Cuentagotas (Cap 01)

Le estaba prestando demasiada atención a esa gota, concibió, pero incapaz de retirar sus ojos de ella, la siguió observando mientras se deslizaba…

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Temas:  Drama, angst, suspenso
Personajes: Defteros,  Hasgard, Aspros, Sisyphus, Youma, soldados, Sage
Resumen: Le estaba prestando demasiada atención a esa gota, concibió, pero incapaz de retirar sus ojos de ella, la siguió observando mientras se deslizaba… 
Dedicatoria: Para Tuti Malvada! Dios, este fic lo ando escribiendo desde tu cumpleaños. ¿Puedes creerlo? Ahora como sea me obligaré a terminarlo porque quería regalarte algo que te gustara, y que demostrara también lo mucho que quiero a Aspros desde que te vi roleandolo.  Espero que te guste y tener en este año tu regalo a tiempo u_ú
Comentarios adicionales: Este fic lo escribí antes de que saliera el gaiden de Sisyphus. Cambiarle la referencia de que Ilias estaba cuando Sisyphus tenía la armadura me cambiaba muchas cosas que tendría que reestructurar, así que, convengamos que no estaba el gaiden cuando esto se escribió.

Capítulo 01: Envase

Un par de manzanas, una pera para Defteros, dos racimos de uvas y hasta unos dulces de hojaldre que había comprado de su panadería favorita. Aspros miraba con contenida emoción el pequeño festín que su madre le preparaba para el viaje, mientras Defteros ya estaba afuera con su pequeño cambio de ropa, lo suficiente que necesitaba según el enviado del santuario.

No podía negar la euforia intrínseca que el llamado le adjudicaba, desde el momento que se puso a mover piedras en el aire con su hermano en la plaza del pueblo. Lo que había iniciado con «magia » y le había otorgado entre los niños cercanos el titulo de un mago, ahora tenía un nombre y una razón propia que superaba lo que su infantil imaginación había pensado. Ante todo, siempre era Defteros quien aplaudía sus pequeños avances cuando descubrió que podía alzar su camiseta sin siquiera moverse de la cama, ahora no solo sería él.

«Tienes los dotes para ser un Santo de Atena»

Su madre, con el orgullo que siempre venía impresos en sus ojos grises, tomó los bordes de su rostro redondeado y le sonrió con amor maternal. Había en ella un dejo de melancolía anticipada porque sabía que en cuanto sus hijos abandonaran esa casa, jamás los vería. Pero era un futuro mejor, mucho mejor de lo que ella podía ofrecerles vendiendo pan casero y planchando la ropa de los burgueses.

«Cuídate mucho y cuida de tu hermano»

Aspros asintió, aún con el pensamiento anubarrado de estar en un lugar con otros como él y de fortalecer sus conocimientos en las artes de «hacer volar cosas» que no ponía en perspectiva la cruel realidad de la separación del seno de su madre. Ella le entregó el pequeño envuelto con las frutas y los dulces, antes de dejar un beso suave en su frente.

«Brillarás como la estrella más grande de Géminis»

Eso era una promesa.

Sujetando la bolsa contra su pecho, salió corriendo hasta la terraza cuando los caballos se escucharon relinchar. Defteros lo miró al lado de la puerta, aún carcomido por los nervios que el nuevo futuro le producía ante un inalcanzable estado de luz. La mano de Aspros tomó la suya asegurándole que  sin importar lo que pasara, estarían los dos y nadie más.

Eso era una promesa.

Al despertar aquella madrugada, como tenía por costumbre, saboreó en los últimos resquicios de su somnolencia los recuerdos de aquella mañana de mayo  en la que fueron llamados. Pasó su antebrazo por su frente antes de sentir el movimiento inconsciente de su hermano a un lado de él, casi pegado a la orilla de la cama como si no quisiera robarle más espacio. La pequeña habitación en la barraca apenas tenía capacidad para uno de ellos dos, una mesa para estudiar, una sillita de madera que debían turnarse al comer y un pequeño espejo. Al lado de la mesa descansaba la máscara.

Empujó su pierna derecha y estiró sus brazos, desperezándose en la cama. Los primeros toques en la puerta llamándolo le dieron indicaciones de que debía apresurarse, así que se levantó y anunció tras de ella que ya estaba despierto, para que dejaran de tocar y así su hermano no se viera interrumpido el sueño. Aunque con lo pesado que era, faltaría mucho más para levantarse. Allí estaba atizándose con las sábanas en el lugar donde él antes ocupaba y balbuceando un montón de cosas.

Aspros prefería verlo dormir. En el sueño, Defteros estaba a años luz de la existencia de la máscara.

