Rastro de Fuego (Pack de Viñeta) Kardia x Asmita

Asmita no hizo nada para defenderse, solo avaló cada movimiento con una sonrisa confiada.

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Temas:  Canon, romántico
Personajes: Kardia, Asmita
Resumen: Asmita no hizo nada para defenderse, solo avaló cada movimiento con una sonrisa confiada.
Dedicatoria: Para todos los amantes de esta pareja ♥
Beta: 
Karin San
Comentarios adicionales: Para el duelo de parejas de LC y la tabla Acciones

1: Siguió el dedo que señalaba hacia abajo.
2: La sangre de su herida manchó su pecho.
3: Verlo en batalla siempre le enardecía.
4: La mano en su hombro le dio fuerza.
5: Se retorció sobre las sábanas.
6: No aguantaba la frustración de no hacer nada.
7: Corrió escaleras arriba.
8: Se detuvo frente a una puerta descuidada.
9: Lo abrió y estudió su contenido.
10: No quiso cerrar la ventana.

I

—¿El nuevo? ¡Está allá! En el bosque.

Todo había pasado por una mera casualidad, aderezada por curiosidad. Cada cual había servido para empujar la situación, porque no iba a negar que en parte hubiera deseado que eso ocurriera.

Había escuchado muchas cosas de él, fabulas que parecían contar de un chico superdotado y con habilidades monstruosas que esperaba su armadura de oro mientras meditaba en el bosque. Él solía ir, algunas veces «muy pocas antes» para conseguir la frescura del aire cuando el calor era mayor. O eso se convenció «los convenció» cuando llegó al lugar.

Miró desde cierta distancia sus trajes y la posición que mantenía contra la corteza de aquel árbol. Etéreo y distante como aparentaba ser, estaba allí oponiéndose a todo lo que dictaba debía ser un aprendiz, un entrenamiento, un guerrero. Estaba rodeado de silencio. Y si, había silencio, había uno como si hubiera entrado a otra zona del santuario. Las mismas ramas de los árboles se mandaban a callar cuando la brisa agitaba sus suaves hojas.

Kardia subió la mirada hacia donde el viento danzaba entre las hojas y el sonido apena era perceptible. Movió un pie solo para cambiar el peso de su cuerpo desde un lado a otro y respiró el aire limpio que había en el lugar. Sentía calor «era su calor» pero ya no era tan desagradable. Podría jurar que sin el frío de Degel, estaba bastante soportable el malestar.

Quizá si era la paz que respiraba allí o la sensación sedante de estar en ese sitio, pero sus latidos dejaron de presagiarle otra crisis y su curiosidad, en cierta manera, se encontraba satisfecha.

Se dejó verter por la tranquilidad que lo envolvía y llevarse por los sonidos que ahora conectado con el ambiente podía percibir: el canto de algunas aves, el movimiento de las hojas, incluso el vuelo de algún insecto entre las flores cercanas. Ni su corazón, ni su respiración. Nada de él, solo el universo.

Bajó su rostro, soltando el aire placido de sus pulmones para tomar otro poco más. Al abrir sus ojos, ya la figura no estaba inmóvil como segundo atrás lo había visto, dirigía su rostro a él y señalaba algo. Parpadeó un par de veces antes de razonar que efectivamente intentaba decir algo y siguió el dedo que señalaba hacía abajo, entre sus pies. Movió su pie derecho y había el resto de una hoja cortada.

—Silencio —murmuró quien aguardaba contra el árbol.

Como respuesta, se tumbó al suelo haciendo más ruido del que seguro había esperado. Se echó contra un árbol y tomó una ramita con la cual jugar entre sus dientes. Con los brazos tras su nuca se dispuso a descansar, aprovechando la tranquilidad del lugar.

De reojo, vio que Asmita «supo luego que se llamaba así», regresó su mano a su posición y prosiguió con su meditación. No hubo otra acotación, no le pidió que se fuera. No hubo señal alguna de detectar o ignorar su presencia.

En silencio, eso fue su presentación. Esperaba se hubiera entendido como tal.

II
Si bien la presentación había servido para hacerle saber que estaban en el mismo grupo, lo que más le llamó la atención no fue lo oído de sus rumores, ni lo que observó por sí mismo un par de veces invadiéndole el tranquilo lugar. Fue ese combate.

