Hijo de Payasos (Cap 02)

La vida con un acompañante en casa parece ser lo que Saga buscaba, pero Asmita no está tan seguro de lo correcto que sea su pertenencia allí.

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Temas:  Drama, Romance, Universo Alterno
Personajes: 
Saga, Asmita, Kanon, Aioros
Resumen: 
Saga es un practicante de medicina que encuentra a un ciego en la panadería cercana a su departamento. Decide alojarlo y buscar a su familia para regresarlo a su hogar.

La vida con un acompañante en casa parece ser lo que Saga buscaba, pero Asmita no está tan seguro de lo correcto que sea su pertenencia allí.

Buscar qué cosas podría hacer un ciego me tomó gran parte de las tardes libres. Incluso pregunté en el Hospital y no obtuve muchas respuestas al respecto. Supe de una que había escuchado la historia de un ciego que cuidaba a mascotas. Del traumatólogo escuché que conocía a otro ciego que estaba con sus padres aún, pese a que eran ancianos y ayudaba en su negocio familiar. Hubo incluso chistes crueles pero las ideas no fueran bastante alentadoras.

Si me detenía a ver en los libros, hablaban de ciegos que eran muy buenos con los masajes, debido a sus habilidades sensoriales. También leí en una revista sobre un asombroso caso de un hombre ciego que podía pintar. En la calle, mientras iba en el metro, al comentar mi inquietud con una anciana que viajaba conmigo en el vagón, me comentó que uno de sus nietos, que es ciego, aprendió a tocar la flauta.

«Lo hace muy bien» me dijo con una voz teñida de orgullo.

Ciertamente, había más cosas que podía hacer un ciego, más que recoger mis zapatos y ordenar la ropa. Pero por el momento, eso era lo que hacía Asmita.

A la hora de cenar, también me acompañaba en la cocina. Le enseñé a preparar emparedados, tostar panes en las tostadora —lo único que se atreve a usar eléctrico, junto a la radio— y a preparar batidos. Es bastante bueno en esas cosas, le quedan con mejor gusto que a mí. Por esa razón, he optado por permitirle que me ayude a prepararla.

También compré un libro para enseñar Braille. Estuve viendo los cursos de aprendizajes, pero están por encima de mis posibilidades ahora. Han pasado dos semanas, no hay muestra de que alguien lo reconozca y no creo que alguien venga por él. He pensado, incluso, que no me molestaría que se quedara.

Sirvo los platos en la mesa y observo a Asmita acercarse con la jarra de jugo. Me adelanto a traer los vasos de vidrios, las servilletas y volver a la mesa ya preparada para cenar. Otra cosa que me agrada de tenerlo aquí y de querer que no se fuera es la compañía. Mis padres están lejos, Kanon también… es agradable tener con quien compartir la cena un domingo en la noche.

—No sé como haces para que te queden así. —Halago tras probar el jugo que había preparado. Le quedan al punto y es delicioso: ni muy diluido, ni muy fuerte, con el toque exacto de azúcar.

—¿Hacer qué? —Veo como unta el pan en la crema de queso, que he notado es su forma favorita de comer.

—El jugo. Nunca me queda así.

Asmita mete el bocado de pan a la boca y sonríe mientras mastica. Su cabello sigue largo, lo tiene sujeto con la misma cola que amarré justo antes de empezar a cocinar. Él no sé si se ha dado cuenta de que yo también lo tengo un poco largo, aunque me lo había cortado para iniciar las prácticas. A duras penas puedo amarrarlo, en comparación a cómo lo tenía antes.

Bebo otro sorbo y le sonrío otra vez. Asmita come con tanto gusto ese pan de esa manera, que envidio su cara de felicidad.

—¿Sabes que es Braille? —Asmita levanta el rostro, atendiendo así a mi búsqueda de conversación. Asiente y lleva un pedazo de cordero a sus labios. Nunca le he preguntado si le agrada lo que cocino o solo lo come por hambre… no me he atrevido—. Bueno, estaba pensando en sí te gustaría aprenderlo.

Encogió sus hombros. Parecía no darle mucha importancia a aprenderlo o no. Quizás no comprende el mundo de posibilidades que se le abrirán con solo tener ese conocimiento.

Decido no prestarle mucha atención. Quizá, conforme vaya aprendiendo y enseñándole, entienda los beneficios de conocerlo y acepte proseguir sin ninguna oposición. Me ilusiono bajo ese pensamiento y la idea de acompañarlo en ese camino que se presenta posible. No me importaría  dedicar de mi tiempo libre a ello.

