Hijo de Payasos (Cap 01)

Saga es un practicante de medicina que encuentra a un ciego en la panadería cercana a su departamento. Decide alojarlo y buscar a su familia para regresarlo a su hogar.

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Temas:  Drama, Romance, Universo Alterno
Personajes: Saga, Asmita, Kanon, Aioros
Resumen: Saga es un practicante de medicina que encuentra a un ciego en la panadería cercana a su departamento. Decide alojarlo y buscar a su familia para regresarlo a su hogar.
Dedicatoria: A mi geme, quien compartió conmigo el primer grito Saga x Asmita cuando salió en el fic Fiebre de Stardust. ¡Fue solo un par de líneas y estábamos las dos gritando en msn! y a Kaori_Subaru, ¡que su Saga y todas las conversaciones del rol me han llevado a esto!
Comentarios adicionales: Nuevo trabajo que voy escribiendo conforme avanzos otros fics pendientes 🙂

Cápitulo I

La vida de un practicante de medicina es muy agitada. Los constantes ruidos, las personas que se mueven alrededor y forman frases que se deben capturar en el aire. El tener que contener el impulso de voltear a cada llamado que escuchas. Los rostros contraídos de los pacientes que luchan —algunos no mucho— contra el dolor y la desesperación cuando llegan heridos. Los llantos, incluso aquellos cuando la noticia de lo irremediable cambian sus vidas.  Las noches interminables y pesadas. Los días que se van en el sueño. Las líneas que se forman en mi frente cada vez que frunzo el ceño frente al espejo, tratando de enjuagar mi cara y detener el peso del agotamiento.

Solo tengo veintidós años. Este es mi último año de práctica en la prestigiosa universidad gubernamental. El último tramo de la carrera lo vivo aquí, en el Hospital Central, en la sección de emergencia. Correr de aquí a allá… se ha vuelto mi estilo de vida, al que pensé no podría acostumbrarme.

—¡Ey! ¡Saga! —Escucho tras la puerta. La voz de mi compañero de práctica se escucha ronca, bastante apagada. Justo por esa razón había tenido que levantarme para enjuagarme el rostro. Nos estábamos durmiendo el uno sobre el otro en la sala de espera.

—¡Ya voy!

Precisamente, por ser agitada, es difícil contener el sueño cuando transcurre uno de estos extraños días en donde no pasa nada. No hay pacientes, no hay heridos, las horas pasan lentamente y te cansas de ver el reloj. No me gustan esas noches por dos razones principalmente: 1) Se hace casi eterno llegar a las cinco de la mañana. 2) por lo general es el presagio de una tormenta.

Hace algunas semanas, luego de dos días así, inactivos, hubo un accidente vial de proporciones catastróficas. Un bus volcado donde habían muerto cuatro personas y más de diecisiete habían resultado heridas. Fue, simplemente, extenuante. Terminé oliendo a sangre, tanta sangre, que pensé que no podría dormir. Falso, el cansancio fue aún mayor que la impotencia.

Al abrir la puerta, el rostro de Aioros me saluda con una sonrisa agotada. Tiene en sus manos un café caliente, recién servido. Justo lo que necesitaba para paliar las largas horas que faltaban para el amanecer. Agradezco el gesto con una sonrisa quizá igual de cansada, y me uno a él en dirección al otro ala del pasillo.

—Pensé que te habías quedado dormido sobre el inodoro. —Comento con una sonrisa y su particular forma de parecer confidente. Reniego con un enérgico movimiento antes de soplar de nuevo sobre el vaso—. ¡Es que habías tardado mucho!

—Casi me dormía. —Admito con algo de vergüenza. Y claro, aquella noche donde no hubo nada sí que me había quedado dormido como por media hora. Pero aprendí la lección, el cuello me cobró la mala posición para dormir—. Creo que con este café aguantaré un poco más.

Casi podía imaginarme ya en la cama, envuelto en mis sábanas y abrazando protectoramente la almohada vestida de seda que me había regalado mi abuela, antes de partir a la capital. Obviamente nada que pueda contarle a algún amigo sin ver amenazada mi hombría.

