Hijo de Payasos (Cap 04)

Temas:  Drama, Romance, Universo Alterno
Personajes: 
Saga, Asmita, Kanon, Aioros
Resumen: 
Saga es un practicante de medicina que encuentra a un ciego en la panadería cercana a su departamento. Decide alojarlo y buscar a su familia para regresarlo a su hogar.

Saga está casi seguro de que es lo que ha cambiado en él desde que está Asmita, pero ¿quien es Asmita realmente?

IV 

Kanon ha decidido venir a la capital. Hacen ya unos seis años desde que abandoné mi casa, en un pueblo cercano al puerto, donde mi padre pescaba todas las mañanas. Cuando mi promedio salió entre los mejores de ese año y las puertas de la universidad estatal se abrieron, la decisión ni siquiera fue pensada. Mis padres avalaron que yo me fuera, era como el pasaje de entrada a un mundo mucho más próspero, como médico. Yo me esforcé en estudiar para darles ese honor.Desde ese entonces, no he vivido con ellos y dejé de dormir en compañía de Kanon. Los primeros meses puedo llamarlos devastadores. Estaba en la gran ciudad, lejos de todos, con un horario complicado y sintiéndome ajeno al nuevo mundo. Aprendiendo a tomar el subterráneo, a pagar con tarjeta, a ir al banco; esas cosas que el hijo de un pescador no haría hasta ser mayor de edad.

Kanon estudió en una ciudad capital cerca del pueblo, en una escuela técnica, carente del prestigio que goza la estadal. Estudió mecánica y ha hecho dinero reparando lanchas en la costa o motocicletas. Algunas veces carros, me ha dicho. Con lo que ha recolectado, se compró una moto que luego usa para ir a clase y trasladare a los sitios donde puede encontrar trabajo. Ha decidido venir a visitarme y él no sabe nada sobre Asmita.

Se ha venido solo, sin motocicleta. Lo espero en la terminal de buses para irnos al departamento, con las ansias contenidas. Tendré que hablarle de Asmita antes de que lleguemos. Por lo menos, no habrá problema para dormir. Asmita duerme en mi cuarto mientras estoy en la práctica y cuando llego, ya está despierto. Kanon puede dormir en el sofá cama sin problema.

Cuando llega, ni me percato de ello. Me distraje observando la salida de uno de los buses. Es cuando siento el toque en mi espalda que me doy cuenta que Kanon ya está allí. Tiene esa sonrisa taimada, la misma que me augura un par de dolores de cabeza mientras esté aquí. Pero han pasado quizá seis meses sin verlo, así que su llegada es casi un regalo divino.

Nos abrazamos fraternalmente, como muestra de lo mucho que nos hemos echado de menos. Aunque la mayoría de mis recuerdos con Kanon son metiéndome y metiéndose en problemas, lo amo. No cambiaría ninguno de ellos y no habría manera de sacarlo de mi vida, no importa cuán enojados lleguemos a estar.

Con una sonrisa nos separamos y verificamos qué tanto hemos cambiado. Kanon a mi modo de ver se ve más grande, con sus rasgos más marcados. Repaso con mi dedo la línea que hay sobre su ceja, de una cicatriz que estoy seguro  no conocía.

—¿Y esto? —Kanon sonríe y me agita con sus manos en mis hombros.

—La moto. Casi mamá la quema con aceite.

No puedo contener la carcajada. Ese siempre es nuestro inicio cuando nos reencontramos. Una risotada divertida en medio de la congestionada calle.

En el camino dentro del subterráneo le cuento los detalles más apremiantes que debe conocer sobre la nueva persona que está en mi vida. Kanon por momentos parece incrédulo: alza una ceja, luego la otra, ladea una sonrisa y, por supuesto, no pierde el tiempo de hacer notar sus gustos por las curvas. Siempre lo ha hecho… recuerdo cuando siendo mucho más jóvenes, me hablaba de lo bien que le crecían los pechos a nuestras primas. Siento de nuevo el golpe de las palabras de Aioros en mi nuca y hago un esfuerzo sobrehumano por evadirlo.

Cuando llegamos a la parada, salimos del vagón y sigo comentándole otros elementos importantes. Como el plan para dormir y que si le molesta el ruido de la licuadora puede pasarse a mi cuarto. Total nunca ocupo toda la cama.

