Descompuestos (Kanon x Saga)

En la víspera de noche buena un par de cosas amanecieron descompuestas.

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Temas:  AU, Romántico
Personajes: Kanon, Saga
Resumen: En la víspera de noche buena un par de cosas amanecieron descompuestas. 
Dedicatoria: Especialmente para Scarlet quien me dijo que esta era una de sus prompt. Espero que te guste y te de una sonrisita para fin de año o inicio de año nuevo xD También para el club Galaxian Explosión que cumple su primer aniversario del foro. ¡Wii!
Comentarios adicionales: Árbol Navideño, Aniversario de club Galaxian Explosión, Secret Challenge de Taste of Sin y regalo para Scarlet XD (Dios, de todo un poco)

Descompuestos.

Esa mañana había amanecido con el frío metido en los huesos. Kanon estornudó tres veces antes de levantarse de la cama, y refunfuñó al verse totalmente solo en ella. En ese momento que necesitaba el calor de forma vital, gracias a su resfriado, Saga no estaba para pegársele atrás, contra el hombro y sentir la calidez de su presencia.

Así que se levantó de mal humor, con la ropa desordenada y los cabellos alborotados. Consiguió sus pantuflas acolchadas en medio de tropezones y se estiró antes de recibir otro ataque de estornudo. Cuando se vio al espejo, tenía la imagen digna de un enfermo terminal: piel pálida, rostro ojeroso, la nariz roja y su cabello peor que nido de pájaro.

—Ay carajo… —Protestó y trató de lavarse la cara. El proceso no pudo terminarlo porque el agua salió tan helada que soltó tres maldiciones en griego y cerró el grifo como quien cierra una puerta maldita.

Eso significaba una cosa y era la que venía temiendo: El calentador estaba descompuesto.

Eso no importaría mucho si estuviera en Grecia. Es más, en su casa en Tesalónica no existía ningún calentador. Pese a los fríos inviernos que se vivían, las temperaturas eran más humanas que las de ahora, en Canadá, luego de no poder regresar a su país para pasar la víspera con sus padres en su primer año de estudio. Canadá sí era un heladero, y si él poco se había acostumbrado a los mal llamados veranos canadiense, menos podría con el endiablado infierno helado del invierno.

Salió con largas zancadas del tocador y jaló la funda en donde se había enrollado toda la noche. El frío calaba, y el sentía un nuevo ataque nasal venir en cualquier momento. Se cubrió con las colchas encimas, apretándolas contra él y salió de la habitación para ver en donde estaba su hermano y hablarle de la importante prioridad de arreglar el calentador o irse a otro lado porque terminaría hecho paleta.

Lo bueno es que Saga  tenía destreza para arreglar cosas, que si bien no tenía la malicia para saber exactamente qué se dañó, si tenía el conocimiento para repararla. Era Kanon quien siempre le decía: ¿será el motor? ¿El ventilador el que no se mueve? Seguro hay un ratón dentro de allí.

Ah… recordó la cara de espanto de su hermano cuando al abrir el motor de la nevera habían hallado un ratón muerto. Kanon se rió por días de ello y pese a que habían pasado ya algunos meses, el recuerdo lo hizo sonreír taimada, con la sonrisa recortada. Eso antes de que le dirá otro ataque de estornudo.

—Ve a acostarte.

Kanon giró su rostro para encontrar a su hermano acuclillado frente al árbol navideño. Tuvo que levantar una ceja entre la sorpresa y la curiosidad, Saga había atado su cabello a lo alto de su cabeza y eso solo podía significar algo. Ya lo conocía.

—¿Qué estás haciendo? —Y volvió a toser. Saga volteó para incrépalo desde su lugar, con los lentes puestos que le añadía unos diez años de edad a sus recién cumplidos diecinueve.

Kanon, después del ataque de tos, se dio tiempo de observarlo y casi sonreírse en burla. ¿Qué otro demonio proyecto compulsivo había decidido empezar su hermano?

—Ve a acostarte. —Acotó Saga antes de volver su vista a la base del árbol, donde el trencito de juguete que habían comprado aún rodaba debajo de él. Recordaba perfectamente la «hazaña» que había sido para Saga comprarlo, armarlo y verlo funcionar, con la sonrisa de un niño en noche buena.

—No quiero, la cama está muy fría. —«Y tú no estás allí» Pero primero muerto antes de decirlo en voz alta.

—Está más frío aquí afuera.

Saga encogió de hombros y volvió a su trabajo. Kanon detestó eso y no se quiso ir. Más bien se acercó a él, llevado por la curiosidad y un poco de de ese sentimiento receloso que le provocaba que algo tuviera más concentrado a Saga que su propia presencia. Al acercarse, constató que su hermano tenía un medidor de energía entre sus piernas, algunos bombillitos pequeños y con exactitud casi clínica retiraba un bombillito de las luces para colocar otro.

