Hijo de Payasos (Cap 05)

Tras un choque con al realidad, Saga ve que todo lo que ha hecho hasta ahora es insuficiente. ¿Qué quedará esa noche?

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Temas:  Drama, Romance, Universo Alterno
Personajes: 
Saga, Asmita, Kanon, Aioros
Resumen: 
Saga es un practicante de medicina que encuentra a un ciego en la panadería cercana a su departamento. Decide alojarlo y buscar a su familia para regresarlo a su hogar.

Tras un choque con al realidad, Saga ve que todo lo que ha hecho hasta ahora es insuficiente. ¿Qué quedará esa noche?

V

La peor noche de mi vida pensé que había sido aquella, la del accidente. Tantos cuerpos llenos de sangre llegando en fila al Hospital, los llantos de los familiares y la desesperación. Apenas tuve tiempo de pestañear. Nos dieron instrucciones rápidas de tomarle los signos vitales y estar al pendiente de cualquier anomalía mientras llegaba el médico de cabecera. Los pacientes lloraban, había un anciano que lo único que decía era «¿Dónde está mi mujer?». Supe, después, que su mujer estaba entre los que fallecieron.

Horas de agonía pura, trabajo forzoso, llenándonos de sangre y tratando de hacer caso omiso a sus quejidos, gritos y el llanto. Limpiando la herida y observando vísceras, en algunos casos. A Aioros se le murió uno entre sus brazos.  La conmoción fue tal, que tuve que obligarlo a soltar la mano mientras él era presa de la más pura desesperación. La jefa de las enfermeras nos comenzó a gritar. Levanté la voz, también, pidiéndole un poco de tiempo y rápidamente saqué a Aioros del lugar.

A los diez minutos, estábamos de vuelta, anulando toda nuestra parte más humana para seguir las instrucciones y tratar de salvar más vida, todas las que fueran posibles. Se hizo la mañana, llegó el mediodía y estábamos aún allí, atendiendo la emergencia.

No descansamos.

Esa había sido, la peor noche de mi vida. Ahora está la ha superado.

Asmita ha dejado de golpear la puerta con el bastón. Dejó de forzar la perilla. Yo sostengo con fuerza el pomo, del otro lado de la puerta, mientras siento que de nuevo estoy desconectado de mí. Ha dicho que lo deje ir. Ha dicho que no quiere estar aquí. Lo ha exigido con gritos, golpes y llanto. Se ha rendido, creo.

Kanon observa todo, aterrado. Su rostro desencajado no logra superar el evento. Solo me mira, no sabe qué más hacer. Me mira como si tuviera miedo, de mí, o de lo que tengo encerrado en mi habitación.

—Estás… llorando. —Murmura ronco. Yo lo sé. Las siento rodar sin detenerse, sutilmente, arrastradas por la gravedad.

Me siento devastado por dentro, como si una bomba hubiera estallado en mi interior. Los pensamientos no son claros, son grandes borrones que no logro analizar. Mi mano arde por la presión que hago contra la manilla, pese a que Asmita se ha callado.

Creí que con darle de comer, dormir, vestir, sería suficiente. Creí que tenerlo aquí era todo lo que él podía necesitar. Pero viéndolo medicamente, es como dar un analgésico para el dolor, sin atacar la raíz de la inflamación. El sedante, porque eso es, te consuela por un poco tiempo. Pero en cuanto vuelva el dolor, la pulsada seguirá igual.

Nunca hice esfuerzo por saber más de él: a donde iba, con quienes estaba. Me límite a su familia y ya. Me rendí al no ver respuesta y egoístamente lo quise mantener conmigo. ¿Qué demonios he estado haciendo?

«Eres muy ingenuo…»

No voy a poder solo.

Fue la peor noche de mi vida. Habían pasado tres horas. Kanon y yo nos habíamos quedado tumbados en el mueble, tras comprobar que Asmita ya estaba quieto en mi habitación. Le dije:

—Creyó que ibas a forzarlo.

Kanon me miró con rostro confundido y luego alterado. Pasó sus manos por el rostro y finalmente adoptó una posición frustrada. Lo vi en alguna otra dimensión aparte de esta, como si lo estuviera viendo todo desde un vidrio, como un dios.

Por eso Asmita no opuso resistencia. Se rindió.

