Chocolate (Defteros x Asmita)

Defteros decide compartir uno de los dulces que más disfruta con Asmita, en una tarde de Verano.

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Temas:  Canon, Romance, ñoño
Personajes: Defteros, Asmita
Resumen: Defteros decide compartir uno de los dulces que más disfruta con Asmita, en una tarde de Verano.
Dedicatoria: Para Scarlet D y su bello Defteros. Ahora no puedo escribir de él sin pensar en rol! ;o; ♥
Comentarios adicionales: Una cosa bien ñoña, pero me gustó imaginarlos en ese momento y así… :3

Chocolate 

Lamió con gusto el rastro achocolatado que estaba entre sus dedos. Persiguió hasta la última porción que se había prendado en su yema. Defteros no perdió de vista todo el movimiento, mucho menos la mancha de color marrón que reposaba y bailaba con cada movimiento de comisura que Asmita hacía mientras comía.

Por un momento, lo había pensado como algo digno de observar. Era verano y las barras de chocolates que Sisyphus le había regalado a Aspros por uno de sus viajes, se derretían con facilidad en las manos. Compartir ese pequeño y delicioso manjar con Asmita lo sintió natural. Imaginarlo embarrándose de chocolate para tratar de comer antes de que el calor se lo llevara todo, algo divertido. Pero lo que tenía en frente distaba de eso: el calor apremiaba afuera, adentro, entre sus piernas y en sus ojos que veían azuzado como Asmita pasaba su lengua indoloramente entre sus dedos.

—¿De dónde es que lo trajo?

—De España… —Carraspeó y notó su voz atribulada por la saliva atascada dentro de su boca. En un ataque de pura ansiedad, se llevó un enorme pedazo de chocolate para tratar de aplacarlo.

—España…

Asmita volvió a hacer lo suyo. Se prendió de la barra de chocolate con su boca y lo sorbió como si se deleitara del solo hecho de derretirlo. Sus labios delgados envolvieron la placa con suavidad y el sonido que se formaba de la fricción de saliva, chocolate y piel pareció hacer eco directamente en las piernas de Defteros. Casi el pedazo de chocolate que se había llevado a la boca se le cayó y buscó recuperarlo con la lengua provocando que un hilo de baba marrón rodara por su barbilla.

Nunca había visto a Asmita comer algo con tanto gusto. Nada, de lo que pudiera recordar en ese momento o traer de su memoria, podía compararse al gozo que tenía en ese momento su compañero mientras se pescaba la otra punta del bloque achocolatado. Sus dedos volvían a quedar llenos de chocolates y parte de sus manos también. Su túnica malva tenía algunos manchones del dulce y ni hablar de su cara…  Cuando Asmita subió su rostro y sonrió tenía los dientes, los labios y hasta un enorme punto en su nariz de chocolate.

Defteros se atoró al reír, y tosió mientras aplacaba la congestión en su garganta.

—¿Estás bien? —Preguntó su compañero, extendiendo sus cejas en gesto preocupado. Defteros asintió, como si pudiera verlo hacer el movimiento y tragó bastante saliva y chocolate juntos.

—Estás… muy sucio.

—¿Sí? —Defteros volvió a asentir con una sonrisa traviesa.

—Tienes chocolate en la nariz. —Asmita intentó limpiarse y dejó un manchón mayor en el punto mencionado, por sus dedos llenos de chocolates. Defteros reprimió una carcajada, mirándolo entre encantado y angustiado—. ¡Te ensuciaste más!

Asmita sí soltó una risa melodiosa antes de morder otro pedazo de la barra con contenido placer. Defteros marcó su labio inferior con su colmillo, observando la manera en la que Asmita se embarraba con el extraño dulce que azuzó a sus sentidos la primera vez que lo olió.

Recordaba aquella ocasión. Había llegado al templo para descansar, como estaba acostumbrado, pero acababa de comerse toda la barra de chocolate derretida que había traído Sispyphus precisamente de su último viaje. A su hermano no le gustaba tanto el chocolate, seguía diciendo que era mil veces mejor el café griego. Defteros, sin embargo, encontraba algo tan dulzón y exquisito en aquella barra marrón que pasó toda la tarde comiendo.

