendidos con la inexorable verdad. Aldebaran pensaba esperara a Mu para bajar los templos, pero lo vio de píe esperando a alguien. Suspiró y prefirió seguir, aunque algo dentro de él sentía que el tiempo juntos había acabado. Aioria no pudo decir nada y se aferró a la promesa que había entablado con Shaka precisamente ese día. Milo… Milo sintió su estomago comprimirse al recordar el sueño.

Cuando Shaka se acercó a Mu, Milo prefirió esperarlo en su templo y detenerlo unos minutos más. Por ese momento, lo dejaría hablar con él.

Mu tenía pensado hablar con Shaka desde la discusión con Aioria. Quería disculparse por las palabras dichas y por la forma en que había acabado todo. Pero justamente ahora no se sentía siquiera necesario mencionar el episodio.

—¿Cómo te encuentras? —El rostro de Shaka no avistaba un buen ánimo. Había seriedad y podía sentir el poder cósmico del rosario amarrado en su antebrazo. Shaka suspiró y levantó su rostro hacía el viento.

—Tranquilo. Mi alma siente que he esperado este momento.

Habían estado separados por mucho tiempo, muchos años. Los dos habían estado en lugares equivocados y quizás, de haber hablado antes, las cosas habrían cambiado tan solo un poco. Shaka tenía intenciones de salvar a Saga aún sabiendo su traición. Se lo había pedido a Ikki.

Bajó su mirada hacía los templos, luciéndolos tan desolado. Hacía 13 años, había una multitud… incluso tras la traición, habían muchos santos jóvenes entrenando por la diosa.

—No tendré tiempo para decírtelo después, pero quería preguntarte algo. ¿Por qué confiaste en mí para traerte de vuelta con Ikki?

—Sabía que lo harías… —Shaka empezó a dar los primeros pasos descendentes.

—¿Por qué era Ikki?

—No. Por tu esencia. Sabía que tu bondad no dudaría en auxiliarme.

—Lo comprendo.

—Por eso también sé algo más.

Shaka se detuvo a mitad de los escalones, y levantó su rostro hacía él. Mu, observando los girones de los pétalos rosados, transmitió con su mirada la incertidumbre tras sus palabras.

—Yo hoy voy a morir. —Mu sintió un ahogo en su pecho.

—No digas eso… debemos confiar…

—No. No Mu. Quiero morir. —Prosiguió su camino—. No me detengan. Las sarsas han florecido.

Pétalos rosados. Una despedida.

#19: Toneladas (Saga x Shaka)

Cerró sus párpados. Había una tonelada en ellos.

Virgo le recibió con una nostálgica espera que era natural para él. La pasividad de la brisa cándida que cruzaba perdida entre las columnas, le dio una bienvenida sombría. Había entera convicción en él, seguridad en su semblante. Después de todo, nadie en el santuario estaba más preparado para la guerra que él.

Trece años estuvo preparándose para ella.

Al lado del patriarca, se habían alistado para ese momento. Durante trece años había estado a su lado, había escuchado sus disertaciones sobre las estrellas, había planificado con él el destino de cada aprendiz en su entrenamiento. Las tácticas y las estrategias habían sido preparadas de antemano. De ellas ya no quedaba más que piedras, porque con la ausencia de la mayoría de los santos, ninguna era posible de realizar.

Saga, aún enfundado en la tracción, había preparado al santuario para la guerra santa contra Hades, incluso contra Poseidón. Shaka conocía el legado, había estado allí.

Tras el conocimiento de la derrota, lo único que quedó claro para Virgo es que el deseo de Saga siempre había sido el bien de la humanidad, tanto que blandió su puño contra sí mismo.

Estando en meditación, se propuso a seguir con ese legado. Desde su templo su cosmos embargó las paredes tapizándolas de símbolos divinos. Saga no estaba allí y lo único que había descubierto tras la traición fue su nombre, porque contrario a lo que todos llegaron a pensar, jamás hubo total maldad en él. Por ello, le había seguido.

Ahora no había atisbo a duda. La tonelada de los recuerdos vividos, aquellos que podían ser pronunciados junto a los que guardaría celosamente dentro de sí, lo instaba a tomar la determinación de ser la pieza clave para la guerra. En su nombre. Porque aún engañado, él estaba en lo correcto. La esencia de Saga tenía bondad.

Su cosmos no se detuvo en los límites de Virgo, un remanente se vertió en la casa de Cancer para llenar el agujero del santuario antes de llegar a la sexta casa. Como lo había hecho antes, incluso en la batalla contra Cronos, tomaría el lugar que fuera necesario para evitar que los enemigos avanzaran hasta la sala sacerdotal donde ahora se encontraba la diosa.

En su nombre…

Los pétalos rosas inundaron  al santuario en la noche, danzando en el viento. Virgo calló, tendiendo la trampa.

