Set Fire in the Rain (Radamanthys x Saga)

Radamanthys inicia una relación explosiva, sin preocupaciones, que terminará haciéndolo arder.

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Temas:  Universo Alterno, Angst, Romance
Personajes: Radamanthys, Saga
Resumen: Radamanthys inicia una relación explosiva, sin preocupaciones, que terminará haciéndolo arder.
Dedicatoria: A todos los que les guste esta pareja
Comentarios adicionales: Me hubiera gustado tener más tiempo. La idea que quería no la pude desarrollar, la otra con la que inicie se me estaba extendiendo y si no la desarrollaba bien, iba a quedar un Deux Machine muy horrendo. Así que cambié y logré esto.

Set Fire in the Rain

Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura.
Edgar Allan Poe

Escuchó el carraspeó que llamó su atención y alzó la vista. El café estaba al frente, humeando por la temperatura del líquido, y la lluvia caía afuera empañando los vitrales. En aquel café de diseño cincuentero, solo estaban ellos con otro par de personas esperando que la lluvia de Londres cediera.

El rostro de Minos tenía un tic particularmente familiar. A él, que no le gustaba ser ignorado, se le daba esa pequeña mueca para hacer ver en silencio lo mal educado que había sido. Entonces quién carraspeó fue Radamanthys, tras enviar un último mensaje y volver a ingresar su celular bajo el bolsillo interno de su abrigo.

—Si vuelves a sacar el maldito teléfono mientras te hablo…

—Ahórrate las amenazas, Minos. —Sentenció con la voz ronca, producto de tantos años de fumar. Aprovechó la mueca de desagrado para tomarle el tubillo de nicotina que acababa de saborear y compartir un poco del vital veneno.

Soltó el humo en el aire y volvió la mirada al vitral. Sabía que si tocaba el tema sería entrar en un terreno de reclamos y advertencia. Minos lo conocía más que nadie, y sabía la reina de Inglaterra que era esa su maldita debilidad. No le gustaba la sensación de que alguien pudiera leer tan bien sus pensamientos con solo verle los ojos.

Al observar su semblante contra la imagen del vitral, constató la fuerte línea de expresión en su frente y sus cejas particularmente gruesas. Su móvil volvió a sonar y desde allí también vio la mirada demandante de Minos. La muestra de que sabía que el teléfono estaba sonando, que lo odiaba, y que estaba seguro que él iba a contestar.

No tardó más de medio minuto el duelo de las miradas a través del vidrio, antes de que Radamanthys metiera su mano en el abrigo y buscara el maldito teléfono. Minos soltó una maldición en Noruego, recargándose contra el espaldar del asiento de cuero y miró de reojo el rostro de Radamanthys iluminado por la mortecina luz del celular.

—¿Cuándo me dirás que ya se están cogiendo?

El reclamo detuvo el mover de los dedos de Radamanthys sobre la pantalla táctil. El mohín que tenía Minos, con ese inigualable cabello que tendía al color planta y su extraña necedad de ocultar en parte el brillo de su mirada con el largo del flequillo, le indicaba que estaba cansado del baile. De fingir.

Radamanthys solo torció la sonrisa. Le miró como si fuera demasiadas obviedades como para verse en la necesidad de ponerlas en palabras. Y en vez de responder, terminó de escribir y le dio «Send». Colocó el teléfono en medio de sus codos, sobre la superficie de la madera y al lado de la taza de café.

Estaba allí. Estaba implícito. Minos afiló la mirada hacía la tajante verdad que ponía él en medio, aunque consideraba las cosas demasiados rápidos y demasiado volátiles como para confiarse.

—No tenías porque saberlo.

Por supuesto. Minos no tuvo el valor de oponerse a esas palabras y solo agarró su propia taza de café, para saborear la cafeína que junto a la nicotina lo mantendría despierto.

No se dijo nada en ese momento.

Quizás debió decir más.

