Prioridades (Saga x Shaka)

Saga tiene entre sus prioridades comprar un Jacuzzi como autoregalo de cumpleaños

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Temas:  General, Universo Alterno
Personajes: Saga, Shaka
Resumen: Saga tiene entre sus prioridades comprar un Jacuzzi como autoregalo de cumpleaños
Dedicatoria: Para Lady Gemini,sé que es bien ramdon pero fue tu cumpleaños hace un par de días y pensé que sería lindo regalarte algo escrito. Así que, ¡espero que te guste! Porqué el amor puede aparecer en los lugares más inesperados xD
Comentarios adicionales: Salió por andar hablando con Kao de Saga y la frase: Saga sin Tina no es Saga xD

Prioridades

Hoy era su cumpleaños, razón suficiente como para poner en pico su tarjeta de crédito. Y por supuesto, no podía dejar de pensar en sus necesidades y en la priorización de ciertos asuntos de gran importancia. Ya tenía un nuevo departamento, el que había comprado con todo el esfuerzo de su trabajo y un préstamo hipotecario. Estaba en proceso de amueblarlo y esperaba ocuparlo en Diciembre. El asunto es que debía tener algo especial. Algo único, algo creado para él. Kanon chistó y protestó cuando supo que había tumbado un cuarto para convertirlo todo en… el gran baño.

¿Para qué carajo necesitaba un gran baño? Pero no, Saga y su narcisismo no se conformaba con un enorme espacio lleno de espejos que destilaba más lujo que la cocina y la sala junta. Es que debía tener un gran jacuzzi.

Su madre siempre le había dicho que Saga era amante del agua y en alguna vida pasada fue un pez. Desde que era una masa de carne y baba se la pasaba buscando cuantos recipientes de agua encontraba, y haciéndola pasar mil sustos. Mientras Kanon lloraba cada vez que le tocaba el baño, Saga lloraba porque lo sacaban de su cómoda tinita de plástico con decoración de un pato amarillo. Podía pasar horas golpeando el agua y riendo mientras sus deditos se arrugaban.

Ni hablar de su primer viaje de campamento por sus buenas calificaciones a Creta. Saga no dejó de hablar de la maravillosa tina que tenía en el baño.

Kanon le dijo que porqué no se conformaba con cualquier tina. Pero Saga no quería cualquiera, no se iba a conformar con un recipiente de porcelana para contener agua. Quería algo novedoso, inusual, morbosamente caro y absolutamente suyo.

Ese lugar  era conocido como el mejor sitio para armar el baño de tus sueños. Saga se preguntó si eso incluía al joven vendedor.

—¿Le gusta este?

Saga tenía grandes problemas para recordar su nombre. Sonaba algo como Saka o Sfata y el apellido ni intentaría imitarlo. También tenía grandes problemas para verlo directamente a los ojos. En sí, desde el momento en que entró forrado con su chaqueta de cuero y sus lentes de sol y destilando aire de: hoy el mundo gira en mí, supo que estaba condenado a dejar un cheque en blanco. El exótico rubio lo había abordado con un gesto soberanamente profesional, unas manos que no dejaba de  seguir con la mirada y una entonación en su voz que lo tenía mareado.

Por si fuera poco, no solo había notado las manos, sino más allá. No solo se detuvo a pensar en su voz, sino ir más allá. Cada vez que el… como se llame, volteaba para llevarlo a los distintos mostrarios de productos, Saga se quedaba viendo la espalda lo suficiente ancha, las caderas lo suficiente cuadradas y el largo de las piernas que se escondían en el pantalón reglamentario de vestir.

Pensó que tenía la altura ideal para besarlo sin torcerse el cuello o tener un lumbago. El peso perfecto para alzarlo, empujarlo y aplastarlo contra cualquier superficie. Y que definitivamente iba a terminar buscando compañía esa noche porque las fantasías estaban yendo lejos.

Trató de concentrarse. El joven vendedor estaba sentado a la orilla del jacuzzi, de lo que era un escenario elaborado de un cuarto de baño celeste, con distintos ornamentos en metal pulido y un aspecto elegante. El jacuzzi estaba sobre una pequeña altura, y hasta tenía una pequeña escalera.

Era difícil atender a los detalles técnicos que el rubio decía cuando lo veía sentado a la orilla y casi pensaba lo fácil que sería empujarlo allí dentro.

—No me ha respondido, Sr. Papalopus.

—Oh… —Carraspeó y se llevó una mano tras la nuca, para rascarse—. Es… supongo que está bien pero, buscaba algo diferente.

No sabía que tan diferente. Habían recorrido la mitad del negocio y él estaba seguro que agarraría cualquiera de las opciones porque no le había prestado suficiente atención. O diría que volvería, y lo haría y buscaría que fuera el mismo muchacho de cabello largo y dorado quien lo atendiera.