El resto de las horas pasaron así, sin señales de llegar a su fin. Por mucho tiempo me la pasé deambulando entre los pasillos, jugando con Aioros a coquetear a las jóvenes practicantes de enfermería, y huyendo rápidamente cuando la jefa de enfermeras se acercaba a sacarnos de allí. Compartiendo risas y carcajadas, tratamos de hacer más ameno el paso del tiempo hasta la hora de salida.

No recuerdo bien como llegué a casa. Sé que tomé un metro, sé que me empujó una señora que venía con tres niños vestidos con sus uniformes para el colegio. Sé también que en algún momento bajé y crucé el molinete hasta subir por las escaleras para llegar a la calle. Recuerdo vagamente algunos rostros conocidos, algunos que incluso me saludaron y a los cuales no estoy seguro de haber respondido. Sé que pasé por la panadería y vagamente recuerdo que pedí leche, pero estoy seguro de que salí con más que leche en los brazos.

También puedo traer lejanamente la imagen de la puerta de mi pequeño departamento y algunas partes donde me quitaba los zapatos, eso creo. No sé más, quizá caí allí mismo, superado por el sueño de toda la noche. Lo único que me queda claro es que, ahora que despierto, solo mi cuello me reclama por la pésima postura adoptada y al abrir los ojos, casi me estrello con los rayos del sol desnudos. Pero no es el sol, porque mi mueble, el largo, está de espalda a la ventana.

No me muevo mucho. Me quedo aturdido escuchando de lejos la radio y observando aquello amarillo que se mueve como si fuera un oleaje. Entre las luces aturdidas que aún visualizan mis ojos entreabiertos, alcanzo a ver también la piel blanca y la camiseta negra que Kanon debió dejar aquí la última vez que se quedó. Me está oliendo… tuerzo una sonrisa al escucharlo olfatear cerca de mí, controlando la cosquilla que se asoma en mi cuello ante el choque de aire. Extiendo la mano y logro tomarle del brazo, asustándolo.

—¿Qué hora es? —pregunto, en medio de un atontamiento que parece querer extenderse.

—La radio dijo que era las dos. —Su voz es gruesa, fluida. Nada que ver con el enronquecimiento de la mía debido al mal dormir.

—Es temprano… —Lo suelto y me doy media vuelta. Acomodó mejor mi cabeza al colocar mis dos manos de almohada y ovillarme contra el respaldo del mueble.

—¿Pero estás bien?

—No estoy ebrio, ni drogado. —Sé que no hacía falta decirlo, pero fue lo que él creyó la primera vez que me encontró durmiendo así.

—Lo sé… Recogí lo que dejaste en el suelo. El pan en la lacena, las latas no sabía de qué eran, pero las metí en la nevera, junto a la leche y otra cosa… que no supe que era pero parecía que estaba refrigerada antes. Los zapatos están aquí justo al lado, la bata la doblé pero, aún no sé en dónde va. La deje sobre la mesa.

—Sí…

—¿No sería mejor que durmieras en la cama?

Levanto mi mirada agotada para verlo. El cabello lo tiene muy largo, pero definitivamente más cuidado que cuando lo encontré. Ya brilla y está peinado, sin los nudos eternos y sin tanto polvo. Su piel también luce mejor, mucho más alimentado. Creo que debió al menos recuperar un kilo en tan solo esta semana.

Asmita. Así me dijo que se llamaba. No hay documento que lo diga. No tenía más pertenencia que algunas mantas que recogió de algún basurero, una taza de porcelana con una brecha que la atravesaba, pero sin abrirse. Un sombrero hecho de pajas, y algunas monedas. Lo recogí, pensando que si lograba saber quién era su familia, podría devolverlo a su hogar. Un hombre ciego no debería estar solo, pidiendo limosna al lado de la panadería.

Pero no, no había nadie. Pese a poner fotos de él en toda la calle e incluso en la cartelera del hospital, nadie ha preguntado por él.

«No tengo a nadie»

Él me lo había dicho. Pero después fotocopiar varias veces su fotografía en el aviso que hice de forma improvisada, mi necedad impidió prestar mayor atención.

