Suspensión (Kanon x Mu)

La armadura estaba allí, estancada en ese espacio de tiempo. En esa burbuja donde sólo estaban ellos dos.

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Temas:  Canon, drama, angst
Personajes: Kanon, Mu
Resumen: La armadura estaba allí, estancada en ese espacio de tiempo. En esa burbuja donde sólo estaban ellos dos.
Dedicatoria: A mi geme, que los ama. Quería hacer algo de ellos y me salió esto. Espero que te guste.
Comentarios adicionales: Pues… son de esas cosas que salen sin estar segura que quiero y que al final toman sentido.

Suspensión

Miró sus manos llenas de polvo de estrellas. En la madrugada de aquel día, tras largo tiempo trabajando en su taller, agradecía enormemente el efecto analgésico que el viento frío de la noche tenía sobre sus manos desnudas y adoloridas.

Bien hubiera podido hacer ese trabajo en su torre, donde tenía el silencio, la soledad y los recuerdos latiendo en cada pared de piedra. Pero decidió hacerlo en su templo, el que había extrañado durante más de una década el calor de su cosmos. Aries era la entrada no solo al camino de las doce casas, también a sus memorias más antiguas. A los sueños con su maestro y a la visión de ser quien protegiera ese lugar.

En ese momento, era también su nuevo hogar. Prescindir de ese impulso que lo empujaba a ir a Jamir había sido un modo para educarse a esa idea.

Observó el cielo ennegrecido, apunto de colorearse de suave celeste. Pronto el amanecer llegaría y lo encontraría sucio de polvo de estrella, cansado y con aún mucho que hacer.

—Mu.

Escuchó la voz que lo llamaba, desde la salida de su templo y se dio tiempo para voltear. Pese a que el tono de voz era parecido, algo en la ondulación lo hacía distinguible aún en la distancia. Cuando sus ojos se encontraron con la persona, rápidamente lo leyó a partir de su figura. El cabello azul y largo y los trajes de entrenamiento. El ceño ligeramente encogido marcando una suave línea en su frente.

—Buenos días, Kanon de Géminis.

Una línea que se profundizó ante el saludo.

Kanon, quien estaba allí, hizo un esfuerzo mancomunado de no rodar los ojos ante la mención. Simplemente avanzó un par de pasos más, negándole la vista a Mu y ofreciendo su atención al cielo que aún estaba oscuro.

Cuando se puso a su lado, Mu pudo captar entre las notas marinas de su perfume natural, el hecho de que estaba recién bañado. Listo para salir. En cambio él olía a sudor, quizás un poco de hierba seca y sangre.

—¿Todavía faltan? —Mu deslizó la mirada que había caído en sus propias manos para posarlas en el perfil de Kanon, que pese a hablarle no lo había mirado directamente—. Me refiero a las armaduras.

—Aún falta.

Comentó sin dar mayor detalle. Luego sus ojos volvieron a ver la caída del manto de la noche y su cabeza a escuchar los gritos que cada armadura guardaba y solo resonaban cuando el martillo golpeaba contra su superficie. Notó cuando Kanon posó sus ojos, ligeramente, sobre sus antebrazos vendados, sin la armadura de oro que cubría esa parte y con la sangre seca en las vendas.

—¿Está bien que solo tú des la sangre? —Mu dibujó una leve sonrisa con la mención y cubrió sus brazos para dar una media vuelta.

—A veces Shaka y Aldebaran vienen a dar la suya también. Pero en general, está bien. —Dirigió sus pasos hasta la puerta que iba hacía el interior del templo—. Es parte del sacrificio que ofrezco por los años de silencio.

Cuando Mu se internó en el templo, no recibió ninguna palabra que lo detuviera. Tampoco un comentario amable o tan siquiera considerado. Escuchó desde el marco de la puerta los pasos que Kanon ejecutó para seguir su camino, y se perdió él mismo en la oscuridad solo vejada por las armaduras que titilaban tras su reparación y su proyecto, que pese a ser un pedido directo de la diosa, era un asunto a su vez personal.