Apresuró sus movimientos y salió de la habitación con el cambio de su ropa. Como era costumbre, el baño entre los aprendices se realizaba en una alberca general debajo de las habitaciones, alimentada directamente del río cercano al santuario. Allí se encontraba con todos, más jóvenes y mayores, con la única intención de obtener un puesto en la armada de santos que la diosa tendría a su disposición, pensando en el honor y la gloria de cada uno de sus actos. A veces enfatizaban sus comentarios mencionando a los santos de oros que con su experiencia vigilaban los entrenamientos a distancia, y en la magnificencia del brillo cuando el sol golpeaba algunas de las esquinas de sus armaduras.

Ya para ese entonces sus habilidades habían sido reconocidas y podía hacer más que volar cosas por los aires. Debía admitirse complacido de mostrarle a los más jóvenes aprendices sus habilidades cuando concordaban en esos momentos de simpleza, in cluso sin el entrenamiento a cuesta y sin la mirada calculadora de sus maestros. Por ejemplo, allí en el baño le gustaba tomar el agua y alzarla desafiando la gravedad, o el peine o la ánfora donde llenaban los cuencos. Las miradas apreciativas siempre eran bienvenidas.

—¡Aspros! —Antes de que pudiera prepararse para el impacto, ya Hasgard le había caído encima y hundido en la alberca. Lo único que pudo ver al reaccionar fueron las burbujas que se formaron bajo el agua por el aire que escapó de sus pulmones.

Tan rápido como pudo, volvió a la superficie y tomó todo el oxigeno posible para recuperar el aliento. La escandalosa risa de Hasgard estaba tras de él se escuchaba un tanto ahogada, seguramente porque cayó dentro de su misma trampa y había tragado agua. Aspros volteó, le arrojó con los brazos otra «intimidante ola»  aunque en su rostro había una imborrable sonrisa de diversión.

—Amanecieron bien hoy, ¿no? —La voz detrás de ellos provenía de Sisyphus, que pese a su estatus como hermano de un dorado, seguía recibiendo el mismo trato que cualquier aprendiz. Se internó en la alberca con ellos y humedeció los bucles castaños de su cara . Frotó su rostro y salió del agua con una sonrisa—. ¿Ya no te duele el golpe, Hasgard?

Con una enorme curva en sus labios y mostrando la fila de sus dientes blancos, Hasgard levantó su brazo y dio vueltas con su hombro para mostrarle que de lo ocurrido en la tarde anterior solo quedaba un leve moretón. Nada más, nada que pudiera tumbar y dejar inmóvil el brazo del próximo toro dorado.

—¡Todo en orden! —Con las manos de lado y lado en los huesos de su cadera, se levantó imponente en la orilla de la alberca mostrándose desnudo y alto para todos. Fue Sisyphus quien con una carcajada le arrojó la toalla a la cara, convidándolo a cubrirse. Pero Hasgard como él, mostraban orgullosos las huellas de sus recientes cicatrices tras los entrenamiento, la muestra irrefutable de cada peldaño que escalaban en busca de su máximo logro.

Esos momentos se convertía en pura luz para él. Los instantes en que estaban lejos del fuego del sol griego y la tierra amarilla, donde no se veían como adversario en un combate con manos desnudas sino como compañeros compartiendo un baño o el desayuno del día.

Como era costumbre, de la bandeja extraía siempre el racimo de uva y la pera que le servían junto al pan y a la leche. Cuando acababa, se dirigía rápidamente a su habitación para llevar las frutas y dejárselas a su hermano al lado de la máscara,  aquello se había convertido en un ritual de disculpas disfrazadas ante el destino que el menor le había tocado, y un recuerdo tácito de que no estaba solo, cuando despertara.

Desde la puerta y luego de dejar las frutas a un lado, veía el cuerpo de su hermano aún revuelto entre las sábanas y con el cabello enmarañado, pegando la nariz contra su almohada.  Le gustaba el pensamiento que mientras estuviera allí, en su habitación marcada con el símbolo de géminis, nadie lo tocaría. Que era su lugar seguro, el mismo que él se encargaría de garantizar el resto de los años que tendrían juntos. Esta vez en un templo espacioso donde pudiera andar con seguridad.

Era una promesa .

Y bajo esa promesa, los puños que pudiera recibir de Hasgard en medio de su entrenamiento eran irrelevantes. El cansancio de sus extremidades y el sudor que se colaba por debajo de su camiseta mientras sostenía sus puños y las articulaciones dolían, se convertían en impulsos. Ganas de vencer, de tirar a tierra y de mostrar que su momento de gloria estaba cerca. El momento en que podría salir con su hermano de esa habitación y ofrecerle la seguridad de uno de los templos dorados.