Asmita acaba de comer demasiado pronto y espera atentamente a que yo termine mi cena. Yo le sonrío agradecido: por la compañía, por el jugo, por no sentirme tan solo en este departamento aunque bien podría estar con Aioros viendo cómo conseguir chicas para emparejarnos en el cumpleaños de Philios.

—¿Qué te parece si enciendo la tv?

—¿Qué vas a ver?

—No sé… lo que te interese escuchar. Que no sea noticias, por favor.

Tras un breve intercambio silencioso, Asmita accede y toma sus platos para llevarlos a la cocina. Yo acabó a los pocos minutos y le encargo la labor de lavarlo, con pleno conocimiento de que en la mañana me toca a mí hacerlo. Aprovecho los minutos que invierte lavándolos para ir probando algunos canales, permitiendo que se quedara varios minutos para que Asmita pudiera escuchar bien. Ante cada muestra de renuencia, cambio el canal. Ahora entiendo que Asmita nota muy bien cuando lo estoy mirando.

La música de un fino conjunto de violín envuelve el ambiente. Es una sinfonía, en un canal de cultura.

—Me gusta allí.

Asiento y alzo el volumen. Asmita no tarda en hacerme compañía en el mueble, subir sus pies y envolverlos con sus manos. La música me relaja, no pasa mucho tiempo antes de sentir a mis párpados pesados. A él lo veo concentrado, disfrutando de las melodías y moviendo ligeramente sus blancos pies. El vibrar de sus párpados me lo confirman, es parte de ese semblante «soy feliz» que tiene cuando come el pan.

Sonrío con calma, casi como si pudiera sentir que todo está en su lugar en este momento. Pestañeo forzosamente un par de minutos y recuesto mi cabeza sobre su hombro, luego, sobre el respaldar del mueble.

Hasta quedarme dormido.

Aioros es un hombre de muy buenas ideas. El entusiasmo que me nació desde que oí su propuesta, se manifiesta en mis acciones. Fui corriendo a la papelería para comprar papel adhesivo y tinta para la impresora. Luego compré varios envases de agua mineral y al llegar a casa, una hora después de lo usual, lo primero que hice fue buscar una jarra y verter toda el agua en el recipiente.

Asmita me ha seguido de un lado a otro con bastante atención. En su rostro, sin embargo, avisto algo de incomodidad. Han pasado tres semanas, no hay respuesta alguna y ya he desechado todo intento de volver a colocar las fotos. Para mí, Asmita se queda.

Cuando tengo todos los envases vacíos, comienzo a retirar los papeles de la marca. Dejo a cada uno al lado del mesón hasta recordar otra cosa importante que olvidé comprar: las frutas.

—Asmita, ¡ya regreso! —Anuncio aún entusiasmado. Es increíble como mi emoción se proyecta hacia la culminación de este mini proyecto personal.

No presto atención a la expresión de Asmita. Me apresuró a tomar la chamarra y a buscar entre mi pantalón la billetera, por si se me olvida.

—Saga…

—No tardaré. Cuando llegue, entonces te comentaré una idea que tengo.

—Saga, ¿hasta cuándo estaré aquí?

Su pregunta me detiene. Dejo la mano a medio camino de tomar el pomo y volteo con un gesto desencajado, de seguro, porque no decido si abrir la boca y decir algo, o mantenerme callado y mirarlo ahora con atención. Creo que hago las dos cosas, a medias. Noto la seriedad de su semblante, su cabello recogido y la enorme camiseta roja que viste con uno de mis viejos pantalones.

Olvido por el momento la idea de salir y le presto atención. ¿Acaso quiere irse? ¿No se siente cómodo aquí? Viéndolo ahora, de este modo, puedo notar la diferencia de edad que a veces me olvido de pensar. Él es un hombre mucho mayor que yo sin duda alguna. Y lo sé no porque haya un documento y no por su semblante, que pese a todo, no muestra casi nada de arrugas. Sino por la dureza de sus rasgos, y la seriedad que imprime a sus gestos pensativos. Por lo gruesa de su voz y la significativa marca de haber caminado en este mundo al menos diez años más que yo.

—¿Quieres irte? —Es lo que atino a preguntar. Asmita solo resopla. Me hace sentir más niño cuando lo hace, en un gesto entre resignado y comprensivo.