Requirió más noches para obtener una vista más clara de su propósito y para ir desocupando también el salón. En las madrugadas que salía, tenía ese corto intercambio con Kanon cuando este dejaba su templo y se iba más allá del alcance de sus ojos. Era lo mismo cada vez que se encontraban: miradas que no se decidían y palabras inconexas que ocultaban un significado mayor. Cuando la mañana llegaba él dedicaba un par de horas a recuperar sueño tras el baño para proseguir al mediodía con su actividad.

Tenía claro que los dioses habían sido benévolos. Ellos no podían más que aceptar su inevitable decisión. Aunque Mu dudara del significado de estar allí, había mucho que arreglar. Todo un santuario que había quedado en ruinas, una diosa que se fue tras su último pedido y la certeza de qué, después, habría otra guerra. Porque la paz no podía ser imperecedera.

Todos santos dorados que participaron en la destrucción del muro de los lamentos, fueron revividos por los dioses. Por alguna razón en particular, Kanon estaba entre ellos. Dohko, sin embargo, por fin descansó después de doscientos años de vida.

Pero la diosa Saori no se dio la tarea de explicarles lo sucedido, ni de exponerles mayor cosa antes de irse al Olimpo. Se notaba agotada. Los dejó como ovejas sin pastor, sin siquiera saber si exactamente vendría una guerra o con quien. Sin estar seguro de que quedó del infierno, ni que ocurrió con Hades. Sin una respuesta sobre lo que ocurrió con los cincos santos de bronces que fueron tras ella a través del agujero que abrieron. Con una tonelada de dudas y un santuario en ruinas, con apenas un puñado de santos sobrevivientes.

A veces se sentía como si nada de lo que vivían fuera real. Que todo correspondía a algún sueño comunal, a una realidad que sus cosmos y almas fusionadas en ese último minuto habían creado para condicionar sus consciencias a un mundo donde pudieran seguir juntos. Ha algo como un sueño compartido, una ilusión, a fin de cuenta.

—Es como cuando avanzas un sueño y te das cuenta que algo no es real.

—¿Has intentado despertar? —Miró la figura de Kanon que se paseaba esa tarde por el salón lleno de armaduras y veía sin interés lo que estaba cubierto por una capa blanca, en la esquina.

Lo que él había venido a decirle tenía mucho sentido, porque en cierto modo se sentía igual. Solo que él había optado por seguir la corriente, pensando en que quizás la respuesta estaría más adelante. En algún punto del sueño, si era sueño,  que debía acabar.

Kanon desentendió la pregunta, aprovechando el momento para mover sus hombros. Cazó con la mirada el derredor y ubicó las vendas que Mu usaba para detener la sangre de la herida. Se acercó a ella y preguntó a Mu, dándole la espalda, cuál sería la siguiente armadura en reparar. Mu comentó que la de Cefeo y antes de decir algo, Kanon ya había abierto una de sus muñecas.

—No es necesario…

—Claro que sí, tú te quedaste en silencio, yo preparé en silencio una venganza. No somos muy diferentes.

Quizás no. Ambos sentían en el silencio que los cobijó por 13 años los resultados de tantas muertes. Lo atribuían por haber sido un cómplice de ello, de lo ocurrido en el santuario. De la mentira. Ambos de alguna forma, habían apoyado y sostenido a Saga en el poder durante todo ese tiempo que se negaron a regresar. Y podían tener justificaciones, pero nada de eso aligeraba el peso de las almas. Dejaron a un ejército de niños en manos de un hombre que era capaz de todo por el poder. Todo.

Tras haber apoyado con su sangre a tres armaduras, y Mu haber cubierto su herida, ambos se sentaron en los escalones esperando el amanecer. Los ojos no se encontraban, pero se sentían conectado en un vínculo que iba más allá de su entendimiento.

—¿Cómo supiste que él no era…?

—No lo sé… solo lo supe.

—¿Nunca viste su rostro?

—No, nunca.

—¿Entonces como?

