Hijo de Payasos (Cap 06)

Tras una larga noche, no queda más que tratar de seguir con los retazos que quedaron. ¿Cambiará en algo las actitudes de ambos?

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Temas:  Drama, Romance, Universo Alterno
Personajes: 
Saga, Asmita, Kanon, Aioros
Resumen: 
Saga es un practicante de medicina que encuentra a un ciego en la panadería cercana a su departamento. Decide alojarlo y buscar a su familia para regresarlo a su hogar.

Tras una larga noche, no queda más que tratar de seguir con los retazos que quedaron. ¿Cambiará en algo las actitudes de ambos?

VI

Kanon se fue después del fin de semana. Lo despedí, con silencio incómodo y los ojos que titubeaban entre mirarlo o dejarlo partir. Escogimos lo último, al encontrar inexacta la manera de cubrir lo que faltaba. Un saludo de mano, un «escríbeme» y adiós. Me quedé mirando el bus en el que partió, abrumado por la nostalgia. El dolor sigue allí. Tardará días en sanar.

Tras su partida, las cosas no volvieron a la normalidad en el departamento. Yo tuve que voltear el colchón, solo porque sí. Porque algo en mi cabeza no me dejaba descansar si estaba en el mismo lado que Kanon había tomado. Asmita no ha vuelto a hacer los jugos, ni a pedir la música. Nuestros silencios se hicieron escandalosamente largos y mis miradas lo evaden, sin querer. Sé que le ha lastimado eso. Sé que en parte, eso he querido.

Es tan complicado…

Tenía meses sin sentir tanta necesidad de que llegara el lunes, la hora de vestirme con mi uniforme e irme al hospital.

Mi apariencia debe ser demacrada, los ojos de Aioros no se me quitan de encima. Antes de venir, me aseguré de cerrar todo con llave, para que Asmita no decidiera irse en mi ausencia. Solo ando pensando en eso.

—Tu hermano esta vez te dejó mal. —Comenta en tono jovial, mirándome con preocupación. Me pasa una barra de cereal y una taza de café—. ¿Tan mal fue?

—No quiero hablar de ello…

—Mmmm… —Aioros cambia el lugar de su pierna, rozándome ligeramente las pantorrillas. Alzo la mirada y le sonrío cortamente, observando el modo en que se lleva las galletas a la boca—. ¿Y cómo está Asmita?

—No quiero hablar de él, tampoco…

Aioros no necesita una explicación detallada. Creo que ha entendido perfectamente cuál es el problema. Se encorva hacia la mesa, apoyando sus manos cerca de las mías. Adquiere un tono protector y grave que me resulta familiar. Esta entre el «Quisiera ayudarte» y el «¿Qué demonios te hicieron?». Yo me limitó a suspirar, palmeo suavemente sus manos y tomo la misma posición, de confidencialidad.

No quisiera hablarlo, pero siento que lo necesito. Es como tener un monstruo, atorado en mi estómago, haciendo fuerza para poder abrirme por completo y gritar. Pronto entiendo que no puedo contenerlo, cuando mi respiración modifica su ritmo, haciéndose más seca y débil.

Entonces le digo, todo. En la cafetería del hospital, mientras la gente se mueve. Con mi voz ronca y baja, para que no escuchen los demás. Trato de mantener la compostura. Trazo círculos en mi espacio, en la madera y luego tomo la servilleta que empiezo a romper en pequeños pedazos. Necesito tener las manos y la mente ocupadas, entre lo que digo y lo que no quiero sentir. Aioros facilita todo con su silencio, Con la manera en la que avala mi decisión de que sea todo a mi ritmo. Puedo notar el paso de la gente y la transición de los tiempos, mientras todo llega a su fin.

Porque hay más, mucho más que el solo hecho de haberlos encontrado en la cama. Más que la confesión de Asmita, sobre qué fue lo que ocurrió allí. Mi cabeza se ha convertido en un chiquero de pensamientos sin orden, dando vuelta en todo lo que pasó. En todo lo que yo creía y me arrancaron de mis ojos. Una falsa realidad que me había esforzado a manejar, en base a todas mis ilusiones. Darme cuenta que además, yo quería estar allí, en medio de ella, en medio de él, entre sus piernas…

Esto a desde el terror de aceptar que quiero a Asmita, hasta quien ha sido realmente Asmita.

Lo digo todo y callo. Me he quedado casi sin voz. Aioros suspira y se levanta, en silencio. No dice nada, pero tampoco creo que se haya levantado para irse. Lo conozco. Creo que está actuando de esa manera amigable, de dar tiempo, de buscar algo que beber y volver para retomar el hilo.

