Sacrificio

Saga viaja a Londres a reunirse con un ministro para tratar la situación griega y nada más.

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Temas: Yaoi, lemon, romance, Universo Alterno
Personajes: Saga, Shaka
Resumen: Saga viaja a Londres a reunirse con un ministro para tratar la situación griega y nada más.
Dedicatoria: Para mi hija Itzeldeleo, no me he olvidado de ti y quería escribir algo que tuviera que ver un poco con la carrera que escogiste. ¡Espero haberlo hecho de la forma más pertinente y que te agrade el resultado! De nuevo, ¡felicidades!
Beta:
Karin San
Comentarios adicionales: Regalo de cumpleaños para Itzeldeleo y letra K *ABC Géminis x Virgo*

El despacho era amplio, decorado sobriamente con ornamentos de madera y algunas macetas dispuestas para darle vida. Un gran ventanal estaba al frente, desde donde se podía apreciar las ventanas de los edificios cercanos. Una mujer tecleaba indiferente a él, enfocando sus ojos tras los lentes y moviendo sus manos con fluidez sobre el teclado de su laptop.

Saga suspiró agotado y pasó una mano por su frente sintiendo la prominente arruga que marcaba su rostro atribulado. Los documentos descansaban a su lado, en un portafolio de cuero de evidente calidad y lujo. Su otra mano descansaba en su rodilla, percibiendo la textura de su pantalón azul marino.

Odiaba estar en esa situación. Se recriminaba a sí mismo por tener que usar una carta tan baja. Lo consideraba ruin y reconocía que si la persona de aquella oficina lo odiaba por ello, se lo merecía. Sin embargo, el peso de su país era mayor, y la necesidad de buscar una vuelta a la decisión del primer ministro de Londres era más fuerte que su orgullo.

Tras un ruido sordo, Saga levantó la mirada. La puerta se abrió y dejó salir a tres personajes de trajes sobrios y porte serio. Entre ellos pudo reconocer a un reconocido parlamentario alemán, quien tras un breve movimiento se despidió de la mujer que atendía la sala.

Ahora comenzaba a sentirse impaciente. Pese a no tener citas, no había nadie más allí: él  era el único que esperaba. Miró la hora y notó lo tarde que era, había pasado dos horas esperando por él. La mujer desapareció por la puerta y por un momento se quedó mirando el reloj.

El tic tac solo aceleraba sus ansias y aumentaba el dolor de cabeza que amenazaba con convertirse en una migraña. Apretó el puente de su nariz, alzando las piezas de plástico de su montura y abrió de nuevo los ojos, con gesto cansado.

Volvió a meter ambas manos en los bolsillos y descansó totalmente su espalda contra el mueble. Respiró hondo y trató de relajar sus músculos en un minuto de necesitada quietud. Le palpitaban las sienes y sus manos se encontraba inquietas. La derecha encontró en que entretenerse dando vuelta a su bolígrafo de punta dorada.

La mujer salió y él se sobresaltó luego de sentir que se perdía en la ensoñación. Le sonrió coquetamente y le indicó que podía entrar. Saga se acomodó la chaqueta y se puso de pie, moviendo levemente sus hombros. Se preparaba para la confrontación que tendría dentro de aquella oficina.

Al entrar, cerró la puerta tras de sí y sujetó con fuerza su portafolio. El despacho era amplio, tenía objetos labrados en madera y algunos en bronce. No le extrañaba, ya que lo ocupaba antes un ministro de mayor jerarquía y había quedado tal cual en manos de su hijo. Tampoco creía que solo habían servidos los lazos sanguíneos, la persona que estaba detrás de ese escritorio, realmente era un hombre preparado y con ética para fungir en esa labor.

Tenía mucho tiempo sin verlo, quizás unos siete meses.  Y los recuerdos de esos meses que se vieron seguían latentes en su memoria, como una marca viva. Pese a ello, sentía a su pecho sobrecogerse ante la idea de los términos y el cómo habían terminado por alejar cualquier idea de futuro de sus agendas.  Él mismo había puesto la barrera, y la otra persona la supo respetar muy bien.