En cuanto cruzó el templo y se apostó en la conocida columna, Asmita había abandonado la meditación. Ese hecho le había extrañado, recordaba, más cuando el dueño del templo se acercó y se asomó tras la columna, con un gesto que podía describir como una curiosidad infantil.

«¿Qué comes?» Le preguntó. Él no estaba comiendo nada. Y estaba seguro que se había lavado cualquier rastro que quedara de chocolate, además que su máscara no debía dejar que su aliento pudiera percibirse.

Le explicó que precisamente no estaba comiendo nada, más no contó con la aguda percepción de virgo, cuando se inclinó cerca de su máscara, robándole el espacio personal de forma tan natural que se atragantó con la saliva. Lo vio olfatear de cerca y formar curvas en sus cejas que debía significar algo, a lo que no podía interpretar.

«Me gusta como hueles» Concluyó al final de la inspección y Defteros podía adivinar en su apacible seriedad un atisbo de desilusión por no encontrar eso que seguro estaba oliendo.

Entonces le prometió que cuando lo volviera a tener en sus manos, lo compartiría con él.

Volviendo al presente, Defteros comprobaba que no había sido mala idea, y que definitivamente compartir el chocolate así lo volvía un manjar más delicioso. Asmita volvió a quedarse sin barra en las manos, porque el resto se había convertido en crema embarrada entre sus dedos.

Repasó de nuevo el movimiento: su lengua oscilando entre sus nudillos, sus labios sorbiendo las puntas de sus dedos, la sonrisa de satisfacción casi ingenua que dibujaba al haber acabado de limpiar una parte del desastre chocolatosos que tenía encima. Defteros no se había dado cuenta en qué momento se había comido su placa, solo podía estar consciente de cuánta sed tenía. Sed por el dulce, sed por el calor, sed por Asmita que hacía gestos que lo acaloraban más.

Con una sonrisa y conteniendo sus propias divagaciones, deslizó su pulgar achocolatado en el pómulo de Asmita. Lo embarró con el dulce, pero se quedó prendado en el sonrojo evidente que tenía en sus mejillas, debido al calor o al placer de comer. Defteros al menos entendía el dulce deleite de comer algo deliciosos. Era casi como tener sexo, en su mente.

—Te gusta…

—Es delicioso. —Asmita admitió antes de pasar su lengua por sus propios labios, para atrapar el resto del postre—. ¿No hay más?

Defteros demoró su mirada en las mejillas, en los puntos de chocolates que la lengua de Asmita no pudo alcanzar en su rostro y en la sonrisa que dibujaba sus labios. Él se sentía… muy feliz. La cuota de felicidad que percibía con compartir el momento y el chocolate en sí, no tenía ninguna explicación lógica. Al menos no en su cabeza. Pero pese al calor, a la sed e incluso a saber que tenía el tiempo contado allí, se sentía feliz. Como si el mundo fuera perfecto.

Tras la petición de Asmita, luego de analizarla por quizás tercera vez, reclinó la mirada entre sus piernas para ver que aún había una barra, más derretida que las otras dos que habían comido. Estaba pegosteada al papel en las esquinas y se empezaba a borrar los relieves propios que tenía para partirla. Defteros no lo pensó mucho cuando la levantó y la sostuvo entre sus manos. No le importó ensuciarse con él y con un solo movimiento, la dividió en dos.

Casi pudo percibir el vibrar de la nuez de adán de Asmita cuando el «crack» del chocolate resonó. No había sonado tan fuerte, pero Defteros estaba seguro que había hecho eco en su cabeza, de la misma forma en que se ralentizaba cada expresión del rubio cuando movía los labios o deslizaba su lengua: como si se tratara de una ilusión. Le extendió su porción y celebró con una sonrisa la alegría que Asmita imprimía en sus gestos.

Estaba seguro que de Asmita poder ver, sus ojos estarían brillando. Sería quizás el mismo brillo que adquiría los ojos de Aspros cuando se trataba de las uvas. Imaginó ese destellar de placer y de ansiedad, en los ojos claro que Asmita ya le había mostrado alguna vez y se preguntó si aún con su ceguera, podría avistar un poco de esa luz.

