El perfecto (Cap 11)

Temas: Medieval, Histórico, Universo Alterno, Drama.
Personajes: Defteros, Asmita, Aspros, Degel, Manigoldo, Cid
Beta: Karin San
Resumen: En medio de la primera cruzada de la inquisición, Defteros encuentra a un cátaro que ha escapado de la persecución. Junto a su hermano deciden protegerlo.

XI

«Una bolsa con 20 monedas de oro dejé en la mesa del caballero que nos permitió resguardarnos en el establo. Suficiente para demostrar mi gratitud. Con impaciencia, nos dirigimos al sur buscando encontrar calma a la ola de violencia que se había desatado con la cruzada»

Aspros miró de nuevo hacia atrás, sintiéndose observado. Entre las carpas asentadas en el lugar, podía notar la mirada desconfiada de aquellos que habían tomado ese sitio como su hogar y los veían como forastero. No se trataba de un hecho extraño, por eso, no quiso esperar más. Apenas la lluvia dejó de caer, alistó la carreta y decidió que era hora de regresar.

Mantener a las cabras pequeñas quietas en la carreta había sido todo un desafío. Asmita prácticamente se dispuso a tenerla entre sus piernas, hablándole en voz muy baja para tratar de calmar la intranquilidad de los animalitos cuando fueron separados de su familia y del suelo. El constante movimiento de la carreta tampoco colaboraba, pero poco a poco fue cediendo el pánico.

Dejando de lado el tema de aquella gente en el asentamiento, Aspros podía ver en Asmita una actitud de servicio sin igual, incluso que con los animales. Las caricias suaves y el cuidado que les daba se ganaban la confianza de ellos, lo había visto con los caballos, ahora era evidente en las crías. Suspiró hondo, aún no muy convencido de haber comprado las cabras para llevárselas, pero la actitud serena del cátaro era un buen añadido a la expedición.

Echó un nuevo vistazo hacia atrás en el camino y notó un grupo de caballos acercándose a toda velocidad. Por alguna razón, la sensación de desconfianza permanecía en su estómago y la podía percibir incrementando conforme las sombras que se veían al inicio del camino aumentaban su tamaño.

—Defteros, acelera. —Fue una orden, casi sin lugar aréplicaa. Asmita subió su rostro interrogándolo y Defteros apenas volteó con el ceño fruncido.

Para Defteros no hizo falta que se repitiera la orden. La mirada de su hermano, afilada, era indicio de que había una razón para ello. Agitó las riendas y con voz de mando increpó a los caballos para acelerar la marcha.

—¿Qué pasa? —preguntó Asmita al notar el incremento de la velocidad. Apretó un poco más a las cabras y sintió el golpe a su cadera contra la madera en uno de los saltos—. Aspros, ¿qué…?

—Tranquilo… —Conforme se iban acercando, Aspros adivinó las intenciones. Las capas andrajosas que se movían con el viento y la cabalgata les daban un aspecto peligroso a los jinetes que venían acercándose.

Aspros chasqueó la lengua y contuvo una maldición. Por eso no quiso quedarse por más tiempo, habían llamado la atención de aquellos que veían una oportunidad sencilla de adquirir recursos. Contó desde el lugar a ocho jinetes y movió su brazo hacía los sacos de granos que habían comprado dos pueblos atrás para sacar la espada que tenía envuelta en un saco.

—Aspros, ¿qué pasa?

—¡Acelera Defteros!

El sonido de las riendas y el relinchar de los caballos agudizó. Junto a ello, el ruido de la cabalgada que venía tras ellos comenzó a expandirse y formar un presagio de violencia. Asmita apretó los animales contra él y comenzó a respirar con dificultad al entender lo que sus sentidos entendían del exterior. Apretó sus párpados y comenzó a rezar.

Aspros, sin embargo, estaba atento a cada movimiento de lo que era una cuerda de delincuentes de camino. Seguramente se dedicaban a ver qué tipo de viajeros pasaban por el asentamiento para decidir si era una buena víctima. En ellos, evidentemente, habían encontrado un interesante blanco. Debió haber llamado la atención la manera en la que los trató el dueño de aquella parcela.

Como fuera, no podía permitirse que les hiciera daño ni a su hermano ni a Asmita. Se puso de pie y mantuvo el equilibrio en la carreta en movimiento. Esperó a que los delincuentes terminaran de acercarse a todo galope para empezar a atacar. No había sido en vano ser educado como caballero.

—¡No te detengas Defteros, acelera!

Cuando las carcajadas y los gritos de otros hombres invadieron el panorama, junto al golpe de los cascos de los caballos. Asmita se escondió más dentro de la carreta, casi recostándose contra la madera. Luego siguieron los sonidos de una espada al ser desenvainada y el choque de los metales, con los bufidos de Aspros y la orden de Defteros pidiéndoles a sus animales aumentar la velocidad.

Pero eran demasiados, y del lado derecho de la colina que se alzaba al lado del camino, bajaron dos hombres más a caballo.

—¡Maldición! ¡Defteros!

La carreta comenzó a moverse serpenteando en el camino aún enlodado al mismo tiempo que los caballos buscaban empujarla. Asmita se sostuvo con fuerza cuando uno de los bandidos pateó contra la madera buscando que perdieran el control. Y al final, la presión ejercida por ellos tanto a los caballos que la arreaban como a la madera, lograron el cometido.