—Adelante.

Saga escuchó su voz, suave, melódica pero fría. Ausente de cualquier muestra de reconocimiento. Tomó de nuevo aire y se acercó hasta el mueble, vio cuando el otro se levantó de su asiento y rodeó el escritorio para hacer lo mismo. El asunto a discutir era mejor hablarlo de forma más personal. Los muebles estaban ubicados uno frente al otro y había una mesa donde descansaba la bebida para compartir.

Después de un minuto observando el lugar, Saga se sentó. Abrió las piernas con ligereza y soltó un botón de su saco para permitir una mayor libertad en su posición. El del frente hizo lo mismo: cruzó sus piernas, relajó su postura y miró un momento su reloj.

—Lamento llegar a retenerte por más tiempo en la oficina.

—No te preocupes. Esta semana se ha tratado de eso. Mientras nos preparamos para la próxima reunión, los encuentros han sido persistentes.

—Seguramente una dura semana.

—Ni hablar. ¿Té? —Ofreció señalando la taza de porcelana—. Sé que ha pasado la hora, pero no tengo más que ofrecer.

—Por supuesto.

Saga observó el movimiento del anfitrión. El ministro se levantó, llenó las dos tazas con el líquido caliente y le ofreció una de ellas. Tomó la taza por el plato y agradeció cortésmente. Esperó que de nuevo se sentara en su posición.

—Hay galletas aún, si gustas.

—Así está bien.

Juntos probaron del té, disfrutaron del aroma suave y de la temperatura caliente que aliviaba mucho el clima de la ciudad. Al menos, Saga aprovechó el momento para ordenar las ideas. Era agradable saber que no tenía que hablar directamente del tema que pensaba tratar, sino que le daba tiempo de crear un ambiente de comunicación ameno y abierto.

—Cuéntame, —Comentó tras un par de minutos en silencio—, ¿qué te trae a mí?

No fueron sus ojos azules, clavados y fijos en él. No fue la modulación suave y casual de su voz. Fue la formulación de la pregunta, tan íntimamente dispuesta que Saga se vio obligado a repensarla con todas las posibilidades que abría como si se tratara de un abanico japonés. Enfocó sus ojos en los de su interlocutor, con la mirada titubeante. Sentía que una mala respuesta, o tan solo la equivocada, podría dañar el ambiente que se había creado en ellos.

Saga tuvo que bajar la mirada, y descansar el plato en el posabrazo de su izquierda. Acomodó su cuerpo hacía esa dirección, relajando su pierna derecha.

—Trabajo, Shaka. Solo trabajo.

El inglés solo asintió antes de llevar la taza de té a sus labios. La saboreó y no mostró ninguna otra emoción. Fue en ese momento que Saga se sintió desairado y arrugó su ceño. Como si la posibilidad de que Shaka hubiera esperado más, fuera más bien parte de su propio deseo.

Apretó esa desilusión con su puño derecho y la soltó a abrir su mano y encontrarla vacía.

—Bien. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

Dejó de lado sus propios pensamientos y emociones para concentrarse en un solo punto. Grecia. La deuda que Grecia tenía con la UE ascendía y cada año, por obtener beneficios de la unión, su gente tenía que pasar por terribles y duras medidas a nivel económico que estaban afectando la estabilidad del país. Saga abrió su portafolio y sacó las gráficas que había preparado con antelación para otra reunión donde lograron obtener lo que necesitaban de Francia. Sabía que con Londres sería más complicado llegar a un acuerdo. Las implicaciones eran otras y ya se rumoraba la posición de Cameron al respecto. Saga trataba con todas sus fuerzas voltear las cosas a favor de su país, por eso se había dirigido a Shaka, quien según tenía entendido era cercano con el primer ministro.

Shaka prestó atención a cada palabra y tomó con sus manos cada lamina impresa que Saga le entregaba a medida que disertaba. No dijo demasiado, solo algunas palabras y acotaciones que le permitían a Saga expandir su punto de vista y completar el panorama de su país. Grecia necesitaba otro rescate. Grecia necesitaba indulgencia. Si Londres les daba la espalda, sería más difícil el camino de su país hacía la estabilidad.