Sus ojos se abrieron pasmados, y los dedos dejaron de jugar con la cola de escorpión dorada que traía su tiara dorada. El despliegue de energía que se estaba gestando justo en el movimiento de esas manos lo mantuvieron prendido de él durante el tiempo que duró la ejecución.

Manigoldo lucía encantado, al parecer se sentía peleando con alguien de su nivel. Las veces que había intentado atacarlo con los puños, la fuerte barrera de Asmita había impedido cualquier cercamiento. Si había viento o la arena limitaba sus movimientos, no se notaba. Si estaba asustado o nervioso, tampoco era posible visualizarlo. El joven aprendiz era tan dueño de sí mismo y el combate que la sonrisa que apareció en sus labios cuando Manigoldo se vio obligado a retroceder canturreaba su victoria.

¿Sería posible atravesar esa defensa con su aguja? ¿Había posibilidad de atravesar el cosmos de Asmita con el fugo de su corazón? Puso su palma contra su pecho sintiendo la adrenalina elevarse en su sangre y como los movimientos en la arena aceleraba sus latidos.

Manigoldo levantó el índice de su mano y las luces presagiaron la técnica que usaría. De momento, desaparecieron ambos en medio de un torbellino de violetas y dorados que revolotearon la arena y levantaron una nueva que opacaba la visibilidad. Lo llevó a Yomotsu pero antes de que lo asimilaran el joven regresó, por su propia cuenta en medio de otro espectáculo luminoso.

—¡Esto es fascinante! —Se levantó de su asiento y Degel le destinó una mirada controladora. Prácticamente le había dicho un «siéntate» con los ojos que no se molestó en aceptar. Sus manos comenzaron a temblar por la misma excitación y sus pupilas estaban puesta en él, en el nuevo santo con poderes indescriptibles que lo hacía todo con el movimiento de una mano—. ¿Lo ves? Es un monstruo, ¡un monstruo!

—Es un santo de oro como nosotros. —Escuchó la voz de Degel demasiado lejos como para atenderla, cuando el combate terminó y la armadura vistió a Asmita aceptándolo como su protector, la euforia había aplacado el uso de cualquier otro sentido o todos estos estaban enfocados en lo que veía en la arena—. Ya acabó.

Por desgracia, sí. Pero no sería el único combate que presenciaría. De vez en vez, cuando era necesario, Asmita tenía que bajar obligatoriamente a realizar algunas acciones impuestas por el santuario, y entre ellas estaba esos combates amistosos con sus compañeros. Esos combates de luz persistieron por mucho más.

Cada uno de los enfrentamientos fueron esperados por él, con ansias. Y conforme iban cambiando sus oponentes, más necesitaba estar él en ese terreno dispuesto a batirse con el poder cósmico que demostraba Asmita. Verlo en batalla siempre le enardecía, pero esperaba era estar allí, frente a él, demostrándole su fuerza. No escatimaría nada hasta lograrlo y conocer los límites de quién empezaba a ganarse el título de un dios.

Él sería un digno contrincante. Un digno trofeo.

III
Ya no era normal, lo sabía. No era normal porqué se había hecho repetitivo y no era algo que tuviera que ver con él. ¿Qué demonios estaba pasando?

Durante los momentos en que su corazón sufría y tenía alucinaciones, había pasado de ser las imágenes de guerra en medio de un campo oscuro, hasta una donde la sangre corría como una catarata y él no podía moverse dentro ella. En el río oxido y rojo tenía metido sus pies y no había forma de salir de allí.

Se sentía la tensión de sus músculos cada vez que intentaba escapar. Su voz se atragantaba en su garganta y por mucho que invocara a su cosmos, lo que se alzaba era una llamarada que quemaba a su piel y le provocaba un indescriptible dolor. Todo lo que lo rodeaba era un ambiente tétrico que debía ser semejante a algunas de las descripciones de Dante. Espeluznante y aterrador, jamás había sentido tanto miedo de estar en algún lugar como en ese.

En esos momentos, Kardia se despertaba asustado, sudado y prácticamente sin aire. La necesidad de mitigar el sabor de la sangre lo llevaba a probar largos tragos de agua frescas, aunque durante el día, ese sabor metálico lo sintiera en todo lo que llegara a comer.

En algún momento le comentó a Degel pero este le dijo que solo se trataba de otro tipo de alucinación. Que muy probablemente hubiera leído algo que dejó esa imagen en su cerebro.

