Como mariposa (Defteros x Asmita)

Defteros y Asmita entenderán a través de una metáfora el destino de sus vidas.

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Temas:  Canon, Angst, Romance
Personajes: Defteros, Asmita
Resumen: Defteros y Asmita entenderán a través de una metáfora el destino de sus vidas.
Dedicatoria: Para mi geme que me beteo el fic y me revisó que la idea estuviera bien hilada. Gracias geme ToT
Comentarios adicionales: Usé la metáfora de la Mariposa para trabajar el fic.

Como mariposa

Asmita sintió su espacio personal invadido. Era algo extraño viniendo de Defteros. Al menos, del Defteros que estaba conociendo en esas semanas. Por lo general, se mantenía alejado y pocas veces se acercaba tanto a él, como si temiera que su presencia le fuera a quemar. Había muchos secretos en él que no entendía, pero su comportamiento en ese momento superaba todo ello.

Se mantuvo en silencio, controlando la respiración de sus pulmones. Estaba seguro que si hacía un solo sonido más, Defteros le sisearía para que guardara la voz. Había alojado la cabeza casi sobre su hombro derecho y su cabello enmarañado hacía cosquilla a su mejilla.

—¿Qué ves?

—Shhh…

Asmita arrugó su ceño y se quedó expectante. El largo de su cabello rubio era lo único que se movía en contra de su voluntad. No oía otro sonido más que la respiración de Defteros, acartonado. Haciendo un esfuerzo por no ser audible.

De repente, sucedió. Defteros movió rápidamente su mano y Asmita extendió sus cejas sin comprender el motivo de aquel arrebato. Después de eso, simplemente se sentó frente a él y mantuvo guardado celosamente aquello que había atrapado.

—¿Qué es? —Preguntó ahora sí, atacado de curiosidad. Lo escuchó reír cortamente. Parecía un sonido ronco y fluido atrapado tras la máscara. Sintió sus ojos sobre él, brillantes e intensos y la mano que se extendió cerca de su pecho.

—Te acuerdas de lo que te conté… ¿sobre el gusano? —Asmita asintió, inclinando su rostro hacia el lado derecho. Sintió su flequillo rozar la punta de su nariz por el suave viento que atravesaba el bosque—. Pues… te dije que se había puesto… duro.

—Un capullo, eso me dijiste. Que era un gusano de seda y se puso duro. —Trató de traer a memoria lo que le había comentado días atrás, cuando lo detuvo de sentarse en un tronco por detectar la presencia de un capullo.

—Pues… ¿te acuerdas que te dije que pasaría después?

Asmita trató de recordarlo. Le había dicho que el gusano adquiriría alas, alas coloridas, y volaría entre las flores. Que se convertiría en algo «lindo» según sus palabras.

Prestó atención a sus movimientos y colocó sus manos sobre las de Defteros, que parecían guardar algo. Las sintió rugosas y resecas, pero con una calidez particular.

—¿Allí está? —preguntó en un hilo de voz. Muy suave, sosegado, sintiendo no solo con sus sentidos sino con su cosmos la vida que estaba atrapada allí. Escuchó un sonido de Defteros que interpretó como “sí”, y percibió como iba abriendo sus manos para que la criatura volase.

Las alas se extendieron. Le creo un cosquilleo delicioso en su palma antes de alzar vuelo. Asmita alzó su rostro, con la marca de sorpresa dibujada en su rostro y siguió el vuelo hasta donde le fue posible, a través de sus sentidos. Defteros había hecho exactamente lo mismo.

Bajaron el rostro al mismo tiempo después de ello. Hubo un silencio que se extendió por varios minutos. Defteros no sabía qué más decir luego de que aquella experiencia se concretara. Asmita aún tenía sus palmas abiertas y podía aún percibir el roce de esas suaves alas.

—¿Sabes? Creo que algo así, sería. —Asmita sintió la atención de Defteros—. En el budismo, creemos que las personas al liberarse de todos los sufrimientos pueden alcanzar la iluminación y liberarse del Samsara. Entonces,seríamos como esos gusanos… nos apegamos a un lugar fuerte, nos transformamos y llegado al momento, si logramos alcanzarlo, nuestras almas se liberan del cuerpo se van muy lejos.