El animal relinchó y una de las cuerdas fue cortadas por los atacantes. Aspros perdió el equilibrio y cayó sentado contra la madera, unos momentos antes que esta se volcara. Las cabritas se soltaron del agarre de Asmita y balaron antes de que la madera se diera vuelta y los caballos arrastraran el medio de transporte fuera de la ruta.

Asmita sacudió su cabeza atolondrado con la caída. Con sus dedos atrapó un cumulo de Lodo mientras se arrastraba sin saber exactamente a donde se movía. Escuchaba ruidos de espadas y efectivamente, los dos se habían lanzando a defenderse de aquellos que buscaban saquearles sus pertenencias.

Aspros ya había derribado a dos, pero otros tres lo tenían casi acorralado contra el tronco de un enorme sauce. Miró de reojo a Asmita aún en el lodo del camino, cerca de la carreta volcada y a Defteros que era levantado por dos más después de haber caído del caballo.

—20 monedas de oro, es mucho para solo un viajero, ¿no crees? —entre ellos compartieron risas mientras Aspros lo miraba con la mirada enfilada. Calculaba los espacios vacíos entre ellos, el tamaño de cada uno y la mejor manera de atacar—. Si no quieres que lastimemos a tu hermano, es mejor que nos des todo lo que llevas.

Por un momento vio la cara de espanto de Asmita, con sus ojos ciegos puestos a ningún lugar. Aparentemente, los demás sabían que por su ceguera no iba a ser ningún impedimento, por ello habían tomado a su hermano. Al girar su mirada hacía el otro lado, pudo ver a Defteros agarrado entre dos, con su rostro lleno de lodo luego de la caída. Su hermano le compartió una mirada encendida.

—Esto es todo lo que tengo. —Aspros soltó la espada a un lado—. Llévense lo que quieran… —Dedicó otra mirada a su hermano. Defteros la regresó afilándola aún más.

—Así me gusta.

Lo siguiente, Aspros no lo había tenido previsto. Asmita se había levantado y había arrojado lodo a quien le estaba hablando, llamando su atención. Inevitablemente, su pulso se aceleró al notar la expresión del hombre al quitarse los rastros de fango de la cara y la mirada que le dedicó.

—¡Maldita perra! —bramó.

—¡Corre Asmita!

Sin esperar nada, se abalanzó encima al hombre antes de que fuera tras el cátaro. Asmita al escuchar el mandato, no hizo más que obedecer. Comenzó a correr hacia la dirección contraria. Aspros al verlo y notar que uno de ellos fue tras él para atraparlo, actuó por instinto. Notó que su hermano casi como si hubiera sido poseído por algún ente sé había librado de ambos empujándolos contra la madera de la carreta caída antes de tomar el mástil destrozado y golpearlos con él.

Para ambos era imperativo librarse de todos ellos y correr hacía donde Asmita se encontraba porque sabían, que era una presa fácil para aquellos depredadores.

Asmita, entre tanto, no dejó de correr con las manos al frente en busca de cualquier obstáculo para evitar una caída. Sentía los pasos acelerados de otro tras él, y la misma desesperación impulsó sus pasos aún sobre el lodo con su sandalia rota. Pero no pudo ser lo suficientemente rápido. El hombre se abalanzó encima y lo atrapó, aplastándolo con su peso en el camino.

—¡Suéltame! —gritó y buscó zafarse de su agarre. El bandido al escuchar el tono de su voz lo vio fijo y notó que tampoco tenía pechos.

—¿Eres un hombre? ¡Eres un hombre vestido de mujer!

Ante la afirmación, Asmita no buscó otra opción más que intentar arrastrarse para alejarse de esas manos, pero le tomó de los tobillos y lo jaló aún más.

—Vaya, vaya, un endeble ciego. ¿Por cuánto podrías ser vendido a los piratas? Seguro me darán unas buenas monedas de plata.

Fue presa del miedo cuando sintió la mirada, cuando leyó en sus sentidos el futuro que le estaba mostrando. Apretó sus manos contra el fango, y buscó en qué sostenerse.

Aspros, luego de derribar al último que le cortaba el pasó miró a su hermano aún con otro enfrentando pelea. Notó de inmediato al resto de los bandidos desmayados o muertos, según fuera el caso, después de enfrentarse a los dos. Defteros peleaba a puños y aprovechaba su peso para tomar ventaja. Aspros si tenía técnica y conocimientos de batalla bastante claros.

Pero no podría detenerse a visualizar lo que habían dejado. Prácticamente Aspros al darse cuenta que no había a nadie más que derribar, agarró uno de los caballos y lo montó, con la firme convicción de llegar hasta Asmita y matar a quien se haya atrevido a lastimarlo.

Solo  intercaló una mirada con su hermano para hacerle saber su decisión y sin más, cabalgó en la dirección que Asmita había corrido. Apenas retomó el camino, los divisó tirados entre el lodo. La furia se acrecentó en su estómago y amenazó con despedazar al hombre con sus propios puños de ser necesario. Pero al acercarse, notó algo diferente. Lejos a lo que había imaginado, era Asmita quien estaba sobre el cuerpo del hombre.

Lo zarandeaba por sus hombros con angustia, pero no lo escuchó hablar. Cuando Aspros bajó del caballo pudo notar la herida que había partido su cabeza y a su lado la piedra llena de sangre. La mano de Asmita y parte de la manga también lo estaba.

—Asmita…

El cátaro se detuvo, con las manos temblando.

El hombre estaba muerto.

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