La presentación en el departamento fue bastante rápida. Kanon lo ojeó de cabo a rabo y Asmita, usando su ropa nueva, se replegó a un lado de la mesa, con evidente incomodidad. Le doy un par de codazos para que retire su mirada y trato de aliviar la tensión del momento. Kanon se encarga de sacudirla fácilmente al entrar y quitarse los zapatos en medio de la sala para tomar el control de la TV y colocar el canal deportivo.

Asmita me toma de la camisa y jala como si buscara mi atención. Cada vez que lo hace, no puedo contener la ternura que siento implícita en ese simple jalón. Lo acompaño hasta la cocina, donde estamos lejos de la vista de mi hermano y puedo notar el nerviosismo del que parece ser presa.

—Tranquilo…

—Solo estoy algo inquieto. —Admite con simpleza y se envuelve en sus propios brazos—. ¿Te dijo algo de estar… aquí?

—No. Pero imagino que piensa lo mismo que los demás.

—No debería estar aquí.

—No voy a discutir eso. —Asmita tampoco quiere discutirlo. Calla en cuanto lo digo y se aprieta más.

Cuando lo veo así, pienso en lo frágil que es. También, en qué podrían a haber pensado sus padres al abandonarlo en la calle, o sus hermanos… ¿o tendría una esposa e hijos? Ya ha pasado un mes y nadie parece conocerlo…

Cuando lo veo así, también me cuesta contener la imagen que atraviesa a mi cabeza con lo que me gustaría hacer. Abrazarlo, pegar su cabeza a mi hombro y decirle que todo estará bien. Pasar mis manos por su espalda y… consolarlo. Tranquilizarlo…

Bajo los ojos antes de que los pensamientos me traicionen. En un movimiento errático, prenso mis labios sobre su coronilla como gesto de despedida.

—Volveré en la mañana.

Y pasé toda la noche pensando que tan bien se llevaría mi hermano con Asmita. Y volví tal como lo había prometido. Volví para encontrarlos a los dos en mi cama.

Azoto la puerta. Escucho a Kanon gritarme y lo único que puedo pensar es en irme. La puerta se abre tras de mí y yo camino tanto como mis pies me lo permiten, en busca del ascensor. Antes de poder llegar Kanon me toma del brazo y mi cuerpo reacciona casi sin pensar. Asesto un golpe, dos, tres mientras él se cubre la cara con sus brazos y yo trato de despejar la ira en base a los puños antes de que él me empuje. Forcejeamos en el pasillo. La sábana que él lleva arrastrando se enreda con mis pies y me hace perder el equilibrio. Me dobla el brazo y yo le doy con la rodilla antes de separarnos, con la mirada relampagueante de adrenalina, ira y rabia.

—Maldito…

—Cálmate…

—Maldito…

—Saga, déjame explicarte.

—¿Qué vas a explicar? ¡Maldición! En mi cama, maldito, ¡en mi cama!

Kanon me aprisiona contra la pared del pasillo y yo no puedo contener la furia que me embarga. Sus ojos buscan una oportunidad para hablar, pero el ruido de otra puerta nos distrae, y la cara de la vecina que saca a sus hijos nos sentencia, prácticamente. Nos obligamos a contenernos, y yo me intento tranquilizar aunque el fuego se transforma en temblores bajo mi piel. Quiero salir corriendo… tengo unas inmensas ganas de vomitar.

Tras la partida de la vecina, siento la mano de Kanon más suave, sobre mis hombros. El cansancio acumulado de la noche y todo lo que siento se queda atrapado en mi mirada perdida en el suelo y sus pies descalzos.

—Joder… sé que me merezco los golpes. ¡Está bien! Pero no fue todo mi culpa, ¿eh?

—Te voy a partir la cara.

—Ósea, me puse a jugar con él y a coquetearle. De repente, sin más, se desnudó.

—¡Kanon!

—¡Es la verdad! Y joder, ¡soy hombre!

—¡¡Pensé que solo te gustaban las mujeres!! —Suelto eso como si fuera lo único que me había mantenido tranquilo de dejar a Asmita con él. Kanon me mira, pestañea un par de veces y se rasca tras la nuca.

—Eh… No, a veces también le voy al otro lado.