—Es como… cuando te das cuenta que lo que tienes en frente no es lo que siempre era. No te transmites lo mismo. El lugar al que siempre te sentiste seguro, de repente es una puerta infernal. Algo así.

—¿Nunca te hizo daño?

—No. Yo huí antes. —Hubo una necesaria pausa—. Y tú, ¿cómo supiste que él no…?

—Siempre lo supe… solo un día me di cuenta que él no lo sabía.

—¿Y cómo él lo supo…?

—Así como tu… solo que se vio en el espejo, y yo estaba detrás él. Estoy seguro que sintió igual.

Las noches siempre llegaban más rápidas y se extendían por más tiempos que los días. Siempre había armaduras que reparar. Siempre había sangre. Y miradas que no se concretaban y conversaciones sobre el pasado. Siempre la madrugada los recibía con su fría brisa y se despedían a la salida del templo. Lo veía caminar seguro por las escalones hasta que su figura se perdía en Tauro, y lo escuchaba regresar al día siguiente, cuando el sol estaba por ponerse.

No vio a Shaka, no vio a Aldebarán. Cada quién debía estar muy pendiente de sus propias actividades y él había tomado la propia como una excusa para no salir de su templo. El sonido del martillo mimetizaban sus pensamientos y dejaba de pensar en qué habría de diferente si una de sus acciones hubiera sido más crucial. La prueba de Atena no era más que una justificación para ocultar su contundente ignorancia sobre lo que ocurría en el santuario y qué debía hacer.

Ante los últimos estallidos del martillo sobre la armadura, en el brillo del cosmos, Mu se sintió cansado. Había hecho mucho, había logrado poco. Sentía que las armaduras se multiplicaban y su templo no llegaba a sentirse vacío. Kanon, quien había tomado por costumbre el estar allí, lo sostuvo un momento y empujó para que soltara la armadura y se limitara a descansar. Usó su cuerpo como respaldo para que Mu pudiera recuperar el equilibrio.

Los brazos gruesos lo rodearon tomándolo de la cintura y Mu pudo pegar su frente en el ángulo de su cuello. Su antebrazo sangraba y pese a estar acostumbrado a esa clase de dolor, en ese momento se sentía como si su vida se diluyera por esa herida.

Kanon tiró del cuerpo para moverlo hasta la pequeña silla de madera que resintió el peso de la armadura de Mu. Lo acomodó con cuidado y buscó apartar los mechones que evitaba verle bien el rostro y tomarlo con seguridad. Los ojos de Mu se iban por momentos, pero tras las caricias lograron con esfuerzo enfocarse a él. Tenía sed, sus labios estaban agrietados y respiraba por la boca.

—Ya está bien por hoy. —Lo veía vendarle, con bastante precisión aunque sus movimientos eran empujados por la ansiedad—. Hoy nos vamos a dormir temprano.

—¿Crees que si hemos estado despiertos? —Kanon detuvo por un segundo el movimiento de sus manos, pero las reanudó, tras una creciente espiración.

—No sé siquiera si esto es dormir.

Mu tuvo que admitir esa verdad. Descansó su espalda y cerró sus ojos, dejándole a Kanon la tarea de vendar la herida. Cuando lo hizo, se levantó con su ayuda dispuesto a descansar, aunque, como todas las noches, acabaron recibiendo la brisa de la madrugada en el salón principal del templo, antes de despedirse.

Para el día siguiente, las armaduras estaban allí, aún en espera. Pese a que Mu sentía que avanzaba, no dejaba de tener esa indiscutible sensación de que en la sombra lo esperaban más.

El brillo incesante de las armaduras recobrando vida, la opacidad de sus superficies cuando yacían muertas. El eco, consistente y constante que se apilaba junto al cimbreo y el polvo de estrella que se quedaba prendado en sus manos. Las veces en que la miraba si lograban conectarse, aún si las palabras no salieran. Las veces que entendieron que si bien, no estaban solos, tampoco había alguien más.

Y callaron.