Para empezar, él poco leía. Y además, él no recordaba haber visto algo así en su vida. Lo único que sabía es que, en determinado momento, algo lo empujaba a regresar y el cambio era tan errático y voluble que su piel quedaba erizada por el escalofrío.

Esa noche había ocurrido lo mismo y pese a sentir la frialdad del cosmos de Degel, no era eso lo que lo había empujado a despertar. La energía que sintió en ese momento era más agresiva y sí… caliente. Mucho menos que su cuerpo, pero le transmitía un calor seco impresionante.

Se mantuvo en silencio, recordando el nuevo agregado que tuvo la visión. Había una herida y había sangre, más sangre además de la que veía caer. Luego se dio cuenta que los dos elementos no estaban deparados: la sangre de su herida manchó su pecho en el lugar donde su corazón agonizaba. Su mano, ahora despierta, estaba allí como si quisiera tapar una brecha invisible.

Giró su rostro cuando sintió la entrada de otra presencia en su templo. Había esperado a Degel en el umbral, como siempre, como ya estaba acostumbrado, pero no a él. La sorpresa fue tal que no se esforzó en encubrirla.

—¿Qué haces allí? —El rubio estaba de pie contra la puerta, con sus cejas delgadas sumidas en un ángulo reflexivo que le invitaba a pensar. Asmita había cruzado sus brazos y no recordaba haberlo visto visitando templos desde que obtuvo la armadura.

—Eso me pregunto yo. ¿Qué hacías allí?

Kardia no supo que debía responder, pero sí que debía una respuesta. Cuando Asmita se acercó, vaticinó que no se iría sin ella.

IV
Asmita no era hombre de rodeos. Nunca lo había sido.

Kardía supo de inmediato que no admitiría ninguna vacilación a la hora de buscar una razón. Pero él no sabía cual darle y aún se encontraba un tanto turbado después de la reciente crisis, así que sus pensamientos tampoco estaban del todo claro.

Asmita se acercó un poco más con aire precavido. Para Kardia, el olor característico a incienso y mirra que despedía el cuerpo del sexto guardián lo podía olfatear más fuerte en ese momento. También el olor a   encierro y soledad. Kardia sabía muy bien identificar a la gente por su olor y él por lo general solía oler a manzana dulce.

Empezó a hablarle de ello y Asmita lo escuchó con atención sin muestra de asombro. La palabrería que soltó tratando de desviar la atención a lo evidente solo promovió que Asmita acercara su mano hacía el pecho, justo donde antes él mismo había acariciado, para callarlo. Tragó grueso con las pupilas dilatadas y el temblor al saber que no, no podría ocultar nada. Era como si Asmita pudiera ver tras sus parpados cada rastro de su fuego.

—¿Te dolió? —No supo responder si fue dolor. O fue solo miedo. Pero si que había estado más consciente de lo ocurrido, más de lo que quería admitir—. Afortunadamente no te ocurrió nada.

—¿Viniste solo a ver si mi corazón seguía en su lugar? —Gruñó y giró su rostro a otro lado. Odiaba sentir que ante su presencia, poderosa y perturbadora, pudiera llegar a sentirse tan vulnerable en ese momento—. Estoy bien, he sobrevivido a esto durante toda mi vida.

Asmita dirigió su rostro a él con gesto parco y Kardia no quiso mirarlo. Mordiéndose los labios en medio de silenciosas maldiciones, apenas le echó un vistazo de reojo para notar el leve desnivel de las cejas rubias.

—Sabes a que me refiero. —La mano de Asmita no se quedó quieta en ese punto, subió hasta su hombro. Kardia tuvo que mirar de nuevo a sus párpados y por primera vez en su vida, desde que lo conocía, se preguntó de qué color serían sus ojos—. No vuelvas a seguirme.

Kardia se mantuvo en silencio, comprendiendo a un punto más allá de lo que podía asumir las palabras de Asmita. Tragó grueso y sintió el apretón suave, la mano en su hombro le dio fuerza para aceptar lo que él mismo se negaba a afrontar.

—¡Ja! —Y se negaría a admitir, y a tan siquiera demostrar—. ¡No te sigo a ningún lado rubio! ¡Deja de estar hablando tonterías! Tú eres el que estás aquí, en mi cuarto, en mi templo. A ver, ¿quién te dio permiso?

—Nadie. —Lo soltó y se levantó de la cama. Su capa se amoldó tras la espalda y el cabello rubio siguió dejando pequeños destellos de luz—. Me retiro, Kardia de Escorpio.

