Tu Nombre (Defteros x Asmita)

Pese a su decisión de alejarse de Asmita por el destino que había marcado su nombre y las estrella, esa noche Defteros haría una excepción, solo porque llovía.

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Temas: Canon, drama, angst
Personajes: Defteros, Asmita
Beta: Karin San y Scarlet D
Resumen: Pese a su decisión de alejarse de Asmita por el destino que había marcado su nombre y las estrella, esa noche Defteros haría una excepción, solo porque llovía.
Dedicatoria: A todos los amantes de esta bella pareja ♥
Comentarios adicionales: La idea del fic vino de inmediato cuando descubrí que en el año solo he escrito un fic Defmita (con este sería dos) pero llevarla a ejecución pese a que tarde tres días me tomó más tiempo revisarla. Me quedó como el anterior, reflexivo, largo y con más introspección que acción. Pero tiene detalles importantes que quería abordar, como sus nombres y una pequeña teoría que tenía.

¡Agradecimiento especial a Scarlet que me ayudó con el final del fic! Ayer por fin le había encontrado el final, ¡pero ella lo parafraseó mejor que yo! oxo

Tu Nombre

«¿Cuál es tu nombre?»

Apenas podía cerrar sus párpados y fingir que dormía. A Aspros no le costó hacerlo después de los entrenamientos que supervisaba; pero él mantenía su mirada en la vela parpadeante en medio de aquella noche lluviosa. Ni siquiera podía pensar en ver el rostro de su hermano dormido mientras buscaba el sueño. Se sentía culpable y a su vez un mentiroso.

Como era de esperarse, cuando su hermano llegó y notó su semblante, se había preocupado. Le había mirado con intensidad buscando una respuesta.  Pero ante las preguntas de Aspros calló y mantuvo su ceño reflexivo más de lo habitual. Su hermano, con evidente gesto de enfado, había decidido acostarse sin hablar más de lo necesario. No hizo nada para evitarlo.

El aire que respiraba era salado y húmedo, incluso estando libre de la coraza de la máscara. Tenía un apretón en el pecho, al nivel de la boca del estómago, semejante a los retorcijones de pena que sentía cuando estaba solo en el santuario. En sí, era eso: pena. ¿Pero cómo explicarle a su hermano que esta vez no era por él?

Habían pasado algunos meses desde que Asmita obtuvo la armadura de Virgo y él esperó con impaciencia ese momento para que todo acabara. Lo hizo buscando una penitencia tardía que debía asumir, y se preparó mentalmente para la separación. Debía ser así, Asmita era un santo de oro a igualdad de su hermano y con un deber hacia su diosa. En esa ecuación él no tenía cabida.

Viéndolo de ese modo, no había manera de que su relación —si podía llamarse así— se pudiese prolongar por demasiado tiempo. Por esa razón él buscó no involucrarse. Le había costado mantener sus manos quietas y sólo ceder rendido a los roces de labios que Asmita en su curiosidad había propiciado. Pero no más. No podría ser más. Sabía que cuanto más dentro estuviera, más difícil sería alejarlo. Y la distancia era un acto innegociable debido a su naturaleza.

¿Hubo un error en su cálculo? No estaba seguro, porque por mucho que hubiera permanecido distante —más de lo necesario, lo asumía—, la idea de tener a Asmita lejos de sí le apretaba el alma. Intentó afrontarlo con la misma necesidad que le confirió el peso de su máscara, pero descubrió que no sería tan sencillo.

Nunca fue tan sencillo asumir lo uno, ¿cómo podría ser diferente con lo otro?

Destinó una mirada hacia el techo y trató de respirar. El dolor a veces tendía a ser demasiado visceral: atragantado dentro de su estómago poseía la increíble habilidad de contraer a sus pulmones. Al fruncir sus cejas se recriminó por tener esa clase de apego, por desear algo afuera cuando debía sentirse completo con todo lo que tenía dentro de Géminis. Pero Asmita había sido, quizás, lo único verdadero fuera de esas paredes; porque incluso su hermano vestido de oro era otro, uno distinto al que podría alcanzar, cuando estaba fuera del templo.

Temía perderlo. No quería abandonar la confianza, la complicidad e incluso esas tardes que empujaba su cara hacía atrás para evadir los siempre atinados movimientos de Asmita. Admitía extrañar la curvatura de sus labios cuando le dirigía una sonrisa segura, casi amenazante, de ser más rápido que él una próxima vez. Por lo general lo lograba, y en algún tiempo comenzó a esperarlo. Y a reclamarse y a seguirlo anhelando. Pero desde que él mismo impuso el espacio, esos momentos habían desaparecidos.

También debía aceptarse como egoísta, porque aun sabiendo que debían alejarse, incluso resignándose a ello, la sola idea de que alguien más tomara ese lugar en Asmita lo hacía sentir especialmente vulnerable, ansioso y molesto.

El problema era ese.

Por eso tenía ese nudo era de puro fuego. Asmita tenía todo el día metido en el templo de Cáncer. Todo el día.

Ante la melodía de la lluvia, se volvió a amonestar. No podía siquiera consentir esa clase de pensamientos y sentimientos, uno tras del otro, a un ritmo cada vez más perturbador. Imaginaba demasiado, su mente no había dejado de trabajar y cavilar teorías mientras atenazaba su paciencia y provocaba malestar general. Quedarse tirado en la cama había sido una penosa manera de pasar el día, esperando casi obsesivamente que Asmita abandonara ese templo.

Desde donde lo viera, todo estaba muy claro. Asmita desde su ascensión pasaba más tiempo con el patriarca y Manigoldo era su discípulo. Imaginó  los momentos en que se cruzaban por los pasillos, que quizás él siempre espontáneo humor de Manigoldo había logrado encontrar un camino para llamar la atención de Virgo. Y entonces conversar. ¿Quizás reír? Asmita no solía reír más que cuando estaba con él y como producto de la torpeza de sus palabras, o de los comentarios varios que pronunciaba de cosas insignificantes: como un chico nuevo en las barracas o una nueva fruta entre los higos.

