Nosotros (Teneo x Shion)

El camino a la reconstrucción del santuario que Teneo y Shion tuvieron que cruzar.

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Temas:  Canon, Drama, Romance
Personajes: Teneo, Hasgard, Shion, Dohko
Resumen: El camino a la reconstrucción del santuario que Teneo y Shion tuvieron que cruzar.
Dedicatoria: ¡¡Para mi geme que los ama y los re-adora!!

Futuro
Ya había escuchado de él: el joven santo de oro. Su maestro había hablado de muy buena manera del nuevo compañero, de su fuerza, de sus habilidades y su sentido de justicia. Incluso lo había escuchado comparándolo y por lo que podía atrapar de entre sus palabras, dichas con tanto esmero, comprendió que se trataba de un digno compañero de armas.Pero nunca lo había visto, hasta ese momento.El oro nunca había llegado a ser tan brillante.

Serinsa se pegó tras su espalda al verlo tan encandilado. Eso provocó que el sonrojo le invadiera la cara, carraspeara y mirara a un punto indefinido del suelo.

—¿No le dirás si vamos a Rodorio?

Prácticamente lo empujó y Teneo se tambaleó tres pasos hacia adelante, llamando la atención de los dorados. Shion estaba sentado, con la capa agarrada de sus manos justo sobre sus piernas. Aldebaran se paró de las escalinatas y movió sus enormes brazos para indicarle que se acercara a ellos.

Teneo, más inseguro que nunca, se acercó a ambos con rostro tímido. Miró a Shion, el rubio de su cabello y lo bien que resaltaba su piel por entre las separaciones de la armadura. Entonces sintió el peso de la mano de su maestro sobre su cabeza y el calor que ya había quedado atrapado en sus mejillas se incrementó, cada vez que sus ojos se fijaban en el joven dorado.

—¡No te he presentado a mi alumno, Shion!

—No, no lo has hecho. —Teneo subió la mirada y notó la sonrisa afable con la que Shion lo observaba. Tragó grueso y se obligó a sí mismo a no bajar más su rostro.

—Es Teneo, y es mi aprendiz. Pronto podrá ser también un santo como nosotros.

—¿Optas por una armadura de plata? ¿O bronce?

Teneo no supo que responder. Nunca estaba preparado para responder esa pregunta, pero Aldebaran despeinó un poco más su cabello y soltó una carcajada. Notó de inmediato que Shion había captado el mensaje velado tras su comportamiento.

—Es el futuro Tauro.

Estaba destinado a sobrevivir. Tras la sorpresa inicial, Shion sonrió y le miró con un nuevo sentimiento brillando en sus ojos.

—¿Pensando en futuro, no Aldebaran?

—Siempre en futuro, Shion. Siempre en futuro. Bueno, tengo que irme. ¿Viniste a buscarme, no Teneo? Los chicos me deben estar esperando.

—Espero que se diviertan.

Tras una breve despedida, su maestro se dirigió con él hacía donde Serinsa los esperaba.

Suficiente
Cuando lo notó, ya había sido demasiado tarde. Shion se apresuró hasta el lugar y logró atajar al muchacho antes de que se desvaneciera por la pérdida de sangre. Lo acogió entre sus brazos con rostro preocupado y observó la herida que había hecho en ambas muñecas. Sin detenerse a analizarlo, Shion tomó ambas aberturas entre sus manos y emanó su cosmos para que los átomos se unieran y la herida se cerrara.El chico respiraba con dificultad: entrecortado y profundo. Jalaba aire con la mirada perdida en un cielo que se cubría de ángeles. Logró ver entre la oscuridad de la noche y del poder del hades, los cabellos rubios del dorado que lo había sujetado. También su aroma: a sangre, a sudor, a lágrimas.—Teneo… —Su voz sonó suave y alarmada, mientras pasaba sus manos por el rostro—. Por favor, Teno, contéstame.

—¿Fue suficiente? —Shion le observó sin entender la pregunta—. Para… que vuelva a la vida. ¿Fue suficiente?