Radamanthys nunca había sido amante de la tecnología. En sí, la detestaba. Encontraba infructífero estar al pendiente de la noticia a través de una página web, que por lo general te llenaba de mentiras. Prefería la comodidad de la prensa en su mano, impresa, y con el característico olor del papel. Veía más beneficioso sentarse en el sofá favorito de su padre contra los ventanales empapados para leer la prensa o un libro. Un buen libro. No las novelas baratas del momento. No las recientes corrientes de moda. Libros de verdad.

Tampoco le gustaba el computador. Sufría de serios ataques de creatividad cuando veía la maldita hoja en blanco de Word. Así que muchos de sus trabajos a nivel académico los había pasado Minos, quien en cambio, era amante de ella. Y ni hablar de videojuegos. Una eterna pérdida de tiempo.

Por eso, cuando le compraron ese móvil, se sintió como un mono con un artefacto muy sofisticado para sus dedos. Detestaba cada vez que por un mal movimiento de sus yemas, la pantalla se movía y le borraba el mensaje. Duró meses escribiendo muy lentamente cada vez que debía contestarle a su padre que ya había llegado a casa y encontraba serios problemas para contestar a tiempo una llamada.

Claro, hasta que llegó ese hombre. De repente Radamanthys era el haz de la tecnología y las comunicaciones. Conocía todo lo que debías saber sobre las empresas desarrolladoras de software y estaba al tanto de las noticias a través de twitter. Sabía cómo tomar una foto, aunque no lo hacía a él. No, Radamanthys odiaba su nariz, su mentón pronunciado y sus cejas que no se movían de lugar más que para mostrar mucha sorpresa. Había aprendido a tomarle fotos a otra persona.

Minos había observado todo el cambio, primero burlándose, luego preocupándose. Todo había sido demasiado explosivo.

Radamanthys sabía que era sí, y así precisamente le gustaba. Era tan violento que no le daba tiempo de reaccionar. Lo llenaba. Inflaba sus venas con mucha mayor efectividad que un tragó de Whisky. Su persona era fascinante, su cuerpo era todo lo que él quería. Él simplemente estaba demasiado idiotizado.

—¿Al menos te ha dicho en donde vive?

Radamanthys sorbió su nuevo cigarro, caminando por las húmedas calles de Londres y pasando a un lado del farol. Minos torció la boca, comprendiendo el idioma de sus gestos inamovibles. No, seguro no había preguntado y era que tampoco le había importaba.

—Ahora me está esperando.

—Ah…

—Tomaré el metro.

—Fórrate. —Radamanthys tuvo que voltear a ver a su amigo y afiló su mirada. Hizo un movimiento de la cabeza antes de adelantarse en el camino. Minos lo vio perdiéndose entre la fila de gente que tomaba las escaleras hacía al subterráneo, como si lo estuviera llevando al mismo infierno.

Era lo más parecido a lo que vivía. Uno de esos infiernos oníricos.

Todo había empezado con un simple intercambio de números en el banco. Un favor. Radamanthys miraba el número de la fila porque había demasiado revuelo ese día y solo ese día podía arreglar los dichosos papeles. Él estaba adelante. Había tomado una pastilla con ansiedad y la había hecho pasar por la tráquea con el golpe en su pecho. Estaba un tanto despeinado, aunque luego sabría que su cabello era simplemente así. Salvaje y al dominio del viento, del cual después consideraría un huracán.

Traía un abrigo largo y negro que ocultaba su traje común. Pero él no tenía nada de común. Comía una barra de cereal con una mano, mientras con la otra movía sus dedos veloces sobre un móvil exactamente idéntico al suyo. No pudo evitar quedarse viendo las uñas, demasiado cuidados. Casi rallaba a la perfección. Así que por algún tipo de impulso extraño había sacado su móvil para ver la pantalla bloqueada y sus dedos con las uñas un poco más recortadas.

El teléfono sonó, con la misma canción que él tenía. Queen resonaba en el vestíbulo y la gente volteó con los rostros amargados por esperar. A Radamanthys no le dio tiempo de siquiera comentarle algo al respecto, cuando ya él hombre había tomado la llamada.

—¿Puedes cuidarme el puesto?