A veces el pensamiento lo distraía y la rudeza de Hasgard lograba el cometido girando su cuerpo y llenándolo de arena amarilla luego de tumbarlo. En otras, más bien lo impulsaba a hacer el movimiento definitivo para poner el peso de Hasgard a su favor y llenarlo de tierra por toda la piel. Independientemente de ello, la sonrisa y camaradería  que obtenía con él era reconfortante y no le hacía sentir solo cuando buscaban con ahínco el cumplimiento de esa promesa que hizo a su madre y se hizo a sí mismo.

Los días en casa, cuando eran unos niños, habían quedado muy lejos ya. Y junto a eso todos los cambios que convirtieron en oscuridad los primeros meses en el santuario. Las cosas habían cambiado, el mismo Aspros había empujado a que mutaran. A que Defteros se sintiera un poco más seguro y a que su esfuerzo fuera visto por los otros con aire de admiración. En cada puño había un obstáculo por derriba r y cada paso era una victoria latente. Así lo veía.

El sol de Grecia brillaba sobre él y su cabello sudado y lleno de tierra luego del entrenamiento matutino. Para la tarde las tácticas de cosmos serían la nueva materia y los maestros lo ayudarían a controlar mejor su energía para convocar el milagro entre sus manos.

Al levantar sus ojos ante el sol, tapando con su antebrazo la mirada, podía observar los reflejos dorados enceguecedores que  lo iluminarán a él cuando Géminis fuera suya.

Hasgard siempre era quien cortaba el pensamiento con una palmada en su hombro luego de que la tarde estuviera a punto de caer, y terminaba siguiéndolo al río que alimentaba la alberca, con la disposición de darse un baño antes de regresar a la habitación. A veces, cuando Sisyphus no se quedaba con su hermano aprovechando las horas nocturnas para seguir entrenando, los acompañaba.

Esa tarde los acompañó. Hasgard con la alegría impresa en cada uno de sus movimientos, se quitó toda la ropa de encima, llena de sudor y arena, para lanzarse como una pelota sobre la parte más honda del río. Más atrás lo siguió Aspros, contagiado con la tibieza que necesitaba en su cuerpo luego de todo el calor acumulado y Sisyphus, con un poco de vergüenza, se internaba tímidamente con la ropa interior puest a, hasta que uno de los dos le tomaba del píe y terminaban hundiéndolo por completo. Su cinta roja siempre  terminaba flotando en la superficie.

—¿Por qué roja? —Alguna vez preguntó, no recordaba cuando, ante la mirada también intrigada de Hasgard aun Sisyphus que se sonrojó con la pregunta—. ¿Por qué no azul?

—Porqué mamá usaba una roja, era su color favorito.

Tomando la cinta que se había soltado, recordaba eso y los ojos de su madre, así como el gusto por las peras y uvas que había heredado su hermano. Después de todo, cada uno de ellos, aunque no hablara mucho de ellos, seguía  extrañando los tiempos en que no había una misión a cuesta de sus hombros. Y cada uno, en menor medida, hacía todo por una promesa.

—Debe ser genial tener de maestro a tu hermano y además un dorado —comentó con aire distraído mientras movía los pies entre  las piedras y dejaba que la corriente agitara el largo de su cabello—. ¿Te cuenta de sus misiones?

—A Ilias  no le gusta hablar de eso. —Les confesó sentado entre las piedras de la orilla. Aspros se acercó a él y le entregó la cinta que había perdido en su última sumergida—. Solo me dice que debo encontrar la fuerza que está en mi interior, más que el poder de mis puños.

—Todos los maestros dicen eso. De despertar el séptimo sentido y eso. —No le dio tanta importancia y encogió sus hombros mientras relajaba su cuerpo entre las aguas. Sisyphus le sonrió a la actitud distraída de Hasgard y dirigió sus ojos a la cinta húmeda.

—Yo digo que tiene razón. Ilias es capaz de romper rocas sin mover las manos. Una vez, me mostró como lo hizo. Fue muy rápido…

El aire de admiración se filtró en el timbre de voz infantil de Sisyphus y contagió de inmediato a los otros dos. Para Aspros, todo aquello que le permitiera anticipar cómo  sería él cuando obtuviera la armadura dorada lo absorbía sin miramientos, haciéndolo suyo

— Estaba sentado frente a la montaña, con las piernas así, —Imitó su posición—: entonces movió su brazo, fue solo un movimiento. Y la piedra cayó partida como si miles de cortes hubieran salido de su puño.

—Yo he escuchado que el S eñor Lugonis puede matar con su sangre envenenada. —Los rostros entre asombrados e incrédulos se miraron, y sin darse cuenta se habían acercado hacía Sisyphus haciendo un círculo  de intimidad—. ¿Tú crees eso? —El castaño encogió sus hombros y sonrió hacía donde los rayos del sol se escondía.

—Yo creo que para un santo nada es imposible. Cuando veo a Ilias, es como que no hay imposibles.