En el helado frío, el nombre de Shaka se coló entre sus labios en un efímero beso lejano y entrañable. Le pareció ver un pétalo rosado correr frente a sus ojos, y al pestañear, la visión se volvió sólo una alegoría de su mente. Frunció su ceño, lo sabía.

Sus ojos. La tercera cosa que le temió en vida.

Ahora no solo vería sus ojos, determinados a ejecutarlo como el traidor que era, sino que tendría que blandir su puño contra su corazón.

Por tercera vez.

Saga cerró sus párpados. Había una tonelada en ellos.

Recuerdos y culpas. Shaka esperándolo.

#1: Aprovechar  (Kanon x Mu)

Contuvo la respiración. Un paso a la vez, observó con conocido temor entre las sombras de las columnas. Demasiado tiempo atrás había hecho lo mismo, pero en esa ocasión tenía un peso diferente cada una de sus pisadas en el templo. No de década, sino de siglos.

El escondite de ese momento, se le antojó añorado.

Kanon mordió su labio y afiló la mirada. Las oscuras sombras que se precipitaban en el mármol eran lejanas a aquellos tiempos de ilusoria paz. Estas ahora parecían expandirse hasta hacerse gigantes en guardia en medio de la noche. El ambiente era tétrico y el aire estaba cargado de mortandad. Como si los muertos pudieran deambular entre los vivos.

Aprovechó la aparente soledad de Aries para comenzar su recorrido, no queriendo dar lugar a los pensamientos. No quería razonar en el porqué se sentía vacía, ni mucho menos la respuesta tras el silencio acuoso que rodeaba a las paredes. Todo estaba como detenido en el tiempo, excepto él.

Un nuevo paso, y enfocó sus ojos hacía la salida cada vez más cercana. Unos pocos más, y solo tendría que escurrirse de Tauro antes de llegar al templo que fue su hogar tiempo atrás.

Una pisada…

—¡Argh!

El golpe fue abrumador. Su espalda chocó contra la columna y sus extremidades fueron distendidas lejos de su cuerpo hasta clavarlo literalmente como una cruz. Su cabello se desparramó entre sus hombros y la herida aún sentida le dolió directamente en el alma. Por momentos, le costó sostener la mirada hacia la nada que parecía haberlo atacado. Pero entonces entre las espesas sombras el oro y el vaivén del cabello lacio le dieron la bienvenida.

Dos jades profundas.

—Déjame ir… —No iba a combatir contra él, sabía que no estaba en posición de hacerlo. Era un traidor y Mu lo trataba como tal, incluso con la aspereza de la mirada que no parecía inmutarse ante el parecido que guardaba con su hermano.

El tener la aprobación de Shaka no le había dado ninguna garantía.

Los pasos del tibetano se acercaron tanto que Kanon se sintió burlado de su propio temor. Pese a la ausencia de sentir en su rostro, adivinaba la muerte que le daría por haber levantado la mano contra la diosa. Los ojos de Mu le observaron fijamente y al cabo de unos minutos levantó su palma hacía él.

Kanon se preparó para el impacto. Divino final…

El calor de la mano de Aries contra su abdomen le sobresaltó. Gruñó ante el golpe del dolor y luego un quejido salió de sus labios cuando el cosmos cálido embargó sus sentidos. Solo cerró sus ojos por lo que creyó un segundo, pero al abrirlo y encontrarse recostado contra su hombro supo que fueron muchos más.

—Ve.

Kanon parpadeó, se alejó y luego se sostuvo para mantenerle la mirada.

—Pensé que solo era a armaduras.

Mu no dijo nada.

En silencio, inaudito, Kanon corrió alejándose de Aries.

Él quizás no lo sabría, Mu siempre quiso atraparlo.

#26: Aprendizaje (Afrodita x Mu)

La decisión de Saga con respecto a los lugares le pareció inadecuada desde un principio, simplemente por el hecho de que no lo acompañaría. Tendría que ir al frente, con DeathMask, escoltando la figura del antiguo patriarca mientras ellos estarían en la retaguardia esperando. Lo único que había avalado era un solo movimiento, el hecho de que Shion se adelantara para detener a Mu. Lo conocía lo suficiente como para saber que no podría oponerse.

Por dentro, sintió una honda pena por él al verse invadido por el recuerdo más preciado que podría tener: su maestro, apareciéndole en oscuras túnicas e instándole a desobedecer la orden de su diosa. Por mucho control y temperamento que pudiera tener Mu, dudosamente podría sobreponerse a tiempo a un ataque así.

Conforme caminaba por el enorme pasillo, no pudo evitar recordar el momento en que el cosmos del ariano invadió el santuario, justo antes de la batalla, quizás 12 horas antes de su muerte. Mu siempre había estado así, lejos, como las montañas donde había decidido resguardarse. Lejos de él y de todos los que pudieran tocarlo. Respetó su decisión de mantenerse lejos de las espinas, porque consideró que eso haría alguien inteligente y consciente de su poder. ¿Qué iba a hacer él contra todo el santuario?