En esa clase de escenario, si Manigoldo lograba ganarse la confianza de Asmita, no veía raro que el más joven lo visitara en su templo. Hasgard y Aspros se visitaban bastante a menudo, igual que Sisyphus; Asmita podría establecer esa clase de vínculo con cualquier de ellos. Él buscó  alejarse, pero no imaginó que para Asmita iba a ser fácil prescindir de él.

El círculo de sus pensamientos fue el mismo durante horas: negación, culpa, ansiedad, desesperanza y frustración. Pura desazón durante el día.

Refugiándose en sus recuerdos, en esos momentos cálidos que había vivido con él, intentó de nuevo dormir. Quería pensar que el día siguiente sería mejor, que la lluvia acabaría y que quizás, si contaba con suerte, su hermano no tendría que salir desde tan temprano y pasarían un tiempo juntos. Requería  dejar aquel asunto de lado, por mucho que doliera y se reprochara el haberse acercado alguna vez.

«¿Cuál es tu nombre?»

Se sumergió en un letargo mientras recordaba su voz y el momento en que lo conoció, en la calidez del verano mientras se lavaba los pies con un cántaro de agua que había cargado solo desde el río. Le ofreció un poco y le ayudó a lavar sus calzados desgastados cuando había entrado al santuario. Lo pensó un aprendiz más y le causó cierto pesar reconocerlo invidente.

Para ese momento, Asmita no imponía ninguna clase de magnificencia a simple vista, al menos reparado en su físico. Pero había algo en él que le infundía serenidad. Poco después se enteraría que era nada más y nada menos que el próximo santo de oro de la casa de Virgo.

«Me llaman “segundo”» —dijo en tono bajo y observó los dedos largos del jovencito moverse sobre la planta de su pie después de un largo viaje. Pese a que le habían dicho de esperar en cierto lugar, se movió hasta tropezar con él entre las ruinas.

«¿Y cómo te llamas tú?»

Un rayo a lo lejos golpeó entre las nubes y lo despertó sobresaltado sobre las sábanas. La lluvia seguía resonando y en la confusión pudo ver retazos de luz esparciéndose bajo sus ojos. No había podido responder a esa pregunta aún. Podría decirse que todavía se la debía.

Cuando enfocó la mirada, intentó saber cuánto tiempo había pasado. Por el tamaño de la vela dedujo que no mucho, quizás poco más de unos minutos. Frustrado se restregó la cara y se convenció a sí mismo de que pasaría una noche de insomnio si no hacía algo al respecto. La pregunta era qué podría hacer para controlar lo que sentía dentro de él. La respuesta no tuvo tiempo de llegar. Una nueva presencia lo distrajo.

Supo de inmediato que era Asmita. Había abandonado el templo de Cáncer y pasaba justamente por Géminis, caminaba decidido para salir de él rumbo a la casa de Tauro, o más abajo. ¿Qué estaba pasando? Dado el clima que había sobre el santuario, la situación era atípica. Asmita no solía pasear despreocupadamente por los templos, siempre había un motivo para cada una de sus acciones. Mucho menos con semejante tormenta.

Revisó primero a su lado, donde Aspros permanecía dormido y ajeno a las pisadas que se iban alejando de su templo. Frunció su ceño y decidió levantarse, al menos para verificar qué era lo que ocurría. Algo dentro de él lo empujaba a hacerlo, a ir y cerciorarse que todo estaba bien. Quizás tenía que ver por la forma en la que había percibido la presencia de Asmita, inconstante y turbulenta. Mojada. Más no se trataba de la humedad de la lluvia, lo sabía. Era difícil describir por qué tenía esa impresión con respecto al cosmos de Asmita, pero debía averiguarlo.

Luego de certificar que Aspros no despertaría, salió de la cama decidido a ir tras él. Cuando se encontró en el pasillo, pudo notar cuán fría se sentía la noche afuera y cuán fuerte caía la lluvia sobre ellos. En el centro del templo estaban marcados los pasos de humedad que seguramente Asmita había dejado tras la lluvia. Al asomarse en la entrada, tras la columna, observó la figura de virgo perdiéndose en la oscuridad.

No pudo reprimir el impulso. Apenas dio una mirada hacía su espalda, como confirmando que su hermano no hubiera despertado, se adentró a la lluvia conteniendo un quejido por el cambio de temperatura. Él no podría seguir a Asmita por el mismo camino, pero conocía otros un poco más complicados y eficaces para pasar desapercibido. Una parte de él le instaba a detenerse, la misma que lo había empujado a tomar distancia.

Esta vez, él prefirió ignorarla.

La persecución a Asmita se extendió más de lo que había pensado. Sus pasos lo llevaron a la parte interna del bosque que rodeaba las barracas, lo había obligado a entrar pese a la falta de luz y al viento agitado. Durante todo ese tiempo, no supo muy bien por qué razón, había evitado cortar su trayecto y detenerlo de seguir caminando más allá. El joven dorado no parecía haber notado su presencia; en cierto modo, eso le lastimaba.

Por lo general Asmita reconocía desde antes su cercanía sin ningún impedimento, mas en ese momento se sentía invisible a él. Llegó a temer que, como el resto, lo ignoraba, fingía que era  solo viento y olvidaba que cada sonido de su corazón eran pálpitos vivientes, como los demás. La sola idea de que eso ocurriera, pese a haberla pensado ya muchas veces e intentar digerirla esos días, le produjo un ardor descontrolado en su interior que casi le arrebató un quejido.

Sin quererlo, cerró sus puños en medio camino. La idea de interrumpir su trayecto, tomarlo por los hombros y zarandearlo para decirle que estaba allí empezaba a tomar consistencia. Defteros le tenía miedo al olvido e incluso a la invisibilidad pese a haber vivido gran parte de su vida bajo esos dos estatutos. No podía conciliar la idea de ser un poco más «sombra» de lo que era, y eso sería en cuanto Asmita se comportara como el resto con él.

Pese a haberlo pensado, al final no hizo nada. Antes de siquiera reconsiderar la idea, Asmita detuvo su paso en medio de la nada y volteó su rostro hacía él, en claro gesto de reconocimiento. Defteros no sólo dejó de andar sino que el nudo que venía acumulando desde la salida de géminis lo tragó debido a la turbación.