Tras la oratoria, vinieron unos minutos de silencio. Saga observó el rostro analítico de Shaka, pensando en lo poco que había cambiado desde la última vez. Una finísima capa de vello en su mandíbula le daba un poco más de edad, pero seguía teniendo exactamente las mismas actitudes y gestos que recordaba.

—Entendemos perfectamente la situación crítica que está atravesando Grecia en este momento. —Le comentó Shaka pasando a otra de las láminas—. Londres sabe perfectamente eso y esperamos que puedan superar esta dura etapa.

—Necesitamos ayuda para ello. —Saga enfatizó. Para ese punto su cuerpo estaba inclinado hacía Shaka, como un reflejo de su inquietud y necesidad de acercamiento.

—Lo sabemos, pero Londrés no piensa hacer más. —Le devolvió los documentos, cada una de las planillas y gráficas entregadas. Saga vio los papeles como si sobre ellos estuviera toda Grecia y ahora mismo estuviera pendulando en el abismo—. En reunión extraordinaria, Cameron decidió que Londres daría un paso al costado sobre la situación griega, y que quizás, de este modo, el pueblo griego pensaría con mayor seriedad la posibilidad de desvincularse de la UE.

Saga no levantó la mirada. Sintió el trago seco y áspero de la verdad atragantada, la amarga realidad vertiéndose en un hilo dentro de su cerebro. Los papeles estaban allí, temblando, como las bases de su país. Y si él estaba allí haciendo eso, era precisamente por su país. Incluso, si lo que había habido entre ellos no funcionó a causa de Grecia.

—Lamento tener que decirte las cosas de este modo, Saga. No creas que lo hago a modo personal, pero tal como defiendes tú los intereses de tu país, nosotros defendemos los nuestros.

—¿La decisión está tomada? —Grecia seguía en las manos de Shaka, temblando.

—Tomada y firmada en reunión extraoficial con la cámara de gobierno. Lo lamento.

Saga tomó los documentos con vacilación. Por un momentos ambas manos mantuvieron el contacto a través de él, hasta que el mismo Saga atrajo los papeles hacía sí. Los ordenó usando sus piernas de base, para guardarlos de nuevo en su portafolio.

Durante esos minutos, Shaka observó con condescendencia el rostro abatido de Saga. Sus cejas fruncidas, su prominente nariz gacha, y sus cejas espesas endureciendo ya el semblante masculino. Los mechones que enmarcaban su rostro y las pestañas que daban sentido a sus miradas. Por un momento se detuvo en la derrotada imagen, y por dentro se sintió atado de manos.

Incomodó se removió en su asiento y apartó la mirada de él. Tapó sus labios con el puño derecho y respiró hondo.

—A veces pareciera que esto fuera un karma —musitó Saga mientras cerraba el portafolio. Shaka levantó su rostro y regresó la mirada a él, quién seguía observando las piezas de papel dentro del cuero—. Todo esto… —lo vio sonreír con amargura—, desde que Papendreu llegó al gobierno y reveló toda esta basura, parece que Grecia hubiera caído presa de una maldición.

—Han sido tiempos difíciles para todos, Saga…

—No, Shaka, no sabes lo que son tiempos difíciles. —La mirada devastada del griego lo calló, obligándolo a repensar sus respuestas. Ciertamente, Shaka no podía imaginar los tiempos difíciles de su país si no había vivido algo así. Londres, pese a toda la inestabilidad económica que había surgido en distintos puntos del planeta, permanecía aún pie e inmune. El congreso trabajaba para que eso persistiera así.

—En todo caso…—Decidió alegar—. Nada se puede sostener bajo una mentira. Grecia ha tenido que sufrir un alto precio a causa de la falsedad. Y eso lo sabemos desde antes, Grecia no tenía las características para pertenecer a la UE y no es secreto para nadie.

—Lo sé.

