Old Friends (Hades x Seiya)

A Hades nunca le interesó la tierra: solo él. Y por fin lo había conseguido.

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Temas:  Canon
Personajes: Hades, Seiya
Resumen: A Hades nunca le interesó la tierra: solo él. Y por fin lo había conseguido.
Dedicatoria: A Pale_Soul of course. ¡Me tienes enferma con tu Youma! *sufre* Pues cuando vi que estabas en la lista de los siguientes cumpleañeros me puse a pensar que regalarte y dije: bahhh, ¿como que qué? Hades x Seiya of course! Y bueno, aquí te traje algo pequeño, que quizás no haga justicia a todos los mini infartos que me has dejado, pero con lo que quiero expresarte mi gusto y mis buenos deseos hoy que es tu cumpleaños. ¡Espero te guste, te entretenga y lo disfrutes!
Comentarios adicionales: Pre Next Dimension. Espero no haberme volado alguna referencia canon u_ú. Escrito en la oficina

Old Friend

La espada sagrada aún resonaba y aunque la hubiera retirado de la herida, el cosmos pulsante llenaba por completo el cuerpo. La diosa no podía hacer nada para retenerlo. No había modo de que ella pudiera aplacar el poder del dios. La necedad de querer llevarse al menos esa alma con él al limbo.

Saori apretó con fuerza la herida del pecho y buscó con su voz llegar a la consciencia de su santo más fiel. El sonido de sus cuerdas vocales se fue aminorando y quebrando conforme los minutos pasaban, la sangre corría y su cosmos intentaba con pocos resultados retenerlo.

«No» murmuró en su pecho mientras aprisionaba en sus brazos el cuerpo de su valioso santo. «No» Apretó su mejilla nívea empapada de su propio dolor.

Por más que llamó, Seiya no vino a su llamado. Quién siempre iba por ella, esta vez, no podía responder.

 

:::::::

 

—Parece ser esta la única manera. —Murmuró para sí. Más allá del entendimiento, su alma sostenía el alma del caballo alado en sus brazos.

Los mismos rasgos de hace tanto tiempo… infinidad de eternidades. El cabello castaño, los atributos juveniles y llenos de vida, envueltos en una profunda ensoñación. Los ojos vivaces ahora opacos, abiertos. Con pestañas envolviendo tupidamente el contorno de sus ojos, lo veían sin destinarle un reconocimiento.

Los dedos largos del dios acariciaron la afilada mandíbula. El cuerpo del muchacho reposaba contra su pecho envuelto en negras túnicas. Más allá de donde cualquier pudiera llegar. Su poder, haciendo burla del tiempo y espacio, lo envolvió.

—Mucho tiempo, viejo amigo. Mucho tiempo.

Muchos planes, muchas tretas. Siglos y siglos repitiendo la misma batalla, la misma guerra con la misma consigna, para que aquello llegara a su fin. Cuerpo no… imposible era sostener lo que se sentía en el mero cuerpo de un mortal. Pegaso tampoco aceptaría la eternidad de su mano. Solo así, el alma.

El único capaz de tocarlo. Él único que se atrevió a levantar su puño en contra de él, por ella. La razón por la cual las batallas se hicieron eternas e interminables. A hades nunca le interesó la tierra: solo él. Y por fin lo había conseguido.

Despegó de su frente un mechón de cabello castaño, mientras lo observaba existir. No podía haber otro estado para su conciencia, más que su existencia en brazos del Seol.

Sostuvo en alto su mano por un segundo. Desde lejos, pudo sentir el cosmos de Atenea intentando alcanzarlo. No podría. No habría modo de que ella llegara a él, sino por él mismo.

—Hasta aquí ha llegado tu poder en él, mi pequeña sobrina. Hasta aquí la guerra. Este siempre fue el precio que nunca quisiste pagar y que te he obligado a asumir.

Porqué lo había recordado a la perfección. Incluso en cada eclipse de luna. El día que comprendió que su fascinación por el humano no podía ser algo transicional. El fuego de la mirada de Pegaso, su convicción, su fe. La esperanza que quemó los límites y dejó una llama incendiaria en su frío corazón. La sonrisa con la que ensambló su puño para golpearlo. La seguridad y el brillo de vida que destinó en ese último instante.

De otro modo, el humano jamás hubiera podido tocarlo. No lo hubiera podido hacer de no haberlo permitido. Pegaso golpeó primero su corazón olvidado, antes de ensartar los nudillos en su piel.

—Viejo amigo, ya es nuestra hora.

Vació su halito en los labios entreabiertos del muchacho. No importaba esperar una eternidad más, si con eso borraba todo rastro del cosmos de la virgen de su alma.

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