Por unos minutos se quedaron en silencio imaginando la escena. El momento en que su cuerpo se cubría de oro y lograban hacer las hazañas que incluso los griegos habían testificados en medio de su arte. Las cosas imposibles en sus manos, a la espera de una orden para concretarse. Aspros miró sus propias manos callosas por los golpes y el entrenamiento con renovada emoción. Al cerrar sus puños y ver sus lastimados nudillos bajo el agua, podía sentir la fuerza del cosmos emergiendo de él con seguridad. Él iba a ser uno de esos dorados, con seguridad. De esos que creaban milagros.

—¿Crees que falte mucho? —Las miradas de los dos se enfocaron en Aspros, quien seguía observando las ondas que se formaban bajo su palma—. Para optar por la armadura, ¿crees que nos falte mucho?

Los tres prefirieron emitir silencio y dejar la pregunta al aire como si fuera retórica y no pudieran contestarla, o no había una respuesta plausible para ella. Para Aspros, no podía ser demasiado tiempo. Se lo debía, y cada vez que sentía la necesidad de ver a su hermano y asegurarse de que estuviera bien, el impulso de superar todos los obstáculos faltantes lo convidaba a soñar en la cercanía de ese reto.

En cierto modo, quería decirle ya un número para que su hermano hiciera un conteo. Una respuesta a la pregunta que mucho tiempo atrás le había dejado y que él también permitió que se quedara al aire, por no tener una respuesta aceptable . Como en todas las noches que volvía a su habitación, Defteros siempre estaba del lado opuesto de la puerta, de forma que, al entrar, la madera lo ocultara en caso de ser una persona no deseada.

Le sonreía, le preguntaba de su día. La rutina de Defteros apenas tenía ligeros cambios, pero en general era lo mismo: despertar, comer las frutas que le dejaba, salir al bosque o hacia el mar, perderse en buscar de algo nuevo e interesante que le ganara el interés. A veces confesaba haberse acercado al coliseo y Aspros no dudaba en recordarle que si lo atrapaban, podrían lastimarlo. Sabía que la mirada de Defteros le pedía poder tener un poco de acceso a ese lugar donde los poderes y milagros eran posibles, pero la idea de que lo lastimaran de nuevo no la podía consentir de ningún modo.

Defteros estaba más protegido lejos del coliseo, solo tendría que esperar un poco más. Día a día, el veía un avance en sus técnicas y en el control de su cosmos. Pronto, podrían salir juntos de ese lugar.

Confiaba en ello.

Eso era su tranquilizante cuando la culpa se agolpaba sobre él, haciéndolo sentir dolido cuando disfrutaba de esos momentos al lado de sus compañeros, bañándose en el río. Cada vez que sentía que la suerte había brillado más en él que en su hermano y que seguramente estaba en la habitación esperándolo, se respondía que todo aquello que hacía era necesario para seguir avanzando en su meta.

—¡Eso que hiciste hoy fue increíble! —Alabó Hasgard mientras destensaba los músculos de su espalda entre el agua, atizando la piel contra la roca—. La forma en que se rasg ó el aire, así… ¡wow! ¿Cómo lo hiciste?

—Es un secreto. —Se admitió orgulloso de cada uno de esos pequeños triunfos, más cuando había alguien más que lo alabara.

Había sentido a su hermano cerca cuando la dimensión se rasgó entre sus manos, abriendo un telar oscuro que maravilló a más de uno de los presentes. En cierto modo estaba ansioso de regresar para ver la impresión de Defteros luego de haberlo presenciado. Eso superaba los previos pensamientos de amonestarlo por acercarse tanto.

Estaban ellos dos solos en el río, porque pese a haber convidado a Sisyphus, este se fue a otro lado con su hermano quien lo había ido a buscar con un aire de seriedad impreso en la mirada. Ninguno quiso  comentar mucho al respecto, no querían anticipar lo que podría ser, quizás, algún regaño por falla en el entrenamiento o algo que ameritara alguna reprensión.

Hablar de sus logros parecía un mejor modo de pasar la caída de la tarde, antes de que ellos les tocar regresar a sus habitaciones. Lo que no esperaron era que Sisyphus se incorporara una hora después.

Con el rostro inclinado, se quedó pegado al árbol más cercano mientras los dos salían del río buscando sus ropas. Aspros debía admitir que había reconocido el aire fúnebre de su mirada, y el aspecto sombrío de su semblante aun si no le había dirigido el rostro a él. Frunció su ceño y mantuvo una distancia prudencial de él, estudiándolo.

Hasgard fue quien preguntó qué había ocurrido. Incluso bromeó palmeando a su espalda y asegurándole que ningún regaño podría ser tan traumático como para dejarle esa expresión. El problema vino cuando Sispyphus se frotó el antebrazo en el rostro y ambos supieron que el sonrojo en sus mejillas no se debía al calor.

Esa noche Ilias había partido, y todo indicaba que no había intenciones de volver.

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