El perfecto (Cap 12)

Temas: Medieval, Histórico, Universo Alterno, Drama.
Personajes: Defteros, Asmita, Aspros, Degel, Manigoldo, Cid
Beta: Karin San
Resumen: En medio de la primera cruzada de la inquisición, Defteros encuentra a un cátaro que ha escapado de la persecución. Junto a su hermano deciden protegerlo.

XII

«Nos dirigimos a tierras alta. Después de lo ocurrido, no quisimos dar espacio a nada y decidimos movernos a toda velocidad, esta vez fuera del camino. Nuestra carreta sufrió un daño considerable por la persecución y hemos tenido que cambiar nuestros planes.

Las cabras que compramos permanecen en manos del cátaro, que los cuida con paciencia. Creo que al final no podremos matarlas.

Me preocupa su silencio»

Detuvieron su viaje cerca de unas rutas subterráneas que atravesaban algunas de las montañas. La lluvia que había persistido ya por tres días de forma tenue los tenía empapados, a punto de congelarse, conforme el otoño daba paso al invierno. Aspros esperaba llegar a las montañas o a un pueblo, lo primero que se topara en su camino, para descansar.

Afortunadamente, la cueva que encontraron se hallaba en buenas condiciones y no tan húmedas. Defteros fue el primero en penetrar en ella, para cerciorarse de que no hubiese animales que hubieran buscado abrigo tal como ellos. Aspros aguardó afuera, con Asmita en su caballo abrazando a las cabras y dándole de su calor.

Su hermano finalmente emergió de la oscuridad y les indicó que se acercaran. Movieron la carreta hasta internarla en la cueva y los caballos siguieron a regañadientes la ruta. Ahora tenían un caballo más, que tomaron de los bandidos que los atacaron.

El silencio gobernó cada paso, al igual que su viaje.

Para cuando Aspros llegó, ya Asmita había matado en su defensa al hombre que fue a perseguirlo. La piedra lo golpeó en la cabeza y murió al instante. El rastro de sangre que quedó en la manga y manos del cátaro, no se iba  borrar con solo agua. Ambos hermanos lo sabían. Para un hombre que había creído durante toda su vida en defender el derecho de vida de incluso los animales, tener la sangre de otro humano en sus manos debía ser un peso tiránico.

No existían las palabras, y sabían que en su reflexión, Asmita tampoco las encontraba. Decir que no había sido su culpa iba a ser en vano, y aclarar que se lo merecían no iba a aliviar ni justificar la acción. Por como lo vieran, Asmita no obtendría un consuelo. No había nada que ellos pudieran hacer para aliviar su propia sensación de culpa.

Defteros, al verlo llegar con su hermano, pensó en eso mismo sintiéndose tal como en el momento en que ocurrió. Como si las manos de Asmita aún estuvieran manchadas de sangre y el rostro hubiera dejado de mostrar expresión. Deseó abrazarlo.

Contuvo el impulso mientras esperó que su hermano lo ayudara a bajar del caballo. Al tocar suelo, le permitió espacio para que Asmita caminara con los animales temblando de frío. El cátaro los dejó en el suelo y escuchó a sus pequeñas mascotas balar asustadas, seguramente por la oscuridad. Encontrar leña seca para hacer una fogata iba a ser una odisea, pero tenían que buscar el modo de pasar la noche.

No encontraron otra forma más que dormir todos juntos encima de la carreta, apretados y con las ropas húmedas mientras temblaban de frío. Allí pasaron un día más.

Para esa nueva noche, habían encontrado madera y piedras para formar una fogata pequeña, suficiente para hacerlos entrar en calor. Los hermanos observaron a Asmita distraído con las cabras que aprovechando la luz del fuego se sentían en confianza para saltar. Eso era bueno, al menos parecía entretenido con ello. Aunque, ambos callaban cuando lo veían meditando u orando, ya no estaban seguro del porqué.

—¿Qué vamos a hacer? —Aspros miró de reojo a su hermano, con su rostro cubierto de sombras y luz a causa de las llamas. La pregunta de Defteros era válida, los días pasaban y las palabras intercambiadas con Asmita eran contadas con los dedos.

El rostro reflexivo del mayor se dirigió hacia Asmita. Este mantenía sus manos en el regazo con posición derecha y ausente de todo. Las cabritas se dirigieron a otro punto de la cueva, sin alejarse de la luz.

—Yo no sé qué hacer. —Completó con gesto apesumbrado. Aspros volvió hacia atrás su mirada, y su hermano replegó la mirada hacia el fuego—. No he querido ir y… hacer. Eso.

—¿Molestarlo, agarrarlo, intentar llamar su atención? —La mirada de Defteros al sentirse descrito se suavizó un poco. Aspros respondió con una sonrisa cómplice pero enserió su semblante al volver la vista hacia Asmita.

—No creo que funcione.

Aspros encogió sus hombros y lanzó una pequeña rama a la fogata.

—No debe de ser fácil para él, pero me preocupa que no hable. Intentaré acercarme ahora y medir el terreno. ¿Más tranquilo?

