Eliptica – Parte 4

¿Por qué nunca estuvimos lo suficiente junto ni lo suficiente separados?

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Temas: Canon, Drama, Romance
Resumen: ¿Por qué nunca estuvimos lo suficiente junto ni lo suficiente separados?

#20: Insulto

Con la excusa de un simposio griego lo había convidado a la alberca. Al menos para Shaka era así, una mera excusa para lograr un baño privado. Le sorprendía las maneras en que el patriarca buscaba siempre hacer «correcto» lo que sabía era reprochable, aunque no iba a hacer nada al respecto.

Se internó en las aguas retirando su ropa. Le había dejado una túnica griega a su disposición y hasta pensó en los brazaletes dorados para sus brazos. No opuso resistencia al pedido, iba a complacerle. No iba a negar que tenía un insano placer de saberse adorado por aquella mirada oscurecida, que ocultaba mil secretos legendarios.

En silencio dejó que el agua cubriera la extensión de sus piernas y luego levantara indecorosamente la tela de la túnica. Pero se apoyó al otro lado para deslizar sus codos fuera del mármol y disfrutar de la agradable sensación. El agua le dejaba un cosquilleo agradable y se dispuso a meditar en esas caricias, antes de que se agregaran otras menos inocentes.

Shaka sonrió. Se mantuvo quieto sintiendo las caricias del sumo pontífice, arrastrando los dedos entre sus piernas y tentándolo. La tela húmeda  ayudaba a que las fricciones se sintieran más sensuales y no ocultó el movimiento de sus labios, más si un gemido.

—Exacto a tu talle. —Desgranó con los labios la frase en su oído, provocándole un leve cosquilleo en la base de su estómago—. Estaba pensando…—continuó jugando con los mechones dorados que húmedos se apegaban a su tórax. Shaka se sonrió aún más, con confianza.

—¿En qué pensaba, Su Santidad?

El patriarca lo asió fuertemente de su cadera antes de voltearlo hacía él. Shaka sintió sus propios cabellos golpear a la piel descubierta de su espalda y como la túnica que ahora supo traía el patriarca acariciaba su pierna desnuda. Contuvo el aire, con aire de expectativa. Esperó su siguiente movimiento con ansiedad mientras el acercamiento se concretaba y los labios se posaron sobre su oído.

—En lo bien que se verían ambos. —El patriarca hizo una pausa mientras bajaba sus manos por las caderas de Virgo, hasta atrapar la piel bajo sus palmas—: Los dos seres más hermosos del santuario en este lugar.

—¿Los dos?

—Afrodita de Piscis y tú.

¿Había escuchado bien? Shaka se mantuvo inconmovible mientras el hombre delineaba su largo cuello. El silencio se hizo mortal, tanto que el patriarca tuvo que detener sus avances al notar la atmósfera turbia a su alrededor.

Sí, había escuchado bien.

Shaka, con todo el decoro que profesaba sus movimientos, retiró las manos de Su Ilustrísima y las besó frente a él. Luego volteó rápidamente y salió de la alberca, dejando el agua escurrirse de sus extremidades. La mirada del patriarca lo siguió.

Eso había sido un insulto. Un insulto en toda regla. Shaka dejó la túnica humedecida y se vistió antes de salir con su cabello húmedo de la habitación.

Escuchó una carcajada a lo lejos.

#26: Interrupción

Al paso de las semanas en silencio supo que si había cometido un error. Había tenido que repensarlo. Al parecer su propuesta para un trío no había sido bien recibida, Shaka realmente se había enojado, aunque no se lo demostrara con palabras. El simple hecho de no subir más había sido suficiente.

Saga le había dicho que era más a que aceptable su molestia. El otro no la consentía, aunque admitía que le divertía en serio la situación.

El asunto es que, viendo que Shaka no iba a subir y seguiría con su rutina evadiendo —todo— lo ocurrido entre ellos, tenía que buscar la manera de arreglar la distancia que se había pronunciado.