Atoró el pensamiento con un mordisco de chocolate. Ayudó a aplacar bastante bien el rastro de tristeza que le llenaba cada vez que tocaba ese pensamiento. Asmita se veía muy feliz y relajado comiendo su barra de chocolate, ajeno de sus propias discapacidades e incluso de sus enormes responsabilidades. Así como estaba, frente a él y con el sol haciendo sombras en las más olvidadas columnas, Asmita parecía ser solo un joven.

Como la luz empezó a pegar a uno de sus hombros, Asmita se deslizó hacia adelante, acortó la distancia y pegó sus rodillas con las de Defteros. Sonrió en gesto de disculpa mientras se relamía los labios y Defteros se quedó mirando primero sus extremidades más juntas, rozándose por encima de las telas. Justo por ese choque, también se dio cuenta de algo más. Abochornado rodó su mirada hacia su entrepierna y denotó el bulto que se pronunciaba por debajo del pantalón.

Normalmente, cuando eso sucedía, buscaba irse sin tener que interrumpir la meditación de Asmita. No se quedaba de más. Le intimidaba lo que pudiera pensar su amigo «así lo había llamado en muchas oportunidades» de darse cuenta que esa clase de reacciones tenían su cuerpo cuando a veces fijaba su mirada en él. También había aprendido a controlarlo, con bastante dificultad, pero en esta ocasión ni siquiera se dio cuenta de en qué momento empezó.

Como si el haber identificado su abultada erección hubiera sido suficiente, la corriente de energía rodó por su cuerpo hasta su cerebro, pulsando como una llamada de atención. Defteros se removió un tanto incómodo y buscó desviar sus pensamientos con ayuda del chocolate. Chupó con ansiedad un pedazo mientras pensaba en algo inteligente: atinó a ver sólo las líneas del piso de mármol del enorme templo.

Al final su mente estaba en blanco.

Miró sus manos llenas de chocolates y un par de hormigas que se acercaban a su pierna, seguro en busca del dulce. Tras tragar otra porción, subió la mirada hacía Asmita, que por el sonido aún estaba chupando su parte con bastante atención. Se quedó prendado en el movimiento conjunto que ejercía labios y cuello, y en sus párpados suavemente caídos, con un gesto de verdadera felicidad iluminando su rostro. Distraído con ello, siguió mordiendo y chupando, pensando en que tendría en mente Asmita. ¿También sabría lo que es poner su mente en blanco? ¿Pensaba en algo al comer el chocolate? ¿Se daría cuenta del calor alojado allí?

Tras llevarse el último pedazo a su boca, decidió dejarlo derretirse entre sus dientes mientras extendía una mano hacía Asmita, de nuevo hacia la mancha que le había dejado en su mejilla minutos atrás. El rubio inclinó su rostro hacia la caricia y le sonrió, con una dulzura inexplicable que le hizo olvidar, momentáneamente, el sabor del chocolate.

Había cosas pocas sencillas visibles en Asmita, según su cabeza. El rubio de su cabello no era común. La blancura de su piel tampoco, la espesura de sus pestañas enfiladas le resultaban un detalle exótico y llamativo a su vista. Pero Asmita, en sí, era tonelada de sencillez cubierta en oro. En su más profunda esencia, lo que había en él era una ternura inacabable y dudas apiladas. Aunque no pudiera decirlo con las palabras concretas, en su percepción era algo así. Asmita era más humano de lo que el santuario pensaba.

—Si Sisyphus trae más, volveré a traerte —dijo tras tragar atolondrado un poco más del sabor, ahora hurgando con su lengua entre sus dientes. Notó el esfuerzo que hizo Asmita en despegar el pedazo de chocolate de sus labios, tragar y limpiar un poco sus labios con la lengua para contestar.

—Le diré que me traiga también, así habrá más. —La forma infantil en que él lo comentó, le robó una sonrisa confidencial a Defteros. Sonaba como un niño pensando en decirle a su hermano mayor que le trajera dulces de la bodega.

