Caótico Karma (Saga x Shaka)

El enemigo había decidido renacer y quedarse cerca, para ganarse su confianza y esperar en silencio

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Temas:  Canon, angst
Personajes: Saga, Shaka
Resumen: El enemigo había decidido renacer y quedarse cerca, para ganarse su confianza y esperar en silencio
Dedicatoria: Para el club Santísimo Pecado, que a pesar del tiempo aún es un lugar para reunirnos y tratar los gustos de diferentes parejas del Géminis x Virgo.
Beta: 
Karin San
Comentarios adicionales: Siempre me ha gustado el peso Karmico de la pareja. Esta idea la tenía desde hace meses, pero apenas ayer pude escribirla.

Caótico Karma

—Shaka de Virgo, a sus servicios, Su Santidad.

Así inició todo. En aquella noche de estrellas, en medio de los vientos errantes del otoño, Saga observó desde su lugar privilegiado la entrada del santo de la sexta casa, tal como la había pedido.

La presencia de Shaka invadió la estancia rodeada por un cálido halo dorado que se mezclaba con la luz de los candelabros. Observó con impaciencia cada paso ejecutado sobre la alfombra carmesí, demoró sus ojos en el movimiento oscilante tanto de sus cabellos como de su capa al acercarse. Volvió su mirada hacía el rostro reflexivo y carente de emoción que mostraba frente a él y escrutó por última vez la belleza que tenía, junto al poder que resguardaba.

Última vez. En esta ocasión, sería la víctima de una ejecución que debía realizar antes de que el pecado se consumase. Así como había arrancado la semilla de la traición con Aioros y manipulado la mente de Shura en su momento, había llegado la hora de destruir la pieza débil que había estado protegiendo aún si no tenía suficientes argumentos que avalasen esa decisión. Sin embargo, ahora había encontrado uno mayor que lo obligaba a eliminarlo.

Se levantó de su asiento, deslizando sus dedos sobre el oro que estaba en su mano derecha. La túnica acarició sus pies y el movimiento de las llamas llenó de ondas ambarinas la tela santa. Saga bajó los escalones que lo separaban del dorado, sin quitarle la mirada, vigilando cada gesto que hubiera en él.

Recordó lo que había estado estudiando con impaciencia días y noche. Lo que se había robado su sueño y obligado a meditar una y otra vez en lo recóndito de su alma. Buscaba el origen de la maldad palpitante en su pecho, de la oscuridad entretejida en su mente, y  en medio del laberinto que significaba su propia vasta existencia, encontró la señal en memorias añejas corrompidas por el tiempo. Voces e imágenes inconexas, frases inexactas y zumbidos aterradores. Era un enorme rompecabezas el que tuvo que rememorar, y al final, supo que solo en Star Hill encontraría la respuesta.

Revisó cada libro, cada escrito que el antiguo patriarca al que había asesinado, dejó durante el tiempo de su gobierno. Halló información inequívoca de cómo enfrentar a la guerra, de los espectros, de los acontecimientos que habían ocurrido dos siglos atrás. Pero como ese no era el eje central de su investigación, dejó aquellos conocimientos para otro momento y enfrascó a su mente en la búsqueda de quién había sido él y qué había sido eso que entre reflexiones, meditaciones y pesadillas tomaba forma de un demonio enjaulado en un lago de fuego.

Lo encontró.

El hallazgo despertó el temor que alguna vez había tenido a solo uno de los santos de la corte. La verdad golpeó fuerte y ruin para convencerle de cual cercano estaba de su caída, si le permitía vivir. Allí estaba, el enemigo había decidido renacer y quedarse cerca, para ganarse su confianza y esperar en silencio, tal como en esa noche dos siglos atrás, cubierto por los cortinajes divinos para que nadie notara su presencia.

Virgo. La sangre rodó frente a sus ojos cerrados, manchó sus manos, atestiguó la caída de su estrella y estaba cerca, de nuevo, seguramente esperando repetir la labor.

No iba a permitirlo. Caería antes.

El movimiento fue veloz. Un raudo avance de luz golpeó al santo con el cosmos y con su cuerpo, haciéndole caer sobre los pisos lustrados del palacio. El oro rechinó ante el choque con el mármol y el filo que tenía ya como objetivo a su garganta, fue detenido por la mano blanca antes de que llegara a su destino. La mirada de los ojos rojos se volvió violenta y asesina. El sadismo se atoró en su sangre borboteando dentro de cada poro. Rechinaron sus muelas al hacer presión y se desvivió en la imagen de esos cabellos de oro llenos de sangre cuando la vena fuera alcanzada, destajada y su sangre fuera vaciada de su cuerpo.

—¿No quieres morir virgo?

«Mañana amanecerán los cuerpos de Virgo y el patriarca asesinados por el traidor»

El pensamiento trastabilló sobre su cabeza, impidiéndole enfocar asertivamente la imagen ante sus ojos. Solo presionó más, empujó con más fuerza su brazo que empuñaba la sagrada arma mata dioses, esperando por fin el momento en que todo ante sus ojos se volviera rojo.

Esa arma debería funcionar, pensó. Esa arma era perfecta. Saga dentro de Saga estaba resignado a observar la muerte del menor, a sabiendas de que no podría resistirse a ella. Shaka no iba a ser asesinado por una técnica cualquiera. Shaka no iba a ser dominado tampoco mentalmente, esa era su especialidad. Shaka debía ser asesinado como un dios, con la daga mata dioses.

—¡Muere!

Gritó con su voz rasposa. Ordenó como si los átomos tuvieran que materializar su petición. Entre la negruzca bruma que nublaba su conciencia, era incapaz de ver que no había un solo centímetro conquistado. La daga seguía en su sitio, la mano la sostenía fuertemente, impidiéndole asestar.