Una llamada a su recinto no fue suficiente. Shaka encontró la manera de salir si no veía necesario una reunión, sin mostrar alguna falta de respeto. Luego en el segundo llamado, los soldados le hicieron saber que estaba en meditación y no habían logrado darle el mensaje.

Evidentemente, no iba a haber modo de que Shaka fuera por las buenas, pero Saga era persuasivo. Al ver que sus primeros esfuerzos no sirvieron, tuvo que buscar métodos más radicales. Despertarlo por las noches con sueños había sido uno contundente, pero aún así no suficiente para lograr su cometido. Lo que si sirvió, fue la segunda opción.

Shaka estaba allí, frente a él, conteniendo su molestia. Era visible que se encontraba muy incomodo.

—Sumo pontífice, jamás he puesto en duda cada una de sus decisiones y le he defendido con seguridad, pero no puedo dejar pasar lo que ha ocurrido.

Saga tuvo que guardarse su placer de verlo allí con el ceño fruncido y ahorrarse la carcajada. Con la seriedad que podía mostrar lo observó frente a él.

—Intervenir en una de mis meditaciones, de la manera en que lo hizo, me parece una falta de respeto a mí como santo.

—Estás enojado.

—Muy molesto, su Santidad.

—¿Pones en juicio mis acciones, Shaka?

—Pongo en duda sus motivaciones.

Decidió levantarse del trono y cortar la distancia física que había entre ambos. Shaka no hizo nada para detenerlo, ni se vio desconcertado por ello.

—Con respecto a lo ocurrido en la alberca, ¿estás enojado, Shaka de Virgo? —Shaka tardó en responder.

—Muy molesto, Su Santidad. —Iba a decir algo, pero Shaka prosiguió—. Soy lo más sagrado bajo el cielo y sobre la tierra. No me rebajaré.

No dijo más. El silencio mismo se convirtió en la atmosfera donde ambos a través de sus cosmos energía se hablaban. Saga cortó la distancia de nuevo, al rozar con sus dedos desnudos la figura de Virgo cubierto de oro. Sus ojos le observaron, clavándose sobre los parpados cerrados, rozando con su mirada las pestañas doradas.

—Superaste mi prueba. —Shaka mostró un leve tic en su ceja derecha—. No haré tal cosa como compartirte.

Shaka no estaba del todo conforme con sus palabras. Saga lo dedujo. Su rostro así lo decía. Pero cuando intentó replicar, lo interrumpió.

Lo besó.

#14: Libro

Octavo sentido.

Su búsqueda para entender sobre él lo había llevado de nuevo a StarHill y el patriarca había accedido a darle espacio para estudiarlo. Shaka se mantenía en silencio ecuánime mientras revisaba cada libro, y buscaba los secretos escondidos en sus hojas.

Deslizó sus dedos por los escritos de la antigua guerra, buscando más de su reencarnación. Descubrió que el rosario que siempre llevaba en mano había sido recreado por él. El cosmos que se percibía había aguantado pro doscientos años y los resultados de su creación y la ventaja para la guerra había sido, nada más y menos que su vida.

Sí había alcanzado el octavo sentido o no, no lo decía, peor buscando por más dentro del libro había hallado información de sagitario y su muerte. Aquello le había llamado la atención, ¿por qué Aioros había traicionado al patriarca cuando su anterior encarnación le había sido fiel hasta el último estallido de cosmos?

Arrugó su ceño y delineó la letra de la escritura. Cuidada. La persona que había relatado todo aquel lo había vivido con sus ojos. Se notaba en cierto modo el orgullo que sentía al haber vivido para ver morir al santo desperdigando plumas al cielo.

El patriarca llegó a su espalda, llamando su atención. Jugó con las puntas de su cabello sin terminar de cubrirlo y se mantuvo aún así a una distancia prudencial.