—Personalmente no creo que haya otra solución para Grecia que regresar al dracma, con todas las implicaciones que ello conlleva. Otro rescate significa más medida de austeridad y no estoy seguro de que el pueblo griego esté dispuesto a más restricciones.

Pese a las palabras de Shaka y a la suavidad con la que esgrimía cada opinión, el rostro de Saga permaneció abatido. Había pasado su mano por su rostro y luego presionado con terquedad sus sienes usando  la yema de sus dedos. Si estuviera en sus posibilidades, trataría de quitarle un poco del enorme peso que sostiene en su espalda. Pero Saga era un hombre utópico. Shaka en su práctica lucidez, sabía que había límites en un mundo donde cada quien se interesa por los suyos.

Finalmente, no pudo contener el impulso. Con movimientos suaves Shaka se puso de pie y se acercó a él. Colocó una mano solidaria en su hombro y la apretó para transmitirle calidez, en un gesto de sumo compañerismo.

—Entiendo lo que significa para ti esto y créeme, si estuviera en mis manos, haría algo. Aumentaría las cuotas de cambio o sería más condescendiente con las imposiciones económicas.

—Tú sabes que al final, no serviría. —Lo sabían, ambos, aunque uno intentara no decirlo y el otro buscara por todos los medios de mantener al menos esa llama encendida. Todo apuntaba a que, en unos meses, quizás en años, Atenas tendría que declarar la bancarrota.

—Nada es seguro…

Tras un suspiró, Saga acompañó la mano de Shaka sobre su hombro, con un par de palmadas. Asumió que ya todo había acabado y ya nada podría hacer. No quiso mirar más, porque no solo se trataba de la irremediable caída que Grecia estaba sufrien: era también todo lo que había sacrificado.

Allí, estaba una de esas cosas. Shaka había significado una enorme posibilidad, una estabilidad impensable que por sus diferencias políticas e intereses distintos, habían tenido que abandonar. Si bien, había chispas al hacer el amor, estás aparecían de la misma manera cuando discutían sobre la situación en la UE y los países anexos. Chispas que, finalmente, se hicieron dolorosas e irritantes.

Justamente, en ese momento en que sentía la sombra de su cuerpo cubrir su rostro, se negó a subir la mirada. Buscó huir de la posibilidad de mirarle a los ojos y comprobar cuánto se había perdido. Sin embargo, lo hizo, porque al pensar en ello, debía agradecer que Shaka le hubiera permitido entrar y hablar sin detenerlo, sin comentarios hirientes y sin falsas esperanzas. Le sonrió.

Las pestañas de Shaka formaban una cortina sobre sus ojos como azulejos, oscureciéndolos. Cubría el brillo y a su vez lo expandía. Saga pudo ver el instante en que ese brillo parpadeó y casi al unísono, su mismo corazón brincó en su pecho. Como una chispa dormida, que despierta ante un insignificante roce.

—Creo que es momento de irnos.

Uno peligroso.

Shaka soltó su hombro y Saga volvió la mirada entre sus piernas y el portafolio. El aire cambió de densidad y la temperatura había ascendido dramáticamente, era difícil respirar en ese enorme espacio, como si el oxígeno faltara o fuera pesado. Todo lo que veía en Shaka eran oportunidades perdidas, esperanzas infructuosas y deseos incumplidos. Todo lo que le quedaba después de cada encuentro era una gran cantidad de nada.

Y pese a saberlo ambos y haberlo decidido con toda la madurez que su edad  le confería, el latido proseguió. Era consecuente y era difícil de obviar, aunque se hubieran acostumbrado a la situación. Saga adjudicaba ese hecho a la sensación del «pudo ser», esa irritable posibilidad abierta y no tan explorada por miedo a las consecuencias.