—Intentó varias veces salir de la cama y no lo dejé. —Me confesó—. Le dije: «Me gusta dormir abrazado después de coger»

—Lo dejé solo con un desconocido… —Solté una carcajada amarga—. Soy un idiota…

Tras esa conversación agotadora, en algún momento me quedé dormido. De no haber sido por el ruido del seguro, no habría llegado a tiempo. Me costó espabilarme, pero la sombra de Asmita se movió justo cuando llevé mis ojos hacia la puerta. Estaba escapando.

Me moví tan rápido como pude. Lo alcancé en el pasillo, lanzando la puerta a un lado y agarrándolo justo cuando intentaba correr. Forcejeamos. Comenzó a gritar. Le tapé la boca a la cual mordió, robándome un quejido. Volví a apretarlo contra mí hasta que nos caíamos en el piso y tuve que usar mi peso para calmarlo.

«¡Cálmate!» Le dije, pero Asmita se removía como el pez cuando es sacado del agua. Intentaba a toda costa alejarse de mí, y me costó mucho hacer que su voz callara usando su franela. Como pude le inmovilicé un brazo pero me fue imposible ponerme de pie con él así.

Kanon se acercó y rápidamente buscó ayudarme. Asmita pateó y pateó todo lo que pudo para evitar que Kanon lo tocara, pero entre ambos, logramos alzarlo. Cerramos la puerta del departamento para resguardarnos y en mis brazos Asmita se siguió removiendo hasta cansarse.

Así que, en esa posición he amanecido: con Asmita en brazos, apoyados contra la puerta, en el piso y con una terrible jaqueca. Kanon se quedó dormido contra el mueble, tirado también en el piso. Las llaves están cerca de la mesa, brillando en la losa ahora que el sol ha salido. Sé que Asmita, tal como yo, sigue despierto.

Carraspeo. Tengo sed y unas indecibles ganas de ir al baño. Estamos como en un periodo de tregua, donde ninguno de los dos puede luchar más. El cansancio…

—No me dejarás ir… —Lo está afirmando. Yo plegó mi nariz sobre su cabello, cerrando los ojos con pesadez.

—No.

—Yo no debería estar aquí.

—No me importa.

Alza su rostro y suspira. Todos nuestros huesos suenan al mínimo movimiento, como si estuvieran oxidados. Puedo notar la tensión cansada de su mandíbula y el sonido que hace al mover su boca.

—¿No es delito retenerme? —Pregunta de nuevo. Mi cuerpo no reacciona a la velada amenaza, está muy cansado. Es mi mente la que procesa la información con hastío. Es cierto… podría ser enjuiciado por «secuestrar a alguien». Si alguien me denunciara, claro…

—¿Me denunciarías?

—No le creerán a un ciego sin familia…

Aprieto su cuerpo contra el mío, con mayor seguridad. Mis brazos lo rodean sobre su estómago y sus brazos sujetos. Mi nariz sigue pegada contra su cabeza. Suspiro con resignación y buscó su oído para hablarle.

—Quiero que te quedes conmigo. —No lo dejo responder aún. Solo le susurro—. Por favor.

Asmita traga grueso. Puedo sentir su vibrar a través del contacto y escuchar el sonido desde esta distancia. He sido lo más sincero que puedo ser. Él se detiene, plega su cabeza sobre mi barbilla y suelta el aire, con resignación.

A mitad de mañana, tengo todo lo que se necesita para ser un zombie: enormes ojeras, cabello alborotado, los ojos vidriosos y la piel pálida. Tras un baño, mi apariencia no mejora. Puedo jurar que hasta tengo sombra de barba y he envejecido al menos unos cinco años. Me separo del lavado ya con cansancio. No puedo aguantar estar un minuto más de pie.

Kanon salió a comprar algo para desayunar, que yo apenas probé. Mi estómago se niega a recibir algo, me quiere obligar a dormir. Al salir del baño, por fin, noto a Asmita ya tranquilo, en un lado de mi cama y apoyado sobre la almohada de seda que suelo abrazar. Camino con pasos lerdos. Caigo sobre el lado desocupado de la cama y repto hasta la almohada, apoyando por fin mi cabeza al descanso. Es casi como si con ello hubiera recibido un golpe de somnolencia: mis párpados se retraen y mi mirada se pierde.

El dorado de su cabello se encarga de arrullarme, junto a su respiración. Pero, yo siento que hay una enorme distancia.

—¿Cuánto tiempo tienes en la calle?

Asmita se detiene antes de responder. Nuestra respiración está acompasada, la tarde ha caído y le pedí a Aioros que me excusara. Le dije: problemas. El pareció entenderme. Al menos sé que no me dejará morir con ello.