Solo había lluvia.

Defteros contuvo el tumulto de dudas dentro de sí y observó la parca imagen de Asmita frente a él, sin rastros de emoción. Lo único que estaba allí era la evidente humedad de la lluvia, sus cabellos pegados en el rostro y el punto tatuado peleando por mantenerse uniforme en medio del torrencial. En su cuerpo la pesada capa se pegada entre los pliegues de la armadura y el oro mojado dejaba deslizar el agua sobre su superficie. No vió nada más, solo la eterna palidez que se le antojó más llamativa que nunca.

Sin embargo, para Defteros no solo estaba lloviendo a su alrededor, sobre él y el santuario. El espíritu de Asmita se sentía tan turbio que si extendiera la mano para tocarlo, le quedaría rastros de agua en su palma. Como si lloviera por dentro. Era como ver a una ventana empañada por el frío desde dentro.

—Está lloviendo. —Sabía que era una obviedad, pero no encontraba otro modo de comenzar una conversación y cortar con el silencio. Asmita le dirigía el rostro carente de alguna emoción particular. Se veía ausente de ella a las condiciones del ambiente—. ¿Qué pasa?

—Está lloviendo. —Asmita confirmó lo obvio con sus palabras y alzó a su rostro para sentir la caída de las gotas frías caerle en la cara. Su cabello se escurrió perezosamente hacia atrás y dejó libre a su frente—. ¿Qué haces aquí, Defteros? Deberías estar en Géminis.

—Tú estás aquí.

—Regresaré después. —Enderezó de nuevo su rostro con la misma expresión vacía. No tenía intenciones de volver, eso era notable. Defteros no contuvo el impulso de adelantar un par de pasos, para disminuir la distancia y denotar su preocupación a través de su voz.

—¿Qué pasa? —Cuando Asmita lo escuchó, frunció levemente su ceño y reconsideró su previa respuesta—. No eres tú. No te siento tú.

Hubiera podido preguntarle directamente si fue Manigoldo quién le había hecho algo. Quizás lo había insultado, molestado u otra cosa que prefería no pensar porque látigos de ira le azotaban la consciencia de tan siquiera imaginarlo. Guardó todo eso y se limitó a esperar una respuesta de Asmita, con la esperanza de que eso contestara todas las dudas que sus actitudes en esa noche le habían provocado. El espíritu de él seguía sintiéndose de esa forma y su cosmos no podía materializarse con libertad.

Lo único que obtuvo fue un hondo suspiro del guardián de virgo y la clara evidencia de que ya no caminaría más sin rumbo. Había volteado hacia él y cruzó sus brazos a modo de consuelo ante la lluvia.

—¿Cómo se siente el dolor? —No se había preparado para una interrogante así, y Defteros no estuvo seguro de cómo responderla. A veces las preguntas de Asmita tendían a ser profundas y básicas, pero precisamente por ello difíciles de contestar. ¿Cómo se puede contestar a algo que se considera de facto? Nadie le explicó cómo se sentía el dolor. Simplemente lo vivió.

—Es… —¿Doloroso? ¿Ardiente? ¿Cómo un vacío en pecho? «¿Justo lo que estaba sintiendo cuando pensé que tardabas en Cáncer?» Defteros bajó la mirada encontrándose sin una frase coherente para usar, y escuchó a sus propios pensamientos buscar otro modo de explicarlo sin su propia vivencia—. Se siente diferente… —Terminó admitiendo y decidió eliminar la distancia por completo para posar sus manos en las frías hombreras de oro, con algunos mechones pegados a ella—. A veces es como tener lodo en el estómago, pesa y… no se respira bien. Otras veces es como si se estuviera hundido en el agua y no se pudiera subir. O también…

—¿Intentar devolver algo que te cayó mal y no poder hacerlo? —La voz de Asmita interrumpió sus ejemplos—. Entonces solo tienes que resignarte a esperar a que tu cuerpo lo digiera y a tratar de no pensar en el daño que te hace.

Para su sorpresa el ejemplo de Asmita había sido sumamente acertado y cotidiano, no como sus intentos de crear metáforas elaboradas. Pero sí, así se sentía el dolor, era saber que algo estaba mal, no poder cambiarlo y solo resignarte a esperar a que el tiempo pase y haga el trabajo. Lo había vivido muchas veces, el asunto era por qué Asmita se sentía así.

Pasó la palma sobre el filo de la mandíbula del menor y acarició con su pulgar su fría mejilla. En el gesto se podía leer su preocupación y la necesidad de entender el porqué Asmita estaba en ese lugar, así, en medio de la lluvia. Debía haber una explicación para ello y si no quería hablarla al menos buscaría otra forma ayudarlo.

Asmita no calló más, quizás porque había entendido eso en la caricia de Defteros, o tal vez porque ya no podía hacerlo.

—Fui a Yomotsu y vi. —La caricia no se detuvo, pero Defteros frunció su ceño al tratar de entender a qué se refería Asmita—. Le pedí a Manigoldo que me llevara a Yomotsu y… vi.

«Vi».

El escalofrío escaló por toda su columna vertebral en menos de un segundo. Su caricia se detuvo y sus pupilas se achicaron al contemplar el peso que aquel verbo traía sobre sí, en la voz de Asmita, en la pronunciación de sus palabras.

Yomotsu. Una de las primeras cosas que enseñaban en el santuario a todo aprendiz, era sobre la existencia de Yomotsu y el infierno, los distintos lugares donde las almas penaban. Era cierto que Cáncer era la puerta a Yomotsu y que su guardián tenía la llave para abrirla a su antojo. Su hermano había tenido la oportunidad de ir y la forma de describirlo la recordaba como horrorosa.

«Un lugar donde solo huele a muerte y a desesperación. Gritos de almas cayendo por la cima y todo a tu alrededor está lleno de sombras. Pero ellos no saben que están allí»

No sabía si era una clase de consuelo o no saber que las almas que llegaban a Yomotsu ya no sabían ni tenían consciencia y, por lo tanto, no verían el decadente paisaje. Pero el asunto era lo que Asmita le había dicho de «ver».