Kardia mantuvo la mirada en el umbral de la puerta, incluso después de que la figura de Asmita hubiera desaparecido de allí. Le sobrecogió algo por dentro, pero como en su pecho siempre había muchas cosas, no fue capaz de discernir el qué en ese momento.

V
Aquella noche prometía no dejarlo dormir, y en sí, todo el santuario se sintió igual. Le habían dado una orden, extraña y obtusa, que le obligaba  a mantenerse en su puesto, sin importar lo que ocurriera en la sala principal.

¿Qué podría suceder? Lo único que atinó a pensar, porque su mente inquieta necesitaba una razón, era que seguro la diosa estaría practicando alguna técnica especial que pudiera hacerlos sentir en peligro. Quizás se trataba de eso y podría ser comprensible la acotación, el asunto era que la noche por sí sola se sentía lúgubre.

Se retorció sobre las sábanas, demasiado inquieto como para pensar quedarse en ellas durante esa madrugada. Terminó por sacar sus pies, luego su tronco y por último sus brazos de aquel lugar que parecía estar lleno de hormigas. Se estiró despreocupado, rascó su estomago y  echó hacia atrás a algunos mechones de cabello que picaban en su tórax desnudo. Quería salir, pero para hacerlo tenía que vestirse y no sabía si podía más la comodidad de estar desnudo o la pereza de levantarse y vestirse.

Finalmente, pudieron más las ganas de salir e invocó a su armadura. Con ella puesta, comenzó a hacer guardia dentro de su templo mientras imaginaba batallas alucinantes con miles de enemigos y él saliendo airoso de ellas. Dio varias vueltas en el centro, tratando de ignorar la opresión que se sentía en el aire cada vez que los minutos se diluían junto a las horas.

Entonces ocurrió.

Se acercó a la entrada de su templo, miró por un momento a dos templos más abajo y sintió que la luz en la casa de Asmita no era luz. Y no era que precisamente su luz se viera, sino que él podía «ver» de una forma particular esa luz que Asmita despedía al meditar. Aquello que veía no se trataba de ella, más bien parecía…

—Una ilusión… —El temor lo invadió en tan solo un segundo y comenzó a buscar el lugar desde donde Asmita se estaba proyectando.

Sabía que él tenía la capacidad de moverse a otros sitios estando en su templo, pero ¿por qué razón haría lo contrario? ¿Que era lo que buscaba ocultar?

Preocupado trató de concentrarse para hallar el rastro de cosmos, si aún estaba en el santuario. Había suficientes razones como para que Asmita buscara huir, los rumores y la gente eran excesivamente crueles con él sin tan siquiera conocerlo. Y no se trataba de que él fuera su amigo de la vida, pero sabía que era más de lo que la gente decía de él.

Mordió los labios y frunció el ceño cuando halló el origen de su energía. Alzó la vista y la presencia de Asmita la pudo sentir, ahora evidente, en el templo patriarcal. Y no estaba solo. Géminis estaba allí y la presión ambivalente sobre la atmosfera de la noche tenía el poder de hincarlo en tierra.

No, no estaba solo.

Sus manos temblaron de impotencia y sintió la sangre arder de deseos de estar allí.

Leyó en él deseos de no estar.

VI
Tras varios días de meditación, que Kardia ya había contando, no puedo soportar la presión mental. Era más que el hecho de tener a un traidor en el santuario, juzgado. De que hubiera otro géminis del que se desconoció su identidad y su existencia hasta ese momento, de la muerte y la deshonra. Se trataba de más que eso, de cómo los rumores aumentaron y todos guardaban silencio mirando con desdén y desconfianza al único dorado que había estado con el patriarca para protegerlo.

Kardia no avalaba eso, de ninguna manera, pero había esperado que el mismo Asmita se encargara de cerrarles la boca a todos. Sin embargo, no lo hizo. Estaba allí, inmóvil en su posición, meditando como siempre, y sintiéndose como nunca. Jamás había percibido la atmosfera de virgo tan pesada e irrespirable como en esos días. Y Asmita se negaba a soltarla.

No detenía la meditación. No hablaba, más bien parecía que huía y aquello no lograba más que alterarlo. De momentos escuchó a Degel decir que le diera tiempo, que estaba en su derecho, pero algo dentro de él sentía que no era eso lo que Asmita necesitaba. Y no entendía precisamente porqué.