—No puedo quedarme aquí siempre.

—¿Por qué no?

—Es mucha carga para ti, Saga.

—No importa, no nos está yendo mal. Podemos seguir así por más tiempo.

—¿No puedes pensar esto con un poco de sentido común?

—¡Mi sentido común grita que si te dejo ir volverás a estar solo en la calle!

He levantado la voz. La expresión de Asmita se endurece, pero calla. Ese silencio se convierte en una tortura para mí, cuando escuchar más. Entender porqué su preocupación y negarme a ver las cosas bajo la lógica que la sociedad impone.

Así que me veo en la necesidad de respaldar mi posición. De hacerle entender porqué mi sentido común se niega a dejarlo ir. Asmita… lo que he visto de él dista de todo lo que se pudiera pensar de los vagabundos: es dedicado, es atento, inteligente. Siempre busca hacer las cosas bien, es agradecido, aprecia el arte… es un tesoro. Es como oro que estaba vertido entre lodo. Solo era cuestión de limpiarlo, retirar el fango y sacarle el brillo…

Las palabras brotan por sí solas, no puedo contenerlas. Es como una catarata de razones que hacen más fuerte mi posición, al menos así lo siento. Asmita no hace nada más que escuchar, fruncir el ceño y escuchar. Sus finas cejas enarcan una curva que arruga el puente de su nariz. Su pequeña nariz, con apenas visibles pecas que solo se pueden notar con detenimiento cuando se está muy cerca.

—Solo soy un hijo de payasos —dice. Lo miro sin entender, pero parece que él mismo flaquea ante las columnas de razones que le he dado.

Se sienta en el mueble y sube su pierna. Sus dedos largos, huesudos, se internan tras su nuca acariciando los leves mechones dorados que cubren la zona. Yo no sé porque estoy prestando atención a todo eso. Bajo los ojos, terriblemente apresado entre los sentimientos de culpa y de temor.

—Eh… ahora vuelvo. —Tartamudeo aquello y doy una media vuelta para retomar el camino. Las frutas, me digo, hay que comprar las frutas. Me aferro a esa idea como si fuese la única forma de mantenerlo en mi vida.

Cuando estoy por cerrar la puerta, me asalta el pensamiento de echarle llave. Mi inconsciente me abruma y comienzo a sentirme indefenso ante las posibilidades.

—Saga… —escucho a lo lejos, pero no hago nada para voltear—. Gracias.

Mientras el piano suena en aquella composición, escucho de lejos el sonido de la licuadora activarse.  Me estiro en la cama mientras pienso si es buena idea esperar cinco minutos o no. Sé que el televisor está encendido, lo tiene en el canal de cultura que siempre anda con alguna muestra musical. Sé que Asmita debe estar en la cocina también. Y sé, que debo levantarme. Al mirar el reloj a mi lado, noto que son pasada las dos de la tarde. Bien, es hora de pararme.

Me apresuro a darme una ducha, más dormido que despierto. Al mirarme en el espejo noto que mi cabello ha crecido bastante y de nuevo tengo la sombra de la barba visible. Restriego mis párpados y me meto en la ducha. El agua fría logra el efecto de despabilarme y pensar las cosas con mayor fluidez.

Amarro la toalla en mi cintura y me encamino hasta la cocina, tapando un bostezo con el dorso de mi mano, La licuadora ha vuelto a sonar, esta vez se escucha el hielo crujir dentro de ella. Me asomo a la puerta de la pequeña cocina y lo veo, con varias tazas llenas y envases de plástico llenos de jugo. Sonrío mientras lo observo, con el cabello recogido tras su espalda en varias ligas, para evitar que salga una sola hebra a molestar el proceso del batido.

La idea de Aioros ha funcionado a la perfección. Desde hace una semana, comenzamos la venta de jugos naturales en el hospital. Yo me llevo todos los envases en una cava pequeña y lo vendo al personal mientras cumplo mi periodo de práctica. Nos ha ido bastante bien. Todos han concordado que Asmita tiene una mano virtuosa para los jugos.

Todo lo que se ha ganado, se ha invertido. Hemos comprado más frutas y variado los sabores. También nos ayudan recolectando nuevos envases de plástico para aumentar la cantidad y hasta nos han pedido llevar de un litro, para poder llevar de regreso a casa. Por un precio módico, Asmita está recolectando en ello mucho más que lo que podría obtener mendigando, o eso espero.