La caricia que se había detenido la reintegró ahora con camino hacia sus párpados. Por un momento había dejado de escuchar la lluvia porque los latidos dentro de su pecho se habían alojado en su cabeza, con un golpe ensordecedor en cada pálpito. Tenía una pregunta atorada en la punta de su lengua, con la necia necesidad de ser escuchada. Pero a su vez, tenía miedo de confirmar con su respuesta lo que ya estaba claro.

Deteros observó como él inclinó su rostro y soltó el aire con dificultad. La caricia que había iniciado sobre los párpados se detuvieron a acariciar la yema de sus dedos a las pestañas húmedas. Tuvo unos deseos animales de cubrirlo de lluvia, de él y del mundo si era preciso, porque allí entre sus manos lo percibía por primera vez vulnerable.

—No estoy seguro de si había azul o verde. —Continuó. A Defteros escucharlo hablar así, con un aire tan ausente le estaba torciendo el alma—. Sé que no había amarillo. Nada se parecía a mi cabello.

Maldición, maldición, ¡maldición!

Defteros lo apretó con fuerza, en un arranque desesperado por alejarlo de los recuerdos que debieron quedar tatuados en sus retinas. Lo agarró violentamente contra sí y arrastró sus manos por el cabello y la tela empapada de la capa que cubría su espalda. Quería encontrar la forma de alejar esas imágenes de la mente de Asmita, porque ahora entendía qué era lo que quería sacarse como sea y no podía devolver.

Le pareció sumamente injusto que Asmita pudiera ver en un lugar así. Que eso fuera lo que sus ojos captaran al momento de recobrar la vista. Él, esforzándose durante mucho tiempo en describirles los colores y en enseñarle la diferencia entre tener el azul del agua con el verde de las gramas, ahora comprendía que para Asmita lo único que le iba a quedar claro del mundo era la oscura percepción de la puerta a los infiernos.

¿Acaso Manigoldo no lo pensó? ¿O ni siquiera le importó? Suponía que Asmita yendo a ese lugar, con su alma y lejos de su cuerpo, no estaría limitado por sus ojos sin vida. Y ese conocimiento le dejaba claro la razón por la que pudo «ver».

Desesperado, trató de conciliar la calma consigo mismo y su frustración para poder ayudar a Asmita a entender lo que quizás había visto. O a intentar tragarlo.

—¿Te duele…? —preguntó con su voz excesivamente cortada por el cúmulo de sentimientos atravesados en su garganta.

Asmita se limitó a subir sus manos y rodear su espalda apenas con fuerza. Como si él fuera quien lo consolara.

Era una irónica alegoría.

«¿Por qué te llaman segundo?»

Hurgando entre tantos recuerdos, ese en particular tenía un sabor parecido al atorado entre su lengua y los dientes. Asmita lo había ido a buscar entre las ruinas, y él tuvo sus primeros intentos de huir, solo porque ya era de conocimiento de todos que él era un aprendiz a santo de oro y no faltaría mucho para obtener la armadura. Hablarle de su nombre era explicarle muchas cosas, incluso de la máscara que, además, había tocado la vez anterior y que también lo había empujado a tomar distancia lo más pronto posible.

«Es ese mi nombre. Así me llamó mi madre».

Los largos mantos del Tibet cubrían su cuerpo ocultando su delgadez. Aún no entendía porque seguía usándolo pese al calor de Grecia. Mantenía el cabello amarrado por una trenza que luego le explicó fue hecha por una de las jóvenes que servían en el templo. Su expresión no dejaba de ser interrogativa.

«¿No te molesta que te llamen así?»

No había entendido nunca la naturaleza de sus preguntas y por qué las hacía, pero las respuestas eran más o menos las mismas cada vez que las contestaba. Era un leve fruncimiento de cejas, un encogimiento de hombros o un «jeh» que se camuflaba en el movimiento de sus labios.

«No. Así me llamo».

La lluvia había aminorado su ritmo esa misma madrugada y Asmita le había tomado la mano luego de acabar el contacto. Si hubiera dependido de él, se hubiera mantenido abrazado el resto de la noche, pero Asmita parecía no hallar suficiente consuelo de sus brazos. En cambio, lo había tomado de su mano para llevarlo hacia el río cercano, uno que había visitado apenas un par de veces y que por la reciente lluvia estaba especialmente crecido.

Sin aviso alguno, él empezó a quitarse la armadura, con algo de brusquedad en cada movimiento. Las piezas de oro cayeron pesadas en el pasto húmedo y la capa la arrojó a un lado hasta quedar solo con el pantalón. Podría jurar que se deshacía de ella, como si la misma tuviera agujas dentro de su coraza dorada. Pero ni siquiera con ello se quedó tranquilo, así que terminó desvistiéndose por completo, bajo la atenta vista de Defteros.

Pese a ello, Defteros no tenía su cabeza pensando en la desnudez de Asmita sino en la forma en que su espíritu parecía controlar una tormenta interior. No tenía idea de cómo era aquel lugar que había visto, tampoco de la impresión que debía ser verlo con sus propios ojos y aún más, ver algo sin acabar de entender qué era. Estaba seguro que si le pedía a Asmita que le describiera lo que vio, estaría en las mismas circunstancias de él cuando le intentaba explicar lo que veía.

En todo caso, eso no era el problema. Cuando Asmita se sumergió en el río, con cierta prisa, Defteros recogió la capa del suelo y la sacudió tratando de quitarle la tierra, aunque ya tenía lodo pegado. La lluvia apenas era perceptible, dejaba finas ondas en la superficie del río que eran vistas gracias a los relampagueos constantes entre las nubes. Todo indicaba que no dejaría de llover por horas.

Cuando Asmita salió a la superficie, con su cabello pegado en la espalda, tras las luces relampagueantes se pudo ver ligeras cicatrices en su piel. A su vez, la delgadez de su cuerpo ahora era más visible estando sin la armadura puesta. Se dio cuenta de que tenía frío y era comprensible por la humedad y la brisa. Dudaba que algo pudiera secarse ya hasta la mañana. El hecho era que tampoco podía quedarse allí a esperarlo, si su hermano despertaba y no lo veía comenzaría a buscarlo.