Shaka era como ese amor que es fuerte y a su vez imposible. De esas relaciones volátiles y confusas, que pese al dolor que conllevan suelen ser extrañadas. Y solo fueron unos meses…

Saga salió de la oficina después de un corto intercambio con el rubio. Adelantó su paso hacía el ascensor, procuró no extender más el encuentro mientras su cabeza se encontraba confundida con los pensamientos discordantes, entre su país y su propia situación sentimental. Como si ya no fuera suficiente con la crisis griega, que en ese momento su memoria quisiera evocar escenas con Shaka era una burla para sí mismo. Pensó que se trataría del cansancio, de que estaba pronta la hora de tomar su medicamento o de incluso el cambio climático. Shaka no había buscado retenerlo, aceptaba y actuaba tal cual como habían acordado, sin ninguna señal. Nada.

Saga se maldijo cuando al entrar al ascensor, se quedó mirando la esbelta figura frente a la puerta, dándole la espalda mientras aseguraba su despacho. Recordó las noches que estuvo detrás de esa espalda, apretando su cuerpo, sorbiendo rastros de piel sobre sus hombros y su cuello, olfateando su loción amaderada. El sonido de su voz mientras gemía, el color tornasolado que tomaba su piel ante el calor, sus roces y succiones. Incluso podía memorizar la mirada cuando era él quien colocaba los términos e imponía sus condiciones, obligándole a ceder una y otra vez.

Cuando lo vio voltear, en un segundo de remembranzas, sintió que todo aquello aún pesaba y necesitaría de los miles de kilómetros que los separaran para volver a poner distancia y subsanar esas emociones despiertas. El vuelo saldría, de todos modos, a la primera hora de la mañana. Abandonaría Londres por unos meses más.

¿Regresaría con qué? ¿Con una negativa? ¿Con la seguridad de que Grecia perdía a un aliado en su batalla contra la bancarrota?

El golpe de la realidad agitó de nuevo su frustración, obligándolo a cerrar los ojos. Quitó los ojos de Shaka, quien se acercaba, y los volvió hacia su interior, donde las gotas de cada verdad se vertían para hacerle ver cuán difícil sería el siguiente trimestre, tras el abandono de Londres. Si Berlín y Paris decidían hacer lo mismo y les negaban el siguiente rescate, no habría manera de subsistir medio año más. La economía griega caería estrepitosamente y todos los esfuerzos habrían sido en vano. El hambre y el desempleo aumentaría a pasos acelerados y el gobierno volvería a caer.

—¿Te encuentras bien? —Abrió los ojos velozmente, y vio la figura de Shaka frente a él.

Deslizó sus miradas hacía el tablero del ascensor donde había pulsado el botón de espera. Lo soltó y se hizo hacia atrás, no muy consciente de en qué momento lo había apretado ni que lo había impulsado a hacerlo.

Quizás y si lo sabía, pero no quería profundizar en ello.

Shaka apretó el botón de planta baja y el sótano, donde seguramente guardaba su vehículo. Se colocó al lado derecho del ascensor, mientras revisaba la hora.

De reojo, Saga le envió varias miradas discretas, observando cómo se veía, cómo actuaba, qué gestos hacía. En Shaka no había mayores señales; conforme el ascensor descendía y se escuchaba el característico sonido de pasar por cada piso, los dos estaban uno al lado del otro sin decir nada.

—¿Cuánto tiempo te quedarás en Londres? —Fue Shaka quien inició la pregunta justo cuando Saga pensaba en lo oscuro que se veía su reflejo en el piso del ascensor.

—Solo esta noche. Mañana regreso a Atenas.

—Ya veo… Según escuche, Paris tiene intenciones de seguir ayudando a Grecia.

—Eso es una buena noticia.

—Espero que tu gestión sea más llevadera en los próximos meses.

—Agradezco eso.

—De todos modos, si hay alguna otra cosa en la que necesites mi ayuda o la del gobierno británico, no dudes en llamarme.

Saga tuvo que sonreír. La entrada que Shaka dejaba abierta con sigilo y cortesía había sido en su momento el inicio de todo lo que ocurrió después con ellos. Le miró suavemente, y provocó que Shaka le respondiera con una mirada igual. La puerta abrió pero ninguno se percató de ello.