—¿Quieres? —Me dice con naturalidad, al darse cuenta que estoy allí. Le sonrío suavemente y me asomo por encima de su hombro, para ver los avances. La diferencia de altura se nota, también de contextura aunque Asmita está mucho más repuesto en comparación a como lo encontré.

—Quiero de fresa. —Él solo asiente, con una diminuta sonrisa. Acerca la jarra, la olfatea ligeramente para constatar el fruto y toma un vaso para servirme.

—Ya acabé de licuar. Ahora endulzare esta y sirvo… creo que quedaban 5 envases vacíos.

—El resto lo dejamos para nosotros.

Asmita huele a ponche. Estoy seguro de ello. Y estoy seguro que también es por el aroma de frutas que debe tener impregnado en su piel tras pasar licuando por quizá cuarenta y cinco minutos.  Lo observo servir con atención cada envase, y desde atrás le paso los que faltan. Mientras miro la atención que se ve impresa en el vibrar de sus pestañas. Desde aquí arriba se ve su nariz más pequeña, sus pestañas más abundantes y la coronilla dorada. Desde aquí, atrás, puedo sentir el calor corporal, su calor y el cosquilleo que me crea.

Ya van varios días en que lo siento. Los últimos dos, incluso, he pensado en abrazarlo por la espalda, pegar mi barbilla en su hombro, para observarlo hacer esa tarea en silencio. Acción que me reprimo tan rápido como puedo.

Impongo distancia, sintiéndome mareado entre el aroma y el hormigueo de mis brazos. Estoy seguro que no me costaría nada envolverlo. No me costaría nada cubrirlo con mi cuerpo o colocar una mano sobre su estómago.

Y acariciar su abdomen. Y bajar… acariciar después su ombligo. Encontrar el camino de vello. Tocarlo, peinarlo, seguirlo. Bajar, bajar, bajar…

—Acabé.

Paso la mano por mi rostro, apartándome aún más, a cinco pasos, a seis, hasta quedar casi pegado a la pared. Asmita, totalmente ajeno a ello, coloca los cinco envases con el resto, donde la variedad de colores es un desfile tentador a la vista. Uno que él no podrá ver, como tampoco me ve a mí… ni a la erección que amenaza con notarse bajo la toalla.

Lo miro con nerviosismo. Siento la piel de gelatina, conteniendo una llama adentro.

—Déjalos allí… ya los coloco en la cava. Ya regreso…

Estoy a punto de regresar cuando escucho su voz clara, como una melodía llena de poesía. Como un canto de sirenas.

—Saga… ¿Puedo pedirte algo?

¡Oh Dios…!

Trago grueso cuando lo escucho, cuando mi mente se abre a las alternativas cada vez más descabelladas. Trago grueso y volteo a mirarlo, pero solo llego a verle los pies. No me atrevo a buscar su rostro.

—Claro… dime.

—Me gustaría cortar mi cabello… podría ser con algo de lo que se ha vendido.

—¿Por qué? —Articulo con dificultad­—. Es decir… está muy bien tu cabello… así.

—Está muy largo. —Es bastante demostrativo: toma el cabello amarrado y lo extiende con su mano, para ponerlo a mi vista.

Por un momento, me concentro en eso. En el hecho de que tiene el cabello largo, que tiene mi franela y mi pantalón viejo… que lo único que Asmita tiene suyo es su bastón, porque incluso la vieja ropa la boté el fin de semana pasado.

Asmita necesita más que un corte: necesita ropa y un espacio aquí.

El hormigueo casi desaparece. Sonrío apocado y carraspeo antes de responder, sosteniendo muy bien la toalla a mi cintura.

—Mañana vamos a una barbería para que te corten el cabello, y además, podríamos comprar ropa. Te hace falta.

—¿No es muy cara?

—Un par de piezas, para comenzar. Es tu dinero, te lo has ganado dignamente.

—Pero fue porque compraste la fruta —Encojo mis hombros al escucharlo.

—Da igual. Los jugos los has hecho tú…

Asmita sonríe. Asmita se sonríe de una forma que no recuerdo haber visto antes. La sonrisa está llena de luz, brilla… me escandila y me deja sin aire. Es como si aclarara la piel de su rostro, coloreando tenuemente sus mejillas y si pudiera ver, quizá, me miraría con ojos brillantes.

Y siento que hay un quiebre en mí. Todo mi cuerpo reacciona a esa sonrisa. Todo yo reacciona a él.

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