Shion subió la mirada hacia la armadura de Tauro, cubierta con la sangre del aprendiz. Le faltó el aire, el aliento, incluso las ganas de pestañear.

—Es más que suficiente… Ahora tienes que descansar.

Cuando perdió el conocimiento, lo alzó y se lo llevó a su habitación. Allí limpió las heridas, la sangre y la tierra que había quedado manchando sus manos. Teneo había sido uno de los que había ayudado a enterrar a los soldados y santos que caían en la guerra. Sus manos sabían del peso de la muerte.

Tras unas horas durmiendo, lo vio despertar aún cansado y débil. La vela se movía por el viento fúnebre, y afuera se sentía el temor galopando ante cada noche perdida.

—Señor Shion…

—Me alegra que hayas despertado. ¿Cómo te sientes?

—Débil… ¿Y tauro?

—Brilla y vive… —Le sonrió al responderle—. Aldebaran debe estar orgulloso de ti.

Teneo sonrió, con su mirada apagada y sus ojeras marcadas por el agotamiento. Cerró sus ojos y exhaló el aire, aliviado, como si un peso fuera quitado de sus espaldas. Shion no pudo evitar admirar al joven que sin tener armadura, ya era un santo.

—Lo sentí conmigo cuando me debilitaba. Sentí su mano sobre mi hombro, instándome a dar un poco más.

—¿Entonces el imprudente fue él? —Ambos sonrieron a la nostalgia.

—Él aún está aquí.

Lo estaba. Aldebarán no moriría. Mientras Teneo lo guardara en su memoria, Hasgard seguiría vivo.

Shion se lo corroboró al tomar su mano con fuerza.

Permiso
Teneo corrió lo que más pudo con sus piernas para poder alcanzarlo. Lo veía a toda velocidad con Dohko, estaba seguro que se adelantaría a la batalla. El resto de los santos estaban esperando en el coliseo por las instrucciones y él ya se encontraba ansioso d participar. De pelear como un santo aunque  tuviera las manos desnudas.—¡Señor Shion! —gritó al sentir que sería imposible alcanzarlo. Alargó más sus brazos y cubrió su boca con ambas manos para extender el sonido—. ¡Señor Shion!Curiosamente, quién volteó a su llamado fue Dohko y este tomó del hombro a Shion para hacerlo detener. Cuando tuvo la atención del lemuriano, se apresuró a hacerle encuentro hasta que, inclinándose con el apoyo de su rodilla, se vio en la necesidad de buscar aire.

—¡Teneo!

—Señor Shion… ¡espere! —Tomó más aire hasta enderezarse y mirarlo fijamente a los ojos. Dohko enarcó una ceja y Shion con una señal de su mano le pidió que le permitiera un momento—. Discúlpeme… sé que van a la guerra, pero…

—¿Qué sucede? —Interrumpió cubriéndolo con la sombra de su cuerpo en ese atardecer. Teneo se sintió pequeño ante su presencia, tan pequeño como cuando era la sombra de su maestro la que lo cubría. Se armó de valor y apretó los puños para inclinar su cabeza ante él.

—¡Permítame ir a acompañarlo! O al menos… ¡deme el permiso en nombre de mi maestro para ir a la guerra con sus compañeros! Pero por favor… necesito hacer algo. Necesito pelear al lado de usted…

Tras la sorpresa inicial de Shion, vino un gesto de compresión que caló hondo dentro de él. Y al final, sin dejarlo terminar, el dorado puso su mano sobre su hombro, un peso suave que se sentía como una tonelada.

—Escucha esta orden, Teneo, escúchala y obedécela como si fuera el mismo Aldebarán quien la pronunciara.

—¡Sí, Señor!

—Vive.

Se le atoró el alma en la garganta y sus ojos se inundaron de una soledad premeditada. Apretó la mandíbula y bajó sus ojos hacia el suelo.

—Ese es tu deber en esta guerra, Teneo. Vivir. Porqué sobre tus hombros descansa el legado de Aldebarán.