No era muy común conseguirse con un hombre que tuvieran esos rasgos tan llamativos. Habían cosas que le parecían orientales y otras que podría jurar serían de los países bajos.

Otra de las cosas que lo tenían virtualmente mal es que pese al desaire que debía significar escuchar una respuesta negativa, el joven no se inmutaba. Suavizaba la mirada enmarcada tras esos lentes de montura azul y le sonreía discretamente. Era el mar de la paciencia.

¬—No se preocupe, quizás le gustaría algo más masculino y audaz. Por favor, sígame.

Hizo lo propio, pensando de más en los movimientos del mucho y cuál podría ser su historial de vida. Debía ser joven. No le daba más de 24 años. ¿Sería hijo único? Lo que si estaba seguro era de su inclinación. ¡Gay! La pulsera de arcoíris que estaba amarrada en su muñeca tenía a Saga con una sonrisa floreciente en los labios. ¿Sería un secreto a voces como él lo mantenía? Parecía que no.

Llegaron entonces al nuevo modelo, esta vez en tono azul marino, con decoraciones de planetas y estrellas en los arreglos. Saga debió admitir que su mandíbula no abriría lo suficiente para mostrar su asombro. Era un diseño encantador, muy bien elaborado, lujoso y su precio… gritaba eso último. El Jacuzzi era alargado y sus llaves tenían forma de estrella. El rubio empezó a comentar los detalles de la elección mientras movía las magnéticas manos y se paseaba con soltura en el lugar.

Saga se cruzó de brazos y trató de mostrar el semblante más serio e interesado que era posible luego de sentir el espadazo del costoso precio. No iba a poder optar por él. Tendría que trabajar diez años más. Como si ese cero le hubiera devuelto la atención a su bolsillo, por primera vez no se detuvo a morbosear más información de quien lo atendía.

—Veo que tampoco es lo que busca.

—No a nivel económico.

Lo vio sonreír y su billetera tembló.

La invitación hacia la oficina lo tuvo en disyuntiva por el lapso de tiempo que se tomó en cruzar el local. Ya no estaba distraído en el movimiento de su cuerpo al andar sino en cuentas mentales cruzadas rápidamente y de forma aleatoria. Además de un rápido incentivo para no caer en las trampas de mercadotecnia que además tenían el atractivo del muchacho. Se sabía en desventaja.

Sin embargo, toda la preparación mental se vino al piso cuando entró a la oficina. Abrió los párpados y así activó de forma inmediata su curiosidad. Había un par de plantas decorando el librero. Libros de viajes, una cartelera de corcho con anotaciones y avisos de la comunidad LGBT y protección al medio ambiente, una fuente de piedritas junto a un vistoso y gracioso Budah.

Shaka —como leyó que decía la placa sobre el escritorio— se había sentado frente a él con una hoja en blanco y un bolígrafo. Empezó a hablarle de montos, cuotas, iníciales y Saga tenía la vista en otras cosas.

¿Era hinduista? ¿Budista? ¿Sintoísta? ¿Tendría pareja? ¿Le gustaría viajar? ¿Tendría plantas en casa? ¿Cuántos años? ¿Qué hacía en Grecia?

Tras echar un vistazo a la hoja y ver el montón de números se vio obligado a prestar atención. Pasó una mano inquieta sobre su cara y afiló la caricia de sus yemas sobre la textura suave de su barba saliente. Debía afeitarse al llegar. Las opciones estaban demasiados costosas para él, por muy bien que sonara la idea.

—No lo veo muy convencido, Sr. Papalopus.

—No lo estoy… Shaka. —Se cercioró primero de las letras de la placa antes de mirarle  y volver a sentirse atosigado por las preguntas más personales—. ¿Tienes uno?

—¿Uno? —Lo vio parpadear varias veces y él estuvo seguro pudo medir el largo de sus pestañas de lo fijo que lo miraba—. Disculpe, no logro entender la pregunta.

—Un jacuzzi. —Movió sus propios pies de forma inquieta bajo la mesa—. Debes saber que se siente tener uno.

—Puede sonar contradictorio. —Y le sorprendió a Saga que el muchacho respondiera casi de inmediato la pregunta pese a lo atravesada que se sintió hacerla—. Solo tengo una tina, la cual uso solo en ciertas oportunidades, pero no, no tengo un Jacuzzi.

—¿Costos? —Mentalmente había anotado las “ciertas ocasiones” e imaginado unas cuantas pero el pensamiento no llegó a más al verle la suave sonrisa.

—El costo al planeta, sí. Enérgico y de agua. Es mi grano de arena por la preservación natural.