Son como mil ideas a la vez. Es como si me estuvieran lanzando a un precipicio sin paracaídas. Me paso la mano por la cabeza, intento pensar en blanco, pero lo único que puedo tener en mente es como Kanon prácticamente aplastaba el cuerpo de Asmita en mi cama… El cuerpo desnudo.

Levanto la mirada. Me arden los ojos y la garganta, mi cuerpo duele por la tensión acumulada y la forma en que aprieto a mis puños. Kanon baja los ojos.

—No fue tan bueno, tampoco. Prácticamente tuve que hacer todo el trabajo.

Lo empujo y salgo corriendo. No quiero oír más.

Pasé todo el día afuera, caminando sin rumbo, sentándome en cada banca y observando la gente pasar. Cuando regresé al hospital, Aioros se preocupó por mi semblante. Su mirada intentó notar algo que estuviera mal en mi cuerpo, pero no había nada. Ni signo de enfermedad. Solo despecho puro y el sentimiento de haber sido traicionado. Pese a que intenté quedarme, todos estuvieron de acuerdo en darme el permiso para ir a casa. Yo no quería regresar… pero me pagaron el taxi.

Con el sentimiento de devastación que llevo acumulado, abro la puerta del departamento. Escucho la noticia a medio volumen y veo a Kanon tirado en el mueble, con expresión de no haber descansado nada: despeinado y mal humorado. Dejo caer las llaves en la mesa y me dirijo a la cocina, sin ganas de verlo.

No se hicieron los jugos. Las frutas siguen en el mismo lugar, las jarras y los envases están vacíos. La ausencia de Asmita se nota en la cocina y eso es un golpe bajo para mí. Reviso todo el lugar y el miedo se filtra a mis venas. La presencia de Kanon, en la puerta, activa mis alarmas sin querer voltear a evidenciar nada.

—Mandé a pedir pizza… en la nevera quedaron algunos pedazos. —No lo miro. Solo paso mis ojos por la licuadora e imagino su figura allí, calmada, mientras licua las frutas y sonríe…

Cuantas veces pude haberlo abrazado. Cuantas veces pude haberlo envuelto, buscar sus labios y sorprenderlo con un beso. Si lo hubiera hecho… ¿se habría desnudado para mí? Que idiota me siento al darme cuenta que me enoja no haber sido yo.

—En verdad, ¿se te desnudó? —Le pregunto. Kanon se acerca a la nevera, y saca algo. Cuando se pone a mi lado noto la caja de pizza.

—Sí.

—¿Y no pensaste por un momento en mí?

—Admito que sí… cinco segundos antes de que mi cabeza se apagara.

Cierro los ojos y el ruido del agua verterse en el vaso me envuelve la cabeza. Me siento así, como una copa a punto de desbordarse.

—Si algo te tranquiliza, no ha querido hablar conmigo. Me ha amenazado con ponerme el bastón en la cabeza, y sinceramente no quiero averiguar si puede hacerlo. —Noto el jugo cítrico que sirvió en el vaso—. Pero me ha costado mantenerlo en tu cuarto.

Me inclino contra el mesón, sintiendo que todo está a punto de explotar en mí. Mis ojos escuecen, el cansancio me apremia, pero todo mi cuerpo se niega a descansar. Kanon se toma una pausa considerable. En cierto punto, no sé si agradecerlo. Que vaya lento… que me dé tiempo a respirar.

—Se quería ir.

Tomo el vaso con fuerza, casi arrancándoselo de las manos. Bebo y con la misma devuelvo el líquido en el lavamano, escupiendo su fuerte sabor. Toso un par de veces antes de arrojar el resto al desagüe y pasar una mano por mi cabello. Kanon se preocupa. Logro escucharle algo como: «No pensé que te afectara tanto», «¿no me digas que es algo tuyo?», entre otras cosas. Froto mi cara con el dorso de mi mano y salgo de la cocina. Kanon deja de seguirme al llegar a la puerta, como si hubiera podido entender a donde me dirijo. Voy a mi habitación.

Me detengo frente a la puerta, cerrada. Está oscura. Ahora noto que Asmita nunca enciende los interruptores. No le hace falta.

Abro e ingreso a la habitación en silencio. La ventana está abierta, las barandas blancas se traslucen con la luz del exterior y el movimiento de las cortinas satinadas. Asmita está sentado al filo de la cama, con el bastón en la mano, apretado.

Cierro la puerta y dejo a mi hermano atrás. Solo Asmita y yo, nadie más.