«No hay nadie, Saga, los que tenía… no supe qué fue de ellos»

Tras una semana, empiezo a darle la razón. Y a pensar si no debería redoblar los esfuerzos.

Me estiro en el mueble y doy un largo bostezo, en lo que él se separa. La franela de Kanon le queda imposiblemente grande, a mitad de muslo y luce como una manta encima. Lleva los mismos jeans viejo que tenía cuando lo recogí, ya limpio. Lo único que puedo pensar, mientras lo veo desde mi inapropiada cama temporal, es en cómo lo encontré. Asustado, sucio y hambriento, furioso a su vez, porque el mendigo con quien peleó le había destrozado el  bastón que usaba. Eso me recuerda, hay que comprar un bastón.

El ruido de mi estómago decide recordarme otra cosa más. No he comido.

Tener a Asmita en casa, es como tener una mascota. Me obliga a despabilarme, despertar, estar atento a las cosas de la casa además de las prácticas. Mi apartamento, bastante pequeño y común, era un chiquero antes de su llegada. El mueble se la pasaba lleno de ropa, a veces podían durar dos días los platos apilados esperando lavarse solos. Y muchas veces confundía la ropa limpia con la sucia.

«¡Eres peor que yo!», me dijo Kanon la última vez que había venido a visitarme. Con vergüenza tuve que recoger toda la ropa del mueble y arrojarla a la cama para después de esa noche de práctica, dormir justamente al lado de ella.

Tengo que avalar que sí, que soy peor. Aunque puedo decir en mi defensa que ser practicante me absorbe toda la vida. Con Asmita, las cosas han cambiado. Los muebles están limpios, los platos también y me obliga a prestar atención y poner la ropa sucia en su lugar. Y sobre todo, a no dejar mis zapatos regados en el pasillo, después que casi se cae por no haberlos notado. Mis padres aún no saben de él, puedo imaginar a mi madre apelar a mi sentido común: ¿Cómo alojas a un desconocido en casa? Incluso, ¿a un vagabundo? Podría incluso robarte mientras estoy en las prácticas.

—¿En serio no tienes miedo de que lo haga? —La voz de Aioros en el vagón me mantiene bastante atento, lo que corta la posibilidad de dormirme en el viaje de regreso a casa. Aioros aún no cree que en verdad me haya llevado a alguien y se ha decidido acompañarme para conocerlo.

—Ya lo habría hecho. —Encojo los hombros y lo miro con seguridad—. No creo, no se ve que Asmita  tenga esos pensamientos.

Y era como eso: haber adoptado un gato. Creo que podría compararlo de ese modo. Asmita era independiente, solo bastó con enseñarle una vez donde estaban las cosas en la cocina, para que él aprendiera a moverse en ella. También bastó una vez enseñarle a usar la ducha y a afeitarse, aunque había sido bastante gracioso el grito que dio cuando el agua salió helada. Estaba tan asustado y sorprendido que no hizo esfuerzo alguno en cubrirse y así pude ver mejor el grado de desnutrición que tenía.

Luego de pensarlo, es triste que un hombre de su edad nunca hubiera conocido una ducha como Dios manda.

Le conté a Aioros de nuestro paseo,  cuando llevé a Asmita a comprar el bastón. Que le tomé la mano y la gente pese a habernos mirado extraño por un momento, le quitó atención al notar su ceguera. Que lo llevé a la tienda, donde se entretuvo buscando las formas de objetos de madera mientras pagaba por un viejo bastón. Era una tienda de artículos usados, donde me salió mucho más económico.

La mirada de Aioros parecía mantener la incredulidad en mis palabras. Alguna vez me dijo que era demasiado ingenuo. Recuerdo que me enojé, nos enojamos, y solo le hablé cuando él volvió con un sudoku por resolver.

«No puedes salvar el mundo tu solo, debes hacerlo con la gente»

Lo sé, lo recuerdo y fijo mi mirada en él mientras avanzamos rumbo al edificio. Quizás y no estoy salvando el mundo, pero al menos darle mejor vida a un hombre, mientras encuentra a su familia, haga al mundo un mejor lugar.