Se sienta de nuevo y me extiende un vaso con leche. Ambos tomamos en silencio nuestros respectivos vasos, aún rumeando mis pensamientos.

—Recuerdo cuando me hablaste de él. —Inicia Aioros, cortando el pesado silencio—. Todo parecía como haber encontrado… un gato. —Siento la pulsada de culpa ante esa respuesta. Aunque no lo dije así, estoy seguro que así sonaba—. Conseguí a alguien en la calle, lo meto en casa, le doy comida, lo visto, lo mantengo allí mientras busco a su familia.

—Ingenuo… —repito lo que seguro Aioros pensó. El me devuelve una sonrisa de reconocimiento.

—Sí, pero no niego que el mundo necesita más gente como tú. El problema, es que la gente que vive en esas condiciones, han pasado cosas… que nosotros jamás podremos imaginar desde afuera. Y ese mundo nos da miedo.

Miedo. Es eso lo que tengo. Más allá de lo que haya pasado con Kanon, ahora tengo miedo es de Asmita, de sus sombras y todo lo que está allí, sellado, que podía desenterrar. Miedo a no poder con todo ello, a no saber cómo actuar ante ello. Que hubiera hecho si Asmita se me desnudaba, ¿malinterpretando mi acercamiento? ¿Que hubiera hecho? Seguramente, lo sé, lo habría tomado. Me habría vuelto loco, no hubiera prestado atención hasta verlo inmóvil recibiendo con resignación mis penetraciones y negándose a cooperar… más. Encontrarme con la verdad de ser yo, nada más, uno de los que se aprovecharon de él.

Dejo el vaso vacío y me quedo mirando el reguero de papel que he hecho entre mis manos.

—Unos días después de que me presentaras a Asmita, me quedé viendo a un anciano en el mercado textil. Iba con mi abuela. Ella se acercó y le dio una moneda, él se enojó. Dijo: ¡esto es poco! Abuela se ofendió. Paso todo el resto del viaje renegando por eso.

Tomó un respiro.

—Creo que… es un problema demasiado hondo. Hay demasiadas raíces, muy profundas, que a la gran mayoría les da miedo pensar. No solo no tienen calzado, o comida. Tampoco han recibido calidad humana… tratar de insertar uno a la “sociedad” implica muchos cambios. Demasiados…

Me quedo en silencio, repensándolo. Es justo lo que yo pensaba, en palabras mucho más consonantes. Intenté hacer sentir útil a Asmita con la venta de jugos, pero lo he mantenido encerrado en casa. No ha hablado siguiera con el vecino, solo ha hablad conmigo.

Asmita está incapacitado por muchas más cosas que la vista. Pero, de todas ellas, la vista es la menos discapacitante.

Tras pensarlo durante varios días, decidí preguntar en la recepción del hospital sobre que comunidades y organizaciones hay para las personas que viven en la calle en condiciones infrahumanas. Me aterré al saber que no había una. La explicación también me aterró.

Sí había para mujeres, si había para niños. Lo consideran como algo con más movimiento por la sociedad protectora del niño y adolescente y los movimientos en contra del maltrato a la mujer. Pero para hombres, no hay ninguno. Considerar la condición de ser ciego no cambiaba ese hecho.

Me fui decepcionado, pensando en las palabras que escogieron para decírmelo. Solo me hablaron de un refugio a las afueras de la ciudad de un grupo religioso, que les da comida, vestidos y oportunidad de escuchar clase sobre Dios. Yo pienso que ellos necesitan más que eso. Necesitan clases de la vida, de los valores, de ser un ciudadano. ¿En qué Dios puede creer al vivir así?

Sin ninguna ayuda aquí, me he puesto a buscar en revistas. Incluso en internet. Afuera parecen haber más de esas iniciativas. Trato de capturar ideas pero no obtengo nada concreto. Todo lo que ese encuentra es bastante irrelevante, cifras que no me interesan y un manejo bastante casual de la información.

De regreso al departamento, tras estar toda la tarde leyendo, pienso en que debo ir, cambiarme y retomar la práctica. He estado pasando menos tiempo en casa. Lo he necesitado así.

Escucho un murmullo, mientras camino hacia la entrada del subterráneo. Me detengo cuando es más agudo y lo puedo sentir mucho más cerca. Cerca está un terreno enmontado, en espera de más financiamiento para la construcción. Hay montón de basura acumulada a un lado de la puerta de metal, bolsas negras y cajas de cartón. El murmullo es más audible y logro identificarlo. Es un cachorro.

Me inclinó en la caja donde estar replegado, con su pata lastimada por una herida que se infecta. Tiene sarna. Parte de su pelaje esta caído y se ve su piel erosionada por la plaga. Tiene el pelaje negro y los ojos triste. Al verme, llora.