Dijo un parco sí antes de que él se apartara. Notó la manera en que los mechones enmarcaban el cuadrado de su mandíbula y resaltaba el tono verdoso de su corbata. También el tono de sus ojos, claro, casi como si viera una parte del mar muy cristalino. Lo último que pensó al ver la espalda alejarse hacia la salida del banco, con el abrigo ondeando al ritmo de sus pasos y el resto del cabello latigando la gruesa tela, fue su acento. Mediterráneo.

El pensamiento se quedó instalado en su mente en los siguientes cinco minutos. Se mantuvo allí, como una constante que no se atrevía a derivar hasta que él regresó de nuevo. Le tomó del hombro, era casi de la misma altura y le miró fijamente a sus ojos como si se tratara de un conocido. Se veía alterado, tenía la llamada aún en curso y Radamanthys supo que le iba  pedir algún tipo de favor, lo cual era raro. Por su expresión siempre furibunda, no recibía muchos pedidos de la gente.

Le dijo una gran cantidad de cosas que no le dio la importancia de analizar. Atrapó algo de un seguro, de unas copias, un acta, pero no era información relevante para él. Lo vio mover sus manos dentro del maletín, con carpetas amarillas en su interior y logró atrapar otras cosas, como ayuda, salir, puesto. Radamanthys estaba más distraído encontrando la manera en que pronunciaba ciertas vocales y consonantes, y hallando fascinante ese solo hecho.

También escuchó Saga.

—Dame tu número.

—¿Eh? —Seguiría mirando al extraño como si fuera algún tipo de aparición que no terminaba de procesar. Saga agitaba su móvil.

—Que me des tu número. Te llamaré para que me digas si aún falta para entrar o no.

Oh… Movió sus labios por inercia. Soltó el número y vio como los ágiles dedos se movieron en la pantalla. Lo vio sonreír y decir su nombre. Lo vio partir antes de salir del asombro y preguntarle cómo demonios sabía quién era él. Luego se dio cuenta, por mera interpretación, que había leído el carnet universitario que aún tenía colgado de su propio abrigo.

Decir que entregar el número había sido el primer paso, suena irrelevante. Estaba ya escrito. Recibió la llamada, le indicó cuantos puesto faltaban y de repente no se había sentido tan mal el tener que esperar, con toda esa gente, el recibimiento de su carpeta. Lo vio llegar corriendo, como si tuviera un reloj tras su espalda. Agradecer mientras ocupaba su puesto y recibir tras llamadas con el característico timbre. Observarlo, notar sus manos, el movimiento de sus labios al fruncirse y preguntarse un montón de cosas que nunca salieron de su cabeza, no en ese momento.

Y no titubear ante su mirada cuando Saga, al tanto de su escrutinio, se la mantuvo.

«Y salieron al salir del banco te dijo: ¡Oh! Me fuiste de ayuda. ¿Qué te parece si nos vamos a tomar un café? ¿O té? Es que me gusta el café, en especial el griego. Y de repente Radamanthys Wymbert toma café»

Sí, eso había pasado. Sin la tonalidad burlesca que Minos había impregnado sus palabras, precisamente eso fue lo que ocurrió. Después de eso tomaron un café. Hablaron de la banda, de Queen. Escuchó con una sonrisa mental los cuentos de Saga y su historia de amor a Freddy. El porqué había decidido a Londres para trabajar y que aún tenía ciertos problemas con algunas direcciones. Llovió y sirvió de excusa para quedarse hablando más. El teléfono que no sabía manejar también justificó el toque de sus manos.

Radamanthys sabía perfectamente cuando era atractivo a alguien. Reconocía las miradas. Estaba atestado de ellas desde que su altura comenzó a ser mayor que la de la mayoría. Pero la mirada de Saga era diferente. Había una chispa de jugueteó ente la lozanía de su expresión y la turbia sonrisa. Había como un juego de desdobladas señales que le inquietaban. Y lo supo desde ese mismo momento. Y le gustó desde ese mismo instante. De repente no había sido tan malo esperar.