Al ser soltado, Teneo solo asintió, tomando aquellas palabras como su único refugio. Shion y Dohko retomaron el camino hacia la guerra, dejando al muchacho en el camino empedrado.

Pero allí, no solo había sentido la soledad invadirle los huesos el joven aprendiz. Dohko tuvo que posar una mano sobre el hombro de Shion al notar sus emociones a flor de piel, contenidas en capas de deber. Para Shion, repetir las mismas palabras que Hakurei le dijo, había sido una enorme lección. Le permitió comprenderlo.

Legado
Era más un protocolo. Los dos sabían, que la ceremonia en sí podría verse innecesario, porque la armadura ya lo había escogido y permanecer con vida lo hacía merecedor de ella. Pero el acto, en sí, también era imprescindible. Para ambos, para el honor de sus maestros y para los sobrevivientes que verían, con ojos esperanzados que tras la guerra y la muerte quedaba la esperanza de un mañana.Shion bajó con las vestiduras celestiales que el antiguo patriarca le había heredado. Colocó su yelmo, ajustó las túnicas y bajó los escalones de las casas desoladas, guardando en su mente cada memoria, cada sonido ye imagen del pasado inmediato que lo había abandonado, y a su vez resguardado con mayor fortaleza para levantar los simientes del futuro. En su corazón, sintió la aprobación de Dohko a cada paso, su compañía ineludible aún al estar lejos. Y se tomó de ella para seguir un camino que no, no haría solo.Su amigo estaba en las montañas dispuesto a acompañarlo por doscientos años en el sueño de volver a ver a su diosa. Y estaba el futuro, el que Hasgard había forjado con sus manos, dispuesto a estar con él, hombro a hombro, levantando las columnas de la orden.

—Teneo.

El joven ya estaba en el lugar, en medio del coliseo. Los pocos santos que sobrevivieron, observaron el momento en que se inclinó ante su presencia. La armadura de oro estaba en su pandora, brillando y expectante por recibir al sucesor. Shion podía sentirla vibrar con fuerza y vigor, tanto como el espíritu de Teneo que se encendía con euforia.

Teneo levantó la mirada, miró a los ojos de Shion con ansiedad. Se miran, y lo presienten.

Porque ese día, Teneo iba a morir.

—Te entregó la armadura de Tauro: Aldebarán.

La armadura reconoció el designio y cubrió al joven. Envolvió con su cálido dorado la figura, llenándola de poder. Cuando por fin estaba ensamblada hasta la última pieza, Shion observó al dorado postrarse ante él, rodilla al suelo y un puño que demostraba su mayor determinación.

—Y, Aldebaran de Tauro, seguiré el camino de mi maestro y abandono mi nombre para servirle a Athena y a usted, patriarca.

Shion sonrió. Sabía que a partir de ese momento, no había vuelta atrás. Porque ambos abandonaron sus nombres para cubrirlos con el título. Y ambos lo hicieron bajo su propia voluntad.

Favor
Había pasado ya seis años.Shion observaba y atestiguaba con admiración como el discípulo de Hasgard crecía. Mostraba su legado, se movía como lo había hecho él en algún tiempo atrás y sonreía al pensar que su maestro estaría orgulloso. Había encontrado en Teneo, una fortaleza a la que asirse cuando ya no podía sostenerse con sus propias manos. Había encontrado también, comprensión.Tras la última misión y luego de comentar todo lo que había acaecido en ella, los dos se quedaron en silencio. Intercambiaron miradas comunicativas, mientras el fuego se mecía entre los candelabros.

—¿Hay algo que quiera decirme, Señor Shion? —Se adelantó el santo, al notar que los ojos del patriarca estaban puesto sobre él, fijos y sin titubear.

Debía admitirse nervioso ante el peso de la mirada y el calor que le provocaba aún si no quería darle importancia a ello.

—Pensaba en todo lo que hemos pasado, Teneo. Lo que hemos superado, lo que hemos logrado en estos años.

