Black Hole (Aspros x Asmita)

Aspros se había encargado de volver el punto central en circunstancial, en solo una excusa. Había logrado meterse en medio y convertirse en el núcleo.

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Temas:  Canon, drama, angst
Personajes: Aspros, Asmita
Resumen: Aspros se había encargado de volver el punto central en circunstancial, en solo una excusa. Había logrado meterse en medio y convertirse en el núcleo.
Dedicatoria: Para todos los que les guste esta pareja en su modo retorcido
Comentarios adicionales: No estaba segura de que iba  escribir, pero si de que quería expresar. Espero haberlo logrado. ¡Quería escribir de Aspros divo malvado!

Black Hole

—¿Qué te gustaría ver?

Aspros alguna vez le preguntó lo mismo. Asmita recuerda el olor del café, recién hecho, la textura suave de la taza en sus manos y la idea de que aquella bebida, totalmente desconocida, terminaría agradándolo por solo su perfume fuerte. Tiene memorizado los pasos que rodearon la mesa, el calor que se alojó en su nuca descubierta y la sensación de verse invadido.

Pese a ello, estaba la pregunta. Tácita y perfecta, encerraba en él un deseo recóndito de su mente que no se había dado tiempo de buscar.

¿Qué le gustaría ver?

No era el mar, que pese a temerle y respetarle, no requería encontrarle el color para conocer su fuerza. No era el sol: el calor se sentía cada vez que asomaba su nariz fuera del templo que lo había acogido. No era la lluvia, con la cual se empapapaba tras meditar. No había ningún rostro: él que más le gustaba nunca había dejado de tocarlo, aún si hubiera un artefacto horroroso que atentara contra esa posibilidad.

No se trataba del cielo, que aunque no pudiera reconocer, lo imaginaba como inalcanzable. Ni el fuego, ni las sombras que lo resguardaban, ni el horizonte. Pero sí una cosa:

—Las estrellas.

—¿Las estrellas?

Acercó los labios al filo de la taza. Encontró en el frío de la porcelana, la perfecta contradicción antes que el líquido caliente entrara en contacto con sus labios y el aroma golpeara contra sus fosas nasales. El café… delicioso. Asmita podría tomar café toda la vida si era así.

Se limitó a asentir y a probar la caricia del café en todos sus sentidos disponibles: La textura en su paladar, el aroma en su nariz, el sabor en su lengua.

—¿Por qué las estrellas?

—Porque así podría odiarlas.

Las estrellas que determinan el destino. Las estrellas que guían a los navegantes, a los patriarcas y los crédulos.

No podía conocerlas, pero si estudiarlas.

Siempre al lado de sus libros había aroma de café.

Asmita se remueve en el asiento tras la nueva caricia a su nuca. Enfoca su atención a la voz que le habla, y a su vez busca alejarse del magnetismo que le crea. Desea no prestar atención a la entonación ni mucho menos a su aliento con rastros de café arrastrándose en cada ondulación de sus silabas.

—¿Qué quieres saber sobre las estrellas?

Pasa sus manos sobre la mesa y capta con sus yemas las sobresalientes marcas del mapa estelar. Cruza por virgo, memoriza a espica en su trayectoria. Luego juega con las líneas que forman el signo y las estrellas que rozan sus límites.

La mano de Aspros posa sobre la de él. Aprieta las venas que sobresalen de su piel blanquísima, revienta de nervios sus arterias y desliza con su fuerza la atención de su palma más abajo, más a la izquierda, hasta captar la trayectoria de géminis. Presiona hasta que arde la punta. Acerca hasta quemar las esquinas. Asmita corta el paso del aire y deja sin abastecimiento a sus pulmones.

—Como destruirlas.

Hay una vela a su lado. Hay un brillo muerto en la mirada. Y hay la franca contrariedad de admitir que se siente más amenazado con la luz que con quien había vivido bajo el estigma de ser la estrella maldita.

Amenazado de ser absorbido.

—La primera lección, Asmita, es que no puedes destruirlas.

Las estrellas no pueden ser destruidas. Simplemente mueren.

Mueren al paso de sus caricias perdidas bajo la mesa, al ritmo de la candencia de su voz. Perecen al chocar como sus alientos. Desfallecen ante la falta de aire y el saber que está siendo arrastrado.

Asmita sabe que él sabe. Sabe que él sabe que lo percibe. Ambos juegan un escondite entre la oscuridad de sus motivaciones. Ambos saben que están allí por el segundo, y que aunque no lo nombren, está allí: en medio, alrededor, incógnito y suyo. Ambos entienden el alcance de la falsa diplomacia. Huelen el miedo, comprenden el orgullo y se dejan arrastrar por la terquedad que los enviste. Permiten el roce y empujan el juego.

Huele a café. El café mata la miel de la vela, las neuronas, sus defensas cada vez más debilitadas.

—¿Para qué quieres matarlas?

