Manipulador (Hypnos x Alone)

En la jaula donde Alone está confinado, recibe una visita.

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Temas:  Canon
Personajes: Hypnos, Alone
Resumen: En la jaula donde Alone está confinado, recibe una visita.
Dedicatoria: Para Shruikan, que dijo cosas lindas de mis raros drabbles, que tiene un Thanatos que me encanta y le regalo mi Hypnos para su uso personal ♥
Comentarios adicionales: Árbol Navideño. Es un coso raro que nació mientras pensaba en una idea para drabble. Como acabó el duelo lo escribí hasta hacerlo oneshot. Lo que pasa al final es una retorcida teoría canvartiana que se me ocurrió al escribir xD

Manipulador

—No quiero dibujar más…

Eso dijo. Hypnos le miró desde afuera de la jaula, observando el cuerpo caer de nuevo ante la fragilidad de su mortalidad. Empezaba a cansarse, pero sabía que solo el tiempo podría hacer el trabajo. Solo el tiempo y la paciencia. Allí encerrado, el cuerpo tendría que morir y dar paso a la majestuosidad del cosmos del Hades.

Mientras tanto, él era quien debía velar mientras el sueño acababa, mientras el niño sufría y el destino se concretaba. Era simplemente un testigo en el gran juego, un jugador del ajedrez del mundo. Sus motivos solo eran conocidos por él y por su hermano.

Su hermano… gruñó por dentro al recordar el destino que su imprudencia había encontrado. Quizás unos siglos metido en esa caja lo haría reflexionar. Después de todo, era la segunda vez que se dejaba atrapar por humanos.

—Yo… yo no puedo seguir.

—Aún no, Señor, aún hay almas que salvar.

Vertió su mano por la rejilla que la jaula de acero creaba a su alrededor. Alone titubeó al sentir la presencia de esa mano y se arrimó a ese consuelo, buscándolo con imperiosa necesidad. Allí, en el lugar idílico donde se mantenía confinado, había extrañado el abrazo y el roce de una mano que limpiara sus lágrimas, su sufrimiento, el cargo que había decidido llevar con su vida.

—Todas estas almas duermen y descansan ahora.

—En mi seno, en el mundo que yo protejo. —Los dedos jugaron con sus cabellos negros. Observó los labios abrirse con angustia, temblar ante las silabas que no se atrevía a pulsar. Hypnos destinó una mirada  a aquello y a los ángeles que lo acompañaban, puso los ojos fijos en el punto central, aún vacío, de la pintura. —Descansan y han sido salvados del hambre y del dolor.

Alone se arrastró hasta las barras de acero y sacó sus manos para envolver el cuerpo del dios y estrecharlo. Pegó su mejilla contra el metal y el dios, observándolo con suavidad, y dejó sus dedos esparcir caricias sobre su cabello.

Quizás, tan solo quizás, seguía dejándose llevar por la piedad que le nacía ante los humanos. Tal vez, tan solo tal vez, era un poco culpable del encierro de su hermano, de manos de uno de los que debió matar dos siglos atrás. Hacerse consciente de esa verdad aunque el mismo quisiera obviarla, le hizo recibir ese abrazo como también, un signo de consuelo inadmisible.

—Siento dolor en ti. —Dijo Alone, con la voz suave y melodiosa mientras sus dedos se anclaban a la espalda baja del dios—. Siento pesar, aunque me lo ocultes… ¿es tu hermano quien ha perecido?

—Los dioses son morimos. —Se adelantó a sus palabras—. Mi hermano tendrá tiempo de pensar en sus acciones y las consecuencias.

—¿Y tú? —Alone deslizó sus dedos por las barras, alzándose para quedar al nivel del Dios. Su túnica se movía sinuosa en el ambiente inicuo de una realidad alterna a la humana—. ¿Pensaras en lo que pudiste hacer para salvarlo de ese castigo? ¿O lo dejarás abandonado, como ocurrió en la era del mito?