El ascensor volvió a cerrar, tras varios minutos de espera. Prosiguió su camino de descenso, ajeno  a lo que ocurría dentro de él. A la presión del aire, a la volatilidad del ambiente, al cambio de temperatura y al espesor de la distancia cediendo. Saga dio un paso hacia Shaka, sintió el choque de energía transmitido por la mirada, la llama que se había encendido aunque ambos hubieran querido ignorarla. Soltó el aire, se sintió apretado y observó a Shaka separar sus labios con rastro de ansiedad. El ascensor volvió a abrir en el oscuro sótano, el cambio de la temperatura en el ambiente fue perceptible.

Ocurrió como un golpe consciente y programado entre ellos. Como un impulso conectado en sus entrañas, activado al mismo tiempo y acatado casi al instante. Saga tomó la mano del otro y salió del ascensor mirando hacia todos lados para asegurarse de la oscuridad. Sintió la mano apretarle con fuerza mientras el pulso se sentía en la muñeca y el sudor mojaba su límpida piel. Su cuerpo estaba alebrestado, gotas de sudor se congregaron tras su nuca nada más al salir, pese a la temperatura helada de la noche londinense. Con ansiedad hurgó entre los espacios oscuros con su mirada, buscando el lugar propicio para hacer lo que no estaba seguro de hacer. Shaka se le adelantó, lo jaló del brazo, aprisionó su cuello y lo empujó para tomarle los labios.

La espalda de Saga golpeó secamente contra la columna más cercana, bajo la lámpara de seguridad. Escuchó de lejos el sonido de una camioneta moverse entre el asfalto y los latidos se aceleraron ante la idea de ser encontrado. Shaka parecía no afectarse, sus labios estaban vehemente y determinados a provocar que Saga abriera la boca y le permitiera el espacio para sentirlo, para saborear su lengua y rodear cada encía en un beso apasionado y demandante.

En el espacio abierto del beso, Saga jadeó y se quejó antes de apretar en puño al saco oscuro de Shaka sobre su espalda baja. Se fue adecuando al ritmo de Shaka y se derritió por fin en succiones y sorbidos de sus labios, que habían empezado acelerados pero fueron menguando en roces más lentos y sentidos. Se erizó su piel cuando Shaka tomaba con insistencia su labio inferior, tirando de él hasta que la sangre se concentrara bajo su piel sensible y le provocara un cosquilleo.

Con un movimiento firme, Saga arrastró suavemente su mano por la espalda de Shaka y escuchó la tela espesa y gruesa sisear con las caricias. Dejó descansar su peso contra la columna, apretó con seguridad y acomodó sus piernas para permitirle a Shaka acercarse más. Todo lo hizo sin abrir sus ojos, con una explosión soltando chispas dentro de su piel, el calor aumentando y la ineludible realidad de que todo ello era algo fuera de lo previsto.

Al entreabrir sus ojos, pudo ver en medio del sopor que los sentidos sufrían, los párpados de Shaka suavemente cerrados y su expresión concentrada. El inigualable temblar de su espesas pestañas doradas y el color que empezaba a cubrir a sus mejillas debido al calor.

No pudo contener el impulso de subir una de sus manos hacía la mejilla para enmarcar el rostro y mantener el ángulo del beso. Shaka abrió los ojos cuando el suave roce de las yemas de Saga estremeció sus pómulos y desde la distancia, Saga pudo ver esos ojos azules cubrirse de luz y sombra.

Compartieron una mirada comunicativa entre ojos y labios, llena de deseos, de ganas, incluso de sentimientos que ambos no se atrevían a transmutar en palabras. Las manos de Shaka acariciaron indolente por sobre el saco, y tomaron el botón de él para soltarlo y permitirle movilidad. Saga se estremeció ante la muestra tan clara de sus intenciones y dejó que sus manos siguieran su instinto, el de asirse a las caderas por sobre la chaqueta y mantenerlo cerca. Esperó por Shaka y este no tardó en volver a juntar sus labios en un beso que rozaba la devoción.

Saga volvió a derretirse, a dejarse vencer por la suavidad del beso y las atinadas caricias que se extendían por su pecho, sobre la fina camisa azul. Abría sus labios temblorosos ante cada roce de labios y apretaba insistente la tela del saco de Shaka, para hacerle entender cuánto lo disfrutaba y cuánto deseaba que el momento se extendiera por mucho más.