A ese encuentro siguieron otros más. Intentaron parecer inocentes. Era Saga enviándole una dirección y preguntándole un local. Era Radamanthys diciéndole hacia qué dirección girar. Eran gracias y sonrisas ocultas tras el móvil. Era la seguridad de mantener un poco más la tensión. Era excitante. Era necesario. Mientras más se alargara la cuerda, más duro chocaría al ceder.

Más explosivo. Saga puso el último peldaño de la tensión cuando le envió por móvil el mapa donde estaba parado, frente a un hotel. La invitación no fue despreciada.

Cuando el metro llegó a su parada, Radamanthys salió a toda velocidad. Volvió a ver la pantalla para comprobar el último mapa que le había entregado. Era como jugar al escondite en la gran Londres, entre los hoteles de toda la ciudad, pensando en donde se verían de nuevo. Solo debía esperar la señal. No venía con ningún tipo de preaviso. Podían estar hablando de los cereales, del tráfico, del clima o el gran mundial, y venir la maldita foto.

Era un café y sexo. Un trago de Whisky, y sexo. Era sexo y luego té, o café, o whisky. Y sexo.

Al salir de la estación se acomodó la capucha de su abrigo para evitar mojarse demasiado con la llovizna que persistía en ese lado de la ciudad. El café no quedaba muy lejos, el hotel tampoco. Cuando divisó a Saga en la entrada del café, supo cual sería la combinación de ese día: Café y sexo.

Hablaron y bebieron café por lo que fue una hora, mientras la llovizna se apagaba. Saga pagó la cuenta y se levantó del asiento dando pie a la siguiente fase de su encuentro. Se hallaron caminando uno al lado del otro, con las manos en los bolsillos y sin preocuparse de la lluvia. Rozando sus hombros y brazos, pero sin buscar un contacto más intimo. A Radamanthys le gustaba bastante que fuera así.

Entraron al hotel, y fue Radamanthys quien pagó. Era un acuerdo tácito entre ellos, de intercambiar una y otra cosa, como si no quisieran entrar al terreno de quien podía pagar más. Hasta no estar resguardados por el ascensor, no buscaron acercarse. Radamanthys lo propició.

Los besos de Saga empezaron siempre, de forma muy lenta, con un breve reconocimiento de la forma de su mandíbula. Luego golpeó a sus labios y sorbió demandante, buscando el contacto con la ferocidad que Radamanthys sabía empuñar muy bien.

Sostuvo la cabeza de Saga en su nunca, para profundizar y sintió las manos de Saga aferrarse a sus brazos para apretarlo aún más hacia él. El beso que inició en el ascensor, fue dejando chispas y chispas de fuego índigo hasta que llegaron por fin a la habitación. Allí, improvisó con la mano que sujetaba la tarjeta mientras apretó la espalda de Saga. Y gruñó sobre los labios de Saga cuando él mordió la barbilla.

Nunca las manos fueron más rápidas que las ropas, ni las ropas más ligeras ante sus caricias. Y nunca había tenido una relación que lo llenara tanto intelectual como sexualmente. Solo había una palabra para poder describir el estado de ensoñación que Radamanthys vivía, de expectación, de adoración implícita y muda, pero nadie se atrevía a decirla. Ni el mismo Minos, observando cada evidencia sobre la tabla, se atrevió a decirla.

Porque lo mejor, sin duda alguna, venía cuando estaba derramando en la cama, encima de él. Aún dentro, resguardado en el calor de su cuerpo y con el frenesí aún navegando dentro de su piel. Escuchando sus jadeos tratando de recuperar el aliento y observando el matiz que tomaba su piel luego de haberlo poseído. Admirando la labor de sus besos y caricias después de la relación.

Saga tenía la maldita costumbre de jugar con los mechones nacientes de su nuca, cuando buscaba recuperar el aire.

Para ese tipo de relación, las palabras sobraban. Ni él era bueno con ellas ni esperaba que Saga le confesara algo más que sus solos gestos dejaban claro. Cuando se desprendía de la cama, lo veía él tomar el baño, dejando la puerta abierta. Lo observaba mirarse fijamente al espejo y pasar su mano por la barbilla, como si constatara la sombra de su barba. Luego se recogía el cabello, así como si nada y entraba a la ducha. Y él volvía a hacerle el amor con los ojos.