Al verlo voltear y caminar hacía él, preparó la capa para recibirlo y al menos cubrirlo. Sus ojos persiguieron los caminos dibujados por el agua con aire de reconocimiento, aunque no tenía los ánimos de siquiera pensar en algo más. Lo único que sí llamó su atención fue ver las heridas y marcas en sus piernas, cicatrices pequeñas pero acumuladas a lo largo de sus muslos y pantorrillas. Asmita no tenía la figura de haber sobrevivido a un entrenamiento físico y sin embargo su piel, ahora que la veía más cerca, parecía estar llena de cicatrices.

Dejó el pensamiento de lado y lo cubrió en cuanto estuvo a su alcance. Luego lo empujó con suavidad hacia él, con la intención de abrazarle nuevamente y darle un poco de su empapado calor. Toda su ropa y cabello también estaban mojados, pegó su mandíbula sobre la cabeza de Asmita en busca de sentirlo más cerca. El joven se quedó en silencio, sin responder de inmediato el gesto de sus manos.

—No traes la máscara. —Fue lo único que acotó para su sorpresa, pues no se había dado cuenta de ello. Había salido tan rápido del tercer templo que había dejado la máscara en la habitación con su hermano.

Más razones para regresar antes del amanecer.

—La olvidé —confesó y apretó ligeramente la espalda. Asmita sonrió un poco, un gesto que le alivió.

—Es bueno saberlo. La lluvia también se ha detenido.

Defteros tampoco se había percatado de ello, pero era cierto. Un par de minutos atrás había dejado de llover. Abrazó con un poco más de confianza a Asmita, mientras elevaba sus ojos al cielo para contemplar los cúmulos de nubes negras y grises que aún transitaba sobre el santuario. Teniéndolo así, era impensable tratar de separarse como lo había considerado.

Terminó pegando su espalda contra la corteza del árbol más cercana. Las ramas empapadas por la lluvia goteaban sobre ellos, pero los cubriría. Asmita no se veía con intenciones de regresar aún y él no quería abandonarlo todavía. Quizás intentaría convencerlo de volver un poco más tarde.

Al tiempo que se sentó, Asmita hizo lo mismo en medio de sus piernas agarrando las esquinas de su capa para cubrir someramente a su cuerpo. Dejó que pegara su cabeza a su hombro y lo cubrió con sus brazos sin ningún pensamiento en particular.

Por unos momentos, el ruido del río golpeando con la roca los había acompañado. Después, de nuevo cayó una leve llovizna que se unió a esa melodía. Silencio, exhalaciones y latidos. Una gran nada entre sus ojos pero mucho frío en sus cuerpos. Nada más. Pese a que no hubiesen hablado durante ese lapso de tiempo, Defteros se sentía conectado a él, en alguna frecuencia oculta, no sabía de qué nivel.

Distraído, sus dedos acariciaron primero los hombros cubiertos por la tela y bajaron delineando sus brazos. Pegó su barbilla contra su hombro y a un lado de su cabeza para sentir la mejilla de Asmita reposar a un lado de su mandíbula, en silencio. La cercanía le instó a apegar más sus brazos alrededor de él y a empujarlo un poco más de ser posible, hasta que su espalda colisionó suavemente contra su tórax. Sus dedos entonces hallaron piel que tocar, la de esas piernas flexionadas entre las de él. Las yemas acariciaron lánguidas sobre su dermis y se detuvieron en algunas cicatrices sobrepuestas.

En otra ocasión hubiera sentido un calor inmenso en sus entrañas y deseos locos de tocar más, probar si era posible. Pero ahora todo eso se hallaba tapizado por tonelada de dolor silencioso y frustración masticada. En ese momento no podía pensar en eso, ni siquiera la piel lograba sentir más que el aire frío que erizaba sus poros. Había demasiado vacío.

—¿Cómo te hiciste esto? —interrogó con voz ausente y la mirada aún fija en las manchas brillantes que los relámpagos otorgaba a la superficie del río.

—Espinas. —Arrugó su ceño esperando una mejor respuesta—. En el monasterio, meditábamos sobre espinas hasta que el dolor menguara. Era una forma de controlarlo, de dominar el cuerpo.

—¿Como el hambre? —Asmita asintió y él mordió su labio con la punta de su colmillo izquierdo—. No me gusta ese entrenamiento.

—Buscábamos ir más allá de nuestras limitaciones humanas y el dolor nos hacía olvidar el hambre.

Atizarse de los males del mundo hasta no sentir nada. La pregunta de Asmita sobre el dolor ahora adquiría significado, si habían pasado años desde la última vez que lo había sentido en carne propia. O quizás, porque era una clase de dolor que nunca había vivido. No era comparable el dolor físico al dolor emocional o mental. Nunca un latigazo dolía más que la mirada frustrada de su hermano al sentir que no podía protegerlo. Era niveles diferentes.

—¿Quieres olvidar el dolor?

Quizás y de eso se había tratado su caminar sin rumbo metiéndose en la lluvia. Quizás y buscaba en algo físico algo contundente para dejar de pensar. El frío, la humedad, la oscuridad incluso parecía ser algún medio de escape que no era suficiente. Hundirse no era suficiente. Abrazarse a él, seguramente, tampoco lo era. El dolor seguía allí porque latía y lo peor es que latía en ambos. En Asmita por lo que había visto y en Defteros por imaginar lo que había significado esa experiencia. En ambos por la impotencia de no poder cambiar nada en lo absoluto.

—¿Alguna vez lo intentaste? —El toque suave de la mano de Asmita sobre su rostro le erizó la piel por lo inesperado del contacto—. ¿Intentaste olvidar el dolor?

Tantísimas veces. Por eso, mientras su hermano descansaba de un largo entrenamiento, él salía de la habitación y buscaba destrozar las piedras que encontraba a su paso. Matizaba el dolor con la idea del poder, quería enterrarlo con la firme convicción de hacerse fuerte pese a no ser nada más que la sombra de su hermano, el «segundo». Destrozaba sus nudillos, llevaba a límites a su cuerpo y cuanto más cercano se sentía de Aspros, menos dolía. Menos se sentía una maldición, y dejaba de pesar la máscara.