Defteros confiaba plenamente en él. Aspros siempre tenía los modos y las palabras para enfrentar situaciones como esas, donde sentía que Asmita había quedado en algún lugar muy oculto, lejos de su vista. Que el catarismo se había posesionado de él por completo, llenándolo de culpa y de vergüenza, a tal punto de dejar de comer bien.

Con el viento soplando y susurrando entre las rocas, Aspros se acercó a Asmita en cuanto lo vio disponible. Las cabras se habían acomodado al lado de una piedra que las resguardaba de la brisa y ya casi era momento de apagar la fogata para dormir sobre la carreta. Al otro día seguirían el camino, y esperaba que ya estuvieran cerca de un pueblo. Aspros veía vital conseguir un terreno donde empezar a construir.

Dobló sus piernas a un lado del cátaro y plegó su espalda contra las piedras. El viento se mecía y susurraba entre el escondite, a veces parecía silbar. Cerró sus ojos por un momento para tratar de captar el mundo tal como Asmita lo sentía, escuchar los sonidos y hallar información, sentir la tierra entre sus pies y encontrar en ello alguna verdad sobre su actual morada. Escuchó más que el viento, logró incluso oírse a sí mismo. Sus latidos, su respiración, la respiración de Asmita y el crepitar del fuego. Las ramas a lo lejos moviéndose, incluso los movimientos de las rocas, allá, escondidos en algún punto de la cueva.

Fue un momento extraño, pero mantuvo sus ojos cerrados más tiempo del que había pensado y comprendió un poco más lo que debía sentirse estar sin luz. Abstraído, movió sus hombros y tropezó con el hombro del cátaro, a su lado. Luego de sonreírse, buscó su mano para hacerle partícipe de la sensación que el mismo sentía.

—Te siento muy en paz. —Contra todo pronóstico, Asmita le había sujetado la mano que buscaba. Aspros se sintió más en confianza de continuar.

—He cerrado los ojos. —Guardó silencio por un par de segundos, preparando el terreno—. ¿Tú estás en paz?

—Eso busco.

La respuesta había sido suficiente. Aún con sus párpados cerrados, Aspros frunció el ceño y apretó la mano que lo tomaba, en un acto de apoyo silencioso. No había palabras para poderlo ayudar.

Decidió otro momento de reflexión mientras se detenía a sentir con sus yemas la mano de Asmita. La suavidad de su piel desacostumbrada al trabajo y a su vez la resequedad, los dedos delgados, los nudillos predominantes, sus uñas cortas, cada detalle que hacía de esa mano una distinta a la que estaba acostumbrado a tomar.

Mientras lo tocaba, vino otra pregunta. Junto a ella, la necesidad de pensar si era necesario liberar a Asmita a su mundo, a una congregación de otros como él que servían a un Dios.  Un momento que después, él mismo catalogaría como debilidad.

—¿Has hablado con tu Dios de lo ocurrido?

Aunque tenía los ojos cerrados, podía jurar que Asmita sonrió ante su pregunta. Luego, se interrogó a sí mismo de como podía estar tan seguro de ello.

—No. Pero ya estoy en paz con respecto a ello.

—¿Por qué no hablarlo con él y… preguntarle? —Aspros no se sentía muy cómodo de lo que estaba hablando, cuando mencionaba a un ser del que no creía más que las historias de cacerías y muerte en su nombre.

—Porque no contestará.

Como si un rayo de luz golpeara a su mente, Aspros abrió los ojos antes esa revelación. Si bien, no era que creía que ese Dios existiera o hablase, imaginaba que para Asmita seguirlo tan fervientemente debía escuchar algo. Es decir: «algo», producto de lo que fuera, al que llamaría Dios y al que buscaría cuando se sintiera atribulado.

¿Ese algo Asmita no lo tenía?

La pregunta estaba implícita en su mirada y el cátaro la comprendió, había sonreído de nuevo y con sus manos comenzó a limpiar la túnica llena de tierra.

—No lo escuchó, no sé cómo es. No he tenido una experiencia espiritual como los hermanos con quienes iba. Muchos dijeron que al final, ocurría por ser hijo del pecado. Por eso estaba condenado a la oscuridad desde que nací.

Aspros lo miró francamente turbado. Sus ojos gritaban una gran cantidad de cosas, palabras que no se atrevía a decir porque sabía que entraría en un terreno peligroso con Asmita y su creencia. ¿Pero cómo podían haber sido tan crueles con él? ¿Y cómo Asmita podía aún creer en ellos pese a eso? Con el pensamiento atenazando a sus sienes, lo vio levantarse de la tierra y sacudir su cabello hacía la espalda, con total calma. Sin ninguna muestra de dolor o rencor.

Desvió por un segundo su mirada a su hermano. Recordó los comentarios de los que decían que había sido maldito por el color de su piel. Él aún guardaba rencor, el mismo que lo había arrojado a protegerlo de lo que sea y lo había empujado a tenerlo solo para él.

—A eso le llamamos fe, Aspros. —La voz del cátaro se vertió como una culebrilla en su oído, erizandole la piel. Volvió sus ojos hacía él quien claramente le explicaba el porqué de sus acciones—. Y tenemos fe, por amor.

—¿Cómo puedes amar lo que no conoces…?

La pregunta quedó en el aire.

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