—¿Cómo le vas a explicar que sabes qué son? —Asmita encogió sus hombros, como si no le diera importancia a eso en ese instante. Relamió sus labios y sonrió de nuevo.

—No creo que pregunte.

Afirmó aquella expresión mientras deslizaba su pulgar por la mejilla. Lo movió, buscando traerse también la mancha de chocolate que había en la comisura, pero Asmita giró su rostro y atrapó la yema de su dedo. La agitación fue inmediata. Defteros se quedó inmóvil mientras la pulsaba golpeó con más fuerza su entrepierna y sus ojos se perdían en la visión de su dedo envuelto por los labios de él. Atrapó el sonido que planeaba salir de sus labios, en respuesta al tacto húmedo de la rugosa lengua, pero no pudo contener el empujar un poco su dedo para que probara más.

Asmita le limpió todo rastro de chocolate. Y lo liberó con una sonrisa ahora difusa. Para ese momento, comprobó que tenía las mejillas más rojas y algunas gotitas de sudor pegadas en su barbilla. Defteros se quedó escuchando sordamente los pálpitos instalados en su cabeza.

La sincronización fue casi inmediata. El ritmo de su respiración acartonada, y el de los movimientos de su nuez de adán, iba en incremento conforme los ojos de Defteros viajaban desde las manchas marrones, a la boca y la barbilla. Relamió los labios y Asmita hizo lo mismo, sin siquiera verlo. Se inclinó un poco y el resto de chocolate se quedó quieto entre los dedos largos, sin llegar a buscar a su boca. Defteros miró con atención las gotas que también se acumulaban en la pequeña curva de los labios de Asmita bajo su nariz y se le antojó como quien en el desierto encuentra un poco de agua.

No toleró la ansiedad y fue en busca de eso. Ancló su lengua al borde de la barbilla y jaló las gotas, comprobando a su vez el temblor del cuerpo de Asmita al sentir el contacto. El sabor salado de su sudor, contrastó duro y potente en las papilas gustativas de Defteros que estaban llenas de la dulzura del chocolate, provocando otra clase de reacciones que iban alejadas a la sola felicidad. Soltó el aire quedo en la zona húmeda, con los ojos entreabiertos, y subió para secar del mismo modo las gotas sobre sus labios, llevándose en el instante un poco de chocolate.

Se separó solo un momento, mirándolo con vergüenza y necesidad. Sus ojos se enfrascaron en los movimienientos de Asmita, reprendiéndose internamente y pensando en cómo explicar ese arrebato. Asmita solo dejó que el chocolate y sus manos se quedaran entre sus piernas. Con los labios entre abiertos y sus pestañas vibrando, se quedó en un silencio que Defteros catalogó interminable.

El próximo movimiento no lo hizo él. Fue Asmita que, siguiendo el aroma del chocolate, olfateó hasta pegar su nariz en los labios del mayor. Ambos soltaron el aire como si tuvieran mucho tiempo sin respirar. El sabor se concentró en el ápice de su lengua y el aroma dentro de sus fosas nasales. La textura que había en el chocolate fue una tentación que Defteros no pudo controlar, y se la llevó con un beso sorbiendo la punta suave de la nariz de Asmita. Dejó a su paso una capa suave de saliva con aroma a chocolate.

Uno en la nariz, otro que propició Asmita cerca de sus labios… llevados por el aroma y el momento, sus bocas se encontraron y se probaron con movimientos mesurados, lentos y absorbentes. No escatimaron los lapsos de tiempo que se llevaba en cada paladeo, los dos se sumieron a un mutismo cómplice mientras desnudaban las vocales que quedaban apagadas en el borde de sus bocas.

Era su primer beso juntos, razonó Defteros en ese instante, pero en ese chispazo de descubrimiento también lo clasificó como un beso sublimemente largo y etéreo. La felicidad del chocolate se multiplicó y el calor acrecentó hasta pegotearse en sus pieles. Y aún así, en la exponencial necesidad, lo más importante fue no cortar el contacto.

El resto del chocolate que quedó embotado en las manos de Asmita, fue lamido y compartido entre ellos a través de los besos. El chocolate se convirtió en un adictivo del que no pudieron desprenderse hasta sorberlo todo.

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