Sentencia (Saga x Camus)

Dejó que descubriera su identidad y Camus no puede tolerarlo. No puede entender el porqué.

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Temas:  Canon, angst
Personajes: Saga, Camus
Resumen: Dejó que descubriera su identidad y Camus no puede tolerarlo. No puede entender el porqué.
Dedicatoria: ¡Para Tuti que los ama!
Comentarios adicionales: Se usaron las palabras: Desconsuelo – Helado- Carmesí – Victima – Momento del reto de palabra Galaxian Explosion

Sentencia

El golpe resbaló por sobre su cara en el segundo ataque. El cabello danzó en las llamaradas vivas de hielo, mientras la máscara, totalmente congelada, cayó trastabillando en la helada alfombra que se había convertido el recinto. El sonido se extendió por un minuto, un tintineo refulgente en sus tímpanos. Algunos cristales de hielo quedaron apresados en los cabellos largos. Otros cristales también en su orgullosa barbilla. Pero  ni aún así, ni aún con el golpe que él podría considerar más letal, había podido hacer nada.

Saga no se movió de su sitio. Lo miró con la seguridad de un rey a su súbdito, convencido que estaba en el lado correcto y que el poder que así le había otorgado, no podría dejarlo en otras manos. Lo miró como si no pudiera hacer otra cosa más que obedecerle. El muchacho, con los brazos temblándole y vibrándole de la más pura conmoción, se preguntó una vez más como era posible que pudiera hacerle algo así.

La mandíbula de Camus se trabó, en un gesto de indecible ansiedad. Sus ojos azules lo miraron con la aversión que podía nacerle de su estómago, y al mismo tiempo con el más puro desconsuelo. Ni siquiera su aurora pudo ser mortal así. No. Demasiado corazón latía para que su técnica fuera efectiva y lo que más le dolió, lo que más le aturdió, fue que Saga estaba al tanto de ello.

Por eso no hizo nada.

Por eso no cubrió su rostro.

Sabía que lo que detendría a Camus no sería ni la justicia, ni el poder, ni lo correcto: sino su corazón. Ese que años después, le obligaría a enterrar a su alumno conocedor de que jamás podría obrar por el bien, si él predominaba.

No había negro en su cabello, ni carmesí en sus ojos. Solo era Saga.

—Eres un cobarde. —Le escupió—. Puedes sobreponerte.

Saga no hizo movimiento alguno. Su cuerpo, la enormidad de sus músculos forrados por la tela patriarcal no hizo movimiento alguno para responderle. Solo estaba su mirada: directa, concisa, exacta. Era como el pincel de diamante rasgando todo rastro de credulidad en él.

Camus deseó asestar otro golpe, quemar su cosmos y congelarlo todo. Ojala y pudiera con ello congelar el tiempo. Dejar que el dolor fuera dolor en segundos paralizados. No había modo de echar atrás lo inevitable. Saga no cubrió sus pasos, no hizo esfuerzo para tratar de engañarle. Lo dejó venir sabiendo que lo vería.

Más no entendía el objetivo. Camus solo podía ver la magnanimidad de sus acciones: las columnas y los pisos congelados, la máscara llena de cristales. Brillo de hielo en la barbilla y el cabello de Saga, quien no dejaba de observarlo en su terquedad.

—¿Por qué no respondes? ¿Qué hiciste con el antiguo patriarca?

Tuvo que apretar los puños. Ladraba como si estuviera ante un enemigo, más su mente le recordaba que estaba ante el hombre al que había entregado cada resquicio de su mente y de su cuerpo. El mismo que había estado invadiendo su seguridad en Siberia, con la excusa de verificar sus entrenamientos, para convertirse en una necesidad más apremiante que el sol griego. Sentirse burlado —recordarlo— no ayudó a aminorar su malestar. Dolió hondo, duro y crudo conforme tragaba el mal sano sabor de la traición.

Traición hacia él, hacia el santuario, hacia Aioros, hacia la diosa. Ante él, él, él y él… Lo que había allí frente a él no era el hombre déspota que le habían dicho. No era el monstruo.

O quizás sí.

Saga dio un paso. Solo uno, capaz de remover cada base y cuartear el brillo del hielo bajo sus pies. Camus lo observó con la ira contenida, suplicando una explicación. O una expiación. O simplemente la muerte. ¿No era eso lo que ganaban aquellos que descubrían su rostro?

—Este es el destino que he aceptado.

—¿Destino? ¿Como un vil impostor? —Las palabras no podían ser más amargas, ni mucho menos más mordidas.

—Destino. Estaba en mi estrella.

—¡Esto es una farsa, Saga! ¡Tú eres una farsa! —gritó por fin. Soltó rabia, saliva y bilis arraigado en lo profundo de su ser. Amarrando cada gota de lágrimas con las uñas, y pensando en cuan imbécil había sido—. ¡Nos has engañado a todos! ¿Qué pretendías? ¿Que al saber te seguiría?

—Lo harás.

Con semejante seguridad, Camus se sintió mareado. Lo único que podría ver frente a él era la traición contagiarle cada sentido.

—No. No lo haré —dijo, intentando sobreponerse.

—Lo harás.

—No.

—Callarás.

Y el hielo estaba en su cabeza. La gravedad bailó moviendo los elementos ante él. Sus ojos, ahora empañados por una capa de finísimo dolor, tenían un caos en su visión y en toda su orientación. No comprendió en qué momento se acercó tanto. Cuándo le tomó de la barbilla. Cómo fue que posó su mano sobre su mejilla y sus labios sobre su boca.

Entonces, lo escuchó.

—Cuando sea el momento, pelearé.

Esa era la promesa. La garantía. Una palabra sorda que quizá nunca llegaría a cumplirse. Tras el movimiento de sus labios, no halló más que esa estricta necedad. Saga se había rendido, era todo lo que quedó claro ante sus ojos.

Tomó el rostro de quien era el pontífice y respondió al beso con la rabia fundida entre sus pestañas. Sintió que algo rodó, pero fue más determinante su ansiedad de hundir dientes en los labios que la de sobreponerse a lo que sabía no debía permitirse. Sorbió la sangre ajena y empujó el rostro para dejarlo lejos de él. Lejos de todo. Su cosmos ya no era más que un canto de puro pesar.

Movió sus manos para limpiar el rastro de sangre y lágrima de su boca. Se inclinó, una última vez antes de partir.

—Así lo has dicho. Cuando sea el momento, pelearé.

Abandonó la estancia helada, cubierta de lo último que dejaría de él. Más sabía que Saga tenía la razón. Él callaría, él le seguiría… No sería su puño quien acabaría con la farsa.

Su corazón lo movía más. Él no podía ser solo hielo.

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