No aguantaba la frustración de no hacer nada, y determinó que era momento de accionar. Sin decirle a Degel, bajó hasta el templo de Asmita y realizó lo que consideró correcto.

Los aguijones comenzaron a marcarse en el cuerpo de Virgo mientras este se mantenía en meditación. Uno a uno, los rayos rojos salieron de su índice izquierdo y consiguieron puntos exactos para clavarse en el cuerpo del santo que estaba meditando. Aquello alteró la tranquilidad de todo el santuario. Degel bajó de inmediato tratando de contenerlo y Kardia ya contaba nueve aguijones ardientes marcados en el cuerpo de Asmita.

Degel le reclamó y hasta sintió que en su furia el templo comenzaba a enfriarse. Kardia sonrió divertido al notar una vez más el poco control de su amigo cuando este se enojaba, pero no pensaba en detenerse.

No hasta que lograr su cometido.

El cuerpo de Asmita se movió y su cosmos se avivó en una llamarada peligrosa entre la flor de lotos de piedra que lo sostenía. Cuando sintió su poder emerger de esa manera, supo de inmediato que había obtenido lo que buscaba. Allí estaba su trofeo.

No escuchó los reclamos de Kardia, se abalanzó a él en medio de la espectacular ambientación de símbolos budistas que inundó el lugar. Cuatro aguijones más golpearon contra su cuerpo y su corazón se encendió palpitando con verdadero frenesí. La sonrisa que transfiguró su rostro tenía todos los elementos para convertir su expresión en una pintura demencial. Kardia había esperado mucho tiempo para ese instante y estaba dispuesto a llevar sus acciones hasta el límite.

Lo que parecía ser una batalla de mil días, terminó en un par de minutos más. El cuerpo de Asmita no pudo tolerar el dolor y cayó tembloroso e inundado de calor en brazos de Kardia. Solo escuchó a los lejos los reclamos de Degel, pero no dejó de contemplar la cascada de oro que tenía en sus brazos, ardiendo en llamas.

VII

Degel estuvo discutiendo con él desde el momento que atrapó al cuerpo de Asmita y anuló el poder de su técnica con un nuevo golpe. El calor que expedía Asmita a través de su cuerpo y por el uso de esa técnica se sentía y Degel se había dado la tarea de tratar de mitigarlo con su cosmos. Pero dado a su estado alterado, no se le hizo tan sencillo.

Tras una larga sesión de reclamos, el anuncio del patriarca detuvo su perorata. Degel accedió ser él quien fuera a explicar lo sucedido y se retiró, dejándolo a su cuidado. Hubieron varias cosas que lo mantuvieron quieto en el sitio mientras los pasos de Degel abandonaban el templo, una de ellas estaba justo al frente, envuelto en las sábanas con sus manos en el regazo.

—Estás despierto —Afirmó. Kardia había notado que estaba despierto y no inconsciente como Degel había creído.

—He escuchado todo. —Kardia cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna y dejó de jugar con su tiara. La dejó mejor sobre la cómoda de Asmita que estaba, por cierto, vacía—. ¿Tu temeridad no tiene límites, Kardia?

—Mmmm… no eres el mejor para decírmelo. —Se burló con una sonrisa socarrona y comenzó a caminar para acercarse a la cama.—.  ¿Sabes por qué lo hice?

No quiso cerrar la ventana pese a la brisa fría que se colaba a través de ella. Asmita siguió sus movimientos con el de su rostro, sin hacer esfuerzo para levantarse.

—Entiendo porque lo hiciste.

Hubo silencio entre ellos. Un silencio que no se sintió incomodo, más bien necesario. Entre ellos había una especie de ligamento que no habían notado en qué momento se formó, pero existía. Quizás y Kardia tuviera una idea de él momento, pero Asmita tenía otra y ninguno de los dos veía necesario transmitirlo, al menos no aún.

—No te puedes morir sin darme mi batalla. —Las palabras de Kardia trataban de lucir despreocupadas, pero su tono de voz terminaba delatándolo. Asmita sonrió y soltó el aire pesadamente.

—¿No podemos contar esta como una?

—No es válida, estabas tan débil que no aguantaste mi técnica por cinco minutos.

Asmita soltó una escueta risa y luego renegó. Parecía estar demasiado cansado como para tan siquiera dialogar. Kardia se acercó un poco más y miró desde su posición la piel de Asmita, en algunos puntos aún enrojecida por el calor.