—¿Qué haces? —Volvió a preguntar ahora asomado a sus hombros y notando la pétrea concentración que Saga demostraba al conectar la bombilla en el circuito en serie de las luces navideñas. Vio que encendió una parte, pero la otra siguió apagada, y aún si su hermano no le había dicho que ocurría, con eso lo supo todo—. ¡No me digas que estas probando cual bombilla se quemó!

Saga chirrió debido al ruido, su hermano no había notado cuan alto soltó la exclamación. Le miró con ojos molesto, antes de volver a la labor y retirar la bombilla, colocar la anterior e ir por la siguiente. Como era un circuito en serie, con haberse fundido una ya todas las luces estaban descompuestas.

—Joder, Saga…

—Es noche buena. No podemos tener el árbol a medio encender.

¡¿Y el calentador, señores?! ¡¿Y el calentador?! Kanon rodó los ojos antes de tener otro ataque de tos y escalofrío y meterse atrincherado dentro de su colcha que servía de iglú. Estornudó y se replegó contra la espalda de su hermano, buscando el tan vital calor que le negaban. Si no arreglaban el calentador, ¿cómo diantres se iba a bañar o a lavar? ¡Maldición con las obsesiones de Saga!

Tuvo que contenerse otro improperio cuando escuchó a su hermano pedir silencio, con un leve sonido de sus labios juntos. Le miró desde la altura de su hombro, para ver como la siguiente bombilla tampoco era la quemada. Pero si contaba, eran como doscientas bombillas y con la meticulosidad con la que Saga probaba una a una, llegaría noche vieja, noche buena, fin de año y año nuevo y aún no sabrían cual maldita bombilla se dañó.

No hizo más que plegarse a la ancha espalda de su hermano y regodearse en el calor que había allí. Saga no hizo nada, se quedó en silencio haciendo otras pruebas sin molestarle por el peso extra.

—Saga… deja el árbol y vamos a la cama. —Pidió en un tono que parecía más una súplica. No se sentía bien, no dejaba de temblar, tenía frío y no se iba a meter él solo a la cama.

—Espera que termine.

Kanon mordió los labios e imaginó una escena muy verosímil: El árbol usado como leña y la cara de Saga espantada porque no tendría árbol en navidad, pero sus manos bien calientes y su calentador suplantado. La idea hubiera sido buena, sino recordara el pedido de su madre  de no enfadar a Saga debido a su enfermedad. Así que tuvo que descartarla, con verdadera lástima.

—Me estoy muriendo de frío… —Y no pudo contener otro temblor. Eso pareció hacer efecto, porque Saga movió levemente su rostro, hacía atras, como señal de prestarle atención.

Entonces Kanon hizo lo que sabía hacer, porque en esa relación de hermanos, no era Saga quien tenía el control. Al menos no el lado manipulador. Con la zanganería que su madre tanto alardeaba de su hijo, Kanon envolvió a Saga entre la colcha, abriéndola para darle espacio a su cuerpo y cerrándola justo frente a su pecho. No conforme con ello, atizó su frente sobre el cuello de Saga y soltó un poco su aliento frío. Lo sintió temblar, y como si eso fuera una señal de avance dejó un beso sobre la piel, succionando un poco antes de solar.

—Kanon… —Oyó el tono de advertencia.

—Vamos a la cama.

—¡Por Dios, Kanon!

Justo antes de que Saga terminara su algarabía, Kanon presionó sus labios contra los de él. Apretó los brazos que le cubrían para pegar su espalda contra su cuerpo, y succionó un poco su labio inferior. Saga sabía a la menta de la pasta dental y su boca estaba fría, pero era un frío que no molestaba como el que había en cada pared de su casa. Aleccionado por el suave suspiro de su hermano, Kanon alargó el beso en suaves succiones y juguetones mordidas hasta que  recibió de respuesta una lamida traicionera en su labio superior, que erizó todos los poros de su espalda.

El beso se extendió hasta que un nuevo acceso de tos amenazó y Kanon se tuvo que apartar. Plegó su frente contra el hombro de su hermano y se tapó la boca, sintiendo la tos cada vez más seca. Saga frunció el ceño y se maldijo por caer en la trampa de su hermano. Ahora, de seguir, amanecerían los dos en noche buena pegados en la cama por el resfriado.

—Vamos a la cama, ahora.

Eso sonó a una orden y Kanon no iba a desobedecerla. Con la mano aún en la boca sonrió de lado reconociendo que había logrado su objetivo.

Saga lo ayudó a levantarse y dejó todo atrás. Las luces fundidas tendrían que esperar.

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