No lo pienso dos veces cuando me quito la chamarra y me coloco los guantes que siempre guardo en el morral. No puedo dejarlo allí, la infección lo enfermera más y morirá. Lo envuelvo en la chamarra y decido llevármelo a casa.

Creo que, no tengo remedio.

—¿Estará bien? —Asmita me pregunta, desde mi espalda, inseguro de sí acercarse o no. Yo me limitó a asentir, a sabiendas de que él no podría verme.

Antes de llegar a casa, pase por la farmacia y compre algunas cosas necesarias para atender al cachorro. Es macho, de patas largas, orejas puntiagudas y hocico grande. Llora mientras aplico la medicina y limpio su herida.

—¿Qué tiene?

—Le lastimaron una pata y tiene sarna. —Le digo, sin desviar la mirada del cachorro que intenta lamerse la herida. Con lo que le puse en su cuello, no podrá hacerlo—. Mañana lo llevaré al veterinario.

Me enderezo, dejando la caja a un lado del mueble, en un lugar fresco donde podrá dormir. Dentro de ella, coloque una pequeña taza con leche y otra con agua. Por los momentos, será suficiente. Al menos hasta que yo regrese, al día siguiente.

Levanto la mirada hacia Asmita, quien parecer esperar algo de mí. Voy a dejarle a cargo a esta pequeña creatura, no estoy seguro de sí quiera hacerlo, aunque se ve preocupado. Tampoco estoy seguro de sí pueda hacerlo, aunque una parte de mí pide no subestimarlo. Le sonrío suavemente y me acerco a él. Hago algo que n me he detenido a pensar hasta que está hecho: extiendo mi mano y acaricio su pómulo. Noto de inmediato la impresión de él.

«Ey, ¿quieres comer?», recuerdo su expresión, incrédula, mientras sostenía la taza donde recibí monedas y había, entre los centavos, una tapa de botella. «Yo invito»

«¿A dónde?»

«Solo sígueme… » Le había extendido la mano, la cual tardo en tomar. Su rostro decía que no podía confiar en mí pero yo, ni siquiera sé aún porqué, cedí al impulso de llevarlo. «Iremos a casa.»

La imagen se diluye, viendo lo que él era en ese momento, lo que es ahora. El brillo de su cabello corto que amenaza a la luz del sol y la mejor expresión en su rostro. Todo él que parece haber adquirido vida aquí. Y que podría tener aún más.

Asmita respalda mi caricia con una de sus manos, apretando suavemente mi palma contra su mejilla. Le sonrío, siento a través de ese simple gesto que él también necesitaba estos minutos, así. Que él me extrañó, de alguna manera.

—Ya me miras… —Sonrío un poco y extiendo la caricia hasta su oreja.

¿A quién trato de engañar? ¿Si todo lo que he hecho estos días es por él?

No me contengo y lo abrazo. Siento que al hacerlo, me abrazo también a su oscuridad, a su locura, a la tristeza que debe estar allí, metida entre tanta fortaleza. Porque para que él siga siendo él con todo lo que ha vivido, no pudo ser de otra forma más que fuerza, y voluntad. Ante eso me siento pequeño, tan pequeño…

Pese a ser y más alto, pese a tener mejores posibilidades, ante él me siento un niño. Y cuando responde mi abrazo, mi temple se acongoja y canta una canción de tristeza. Me aprieto a él con la necesidad de un infante y la determinación de un hombre que quiere proteger a su casa.

Me separo, obligado por la certeza de que tengo que salir. Lo miro de nuevo y siento que algo dentro de nosotros ha cambiado. Tras los días de silencio, hay un reconocimiento mudo que persiste. Algo que ambos nos hemos dado cuenta, sin duda alguna. Algo que siento también implícito en él, pero que no logro definir. Su sonrisa, logra hacer que mis pensamientos se acomoden, dejando de lado a los más pesados y dándole importancias a los más agradables. Su sonrisa es como la puerta a mil vidas.

—Cuídalo.

—Lo haré.

—Y procura descansar.

—Sí.

—Me voy.

—Regresa pronto.

No contengo el impulso de besarle la coronilla, para terminar con la despedida. Me voy con la nota de frutas de su champoo bailándome en la nariz y la sensación de haber hecho lo correcto. Lo hecho, ya está hecho, nada puedo hacer para remediarlo. No puedo borrar lo que ocurrió en esta semana, ni lo que vivió Asmita durante muchos años. Debo acoger esas sombras, su impérenme oscuridad y ayudarlo a disfrutar de la luz que no ha gozado. De la luz que él irradia por todos lados.

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