—Puede que no tenga familia y sea verdad lo que él dijo. —Aioros está siendo muy franco, habla con evidente preocupación—. ¿No es mucha responsabilidad encargarse tu solo de un hombre ciego?

—Si no consigo a nadie en un mes, veré que hago. —Encojo los hombros y regreso la mirada al frente. Lo que veo detiene mis pasos y hace que el grito se atragante en mi garganta, víctima de la misma turbación.

Asmita está sentado en la acera frente al edificio, con una camiseta mía, sus jeans, descalzo sobre una de sus mantas, con el bastón que yo le regalé y… una de mis tazas. Está pidiendo limosna.

Aioros tuvo que calmarme. Estoy seguro que la algarabía que monté frente a él, y llevándome a Asmita agarrado del brazo fue todo un espectáculo. Durante ese momento, poco o nada puedo decir sobre lo que realmente estaba pensando. Solo tenía en mente lo inadmisible que era para mí ver de nuevo a Asmita mendigar, como si no pudiera ver esa vida para él, no después de estar conmigo. Sí se iba a ir de mi vida, debía ser con la seguridad de que no lo volvería a estar en la calle.

El sueño se me había ido y dediqué el resto del tiempo a hacer algo de comer para Aioros, mientras rumiaba el malestar de la discusión con Asmita, que no podía ser tal si fui el único que gritó. Aioros aún se reía a mis espaldas, con ese gesto tan suyo de hacerme ver que convertí una nimiedad en una tormenta. Gesto que no quiero ver en este momento.

—Me agrada. Aunque no he hablado con él pero, no es como lo imaginaba.

Imagino que tenía en mente. Un hombre de piel curtida, quizás más viejo, con cabello enmarañado y barbudo… en realidad Asmita no distaba de eso cuando lo encontré, pero es evidente que no lo iba a dejar así.

—No lo tomes tan mal… no creo que haya querido ofenderte.

Una parte de mi “yo” orgulloso está ofendida por el solo hecho de pensar que Asmita sentía que debía buscar aún dinero. Como si yo no le pudiese dar lo que hiciera falta al menos mientras esté aquí… Es en ese momento en el que entiendo cuán en serio me lo estoy tomando todo, incluso cuan personal. Aioros me sonríe al ver que he detenido mi batalla contra el huevo.

—Ve a hablarle. Debe estar preocupado. Yo termino de hacer eso.

Más convencido por mi propio sentido de culpabilidad que por las palabras de Aioros, dejo la sartén a su cuidado. Lavo mis manos y me las seco con un paño antes de dirigirme hacia mi habitación. Allí lo encuentro, sentado en el borde y jugando con el ruedo de la camiseta que se ve ya jalada.

—Ya casi va a estar la comida. —Él no me responde. Se queda en silencio, con el evidente ceño fruncido que me indica que está enojado—. ¿Te puedes imaginar cómo me sentí al verte pidiendo bajo el edificio? —No dice nada—. Yo no quiero que tengas que mendigar, no de nuevo. Además, ¿qué pasa si te hacen daño?

—¿Y cómo puedo ayudarte?

Su voz, fluida e intensa, se atraviesa en mi perorata y me obliga a callar. Ha volteado hacia mí, aunque no puede verme. Su cabello dorado cae sin forma hasta la cama, enrollándose en varios espirales. Me contengo de soltar alguna palabra, porque no sé, no sé en qué podría ayudarme.

Asmita solo regresa su cabeza a la última posición y se entretiene al sentir los bordes del bastón nuevo.

—Quedándote aquí… —Mordí mi labio, reprendiéndome por la manera en que las frases parece llegar a mi cabeza. Recogiendo mis zapatos, arreglando mi bata, despertándome en las tardes, recogiendo mis desastres… eso es un sirviente—. ¿Cómo podría ayudarme el qué mendigues?

No dice nada. Solo mete su mano en el bolsillo de su pantalón y extrae algunas monedas. La garganta se me cierra.

—Me siento un inútil.

No pude decir nada. Agacho la mirada y tomar las monedas que él había recolectado.  Me arrepiento tanto del pensamiento que venía amasando justo en medio del camino hacia casa. Asmita no es una mascota. Es un ser humano.

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