La mano se desliza, traicionera. Sube el terreno, atrapa más oro contra su carne, transmite calor entre los átomos, se asoma en las hendiduras y alimentan de energía sus poros aturdidos. El cabello que le roza en la mejilla es traicionero, el temblor que lo acoge en su bajo vientre hace eco con todos los puntos de la habitación.

Dentro de Géminis, jamás pensó sentirse tan asfixiado.

Podrían terminar el juego y soltar las máscaras, pero ambos disfrutan de ello. La curiosidad intransigente se ve alimentada por las ansias atrapadas y las tretas planificadas para cada encuentro de sociable enemistad. Pero Asmita empieza a pensar que jugó mal su carta. Que estar allí dentro, de nuevo, ha sido una mala decisión. Porqué no está invadiendo nada… está siendo absorbido. Arrastrado cruelmente al centro de la oscuridad.

—Las estrellas solo mueren. —Le repite presionando sus dedos en torno del brazo—. Las más comunes, simplemente pierden el brillo y desaparecen en el espacio, sin previo aviso. Algunas, tienen una explosión gloriosa. —Continua, arrastrando el verbo entre los roces contra su oreja—. Brillan hasta llenar todo el espacio de luz y energía. Estallan incapaces de contener tanto poder.

Explotar. Asmita maldice el café que acelera el proceso. Vibra ante la punta de la nariz que se aprieta contra su cabello y lo escueta que se siente su armadura sobre su cuerpo receptivo.

—Creo que Kardia quiere morir así.

Con un movimiento, su cuerpo es atizado al mueble de madera. Su cadera choca contra el filo de la superficie y la sombra de Aspros: sorbiéndolo. Busca sostenerse con sus manos a ella y la taza de porcelana tiembla entre el borde, mojando sus dedos de café. Contiene el aire y forma de nuevo la línea que lo llevó a la trampa.

No hubo reclamo. No hubo una discusión ni un enfrentamiento de verdades. No hubo nada de lo que Asmita había esperado y se había preparado. No hubo mención de lo que ambos conocían. No hubo alusión al secreto que ambos guardaban como celosamente suyo.

Solo una taza de café, una conversación trivial. Una mirada magnética y una retórica locuaz. Una fiesta de disfraces entre maquilladas motivaciones, a la que decidió jugar. Aspros se había encargado de volver el punto central en circunstancial, en solo una excusa. Había logrado meterse en medio y convertirse en el núcleo.

—Hay otra manera en que «mueren». —Asmita traga aire y sal, mientras sostiene su cordura apretando las uñas en la madera—. En sí, más bien se transforman. La fuerza de atracción empuja todo dentro. —Y lo empuja, provocando el choque de oro y de calor atrapado—. Se va hundiendo, abriendo una brecha en el tiempo y espacio. Se expande y entonces…

Lo escucha en un susurro contra su oído. La declaración de su naturaleza.

Hoyo negro. Y atrapa un poco de su piel bajo su mandíbula.

Tragaluz. Y sorbe el calor de la zona enrojecida.

No mueren: se convierte en un enemigo que come todo lo que se acerca, que arrastra, que atrapa. Que desintegra y envuelve, que deja sin poder incluso al tiempo, sus fuerzas y a su raciocinio. Que quiebra las cadenas, que pone en jaque sus ideas, que atrae su ciega búsqueda del dolor y la verdad.

El café cae. La trampa del manto estelar en la mesa es estrujada por sus palmas. Cuando el beso inicia no hay vuelta atrás. La última muerte queda invalidada entre sus labios y la conversación es arrastrada a lo hondo de su ser y al centro del colchón.

Entonces comprende el fondo de la verdad cuando su frente atiza contra la cama. Halla la clara evidencia cuando el peso está sobre el de él y deja otra marca tras su nuca. Aprieta sus párpados y le tiemblan las pestañas. El olor del segundo está allí, pegado en las sábanas que él ahora estruja antes de sentirse invadido. La vida del segundo está allí, tomada una y otra vez, cada noche y cada día. Su aroma impregnado, su sudor mezclado con el semen, con la saliva y la sangre. El juego de Aspros, al descubierto. Su cuerpo incapaz a esa altura de evitarlo.

El segundo partiéndose tras precipitarse contra el suelo. Aspros simplemente no soporta la idea de no ser el centro. Quiere todo, contra todo.

—¿Entiendes? —Escucha contra su oído, contra sus embestidas, contra el sudor que rueda por su espalda y hace agua a sus piernas—. No puedes matarme.

«En él»

«En ellos»

El hoyo negro que traga luz. Asmita se había acercado demasiado. Aspros le enseñó la lección: No había nada en géminis que no fuera suyo. Nada.

Con la consciencia hecha jirones tras el orgasmo, Asmita siente la caricia en sus párpados. Aprieta la piel sobre sus ojos cuando el beso se derrama en su frente, como una maldición. Sabe, con la mirada que había clavada tras él más allá de su alcance, que no es el único que recibió aquella enseñanza.

Entiende que Aspros lo ha logrado.

Absorberlos a ambos y separarlos.

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