No hubo necesidad de decir nada, los términos estaban sobre la mesa. El beso se extendió y extendió aumentando la humedad y jugando con la velocidad de sus succiones, el calor en la punta de su lengua solo encontraba sosiego en la punta del otro. Suspiros quedos y gemidos suaves aumentaban junto al sopor, dentro y fuera de su cuerpo. Se erizaron sus poros ante cada ruido que luego ignoraban, en medio de caricias.

Saga había quitado ya el saco rústico y enrollado en las muñecas de Shaka. Separó sus cuerpos un poco para tener acceso a los botones, señal que Shaka comprendió para aprovechar y hacer exactamente lo mismo. Las miradas que intercambiaban seguían ractificaban la intención de proseguir lo que habían iniciado, eran brillantes y acaloradas. La intensidad se transmitía en cada destello de luz de la lámpara en sus ojos dilatados.

Con un movimiento más, rodaron al otro lado de la columna para tener más privacidad, quedando contra una de las camionetas negras estacionadas. Saga podía ver ahora tras el reflejo del vidrio ahumado, la figura de Shaka pegada a él, su cabello largo y opaco por la falta de luz y lo bien que encajaba entre sus piernas. Ante la visión no pudo contener el impulso de apretarlo, despeinar su cabello dorado, arrugar su camisa y contemplar el temblor abrasivo que gobernó su cuerpo cuando le propinó una mordida en su cuello.

Allí estaba: puro fuego. Ni el tiempo ni la distancia había menguado la llama, aún si los dos habían decidido apagarla a como diera lugar. Se tocaron con tanta angustia como emoción, celebrando el encuentro. Desanudando y desabotonando telas, tocando piel caliente y pellizcando para sentir mayor placer. Mirándose solo para consentir, no esperaban más.

Fundidos, así como estaban, todo parecía posible. Y dejaron de verse como lo que habían intentado: dos representantes de países. Dos rostros de políticas. En ese lugar húmedo y oscuro eran dos hombres, con un futuro brillante al que decidieron renunciar.

Juntaron sus frentes cuando sus palmas tomaron, una con la otra, las dos erecciones que habían logrado liberar. Rozaron sus narices, respiraron el aroma entre jadeos suaves y atorados. Saga ya no podía estar seguro de qué era lo que saboreaba. Si la saliva de Shaka, estaba llena de tabaco, de menta, de whisky o de sexo. Tragó atolondrado, con la frente fruncida cubierta de arrugas pronunciadas. Miró su expresión de doloroso placer como si fuera un máximo premio.

Entre las caricias, sus nombras sonaban tan débiles y acabados, que apenas lograban cortar en la última sílaba. Su respiración se aceleró exponencialmente, al ritmo de sus caricias en los miembros duros y erguidos. La mano librel aprovechaba para acariciar la piel que habían podido descubrir, sus pechos, su cuello, su estomago, afianzar a sus caderas, apretar a su espalda: cualquier sitio era idóneo para marcarlos con sus yemas.

Entre temblores y exhalaciones, Saga sintió el mundo estallarle entre las pestañas. Una lluvia de estrellas, un cataclismo a punto de desbordarse. Llegó a un punto donde no pudo acariciar sino apretar. Donde la voz salió rasposa y necesitada, sus piernas se endurecieron y la sacudida lo tensó hasta doler. La caricia invasiva e inesperada de Shaka a sus testículos fue el detonante. Saga gimoteó y se dejó llevar. Pegó su frente contra el hombro del rubio y soltó una exhalación honda al encontrar el clímax.

Su cuerpo hormigueaba… sus párpados parecían tener burbujas debajo de ellos. Con cortos suspiros, Saga se encontró adormilado y satisfecho, sin contemplar del todo que Shaka aún no había llegado. Lo supo cuando Shaka se empujó contra él, se abrazó con fuerza y comenzó a frotarse, con tanta desesperación que Saga no tuvo tiempo de amoldarse a la nueva situación.