Saga no pudo evitar mantenerse boquiabierta mientras veía al joven vendedor volteando la hoja para ofrecerle otro negocio. No le prestó atención a sus palabras, ni a los números. Se sentía invadido por otra cosa que nublaba la necesidad de establecer el negocio o irse y pensar más fríamente sobre la cuestión del Jacuzzi. Shaka tenía todas sus neuronas trabajando a mil por él y el cosquilleo en sus brazos no lo podía ignorar. Sentía la atracción allí navegando, envuelta en la tranquilidad de un encuentro casual con un desconocido que, a grandes rasgos, parecía ser una persona muy interesante.

Shaka terminó de desglosar el nuevo plan de pago y lo dejó a su vista. Saga apenas tomó el papel con su mano, pegada a la mesa y sin prestar realmente mayor cuidado a los números. La letra… le gustaba mucho la letra. Redondeada, elegante y juguetona.

—Esta es la mejor oferta que puedo ofrecerle. —Saga levantó la mirada hacía los dedos que aún sostenían el bolígrafo. Largos, delgados, sus uñas perfectamente limpias y cuadradas. Se preguntó si no se había percatado de nada.

—Me temo que te debo unas disculpas.

Lo admitió. No podía hacer negocio. Soltó el papel dejándolo inmóvil en la mesa y se echó hacia atrás, pegando su espalda completamente al asiento. Abrió un poco las piernas para tener comodidad, y le miró fijamente con una mano tapándole los labios. Shaka mantenía su postura, con la mirada fija en él y calmada.

—Solo le estoy ofreciendo oportunidades. Entenderé si no puede tomar alguna de ella.

—El problema no son las oportunidades. —Confesó alzando levemente una ceja—. El problema es que no puedo pensar en comprar un jacuzzi cuando mi cerebro grita: invítalo a salir.

Fue el momento en que Shaka abrió y cerró la boca al no tener como responder a ello. Saga anotó de inmediato lo significativa que fue su expresión por la manera en que cambió la postura, por una más derecha que daba aires de buscar mantener la inamovilidad. Atrapada en su mano se quedó su sonrisa.

Entonces lo hizo. Se relajó a un más y se inclinó en el asiento, acomodando sus antebrazos en el escritorio para mostrar su necesidad de llevar el asunto a otro rumbo. Se sonrió con un ligero toque de disculpas y lo miró fijamente observando la manera en la que Shaka le mantenía la mirada.

—Mi cerebro solo me pregunta si eres Hinduista, Budista o Sintoista o algo que yo no haya escuchado nunca.

—¿Por eso quiere invitarme a salir? —La incredulidad delineaba con algo de diversión el rostro de Shaka. Saga alzo ambas cejas, marcando la arruga en su frente—. Eso puedo contestarlo aquí.

—Pero tendré más preguntas. Soy un hombre muy curioso.

—Sr. Papalopus, le recuerdo que vino buscando un Jacuzzi.

—Lo sé, es mi cumpleaños. Quería comprar un jacuzzi de regalo, pero encuentro un hombre atractivo, abiertamente gay, que es ahorrador y tiene un buda. Cambiaron mis prioridades.

El coqueto era bastante directo y casual. Lejos de incomodar al vendedor, más bien adquiría un tono encantador en sus ojos mientras ahora era él quien tapaba su boca con una de sus manos. Podía jurar que tras ella estaba bailando una sonrisa.

—¿A qué hora sales de aquí? ¿Seis y media?

—Las siete porque siempre debo organizar algunos papeles después del cierre.

—Puedo venir entonces a buscarlo e invitarlo a salir. ¿Le gusta la comida árabe, hindú? ¿O prefiere algo más…?

—Señor…

—Una salida, sin compromiso. —Se adelantó anticipando el rechazo de su cita.

—Lamento tener que negarme.

Saga suspiró. La manera en que Shaka había dado el ultimátum, no daba pie para objetar. Entendió que debía bajar las armas y se reclinó de nuevo, dejando libre el papel que estaba antes aprisionado en sus antebrazos. Shaka lo tomó y volvió a anotar números en él. Dobló el papel y se lo extendió.

—Es mi última oferta, por su cumpleaños. Quizás desee tomarla.

—No tengo cabeza para eso. —Confesó desairado. Sin embargo, tomó el papel y lo abrió. No pudo ocultar la enorme sonrisa al ver el: «llámame después de las 7» y su número de teléfono.

—Puede pensarlo y regresar aquí cuando guste.

La despedida fue mero protocolo, pero el chispazo en la mirada decía todo en cuanto debían saber. Saga no salió con un Jacuzzi, pero si con una oportunidad que no pensaba desaprovechar.

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