En ese momento, Kardia apreció que sus almas seguían conectadas y se preguntó si alguna vez había dejado de estarlo. Abstraído por el pensamiento, no notó el momento en que Asmita extendió la mano y buscó su brazo. Él no se movió, dejó que Asmita se levantara sobre su antebrazo para poder alcanzar lo que anhelaba, sin sentirse invadido. Algo muy dentro sabía lo que buscaba, y lo confirmó cuando su mano se detuvo justo allí.

Su corazón.

—Aún está caliente.

—Siempre lo está. —Ante la respuesta de Kardia, Asmita apretó un poco más su palma contra el peto dorado que transmitía la energía térmica bajo su piel.

—¿Sabes de qué modo sé que hay luz? —Hizo la pregunta, pero no esperó a que él la respondiera—. Por el calor.

VIII
Fue difícil escapar de él y de la preocupación latente. De lo que empujaba a sus pies a ese templo, aún si sabía que lo encontraría silencioso.

Fue difícil contener sus palabras cuando escuchó a un par de aprendices hablar de lo ocurrido con Aspros y el papel de Asmita. Cuando enfrentó a Hasgard al atreverse a poner en duda la fidelidad de Virgo con sus comentarios. Con sarna, de forma grosera y altanería, burlándose de él y de su posición. Enfrentándose a las miradas que lo veían extrañados ante su comportamiento.

Fue difícil tratar de dejar el tema de su ataque a Asmita en paz. Que los dorados dejaran de preguntar o Sisyphus de mirarlo con claro reclamo. Bien, ya lo había molestado una vez cuando se perdió con Sasha, pero, en esta oportunidad, no pensaba prestar atención.

Fue difícil huir de allí.

Asmita había detenido su meditación, mientras él, con gesto distraído, observaba el mover de los cabellos en el aire. Cuando lo vio ponerse de pie, no hizo además de moverse. Esperó tranquilo a que Asmita rompiera su posición y que se acercara a él, que le dirigiera una expresión intrigada. Le sonrió de medio lado y lanzó la manzana. Asmita la atajó con ambas manos frente a su pecho.

—¿Has comido? —Sabía que no, porque desde que Asmita había entrado en meditación, no se había detenido.

Y si él no había hecho nada para detenerlo fue porque su templo, pese al silencio, no se sentía como aquella última vez. Asmita, en vez de responder, destinó una mordida a la jugosa manzana que le había ofrecido.

—¿Fuiste de nuevo a allí? —Estaba seguro de que Asmita entendería hacía donde se dirigía sus palabras. Pero no iba a mostrarle la preocupación.

Se paseó por el templo, destinó una mirada apreciativa a la oscuridad entre las columnas y encontró, en una de ellas, algunos rastros de rasguños. Entrecerró sus ojos y volteó al escuchar dos mordidas más.

—Siempre voy allí. —Escuchó su respuesta tras tragar y le devolvió la mirada.

—¿Qué haces allí?

—Solo busco… —Dio tras mordidas más y Kardia esperó a que pudiera hablar de nuevo—. ¿Qué es lo que te ha traído aquí?

¿Qué es? Kardia se había distraído observando pequeños retazos de manzanas pegados en los labios resecos. Levantó sus ojos y observó sus párpados, luego sonrió con suavidad.

—La pequeña Sasha llorará si te mueres de hambre. —Asmita sonrió y renegó.

—La princesa sabe de mis ayunos. Y no tienes porque preocuparte, he durado más días sin comer.

—Más te vale. —Le apuntó con su uña—. Porqué sería muy patético morir de hambre para un santo de tu altura—. Asmita le sonrió comprensivo y sintió la uña sobre su mejilla—. Tu mínimo te tienes que llevar a un juez.

—Prefiero dejarte los tres a ti. —suspiró sin moverse—. Sigues sin decir que te ha traído aquí.

La voz de Asmita sonrió condescendiente, muy lejos de algún reclamo. Kardia parpadeó un par de veces, se quedó prendido en el brillo que había adquirido los labios tras la última mordida y el aroma de la manzana, que tanto le gustaba olfatear.

Tragó grueso. Dio un paso hacia atrás y reflexionó ante sus pensamientos y en el porqué su mirada volvía a recaer en esos labios.

Asmita renegó. Kardia levantó la mirada al escuchar el suspiro desalentado que surgió de sus labios. Cuando iba a preguntar qué ocurría, fue Virgo quien cortó la distancia, alzó su mano llena de néctar de  manzana y apretó su mandíbula suavemente para propiciar el beso.