Teneo. Shion. Habían más pactos entre ellos que los que se pudieran admitir. Pero en una época donde solo estaban ellos, llegar al acuerdo de dejar a Aldebaran y a patriarca fuera de las paredes, le pareció algo aceptable. Estaban en lo mismo, metidos en la misma empresa, entregados a ellas. Pero cuando estaban solos en una misma habitación, se sentía mejor escuchar su nombre en labios de otros. Al menos en nombre de él.

—Lo que hemos logrado ha sido gracias a usted.

Shion le sonrió y se levantó del trono para dar unos pasos sin rumbos sobre la alfombra. Caminó hasta pararse al lado de Teneo y lo vio, d rejo, inclinar su mirada. El cabello castaño cayendo a un lado de la armadura y el grueso cuello a su vista.

En momentos como eso, Shion titubeaba. Meditaba en que tan aceptable era sentir tanto como humano siendo el representante de un dios en la tierra. Pero su maestro se lo había dicho: vivir. Y jamás vio a su maestro Hakurei negándose el vivir.

Entre el afán y la necesidad, debía tomar siempre una decisión, día a día. En ese momento necesitaba una.

—Teneo.

—¿Sí, Señor Shion?

—Te voy a pedir uno… no, dos favores. —Teneo asintió esperando la voz para obedecerla—. Primero, ponte de pie. Mientras estemos a solas, no tienes necesidad de arrodillarte al menos que recibas una orden de mi parte.

—Pero…

—Y segundo: llámame Shion. Solo Shion.

Teneo levantó la mirada, un tanto descolocado con ambas peticiones.

—Aquí, somos dos sobrevivientes, dos hombres, somos iguales. ¿Puedes hacer eso por mí?

Teno sonrío y se puso de pie. Comprobó Shion que incluso la altura había cambiado, ahora era su sombra la que lo cubría.

—Será un placer, Shion.

Manos
La tormenta caía afuera con fuerza, vientos violentos y estruendosos truenos se escuchaban, mientras la madera de la ventana crujía. Afortunadamente durante el viaje habían conseguido refugiarse allí, en una granja abandonada, carente de todo menos de la madera que les hacía de refugio. Sin embargo, tampoco había sido del todo una buena idea.Teneo, con la fuerza de su signo, retiró la viga que cayó cuando una ventisca golpeó de llenó contra la edificación envejecida. Shion observó todo desde su lugar, sobre un montículo de paja, mientras ceñía mejor la túnica patriarcal.Para esa misión, era necesario que Shion fuera a dialogar con un grupo de antiguos santos sobrevivientes que quería empezar una guerra interna. Teneo se negó rotundamente a dejarlo ir solo. En el camino, la tormenta los había atrapado.

—¿Te encuentras bien Shion? —El aludió levantó la vista y asintió. El joven sonrió en respuesta tras sacudir sus palmas y se acercó a él, luego de destensar los músculos de sus hombros.

—Esperemos que esto no nos caiga encima. —Bromeó un poco y Teneo respondió con una sonrisa más divertida. Se sentó a su lado y compartió entonces las provisiones que tenía en su equipaje.

Compartieron los panes y comieron en silencio, escuchando a la brisa silbar entre los agujeros de la madera. Un par de veces Teneo rozó las manos de Shion mientras sacaban el pan, se disculpaba, y seguía comiendo mientras se le notaba ansioso. El calor de esos roces se había convertido en un elemento vital en la vida de Shion. El sonido de la voz de Teneo e incluso su sola presencia en algo innegociable.

Pensó que hacerlo, en un lugar apartado al santuario, a todo los que las paredes les obligaba a ser, sería un paso trascendental. Pensó que era el momento idóneo. Shion atajó la mano de Teneo, y con suavidad, pasó los dedos ásperos por la tarea de reparar armaduras por los gruesos y fuertes del joven Tauro. Teneo se erizó y se le cayó el pan que tenía en sus dedos.