Los pensamientos no dejaron de ser solo eso: pensamientos. Y temieron mencionar algo que fuera quitando, poco a poco, lo único real que encontraban.

El olor de la sangre, el peso de la mirada, la brisa de la noche acariciando sus puños desnudos.

Kanon, esa noche, miró con más atención el taller después de haber vendado su brazo. El sonido acústico que se formaba cada vez que el martillo golpeaba la plata, lo tenía ensimismado en la tarea de observar los brillos dibujando sombras en el rostro redondeado de Mu, y sobre todo en el mechón que se colaba y terminaba acariciando el borde de sus labios. Tras un suspiro, vio mejor el distraer su mirada en el resto del templo, comprobar con sus ojos cuantas armaduras hoy. Llevar un conteo mental.

—Está ya está lista. —Anunció la voz de Mu y lo vio moverse hacia la armadura siguiente, de unicornio—. Creo que hoy podremos acabar con más.

—¿Qué hay allí? —Kanon señaló con su índice aquello que estaba oculto tras una sábana apartado en una esquina. Cuando Mu la vio, fue inevitable no sentir el peso de algo que había dejado totalmente olvidado.

Por los primeros minutos, no hizo nada más que posar sus ojos sobre las sábanas blancas y recordar las formas ocultas. Aquello que era su principal proyecto, se había convertido en un punto ciego en algún momento de su rutina. Cuando giró la mirada hacia Kanon, supo que allí estaba la razón. Aunque no la entendiera del todo, como si estuviera escrita en una lengua muerta.

Ya que estaban allí, lo necesario era descubrirla. Intentó recordar la última vez que la trabajó y logró recuperar la sensación de una pieza faltante. Algo que no tenía y no podía encontrar para completar el proyecto. Algo que le faltaba.

Abandonó el paño con el que secaba el resto de sangre de su herida y dejó con él el martillo. Sus pasos se dirigieron hacia aquel lugar, que por su importancia, requirió de un pequeño ritual para acercarse. Mirarlo con los ojos encogidos y las manos ansiosas. Sentir a su vez la presencia de Kanon haciéndose más grande contra la pared.

Mu jaló levemente la sábana, pero fue suficiente para que la gravedad tirada de ella y se deslizara sobre la superficie de oro. Kanon contempló lo que sería Géminis, a medio hacer. Una armadura de oro idéntica a la de su hermano. Una armadura de oro que él no tenía y que no había visto.

Su garganta se secó, al igual que la de Mu al dar dos pasos hacia atrás y observar la incompleta obra. Aún le faltaba un par de brazos y el casco, más parte de sus hombreras. Una cosa era repararlas, pero otra muy distinta era crear una, y aquella armadura, pese a tener las figuras idénticas, no resonaba con vida. Era una quimera.

—Cuando empecé a hacerla, estaba seguro de que fue por designio de la diosa. Ya no estoy tan seguro.

—¿Por qué?

—Cuando estábamos frente al muro de los lamentos, sentí a géminis dudar. Ella resonaba, pero al mismo tiempo se preguntaba qué hacer. Saga la llamaba para estar con nosotros, pero ella también quería protegerte. Yo la escuché. No tuvo que escoger, porqué tú escogiste. La dejaste ir… pero supe en ese momento que te habías condenado a morir y pensé, en lo injusto que era que un santo de Atena peleara desnudo, sin una armadura que lo protegiera…

—Pero aquí…

«No hay géminis»

Como un goteo dentro de una vasija vacía, se fue acumulando cada una de las verdades.

—Nunca he visto a géminis… Es más, nunca estoy seguro de estar en el templo de géminis.

«Se ve como el pilar, casi idéntico»

—Tampoco, cuando subo a Géminis, puedo ver a Aldebarán.

—No… no está. Ni él, ni Shaka. A veces puedo sentirlos… es como si quisiera que estuvieran. —Se cierra su garganta—. Como si quisiera que estuvieran allí. Solo siento su presencia, así, como una memoria olvidada entre tanto polvo.