Kardía estuvo seguro que el mundo dejó de girar en el sol. Comenzó a girara en él, en el sabor, en la manzana, en los labios de Asmita y el palpitar caliente de su corazón. En la palma que deslizó Asmita por su peto, luego de bajar de su cuello. En el roce a nivel de su corazón mientras mantuvo el roce.

—He escuchado como me has defendido de lo que hablan. —Si bien, estaba en total palidez por el beso inesperado, esas palabras lograron elevarle el rubor a las orejas. Se apartó trastabillando sobre sus pies y le miró con cara espantada, mientras Asmita se regodeaba de su actitud—. Gracias.

Fue difícil huir de allí, pero corrió escaleras arriba. Cruzó el templo de Libra sintiéndose acalorado.

Si no lo hacía… si no lo hacía dudaba poder escapar después.

IX
Tenía fiebre y podía sentir cada movimiento de su templo en su cabeza, como si fuera parte de sí mismo. El malestar había aminorado, pero siempre quedaba esa sensación de ser un eco perdido entre las rendijas del mármol, en cada espacio donde una piedra se unía con la otra. Kardia tembló de pies a cabeza, tratando de atrapar los últimos resquicios del viento helado de Degel. Ya él se había ido, seguramente sabía que a ese punto ya podía hacerse cargo y en sí, agradecía el momento de soledad.

Se dio media vuelta, cubriéndose con la liviana sábana. Respiró con la boca abierta y trató desesperadamente de rescatar el sueño. Si pudiera al menos descansar…

Arrugó los parpados al sentir las pisadas. Se acercaban, podía escucharlos, y esperaba que quien fuera se alejara de una buena vez. Era imposible intentar dormir cuando cada paso lo escuchaba multiplicado en su cabeza, golpeando en eco contra su cuero cabelludo. Al final, al sentir cada vez la presencia más cerca, sus muelas chirrean de frustración.

Se detuvo frente a una puerta descuidada que llevaba a su habitación. Estaba entreabierta para pasar el aire frío de la noche y que este ayudara a regular su temperatura. Resignado a recibir la visita, Kardia gruñó y echó una mirada enojada hacía la rendija. No podía ser capaz de verlo al principio, pero poco a poco, tratando de enfocar los ojos, halló la silueta de virgo frente a él.

¿Cuánto había pasado? Se habían visto contadas veces alrededor de esos dos meses, aunque buscaba encarecidamente no quedarse demasiado tiempo a solas con él. Asmita era un baúl de secretos y él, él no podía darse el lujo de sumergirse y pensar que quizás vivir un poco más para entenderlo fuera aceptable.

Cerró sus ojos y escuchó de nuevo las pisadas resonar en su cabeza, con cada pasó que Asmita daba.

—Quítate la maldita armadura… —Reprochó, entre el malestar y la frustración de hallarse tan vulnerable. Volteó hacía un lado, para a su vez hacerle entender que no estaba para visitas, no en ese momento. Mucho menos de él.

Para su sorpresa, Asmita obedeció lo que le había pedido. Se quitó la armadura. Toda la pieza d oro se ensambló a un lado y ante la ineludible perspectiva, Kardia abrió los ojos tanto como le fue posible. Peor no volteó. No quiso voltear. Si veía a Asmita tal como estaba, seguramente se olvidaría de que era el más cercano de dios, uno de sus compañeros, una de sus presas inalcanzables.

Lo era… Asmita rompió aquello al acercarse y posar su palma sobre su frente. Atizó su suave calor sobre la mandíbula, deslizó hasta encontrar su hombro y no se detuvo hasta hallar el calor de su pecho. Lo buscaba… lo necesitaba.

—De nuevo te vi mientras meditaba. —Le murmuró—. ¿Qué hacías allí?

Esa siempre había sido la pregunta. De esa forma siempre había funcionado. Kardia invadía su espacio, buscaba ser observado, se esforzaba por obtener su atención por una decima de segundo. Seguía su cosmos, perseguía el enlace de su alma cada vez que se fugaba. Estaba conectado de alguna manera que no iba a poder comprender en ese momento. Se restregó contra la almohada temblando, ya no sabía si de calor o frío. Sentía solo la presencia de Asmita tras su espalda.

—¿Quieres que te diga algo? No he dejado de verte.

—Yo voy a morir. —«Y no quiero que nadie lloré por mi»

—Yo también. Ambos moriremos.