—Olvidarlo no hace que duela menos —respondió inclinando su rostro para besar la esquina de la palma que le acariciaba—. Aceptarlo lo hace más llevadero.

—Como aceptaste tu nombre.

«¿Y cómo te llamas tu?»

La pregunta atravesó de nuevo a su mente mientras veía a Asmita removerse sobre él. Sabía que en aquel ninguna palabra estaba puesta al azar. Desde el inicio, al conocerse, a Asmita le había parecido un buen tema de conversación hablar de su nombre, de por qué era segundo o por qué lo llamaban así. Y ninguna respuesta era suficiente para saciar su curiosidad.

Asmita había afirmado lo último con seguridad: que había aceptado su nombre y eso lo hacía más llevadero. Le hubiera gustado tener un poco de tiempo para analizar esa respuesta, junto a la relación que había con la primera pregunta que le había hecho al conocerse. Más no hubo instante para ello cuando Asmita subió el rostro y destinó una caricia más personal hacia su cara.

Soltó el aire con suavidad mientras el aliento de Asmita golpeaba contra su barbilla. Bajó su mirada hacía él observando ya la mancha rosada que había quedado en la frente, en el lugar donde debía estar adornando el tilak. Con pereza terminó de remover los restos y aprovechó que había subido su mano para alojarla tras la oreja y acariciarle el cabello. Aquello que se sentía en baja frecuencia uniéndolo, le estaba transmitiendo lo mismo, estaban entonándose de una forma que no podía llamar con ningún nombre. Sus dedos se movían bajo su propio dominio, uno sobre la mejilla de Asmita formando círculos y otros en el interior de su muslo derecho.

No fue una decisión tomada bajo el fuego del deseo, ni hubo atisbo de culpa al sentir la necesidad. Inclinó su rostro hacía él, olfateando los rastros de humedad que caían sobre su pómulo. Al ver los labios pálidos abrirse en ofrecimiento, no dudó en probarlo y saborear la caricia empapada de su boca. No importaba de dónde había surgido el impulso de tocarse, lo  único de lo que ambos estaban seguros era que querían dejar de pensar en lo palpable del dolor y en lo imposible de evitarlo. Faltaría aún tiempo para aceptarlo y no era viable olvidarlo definitivamente. Pero un alivio, quizás algo como una anestesia, podría hacerlo llevadero al menos en un par de horas.

El beso respondido fue mutando conforme las caricias se deslizaban. Las manos de Asmita se apretaron en torno al pantalón de Defteros, mientras tenía pequeños escalofríos por la temperatura de la noche y el placer que comenzaba a despertar en sus poros. La mano de Defteros dejó de acariciar para apretar la cara interior de su muslo y por la aprehensión Asmita se vio obligado a cambiar su posición, para tener el rostro más asequible y sentir un poco más de su piel. Sus suspiros se profundizaron y el sonido de la lluvia se volvió irrelevante.

Solo necesitaban sentirse. Lo supieron en esos minutos de inusitado consuelo tras los roces de sus yemas y de sus labios. Solo necesitaban sentirse y olvidar lo que había pasado por lo menos por unos minutos.

Durante mucho tiempo, Defteros había huido de los labios de Asmita cuando este aprovechaba para acorralarlo contra las ruinas después de compartir un poco de pan o de frutas. Y muchas veces se había encontrado esperando ese cálido contacto a consciencia, aunque de inmediato él saboteaba su propio deseo alejándose. Quizás tenía que ver con el hecho de nunca haber sido invisible para él, de que lo primero que Asmita buscó estando en el santuario fue su presencia y de que nunca se sintió juzgado por sus ojos invidentes.

No era consuelo. No sentía que hubiera algo como lástima impulsando sus movimientos. Ni siquiera ahora que las manos se hicieron demandantes y los besos atorados y difusos. Defteros tampoco sentía que actuaba impulsado por la necesidad de hacerlo sentir un poco mejor. No era eso, porque él lo necesitaba con igual fuerza, y pronto supo que todo lo que había estado pensando desde que tomó distancia y creyó que Manigoldo podría llenar el espacio que dejaría en Asmita era parte de lo que le motivaba a seguir.

Los dedos de Asmita se internaron en la maraña de sus cabellos húmedos y apretaron sus sienes palpitantes. Defteros asió su espalda fría, apretando mechones en cada demandante agarre mientras sus labios se tomaban de los de él, apremiantes. Mordía con suavidad su boca, y seguía bebiendo de sus suspiros entrecortados. El frío había dejado de ser molesto cuando entre sus pechos se gestaba algo tan caliente que sabían no podrían contener.

¿Por qué Asmita lo buscó apenas llegó al santuario? ¿Qué lo llevó a las ruinas aquella tarde?

¿Por qué le costaba tanto alejarse de Asmita? ¿Por qué dejó todo para seguirlo esa noche, incluyendo su máscara?

Soltó un jadeo errático cuando la cadera del rubio contactó contra su pelvis y la excitación fue imposible de ocultar. Sus manos enloquecidas se asieron en las caderas de Asmita mientras contemplaba con los ojos entrecerrados las pestañas húmedas y los labios inflamados por los besos. Su expresión lucía confundida y absorta, como si hubiera hallado algo impensable entre su cuerpo  y el propio. Al bajar sus ojos hacía las piernas pudo observar la dureza de su sexo y el bulto atrapado en su propio pantalón.

No pudo evitar sonreír y hallar gusto en su expresión. Asmita venía de un monasterio, debió pensar que jamás se lo había imaginado. Echó un poco su cuerpo para atrás y lo sentó de nuevo sobre la capa arrugada que estaba entre sus piernas para tener tiempo de desvestirse  rápidamente. Dejó su ropa al lado porque no quería mancharla. Durante esos segundos pudo ver que la lluvia había arreciado con fuerza aunque el árbol amortiguaba su precipitación. Prefirió no pensar en el clima y concentrarse en lo que estaba a punto de hacer.