¿Quién era el manipulador?

Hypnos trabó su mandíbula mientras observaba la oscuridad de los ojos del cuerpo que su señor había tomado de recipiente. Del alma que ahora subyugada por Hades, sacaba todo el rastro de maldad que el joven se negaba a admitir. Sin embargo, esa pregunta se hizo persistente, casi un goteo continuo que azoró los pensamientos del dios durante el minuto que se quedó en silencio, recibiendo la caricia.

Las manos blancas jugaron con sus cabellos dorados y los dedos frágiles luego dibujaron su mandíbula. Los pulgares presionaron contra sus labios y el rostro se acercó, casi como si pudiera besarle, sino fuera por los límites de la jaula divina.

—Sácame Hypnos… —Fue un susurro etéreo, casi encantador. El cabello negro se vertía en la nada, subiendo en serpenteantes ondulaciones en el vacío de gravedad.

El dios le tomó una de sus manos para separarla de su rostro. Miró con avidez sus dedos y se inclinó para besar de nuevo sus nudillos. Los dedos libres siguieron las líneas de sus pómulos, en caricias frágiles y poderosas.

—No es el momento, Señor. Su alma humana aún estorba.

Soltó la mano, y se alejó de las barras que lo mantenían confinado. Alone abrió mucho sus ojos. Las perlas negras se mostraron iracundas en tan solo un minuto, víctima del rechazo. Entonces el cosmos rugió, la energía vital de su alma conmovió las bases y alejó los ángeles que se formaban a su alrededor, rugiendo en un canto con ecos entre el vacío. Los ángeles entonces lloraron y el cuello que antes se había tensado de Alone, volvió a tomar la forma clara y límpida. Sus facciones dejaron de endurecerse y su alma soltó la ira en un suspiro resignado.

—Hypnos…

—Es mi fidelidad a usted la que me hace actuar de este modo.

—Estoy encerrado ya en Eliseos, ¿ahora debo estar encerrado aquí en la tierra?

—Solo por una ínfima fracción de tiempo. Hasta que usted domine por completo ese cuerpo. Y cuando eso ocurra, venceremos a Atenas.

«Y liberaremos a mi hermano»

El pensamiento vino tan rápido que no pudo detenerlo. Y la naturaleza de él lo hizo replegarse lejos del poder que los ojos negros podían tener sobre él. Entonces Alone, desde su jaula, encerrado cuan gorrión, ladeó una sonrisa de compasión. La lastima le irritó… su fragilidad la odió.

—Hypnos…

El dios desapareció. No quiso estar un segundo más ante los ojos que parecían tener hilos invisibles en las almas que lo veían. La pregunta se hizo contundente y agresiva.

En la soledad. Alone miró el desfile de las almas hechas ángeles. Cada una de ellas, ahora cantando una melodía espiritual, que daban consuelo al sufrimiento de la tierra. Entonces, se deslizó al fondo de su celda y extendió las manos. Los ángeles, bellas ninfas vestidas con plumajes, le hicieron llegar la figura de un hombre, clérigo, con la señal de la estrella en la frente. Un mechón de cabello plateado estaba atado a él y la figura dormía.

—Los dioses no mueren… —Acarició la cabeza con la mirada sumida en algún letargo. Tomó con sus manos el rostro para alzarlo y así destinar el beso que no había podido dar en los labios del dios del sueño—. Por eso, al dibujarte, no podías morir…

Recordaba la visita del dios de la muerte. El beso que éste sí le dio, y con el cual, apretando contra su cabeza plateada, arrancó en la ferocidad del agarre el mechón que le había condenado.

—Pero he aprendido a sellarlos.

Soltó la imagen y detrás de él, tomada de mano, venía Hypnos con la misma expresión dormida. Los pequeños hilos dorados que quedaron entre sus dedos, los recolectó hasta dejarlo sobre la imagen del menor de los heraldos que protegían a Hades.

—Tú también necesitas pensar algunos siglos.

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