No nos hemos levantado de la cama, aún. Kanon se ha asomado intermitentemente a ver cómo estamos, pero no ha decidido en acercarse. La ventana está abierta, el fresco de la tarde nos envuelve y su cabello se ve más rubio, tras la humedad que aún queda desde el baño matutino.

Cuando desperté, Asmita ya estaba despierto, abrazado a la almohada. Por primera vez me pregunté cómo sería para un ciego despertar. Como notar la diferencia, que existía.

Asmita carraspea y aprieta más la almohada, renuente de levantarse.

—Tenía nueve años cuando me perdí.

—¿Tus padres…? —Yo no me atoro. Tengo mil preguntas que hacerle.

—No supe de ellos luego.

—¿Policía? ¿No te llevaron a ninguna?

—No hablaba el lenguaje…

Hasta ahora, giro mi mirada para verlo fijamente, en total concentración. Esto es una conversación que debimos tener mucho antes. Puedo notar, en perspectiva, lo enormemente ingenuo que fui. Sin detenerme a preguntarle más que lo importante, para ese entonces, poner una foto para que todos los vieran. Ahora… la posibilidad de que haya sido parte de alguna mafia baja se precipita y me permite ver el peligro en que nos involucré, a ambos.

—¿Cuál era tu lenguaje? —dice un par de palabras en un idioma que no logro reconocer. Suena árabe… o algo por el estilo—. ¿Dónde naciste?

—No lo sé. Supongo que en el circo.

Hijo de payaso, eso me había dicho. Asmita ya me había dicho mucho con esas palabras, que nunca le di la verdadera importancia. ¿Qué posibilidad hay de conseguir a un hijo de payasos en el mundo? No muchas, pero viéndolo justo en este minuto, puedo ver el maquillaje que se dibuja en su rostro, blanco. La sombra roja que se esparce alrededor de sus párpados cerrados, seguro le dibujarían unos grandes ojos, igual de ciegos. Una sonrisa enorme, que él no podría lucir. Su cabello dorado atrapado dentro de una peluca, trajes coloridos y anchos.

Un payaso ciego… ¿Qué puede hacer un payaso ciego?

—Tus padres, ¿eran payasos…? —Asiente—. ¿Y tú?

—También. Cuando no tenías un talento especial, cuando no había algo maravilloso que pudieras hacer, por encima de los demás, entonces… solo podías ser payaso. Muy pocos eran payasos por vocación —dice—, muchos estaban allí porque no tenía a donde ir, no tenían trabajo, ni hogar. Entonces se pintaban la cara, salían a seguir una programación. Escondían del mundo de su verdadero ser. Mis papás eran de ellos.

—Hijo de payaso…

—El menor de todos.

—¿Cómo fue que te perdiste?

Vuelve a hacer silencio, como si evocara. Me pregunto qué música escucha en su mente, si aún recuerda los aplausos y las ovaciones. Lo imagino, chico, un pedacito de trigo en brazos mayores, coloridos, alzándolo en medio de una gran multitud.

—Pues… estaba cansado. No quería ser el payaso Tony. No quería que la gente se burlara porqué me tropezaba, porque no veía a donde iba. Me decían: los niños son felices. Pero yo no lo era. ¿Cómo puedo hacer a los niños felices si yo era infeliz? Entonces, cuando el circo estaba acomodando todo, yo escapé.

En mi cabeza, los refractores se apagan, ocultando todo lo que no hay. Nada más risas burlonas, nada más él en el escenario: pequeño, larguirucho, quizá con un traje enorme que a propósito lo hace resbalar y llenarse la cara de paja. Llorando, su maquillaje desecho en medio de su llanto que es apagado por las intensas carcajadas.

—No sabía lo que hacía. —Admite con una sonrisa—. Era mejor ser el hijo de payasos.

En la calle no hay refractores.. Solo afán, egoísmo y gente apresurada por seguir su rumbo. Y allí lo imagino, en una calle concurrida, sin saber a dónde ir. Con el hambre como verdugo, mostrándole cuán errado fue. Que nadie le da un pan por extender la mano, que lo empujan y lo echan a un lado. Que ahora, cuando cae, no hay risas. Sino pura indiferencia. La gente pasa de largo cuando lo ve en el suelo. Se hace sorda a su llanto y a su estómago. La noche cae y ante la soledad de las calles, no hay a quien pedirle refugio.

¿Cuánto habrá tardado Asmita en admitir lo que ha confesado hoy? ¿Cuantas veces durmió bajo los avisos del circo que se fue?

El hijo de payasos no halló lugar en la sociedad y su hogar, estaba muy lejos.

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