—No encuentro suficiente información —murmuró decepcionado y cerró el libro—. Pensé que la respuesta estaría allí.

—Está allí. —Explicó sin detener las ondas creadas con el cabello del rubio.

—No logró encontrarla. —Renegó y giró su rostro hacía el sumo pontífice. Alzó su barbilla para hacerle ver su evidente frustración por no encontrar una respuesta clara—. Quizás no estoy lo suficiente preparado para entender los secretos escondidos en las antiguas guerras.

—Estás viendo, sin mirar. —Jaló el mechón a la altura y lo soltó, dejando que se deslizar sobre la coraza de oro—. Tienes que mirar con el cosmos.

Shaka se mantuvo callado y el libro dejó de tener, en ese momento, importancia. No importaba que estuviera escrito allí o en cualquier libro, aprendía más y reflexionaba mejor cuando colocaba sus pensamientos como una escritura abierta ante el patriarca.

—Veo a través de mi cosmos.

—No, esta respuesta la buscas con tus ojos mortales. Pero dime Shaka, ¿es allí donde has encontrado tus respuestas?

Shaka lo supo en el instante. Las respuestas nunca las había hallado en el mundo que podía tocar. Estaban más allá, escondidas en la magnificencia del cosmos, de su propia alma, y del universo eterno que yacía dentro de él y de todos.

Saga destinó una caricia ahora en su mejilla al verle pensativo.

—Nunca dejes de ver con tu cosmos, Shaka.

#3: Lluvia

Cuando abrió la puerta que daba salida al santo templo, la lluvia lo recibió. Gotas frías se plegaron a sus botas doradas debido al viento que soplaba con fuerza, agitando los rosales que con tanto esfuerzo Afrodita cuidaba. Era una tormenta en toda regla y Shaka la había reconocido, así que arrugó su ceño al comprender que bajar en esas condiciones si bien no representaba problemas para él como santo, resultaría molesto.

—Quédate. —Fue la voz de Saga quien lo detuvo. El patriarca, quién estaba en plena consciencia de sus actos, había salido de la habitación con el manto cubriendo someramente su desnudez. Se sentía frío.

—¿Hasta que la lluvia ceda?

—No. Hasta que amanezca.

Shaka dejó lucir una pequeña sonrisa de asentimiento y volvió sus pasos hacía la habitación donde antes habían compartido más que una reunión protocolar. Saga le siguió, observando el vaivén de su cabello dorado ante cada uno de sus pasos.

Ya dentro, Shaka se desvistió de nuevo, abandonando la armadura a un lado para que esta se acoplara en la esquina que había dispuesto como suya. Saga no dejó de observarlo y mantuvo una distancia acorde a lo que haría Arles, aunque le molestara en sobremanera tener que seguir sus pasos. La lluvia seguía arreciando.

Tenía frío, Saga tenía frío más esto provenía de algo más que el solo clima. Cuando vio a Shaka levantarse para recogerse el cabello, tuvo deseos de abrazarlo por la espalda y protegerse del frío que venía de la culpa. Cada una de sus acciones parecía llover junto a las gotas que golpeaban el mármol. La lluvia le causaba terror desde el momento en que Kanon había desaparecido de Sunion.

Razones de sobras tenía.

No pudo contener el impulso y atrapó el cuerpo de Shaka entre sus brazos, hundiendo su nariz en la extensa cabellera dorada. No hubo  reproches ni de preguntas, Shaka aceptó el gesto acariciando los brazos gruesos del hombre que parecía querer fundirse con él, de otra manera.

—Le preocupa algo. —Sentía su turbación y no la había afirmado. Saga sostuvo el aire por un momento.

—Las estrellas me lo han dicho. —Y su sangre, ella se lo gritaba cada vez que tenía consciencia—. En este siglo, habrá dos guerras santas. Poseidón…

Y la lluvia. La amenaza que la lluvia fuera una amenaza latente en sus vidas y en la paz que protegían era una de la razones por las cuales Shaka subía a Sunion. Saga se lo había advertido.