«Por que murieron…»

Las memorias de las dos muertes en la coalición impactaron ante sus ojos, cortando el vínculo que había en el encuentro de sus miradas. Todo lo que estaba a su alrededor era más ajeno que suyo. Y al mismo tiempo era todo lo que tenía. El templo de Aries, ese lugar vacío, que ahora que lo veía con mayor detenimiento, tenía más de Jamir que del santuario.

Mu se pasó una mano por su cabeza, tratando de entender lo que estaba ocurriendo entre ellos, con ellos, por ellos. Algo debía tener sentido, aunque había dejado de tenerlo en el mismo momento en que solo podía ver a Kanon y Kanon solo podía verlo a él. ¿Pero por qué?

«No tuvimos tiempo»

—Cuando llegué al santuario y te vi fuera del primer templo, lo primero que pensé es que tendría que pelear contigo para que me dejarás pasar.

—Con solo verte supe lo que venías buscando. No tuve que siquiera probarte.

—No me miraste siquiera, simplemente corrí y no tuve que ni dirigirte la mirada.

—Yo ya lo sabía, ya lo avalaba. Tu arrepentimiento era valor, era voluntad. ¿De qué le servía al santuario un puño en su pecho? ¿Qué arreglaría eso? Tú eras diferente, tú volviste para luchar.

—Yo agradecí que no me vieras… no tenía con qué cara presentarme al aprendiz del hombre que pensé matar. Después, frente a la estatua…

«No tuvimos tiempo»

—Dudé mucho en ponerme la armadura de Géminis, mientras los vi partir. Cuando llegué al castillo, ya era demasiado tarde.

Y luego el muro. Y luego nada. Los ojos encontraron un enorme espacio de puntos suspensivos entre ellos. Una gran cantidad de cosas que se quedaron olvidadas en una noche, que fue su inicio y nada más. Suspendida en el umbral de todo lo que tuvieron que sacrificar por la humanidad. Hundida en la certeza de que ya no eran hombres.

La armadura estaba allí, estancada en ese espacio de tiempo. En esa burbuja donde sólo estaban ellos dos.

Mu volvió su mirada a Kanon: a sus ojos claros, a su mandíbula cuadrada y la agresividad que se guardaba tras sus irises. Kanon hizo lo mismo; constató la suavidad de la piel en el rostro de Mu, sus mejillas siempre con un llamativo color rosa por el calor y los lacios cabellos que caían por su frente.

Lo demás tenía que ser. Se movieron al mismo tiempo, impulsado por la necesidad que como resorte los empujó del piso. Se buscaron, con las manos, con los ojos, con el aire, con el alma. Se buscaron y encontraron cuando los dedos tomaron el rostro del otro y buscaron el ángulo para hacerle saber lo que pudieron sentir, de haber tenido tiempo.

Cuando sus labios estaban por encontrarse, hubo un parpadeo, y estaban en las escaleras.

Con las manos tomadas, sintiendo la brisa fresca de la madrugada, observando un cielo que siempre estaba entre la noche y el amanecer. Buscaron un beso, hubo un parpadeo y estaban sobre las escaleras que daba a la salida.

Agitaron las manos, prometieron volver. Se sonrieron y Mu dejó partir el cuerpo de Kanon hacia arriba. El día corría como siempre. Llegaba la tarde, las armaduras, la sangre.

Kanon volviendo, acercándose, buscando un beso.

Y entonces hubo un parpadeo. Y ya no estaban tan cerca.

La frustración llenaba sus miradas y anunciaba la desesperación de un beso que no lograban concretar. Una y otra y otra vez. Con ternura, con rabia, con delicadeza, con violencia, no importaba como, siempre había un parpadeo.

Entonces supieron que no era un sueño, sino una pesadilla. De todos las ilusiones rotas con los que murieron tras la batalla. De todas las hipótesis, con todas sus culpas, con todos los sentimientos humanos que nunca dejaron morir.

Eran dos Sisifus cargando su piedra a la cima.

Y viéndola caer.

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