Cerró sus ojos y se permitió disfrutar de la agradable sensación de ser necesitado por él. De percibir el hambre con el que Shaka lo buscaba y grabar cada sonido que podía escuchar en medio de su orgasmo. Los besos, las caricias, la fricción de la tela, incluso el silencio de todo el sótano y la inmovilidad de los autos estacionados. Se aferró a sus caderas y apoyo con sus manos el movimiento pendular con el que Shaka se golpeaba contra él, buscando mayor acercamiento. Gimió débil y largo, escuchó a Shaka jadearle con tanta profundidad al lado de sus cuerpos, sensual, ronco, apasionado. Lo apretó con fuerza y se enfrascó en la idea de tenerlo así. Solo para él, oculto del mundo, lejos de todo lo que los separaba.

Shaka llegó al clímax minutos después, y prácticamente se derrumbó en sus brazos, dejando todo su peso contra su cuerpo. Laxo y caliente, absolutamente vulnerable y entregado, Shaka frotaba casi adormilado su frente contra el hombro de él en busca de calor.

Con suavidad, Saga colocó su mano sobre su nuca y acarició los mechones humedecidos en una muestra de cariño y la ternura que afloraba con él. Se permitió esa debilidad.

—Esto… —Shaka logró murmurar, en un momento en que por fin pudo hilar algunas letras juntas. Saga apretó su cuerpo, obligándolo a callar algo que no estaba dispuesto a escuchar, no de él, no de nuevo.

—No digas nada… —Sus ritmos volvían a su cauce, todo, incluso sus pensamientos—. Esto no significa nada.

Volvieron a callar, esta vez con caricias más suaves y perezosas de por medio. Sintió el desaire en Shaka, más no hizo nada al respecto. Dejó despejar el calor de sus cuerpos y ambos consintieron la resignación de que las cosas no iban a cambiar, por mucho que hubieran disfrutado el desliz. Sin importar cuánto se atrajeran.

Había demasiado en juego y ellos sabían que era mejor no arriesgarse.

Cuando Saga y él se separaron y se arreglaron, lo hicieron intercambiando pocas palabras, apenas las necesarias para mantenerse comunicados y no sentir que había sido solo un cuerpo más. Se despidieron casi a fuerzas, se les notó a ambos la mirada queriendo aprehender lo que fuera del otro para llevárselo consigo. Pero sin ninguna señal, no encontraron suficientes argumentos como para dialogar otra salida. Saga caminó con firmeza hasta el ascensor, sin mirar atrás.

Si al final, ambos habían tomado la decisión correcta aquella vez que decidieron separarse o ahora al negarse a regresar pese a todo lo que aún existía: no lo sabían. Saga escuchó el ruido de la camioneta moviéndose en el asfalto dentro del sótano, no volteó siquiera para mirar la placa o la luz del vehículo que se alejó de él.

Cerró sus ojos dentro del ascensor, ambientándose aunque se sentía lleno de sexo y de Shaka.
Entonces, comprendió que aún dolía. Su pecho estaba encogido y apretado. Saga supo que debía haber un karma pesado sobre él, tal como sobre su país: No se podía querer tanto y no poder. Era injusto.

Su decisión quizás lo fue.

2 thoughts on “Sacrificio

  1. Me he quedado llorando…
    Dioses, me encantó cada parte; desde el inicio hasta la última letra…me tuviste deseando que todo fuera perfecto, y esa escena hot del final fue tan…asdfsfdfsfafss, no la esperaba, y fue perfecta :3
    Y los últimos pensamientos de Saga tan…tan hermosos… :’)
    Gracias por publicar…
    Saludos 🙂

    1. Lamento haberte hecho llorar Alejandra, pero me agrada mucho que te aya gustado el fic. Lo hice de corazón y tenía muchas cosas importantes que decir en ella. en este caso, la imposibilidad de su relación pese a ser tan pasional y sentir tanto, debido a sus estilos de vidas y deberes.
      Gracias a ti por leer y comentar ♥ ¡Feliz año!

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