—Estaremos preparados para ello.

Saga confiaba que así sería, era esa la única razón que lo mantenía en el trono aún con sus manos manchadas de sangre. Era su culpa que Kanon hubiera descubierto la cueva. Era su culpa el odio que Kanon sentía. Si Poseidón despertaba, sería su responsabilidad. No había otra opción más que preparar al santuario para ambas guerras santas en nombre de ella.

—Venceremos, Su Santidad.

Cuando la lluvia no paró, Shaka calló.

No estaban preparados.

Ya él no estaba.

#23: Mentira

«¿Cuánto más cree contener esta mentira?»

La pregunta de Afrodita tenía validez, y apreciaba el gesto de preocuparse ante la cada vez más evidente cercanía de Virgo a su persona. Afrodita era quizás en quién más podía confiar, de las personas que conocía su identidad. Deathmask siempre actuaba bajo su propia conveniencia.

Recordó esa pregunta y la conversación consiguiente mientras recibía a Shaka de nuevo en su recinto. Como era costumbre, venía a hacerle saber los avances de los entrenamientos tanto en el santuario, como en los lugares retirados: las islas y Siberia. Mientras lo escuchaba, la voz elocuente de Afrodita se filtraba alertándole.

«No dudo de su fortaleza y sé que es suficientemente fuerte para protegerse, pero la cercanía de Virgo podría ser contraproducente, su Santidad.»

¿Qué podría pasar?, le preguntó. Pero era claro que él mismo conocía la respuesta y la había estado masticando y saboreando desde años atrás. Pero por mucho que pensó en alejarse, Shaka seguía buscándolo y cuando él mismo lo buscaba, Shaka mantenía distancia. En ese juego que había entre ellos, entre sus personalidades y sus caracteres, el cosmos parecía atraerlos y repelerlos con la misma intensidad. Como el planeta que gira alrededor del sol.

«Podría darse cuenta de la verdad, y podría intentar lastimarle. No quiero entrometerme, pero me es inadmisible esperar a que ocurra lo de Shura una segunda vez»

Era inadmisible también para él. Observando a Shaka con su rostro firme mientras le hablaba, recordaba las ruinas que habían quedado en esa misma sala cuando Shura lo había atacado. En aquella oportunidad, tuvo la suerte a su favor: Shura era aún inmaduro y sus movimientos eran más llevados por el dolor y la traición de saberse asesino de un inocente. Con Shaka las cosas no serían así, no habría pero que valiera. Si Shaka decidía atacarlo, sin duda alguna, lo haría con la frialdad de estar ante cualquier adversario.

Y él… él tenía lo que sentía ambos hacía Shaka. La culpa y el cariño, la necesidad y a su vez el temor. El recuerdo de aquel tigre que estaba domesticado pero, que en cualquier momento, podría tirarse encima buscando su cuello.

«Estoy preocupado por su seguridad»

«No deberías»

Eso le aseguró, aunque él mismo empezaba a darle peso a esas palabras.

«Estás tú para protegerme»

«Sabe que no escatimaré nada para protegerlo»

«Entonces… reserva la rosa blanca más hermosa para Shaka si decide traicionarme»

Decirlo había dolido. Sentía haber mordido las espinas con sus propios labios, y que estas le habían descarnado la piel. Shaka sería otro inocente, justo como Aioros, que caería de llegar a suceder.

—No me está escuchando, su Santidad.

Volvió en sí al oírlo, y la seguridad de su apreciación fue otra alarma encendida.

Shaka lo conocía, lo conocía demasiado bien. Aún sin saber su nombre sabía lo que él era capaz. Lo leía con los ojos cerrados.

¿Cuánto más estaría ciego a la mentira?

Debía alejarse.

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