El joven le miró, conteniendo el aire en cada pulsada de sangre que corría por sus venas. Encontró en Shion la más sublime determinación de mantener el contacto. Entonces dejó de ser reprochable, dejó de sentirse condenable el hecho de tocar sus manos. Y en medio de la oscuridad que era golpeada por los relámpagos, sus dedos se movieron suavemente para reconocer los del otro.

—Pensé eran más suaves. —Comentó Teneo, tras rozar índice y pulgar.

—Mis manos no, dejaron de serlo hace mucho.

Se limitaron a sonreír, a extender el roce, a eternizar el momento.

Esa noche solo fueron sus dos manos las que hallaron el gusto de seguir siendo humanas.

Enfrentamiento

—¿Es aquí?

—Sí. Siento su presencia escondida en este lugar.

La fiesta que se hacía en la enorme mansión seguía el itinerario programado. Comida, bailes y música mientras los invitados tenían una máscara cubriendo sus rostros. Era el lugar ideal para esconderse el enemigo y ambos lo sabían. Los dos, vestidos apropiadamente para la ocasión vigilaban cada movimiento esperando un indicio.

Teneo le tomó la mano a Shion para adelantarse entre la multitud. Algunas mujeres se les acercaban, pero ambos le rehuían mientras mantenían su atención en cualquier movimiento cósmico.

En esas circunstancias, era imposible que ambos prestaran atención al solo hecho de tener sus manos tomadas. Se encontraban demasiados concentrados. Por eso, cuando la energía fue sentido por ellos, Ambos reaccionaron de inmediato. Shion subió la mirada al techo, Teneo, en cambió se lanzó sobre él.

—¡Cuidado!

—¡Allí!

El golpe de cosmos atravesó el techo del salón y despertó el pánico. Todos los invitados comenzaron a correr mientras que Teneo había tomado el cuerpo de Shion y lo había alejado del peligro.

—¡Están arriba! —Teneo sujetó con fuerza el cuerpo de Shion mientras miraba el agujero y las energías moviéndose. Frunciendo el ceño, dejó en el piso a su compañero para dirigirse hasta arriba.

Shion lo vio saltar hasta al agujero para enfrentar a los enemigos. Las puertas del salón fueron selladas, y comprobó aquello cuando la gente desesperada intentaba abrir la puerta y no hallaban el modo de salir. Entonces tomó la determinación de salvar a la gente, antes de enfrentarse con Teneo a los enemigos. Corrió hacía ello, y aprovechando que todos se estaban rozando entre sí buscando la salida, los trasladó con él a un lugar fuera de la ciudad, ante el asombro de todos.

Regresó tan rápido como pudo y al llegar arrancó las vestiduras que portaba para dejar a la vista la armadura de Aries. Teneo ya había eliminado al grupo, pero se enfrentaba al líder de ellos, un caballero. Notó que había sido herido y al ver la sangre corriendo por su brazo, algo en él se encendió con ímpetu.

—¡Teneo! —Blandió sus manos, levantó la palma para llamar a las estrellas del cielo y lanzarlas contra el enemigo-. ¡Stardust Revolution!

El poder cayó contra el adversario sin darle tiempo a replicar. Ante el estallido de poder, Teneo se cubrió para evitar ser alcanzado por ellas.

Cuando la luz se disipó, Shion tocó el techo de la mansión que ahora estaba desolada. Miró a Teneo y este le sonrió declarándose victorioso.

Calor
La vela se agitó por el viento que entraba de la ventana. Shion levantó la mirada, dirigió sus ojos en la madera que se había soltado del seguro y se levantó para cerrarla, cuidando que el cerrojo de cobre no volviera a ceder ante el fuerte viento. La familia de aquella mansión les había permitido quedarse por haberlos salvados de los intrusos.Regresó hasta la cama donde Teneo aguardaba, sin la armadura protegiendo su cuerpo. Shion, tomando de nuevo el paño, colocó la infusión en la herida hasta limpiar la piel que había sido lastimada. Teneo lo miraba con los ojos brillantes, ansiosos y expectantes de cada movimiento fresco que cubría sus músculos.—Eso que hiciste fue peligroso. —Le reclamó suavemente, afilando su mirada hacía los ojos que el menor tenía fijos en él.