Se sentó contra el árbol y jaló las manos de Asmita hacía él. Lo ayudó a sentarse encima de sus piernas y acarició la desnudez  sin dejar de mirarle el rostro, destinando caricias furtivas. La primera impresión pronto dejó de tener importancia, cuando Asmita mismo fue el que buscó la cercanía. Arrastró sus manos por la cintura delgada para acercarlo a él y plegó su nariz sobre su oreja derecha, respirando ansiosamente.

—Puede doler. —Le advirtió. Más sabiendo que sería su primera vez. Pero no creía posible que la amenaza del olor pudiera hacer retroceder a Asmita cuando él mismo había buscado alguna forma de cortar con el dolor de la experiencia.

—Nada puede doler más que lo que vi.

No necesitó más para continuar. Con la apremiante urgencia de sacar ese pensamiento de en medio de ellos, lo atrapó y buscó sus labios para besarlos sin indulgencia. Asmita logró abrazarse a su cabeza y sus dedos se deslizaron con fuerza entre los mechones oscuros que se arrastraban entre la espalda y el árbol. En el frenesí de sus acciones y entre gemidos azorados, se sumergieron en el arrebato que ambos clamaban.

Las manos se movieron entre sus costados y sus piernas, los temblores intermitentes de sus pieles empapadas se intensificaron con la lluvia cayendo sobre ellos. En sí, era la lluvia una excelente excusa para deslizar dedos y labios por el cuerpo del otro mientras buscaban la comodidad de sus movimientos y se perdían en las sensaciones provocadas por cada caricia. Fue perseguir las gotas que caían por el cuello blanco lo que impulsó a Defteros a besar en dirección descendiente por su piel y morder luego su hombro. Las mismas gotas de agua sirvieron de justificación para Asmita tocar su rostro y dibujarlo con cada vez mayor fuerza, absorber las que se deslizaban en su nariz y lamer las que corrían por los pómulos ásperos mientras Defteros le tocaba las piernas.

Fue sed. Mucha sed.

Y fue la misma humedad la que facilitó el roce de su cuerpo, la que avaló la unión, y la que despejó la tierra que a veces subía a sus piernas debido a los movimientos fluctuantes de sus caderas cuando solo buscaban más placer. Aumentaron los escalofríos entre los dedos de Defteros al descender y los gemidos atorados cuando la mano de Asmita asió su erección en medio de temblores. El reconocimiento fue  mutuo, e iban dejando atrás la lluvia, la noche, y a la puerta el infierno.

Asmita apretó, mencionó su nombre con voz ronca cuando Defteros penetró con su dedo y apresó el hueso de su cadera. El rostro enrojecido parecía expedir fuego por sus mejillas. Defteros no pudo controlar el impulso de lamerlo mientras conquistaba terreno dentro de él y se mordió el labio cuando las manos de Asmita se movieron más sobre su miembro. Echó su cabeza hacia atrás y al incluir el segundo dedo dentro, arrancó un gemido y lo sorbió con su boca desesperado por besarlo.

Si iba a ser doloroso o no, a esas alturas no importaba. Al abandonar el interior de Asmita, Defteros sentía deseos enloquecidos de hacerle sentir un dolor diferente al que había estado viviendo en su vida. Diferente a la necesidad física, distinto a las heridas en su cuerpo e incluso a las verdades del mundo que a veces abrazan dolorosamente con la misma fuerza de una enramada de espinas, pero envolviendo literalmente su cerebro. Quería mostrarle otro tipo de dolor, ardiente y exponencial que se derramaba por todo el torrente sanguíneo y lo elevaba a alturas inconcebibles. Un dolor que se transformaba en placer.

Sabía que con ello la distancia ya no tendría cabida en cuanto esa noche acabara. Que ya no podría alejarse.

¿Pero acaso había podido hacerlo?

La respuesta estaba en sus acciones y por ello lo abrazó suavemente cuando la penetración comenzó. Para ese momento Asmita ya tenía sus ojos abiertos y embotados de una luz distinta, en medio de relampagueos apenas era visible el color azulado de sus irises. Sus párpados temblaban y él mordía sus labios capturando sus propios gemidos entre los dientes. finalmente, sus ojos se entrecerraron y el color se esparció a lo largo de sus pestañas, capturados como un cielo nublado en la mañana.

Así era su mirada.

Plegó su frente contra la de él al hallarse dentro, y él mismo guió los movimientos de sus caderas sin dejar de estar al pendiente de sus expresiones. Los dedos de Asmita se apretaron contra sus hombros y los labios abandonaron el encierro para dejar salir a sus propios jadeos entrecortados. Gimieron contra su boca con sus rostros tan cerca como para respirarse y supieron que lo que sea que había entre ellos ya no tenía vuelta atrás. No había prisas, pero sí urgencia, y una avasalladora necesidad de no hallarse solos.

«Asmita de Virgo».

Así lo había llamado la última vez que lo vio antes de eso, en el momento justo en que Defteros decidió distanciarse tácitamente. Escondido tras una columna le recibió y buscó permanecer lo suficientemente lejos como para no arrastrarse con él y la luz que expedía pero no llegaba a quemar.

«Así me llaman, pero no es de esa forma en la que tienes que llamarme».

Admitió que no quería consentir otra, porque el título le dotaba de una diferencia categórica que debía asumir sin contemplaciones. Pero Asmita, pese a estar cubierto de oro y aparecerle en las ruinas, le sonreía y algo había en su expresión que le infundía confianza, aunque renegara de ella.

«¿Cuál es la diferencia?»

Pese a que lo preguntara, él mismo la sabía y estaba seguro de que cuando Asmita le sonrió de ese modo confiado, fue para decirle que no había necesidad de responderla. El brillo de su cosmos traslúcido, de su cuerpo diáfano revolviéndose entre el viento de aquella tarde estaba pegado en sus retinas y lo estuvo todas las semanas consiguientes que pese a su invitación se mantuvo lejos de él.

«Ven a mi templo cuando quieras».