El problema era que Mu había aprendido la paciencia, y esta había dado fruto al final. Al cabo de 12 horas, el destino le daría razón a su posición y no a la de él que siempre estuvo del lado contrario. La belleza de la victoria ahora no brillaba en Saga, la poseía Mu y esta iba a ser arrebatada con solo ver el rostro de la persona que más admiró.

Teatral y bajo.

No creía que su aprendizaje lo hubiese preparado para enfrentar algo así. Mu estaba destinado a perder esta batalla y Saga estaba usando todas sus artimañas para asegurarse de ver a Atena por última vez.

Afrodita mordisqueó su labio inferior al imaginarlo así, pequeño y embebido en recuerdos, hincado frente al cadáver de su maestro mientras revivía la oscura noche en que Saga le hizo saber la verdad. Superado por emociones, sus ojos claros y puros temblarían hasta partirse en miles de pedazos. Entonces, ante la certeza de su impotencia no podría más que dejar que sus cabellos enmarcaran la redondez de su rostro, un semblante que aunque no alcanzaba su propia belleza, siempre le había parecido exótico y diferente.

Levantó la mirada notando que el resto lo había aventajado en el camino. Deathmask lo miró de medio lado, un tanto intrigado con la ocupación que tendrían sus pensamientos. Afrodita echó hacia atrás sus bucles espesos e irguió su barbilla al frente. Sus pestañas delinearon el brillo fulgente de su mirada clara.

Atacaría a Mu, aprovechándose de su debilidad. Si era necesario, lo mataría.

Ya había pensado en la hermosa muerte que le daría en nombre de él, su espera y la paciencia aprendida a través de los años.

Blanca.

#28: Espejos (Saga x Kanon)

Los pasos en géminis le recibieron, esta vez sin rastro de oposición. Lo que en un tiempo le parecía ajeno, en ese momento se presentaba ante él solitario y en espera de un dueño que lo protegiera. Literalmente, lo había llamado, su piel lo sentía. Una a una sus pisadas hacían eco y mencionaba su nombre mientras atravesaba el primer pasillo.

Nada quedaba de las ilusiones creadas por Saga, de la trampa en que se convertía su templo o del poder que en un momento géminis vistió. No había rastro alguno más que la desolada idea de que, al final, el templo llevaba más tiempo vacío del que aparentaba. Por un momento, Kanon se preguntó si aún habría cosas de él por allí, desperdigada en algún rincón, en la habitación que usaba, alejadas y como un grito vivo de su existencia. Apartó el pensamiento inusual de su mente en cuanto recordó la razón por la que se encontraba allí.

Levantó su mirada y observó las grietas que delataban el descuidado estado de la tercera casa. Remembró por un momento su brillo y la figura de su hermano, allí en la salida del templo, con la mirada al horizonte contemplando la poderosa imagen de la diosa sobre la colina. Su cabello moviéndose por el viento, algunos pétalos de rosas rozando las columnas de mármol y su capa blanca otorgándole un aire omnipresente. Y él, desde el escondite, mirándolo con emociones encontradas.

Eran un espejo, del uno y del otro. Eran lo que ambos no querían ver de sí. Kanon había comprendido demasiado tarde que eso los llevaría a la irremediable separación y que sin importar qué, no volverían a verse. Sus ambiciones, idénticas, no podían congeniarse en un mismo plano.

Ahora que él venía por la armadura, impulsado por su propio corazón, casi atribulado por la visita de Shaka y el repentino deseo de Mu; se sentía en otro plano diferente al vivido en algún momento. La armadura de Géminis estaba allí, al frente, totalmente impenetrable y poderosa. Estaba allí y sin que se notara a simple vista, Kanon supo exactamente donde Saga había encajado su golpe.

Eran un espejo. Eran iguales incluso en su forma de actuar. Ante la certeza de su traición, allí iban, exponían su cuerpo a su enemigo —incluso si era sí mismo o un dios—, para tratar de resarcir los pecados cometidos. Los dos, ofreciéndose en sacrificio como si su sangre fuera a revivir muertos. Crédulos y cobardes.

Sin embargo, es que Kanon parecía ser expulsado del Hades. No lo querían muerto, suponía; los dioses jugaban con él, concluyó.

Frente a la armadura, vio inapropiado el colocársela. No la sentía suya, pertenecía a su hermano por muchos errores cometidos. Decidió no vestirla.

Su primer objetivo era buscar el perdón y permiso de la diosa antes de continuar. Con ese pensamiento partió de Géminis, esperando protegerlo desde la distancia.

Los dioses no solo jugaron con él.

La tumba de géminis se abrió.

-FIN-

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