—Mmm…

Asmita sonrió. Reconoció en el murmullo de Defteros su poca comprensión. Con una sonrisa le tomó la mano y la acarició.

—Gracias por mostrármelo.

Tardaría mucho tiempo antes de volver a tocar ese punto. Y pasaría muchas cosas que cambiarían el sentido de ello. En el volcán incandescente, entre los rastros de rabia y frustración, Asmita lo único que podía ver eran llamas enredadas entre montarrales de espina y el cuerpo de Defteros más indefenso que nunca.

Sabía el sabor de lo inevitable. Comprendía que ya mucho estaba desecho. Apretando su puño, se sujetó de aquella sobrecogedora experiencia y dio media vuelta, dando por cerrado aquel ciclo que hubiera querido mantener con vida. Defteros entonces gruñó. Su voz brotó ronca, víctima de los gases que inhalaban día y noche.

—Quieres ser como ese… tu maestro. —Asmita deslizó su rostro a un lado, prestando atención—. Aspros me contó sobre él.

Él sabía de eso. Lo había visto todo, tan claramente, esa noche que vio las espinas. Sus párpados temblaron suavemente y su rostro se contuvo, esperando las siguientes palabras. Las mismas que vinieron en Defteros con una carga acumulada de resentimiento anticipado.

—Quieres desaparecer.

En su voz, venía un reclamo vivido. Un «Te irás como él». Se irían los dos, consumidos por su propio brillo a un lugar que él no podría alcanzar. Asmita estaba al tanto de ello, sabía incluso todo lo que tenía que dejar para lograrlo. Y Defteros, tempestuosamente, quería soltar la única cadena que lo mantenía en el mundo.

Pero él aún no estaba seguro de poder alcanzarlo. Y ante la vista de nadie estaba el trabajo que él había estado elaborando por años. Una fina obra de seda, potente y hermosa, enmarañada con el conocimiento que iba recolectando sobre y bajo la tierra.

Si él iba a morir como oruga, o si surgiría como la mariposa, no lo sabía. Lo único que sabía es que para convertirse en esa mariposa y alcanzar atravesar los límites, tenía que morir.

Defteros lo había entendido. Y no quería estar allí en ese momento.

—Prometo despedirme antes.

Asmita abandonó el volcán con la firme convicción de que ya no habría nada que lo detuviera de formar su capullo en el santuario. Se cubrió con su cosmos y esperó en silencio el momento. Sintió las presencias que iban y venía atravesando su templo. El paso de los días y las noches. El cúmulo de cosmos que se atravesaba en sus dedos y el firme desprendimiento. Los recuerdos, que dejaron de ser recuerdos. Y las lágrimas que al final se secaron. Endureciéndolo, tan fuerte, que ni siquiera las críticas podrían erosionar el perfecto estado de concentración que se había propuesto.

Para cuando llegó el momento, nada detuvo el estallido. En aquel segundo de inusitada luz, sus ojos y su alma abrieron las fronteras y el capullo. Asmita sintió que se iba, escapando a la nada con todos los recuerdos. Y aunque quiso, no se asió de ninguno. De ninguna de las cosas que aprendió y experimentó. De ninguna caricia sentida o palabra escuchada. Agradeció todo y lo dejó en la tierra.

Y entonces recordó, una cosa. Supo que no volaría tan alto.

Defteros arrugó el ceño, sintiendo la presencia desvanecerse en un atardecer teñido de rojo y oro. Apretó la piedra bajo su palma y contuvo el quejido que lo hizo sentir, inexplicablemente, más solo. Había silencio y tras el último estallido, no quedó nada. No hubo una manifestación de luz, no hubo un sonido de voz. Nada.

Se maldijo por haber creído en esa última promesa. Él tampoco cumplió.

Volteó, con el resentimiento solidificando la poca humanidad que le quedaba. Él sí estaba envuelto de recuerdos, clavados en su piel y en su corazón de forma inquebrantable. Él no podía prescindir de ellos.

Arrugó el entrecejo y se frotó el rostro cargado de dolor. Enfocó la mirada en el suelo, donde había un pequeño capullo de mariposa abierto. Lo recogió y lo aplastó con su puño, como si aquello pudiera menguar un poco la aprehensión. Pero al revisar con la mirada, muy cerca, encontró algo más. Una mariposa de alas azules, que caminaba.

Nació para no volar.

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