Mirándolo, así, mi garganta se seca. La siento rasposa e irritada, como si me hubiera infectado. Mi primer pensamiento es pedirle que haga lo mismo que hizo con mi hermano. Que se desnude. Que abra sus piernas y me deje probar lo que no me había atrevido. Y ya no importa pensar en sí es correcto o no. En sí debería sentirlo o no. Simplemente está: como una demanda. Comiéndome el estómago y trastornando mis latidos. Como el clamor desesperado de un traicionado.

Pero no tengo voz para decirlo. Y lo único que hago, después de todo el día cargando con todo… es llorar.

Paso la mano por mi nariz y restriego mis mejillas. Hormiguea, toda la piel de mi cara hormiguea y a duras penas seco las dos lágrimas que brotaron. Quisiera pensar que Kanon me ha mentido, pero sé que no lo haría. Kanon podrá ser lo que sea, pero no es un mentiroso. Al menos no conmigo.

—Asmita. —Lo veo temblar en mis pupilas. La visión se me humedece, y me es imposible detallar el brillo que hay en su perfil. —Hablé con Kanon. Me dijo que tu… te desnudaste y lo permitiste.

—Así fue. —Sin más. Sin titubear. Sin una mínima pausa que me indicaran haberlo pensado. Él lo admite. Él lo admite.

Resoplo. La voz se muere allí mismo y lo que queda es una especie de lamento abarrotado, surgiendo como un murmullo dolido. Mi garganta arde y el llanto se seca. Ahora vuelvo a sentir furia. La furia que me quema por dentro.

—Él empezó a decirme cosas. —Por primera vez, es él quien decide continuar—. No entendí gran parte de ellas, pero en algún momento, me acorraló. Le dije que se separara… me dijo que era más alto que yo y más fuerte. «No pareces el mayor»

Es el tipo de cosas que haría Kanon. Le gusta fanfarronear, demostrar su altura. Siempre lo hicimos de joven con los más pequeños.

—Me asusté. —Asmita prosigue—. Y… me desvestí. Él no dijo nada. Cuando acabé, me dijo algo como: «Así, sin más. ¿Tan fácil?» Pero ya yo no podía hablar.

—Tan fácil.

—Le dije: «Hazlo» —Quisiera que Asmita se callara. Quisiera que ya no dijera nada—. Me volteé. Me restregué… —Su voz se corta y respira—. Y pasó.

No hay silencio. Solo nuestras dos respiraciones, más bien como bufidos de desesperación. El aire murmulla contra la ventana, seca el primer rastro de aquellas lágrimas que restregué y mueve, muy tenuemente, el cabello rubio.

Lo único que brota, tras esta tortuosa confesión es:

—¿Por qué?

Asmita se dobla, allí mismo. Pega sus labios en la madera del bastón. Muerde. El brillo de sus dientes se filtra con la luz, y puedo observar, allí, la desgarradora imagen de cómo se transforma. También el brillo de sus pómulos húmedos.

—Me equivoqué… me equivoqué. Y cuando me di cuenta, el terror me inmovilizó. Cuando me di cuenta que no… no era igual. Que tu hermano no… no buscaba hacer…

—¿Hacer qué? —Ladro, con las palabras mordidas.

Calla. En su lugar, son las respiraciones interrumpidas las que renuevan. Se encorva más, al punto que se vuelve una medialuna y puedo notar, en un momento de lucidez, como tiembla. Como muerde la madera. Como se deshace.

Entonces puedo verlo. Las sombras. Las sombras más grandes que nunca, en su espalda, aplastándolo. Sombras de colores brillantes, con sonrisas rebosantes y mirada apagada, cayéndole sobre él, rasguñando su columna. Riéndose… riéndose en mi cabeza y haciendo eco.

Miedo. Terror. «Hice todo el trabajo». Me equivoqué. «No buscaba hacer…»

Todo cae frente a mí, en el desfile de las sombras del pasado que hasta ahora me atrevo a ver, en su oscuridad.

—Creíste que mi hermano…

Su respiración acelera. La presión de sus dientes, ensalivados, aprieta el bastón de madera. Suelta un quejido, parecido al de un gato agonizando. Parecido…

—No lo conozco… ¿Cómo podía confiar en él?

Las sombras nos envuelven.

—Solo hice lo de siempre.

Y nos traga.

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