Kardia giró su rostro, con mechones de su cabello pegados en la frente por la humedad de su piel. Observó en la oscuridad el rostro de Asmita, la tranquilidad y la determinación con la que decía cada palabra. Ciertamente morirían. De esa guerra ninguno de los dos iba a sobrevivir, y estaba seguro que ni él, ni Asmita, buscarían detener ese destino. Ambos estaban preparándose para extinguirse.

Le sujetó de la muñeca y lo empujó hasta obligar a Asmita a acostarse con él en la incómoda cama de piedra. El cabello dorado se desparramó sobre su cuerpo antes de alzar su peso y acorralarlo contra la fría superficie. Asmita no hizo nada para defenderse, solo avaló cada movimiento con una sonrisa confiada.

—Qué. Haces. Aquí.

El siguiente movimiento de Asmita respondió su pregunta.

Vino a quemarse.

X
Una noche solo lo sintió arder con su cosmos más fuerte que nunca. Miró al cielo del atardecer, cubierto en rojas proporciones, mientras el cosmos fluyó. Se alzó al infinito, huyendo del dolor como muchas veces, a partir de aquella noche, ambos lo habían hecho. Buscándose y encontrándose.

Esa tarde no hubo despedidas.

Él lo buscó y lo encontró en completa soledad.

Asmita nunca le dijo que esa sería la última vez. Y el siempre sintió ese deseo de al menos decirle adiós. Pero ante la ausencia de la oportunidad y de tumba, no le quedó más que el consuelo de saber que Asmita había dejado una huella en la vida de todos y de la guerra. Una que él esperaba imitar.

Pero esa marca se fue olvidando… Por ello lo hizo. Desde siempre, o más bien, desde que ocurrió, no había podido mitigar la ansiedad de tener ese objeto en sus manos.

Lo necesitaba. Sin permiso, a sabiendas de que ya no había patriarca que lo regañara, y Degel estaba muy ocupado en otros asuntos como para ir a detenerlo, entró a ese lugar a buscarlo.

Traspasó los límites.

Estar en Star Hill no le llenó de ningún sentimiento de culpa. Memoró muchas cosas mientras pisaba el suelo santo, escenas que debía ser un pecado recordar en ese lugar. Sus palabras en aquellas noches calientes, el brillo de su piel sudada cuando presionaba con su uña la zona enrojecida por las caricias. Su vida, revuelta en preguntas que nunca quiso ni pensó en responder.

Abrió la puerta y miró todo su alrededor. Tragó grueso y arrugó la nariz al sentir ese ligero pesar en su pecho, cosquillando con el polvo, ahogándole cada intento de respirar con tranquilidad. No había nada allí que pudiera darle indicio de donde encontrar lo que buscaba, pero pronto, como si hubiera sido un presentimiento, sus ojos giraron hasta allí. También sintió ese cosmos llevarlo a ese punto. Como si lo llamara, aún si no estaba allí.

Seguía buscándolo. Era sangre, después de todo.

Kardia encontró entre la mesa y los libros un cofre peculiar. Lo abrió y estudió su contenido. Justamente allí se encontraba y la resonancia que creaba contra su propia sangre y no a su armadura, le hizo sentir que precisamente él quería que estuviera allí.

El rosario de las 108 cuencas permanecía oculto y guardado. La desesperación que había en el objeto «¿eso era posible?» le fue transmitida a sus venas y sentida directamente en latidos dentro de su corazón.

Aún se sentía caliente su sangre.

Apretó cada cuenca entre sus dedos y trató de recordar la textura de los cabellos largos cuando eran jalados por él todas las veces que lo tomó. Que decidieron encenderse hasta que el calor dejara de ser una amenaza y el dolor  fuera una promesa de placer.

—No deberías estar aquí. —Decidió y sintió un enorme malestar al pensar que todos habían olvidado el sacrificio que significó la creación de ese objeto que ahora brillaba con luz propia.

Kardia había escogido un mejor lugar, un lugar digno para ese sacrificio, para ese calor y esa sangre que seguía quemándolo.

Lo llevó hasta el templo de Virgo, donde aún estaba el sake que Hasgard había dejado en ofrenda. Lo colocó entre sus manos y miró el lugar como si esa fuera la última vez.

Fue su adiós.

FIN

2 thoughts on “Rastro de Fuego (Pack de Viñeta) Kardia x Asmita

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