Entonces le sorprendió el roce, la caricia que nació en el borde de su pómulo y se extendió hasta llegar a su oreja.

«¡Detente!»

Enfocó sus ojos, sus cuentas rojas y agrietadas por el sadismo, buscaron contemplar lo que estaba frente a él. Shaka seguía allí, con las cejas levemente  fruncidas, los labios apretados y gotas de sangre cayendo por su blanca mejilla. La mano que le tocaba era de él.

La máscara que cubría su rostro había caído, víctima del movimiento ofensivo con el que había arremetido contra Shaka. Su cabello negro caía sobre él, su rostro se contorsionó ante la pureza del toque que le acariciaba a modo de consuelo, cuando su otra mano luchaba por mantener a la daga lejos de su carne.

«Detente…»

Su estrella dolió.

La mano tembló, toda seguridad cimbró. Sus pensamientos cayeron junto a la fuerza de su brazo. Rumió dolor y masticó la sangre que saboreaba aún sin existir. Se sintió azotado por la culpa y supo, que las cadenas que habían estado apresándolo en segundo plano, también habían sido sacudidas por la simple caricia del perdón.

Los cabellos dorados si estaban manchados de rojos. Era el rojo de las gotas que caían de su mano ensangrentada. Pronto, también se llenaron de agua. La otra mejilla de Shaka, contrario a la manchada por el líquido carmesí, comenzó a bañarse en lágrimas salinas, hasta deslizarse al mármol.

Él lo había condenado.

Su alma lo había juzgado.

Fue parte de la ejecución de su estrella.

Fue quien contempló su último grito por regresar.

Fue él…

El arma quemó y sus dedos necesitaron empujarla. Pero su impulso fue a dar lejos del cuerpo de Shaka; había sido arrojada contra una de las columnas y el sonido del choque hizo eco por toda la estancia. Entonces, Saga se arrastró hacia atrás sosteniendo la mano que ardía, aún si no hubiera calor. La llevó a su pecho apresándola y su cuerpo se orilló a las sombras que no tocaban el fuego de los candelabros.

Se sintió temblar. La conmoción arreció con todos los ánimos, dejándolo tan desfallecido que incluso respirar dolía. Los recuerdos caían como una lluvia de meteoros en su mente, imágenes vividas y sensaciones apresadas en su alma, clamando por salir, pidiéndole germinar. Gimió asqueado ante la sensación de pérdida en su eje y se apretó contra sí, clamando por un punto hueco en su memoria.

Entonces de nuevo llegó. Se vertió como el agua dulce sobre la piedra, como el nacimiento de un riachuelo en praderas pobladas. Saga levantó un poco su mirada, para ver entre los mechones oscuros el brillo dorado de la armadura y sentir el roce cándido de la yema de sus dedos en los cabellos que nacían tras su oreja derecha. La caricia lo hizo sentir más perdido y a su vez, encontrado.

Las caricias.

Como si fueran añoradas en el hilo del tiempo, como si fueran revividas. Al cerrar sus ojos, sentía las mismas una y otra vez sobre su rostro. El mismo sopor, la misma seguridad, incluso el tacto de las cuencas que en sus manos sucias, jamás mostraron resistencias. El rosario sagrado jamás le quemó… ni siquiera cuando lo sostuvo la estrella más oscura.

Él.

—¿Así tratas a los que buscan matarte, Virgo? ¿Con tu perdón? —replicó con aspereza, encontrando en la entonación de su voz la debilidad que su cuerpo ya transmitía en su propia posición encorvada.

—Su Santidad, de haber querido matarme yo ya estaría muerto. —La mano resbaló hasta su barbilla, instándole a levantar la mirada. Halló los mismos párpados cerrados, pero una sonrisa que estaba seguro, se había quedado olvidada entre las capas de los siglos—. Usted solo buscaba respuestas y las ha encontrado.

Él siempre estuvo allí.

Virgo estaba atado a seguirlo.

Miró a Shaka, hallando que en su semblante la luz se transparentaba hasta quedar solo la parte más básica de él. Ni recuerdos, ni memorias, ni premoniciones a través de pesadillas, ni la presencia de seres que habían dejado de existir, aunque sus almas hubieran renacido. Solo ellos dos, encontrados nuevamente en una espiral que no sabía cuando inicio, ni si terminaría. Tampoco importándoles. Al menos no en ese instante.

En el caos que aún existía dentro de él, pujaba sólo una determinación. Sólo un sentir se obstinaba por salir, sin importar cuán acertado era, o de cuanto arriesgaba por ello. Sin importar si Shaka le daba nombre al traidor o lo descubría en las facciones de su rostro. Si acaso sería su fin. Obedeció a ese pedido.

Tomó el muslo izquierdo y lo apretó contra sus yemas. Su movimiento fue veloz. Un raudo avance de luz lo golpeó con sus labios, con su cosmos, con su alma, hasta robarle las silabas de su nombre y parafrasear un suspiro sordo. Le tomó la boca y le empujó la mano. Hizo sonar su espalda contra el piso lustrado. Lo besó con demoniaca necesidad. Y al ser correspondido, con la dulzura de la entrega que dejaba entredicha la admiración, su cuerpo se deshizo presa de sus manos.

Las respuestas siempre estuvo en esos brazos, y Saga se dispuso a encontrarlas. A delinearlas una a una hasta que la verdad quedara expuesta.

En el caótico karma que los apresaba, apretó hasta conseguir luz. Pero la espiral, por ser espiral, estaba condenada a repetirse.

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