—Estás bien y eso es suficiente.

Teneo le tomó la mano y obligó que esta se quedara quieta, sobre su corazón. La intensidad de su mirada Shion la calculó aumentando a mil, a pasos agigantados, elevándose con ella la temperatura. Creyó que n era posible que esta se acelerara, pero cuando Teneo llevó sus manos hacía los labios y beso sus nudillos, se convenció de que no solo podía hacerlo, sino estallar.

Se le cortó el aire y la voz le faltó. Teneo miró sus labios y no pudo más que desear anclarse en ellos. Quería gastarle la boca a besos y decirle que había algo gestándose en él más que la simple obediencia que le debía. Que empezaba a volverle loco el tener que guardar distancia y que quería vivir, como su maestro le enseñó.

El problema es que no necesitaba que se lo dijera en voz alta: Shion lo leía en sus gestos y en su mente. Pero sus ojos recayeron en el vértice de su boca, dibujó la curva y calculó el espesor de sus labios. Se vio vencido cuando los propios se humedecieron anticipando un contacto que no debería esperar.

Teneo jaló, Shion  permitió y antes de que se dieran cuenta ambos cerraron los ojos antes de que el choque los encegueciera, antes de que sus labios lanzaran a chispas y el aliento se atragantara en su garganta. Antes de que el mundo se viniera abajo, así como las ropas. Antes de que la consciencia creara una muralla que nunca se concretó. La vorágine llego, azotó y quemó: con yemas, con lengua, con suspiros. Y ninguno quiso volver atrás.

Cuando la vela volvió a titilar, Shion alzó la vista hacía la madera que de nuevo había cedido contra el viento. Teneo lo apretó contra sí, regalándole el calor de su cuerpo que aún tenía los estragos del orgasmo.

Corta
Soltó un suspiró largo al sentarse en la mesa. Entre los candelabros, el viento que susurraba, la túnica que cantaba con sus pasos y el peso de los años sobre sus hombros, Shion había deseado contar una arruga más ese día. Al menos una arruga más que le diera edad, que le quitara años a la certeza de que faltaba aún un siglo para que la hora llegase.Contuvo el aire y miró de nuevo sus manos. El vacío de ella ardió en sus mejillas, haciéndola temblar. Ansiaba el contacto caliente y firme de Teneo, recordaba sus manos arrugadas contando los pliegues que se formaban en las suyas y odió el día en que al contar las arrugas, Teneo le superó.La vida es corta.

Por eso la habían sabido encender hasta lo indecible: en orgasmos consecuentes, en besos imperantes,  en caricias nocturnas peleando contra el frío y la soledad. La vida era muy corta, se lo dijo reiteradamente, cuando sus manos ya no podían despertar en él lo que él aún sentía arder entre sus piernas. Cuando la edad pesó y golpeó en seco contra sus ojos y la armadura comenzó a pesar y demoler. Cuando sus ojos dejaron de tener el brillo de vida y esperaba a la muerte.

Teneo vivió hasta donde pudo. Noventa años desde que la guerra santa terminó y aún con un siglo por delante, había tenido que dejar partir al hombre que levantó el santuario con él, con sus manos. La garganta se le cerró por las silabas que ya no podría pronunciar en voz alta.

Sin apetito, se levantó de la mesa y decidió no comer por ese día. De nuevo arrastró la túnica y otra vez sus latidos abrazaron, conteniendo un llanto que se había cansado de derramar en el silencio.

Miró de nuevo hacía la puerta donde lo vio entrar, agitado y sucio, lleno de vida y esperanza.

En su lugar solo había un hoyo de ausencia y un muro de certezas que lo protegían.

«Shion… gracias por permitirme quedarme a tu lado»

Pensar que hubiera pedido un pacto con el hades, por retenerlo un poco más.

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