Entre sus jadeos, la imagen de su recuerdo y de la voz de Asmita se difuminaba. Los nuevos gemidos que él le soltaba sobre su oreja junto a sus angustiosos intentos de respiración, promovía el ritmo del choque de sus caderas mientras sus manos lo ayudaba a moverse y a mantenerlo seguro. Cerró sus ojos y se concentró en el roce, acarició indolente los mechones húmedos sobre la espalda blanca y dejó salir su voz en sonidos guturales que anunciaban el orgasmo.

Apretó sus glúteos cuando la tensión superó a sus piernas y las sintió temblar. Asmita clavó las uñas sobre su nuca y soltó un quejido ahogado que se le antojó sensual. La humedad primero chocó contra su abdomen, cuando Asmita había terminado entre temblores y suspiros. Él le siguió un poco después, apretándolo contra su cuerpo. Se dieron tiempo para calmar sus respiraciones atolondradas en medio del ruido de la lluvia mientras sus músculos comenzaban a relajarse.  La mano derecha de Asmita en ese momento se deslizó perezosamente sobre su pecho desnudo hasta detenerse a un lado de su costilla izquierda.

Con la emoción burbujeando en su interior, Defteros subió su palma por la columna erizada del rubio y acarició lánguidamente su cuello. Con su otra mano le apartó los cabellos que en sus saltos se habían apegado a la cara. Así podía contemplarlo mejor, ya los párpados de Asmita estaban cerrados y las pestañas vibraban tanto como sus labios rojos.

Asmita no tenía intenciones de hablar,  lo supo cuando sus besos lerdos le cubrieron suavemente la cara. Al sentir los dedos de Asmita enredados con los suyos en un leve apretón de mano, se dejó llevar por el momento. El silencio se coló entre ellos, ambos se veían incapaces de soltar alguna otra palabra de lo ocurrido. Era preferible dejar que el tiempo pasase y la desazón perdiera fuerza conforme la verdad se asimilara. Porque pese a todo el fuego, el alma de Asmita seguía empapada.

No dejaría de llover.

La madrugada había avanzado y Aspros podría despertar en cualquier momento. Defteros, aunque no le gustara del todo la idea, propuso que era hora de marcharse y Asmita aceptó sin oponerse. Lo vio levantarse y buscar las piezas de su armadura. Defteros arrastró la camiseta que tenía a su lado y suspiró nervioso. Quiso preguntarle si había dolido, o si al menos había olvidado lo que dolió más. No estaba seguro si obtendría respuesta para ello o si quería escucharla.

—¿Irás?

Detuvo su acción de ponerse la camiseta cuando la voz de Asmita se escuchó en medio de la suave lluvia. Al virar el rostro lo vio cerrando la pieza alrededor de su antebrazo, la última que faltaba.

—A mi templo —aclaró—. O te busco yo en las ruinas. Puedo hacerlo, aunque sea sólo a través de mi cosmos.

Recordaba la invitación que le había dado, su decisión de no aceptarla y los días que habían estado sin comunicación, todo eso hecho añicos. Defteros inclinó su rostro sobre la venda que aún cubría su antebrazo y tomó la decisión que se había negado desde semanas atrás.

—Iré. —No había razones para no hacerlo—. Algunas tardes que pueda escurrirme. Espero no molestarte al meditar.

Asmita sonrió suavemente, con gesto calmado. Sujetó la capa tras su espalda y escurrió un poco del agua de su cabello, aunque era inútil dada la lluvia.

—Siempre serás bienvenido en mi templo, Defteros.

El aludido detuvo el acomodo de su camiseta cuando oyó su nombre. Volteó hacia él y lo vio arrojar a su cabello hacía atrás mientras tomaba el aire. La armadura de Virgo le hacía sentir pequeño a su lado, pese a que la altura de él era mayor.

—¿Qué pasa con mi nombre? —Asmita giró hacía él brindándole atención. La pregunta no parecía sorprenderle—. Desde que nos conocemos y hablamos, siempre preguntas sobre él.

—No me gusta. Tu nombre no me gusta. —No supo qué decir al respecto, solo se le quedó mirando con clara contrariedad al escuchar sus palabras—. Tu nombre tiene un peso y sé que lo sabes. Sé que cada vez que te dicen «segundo» algo dentro de ti se contrae. Por eso no me gusta, tiñe a tu destino y te cuartea.

«Eres más que eso», estaba impreso en esas palabras. Pero no podía ser ni para Asmita que lo sentía como una injusticia como para Defteros quien había dejado de creer en ello.

—Antes de venir al santuario no era así —murmuró Defteros para sí en un gesto dolido.

—Seguramente. —Consintió—. Los soldados le han dado buen uso a tu nombre. Tenía la esperanza de que tuvieras otro, y este fuera un apodo que los soldados tomaron para llamarte.

Defteros no tenía nada que decir, pero aquello lo había lastimado. No había pensado durante demasiado tiempo en el significado de su nombre, no con esa clase de objetividad. Y no estaba seguro de cómo sentirse tras haberlo escuchado de Asmita. Solo sabía que con Aspros se escuchaba diferente, o eso creía.

Como fue evidente su estado de ánimo, Asmita se acercó a él y le tomó suavemente su mano, casi como si fuera una pequeña disculpa. Defteros destinó una caricia alargada por su pómulo, intentando no dar importancia a sus palabras.

—A mí sí me gusta cómo suena tu nombre. —Asmita apenas sonrió—. Suena… bien.

—Mi nombre significa ego. —Apretó los dedos en torno a él con suavidad—. Tampoco me gusta—confesó—, el ego es una de las barreras para la iluminación. Si deseo alcanzarla, debo sacrificar a mi «Asmita».

Y tras la verdad descubierta con sus ojos, su nombre terminó pesando… más.

—Entonces… ¿Cómo te llamo?

Asmita agradeció el cándido intento de quitarle peso a su destino, pese a reconocerlo imposible, y entendió un poco más a «Defteros». Soltó su mano antes de voltear para regresar al templo, no sin antes dirigirle una sonrisa condescendiente.

Antes de que el sonido de una respuesta alcanzara sus oídos, Defteros entendió perfectamente que el dolor en la vida de Asmita formaba una constante que quizás nunca sería anulada. La aceptación debía ser total, ya lo sabía.

—Asmita.

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