—Deja de hacer eso.

Le dijo cuando bajaban por las escaleras que daba al estacionamiento. Saga ya tenía las llaves en sus manos, y le gustaba moverlas, hacerlas tintinear mientras caminaba, como si no pudiera tener silencio en su cabeza por un minuto. Radamanthys se hizo el desentendido.

—¿Hacer qué? —Saga volteó para mirarlo de reojo y el flash lo aturdió. Pestañeó repetidamente antes de pasar su puño sobre su párpado y frotarlo.

—Eso… —Radamanthys simplemente guardó su móvil con una diminuta sonrisa bailándole en la cara—. ¿Qué es lo que ganas haciendo eso?

Recuerdos. Memorias que no se difuminarían con el tiempo. Evidencias que permanecerían inalterables. Su móvil estaba lleno de fotos tan ridículas como importantes, por la naturalidad en que las captaba. No se trataba de fotógrafo, simplemente lo veía a través del lente que solo ven aquellos que han sido alcanzados por la mágica flecha.

Y no le importaba sentirse así.

Todas las mañanas se escribían, y todas las tardes comentaban lo que había ocurrido durante el día. Cada momento que veía propicio, llegaba el mapa que lo llevaría hasta el más impresionante de los sueños. Entonces, todo era posible. La sonrisa de Saga al verlo llegar permitía que todo fuera valido. Era como un permiso inacabable.

Si las cosas hubieran seguido ese rumbo, Radamanthys iba a durar mucho tiempo así: hipnotizado. Con buen sexo y buena compañía. Jugando en secreto lo que se llamaba amar, sin las palabras cursis y las declaraciones acartonadas.

Pero nada es para siempre, mucho menos el espejismo de la perfección.

De la noche a la mañana, los mensajes cedieron, las llamadas acabaron y Saga no estaba.

Hubiera sido fácil si tuviera una dirección. Todo habría sido sencillo de saber en donde trabajaba exactamente y haciendo qué. De conocer al menos si tenía familia allí o vivían en Grecia. Tan siquiera su número de identificación. Lo único que tenía era su número de teléfono y con su número no podía encontrar más información. No un simple estudiante. No alguien como él.

En algún momento el teléfono solo dejó escuchar el contestador y fue lo único que pudo escuchar por semanas.

Minos no quiso decir nada cuando el abandono fue evidente. No había palabras para describir el ensimismamiento mudo que existía en los ojos de Radamanthys cada vez que miraba la pantalla bloqueada, esperando un aviso. Y nunca habría una frase que dijera mejor lo que sentía. La locura duró poco y la cordura comenzó a cobrar el terreno perdido. A conquistar las tierras que había cedido, y a tomar lo que le correspondía por derecho.

A dejar en evidencia lo que era.

—¿Seguro no tenía un anillo? —Radamanthys subió su mirada irritada, ya atestada de demasiado alcohol. Detestaba las preguntas de Minos, la destetaba por una simple razón. Sabía que debió habérsela hecho a tiempo.

—Sé que no tengo su dirección, su lugar de trabajo, nada… pero no soy tan imbécil como para no notar un anillo.

Conocía todo. Si algo podía jactarse Radamanthys es que conocía todo su cuerpo. La curva de su espalda cuando descendía, el tono de sus músculos cuando eyaculaba. El rostro de Saga cuando se desvanecía en su rostro y el aroma que tomaba su piel cuando estaba plagada de sexo. El grueso de su voz y el sabor de su saliva después de haber probado de su semen. Todo. Era todo lo que Radamanthys podía tener en sus manos y era todo lo que tenía.

Era todo lo que quedaba.

Las semanas se convirtieron en dos meses. Dos meses se convirtió en un final. Dos meses fue el valor de su sentimiento y el peso de las mentiras. Esa noche, una a una fue borrando de su teléfono cada foto. Lo hizo como un verdugo que decapitaba a una serie de traidores. Degollaba a cada una de sus sonrisas y gestos con el presionar de un botón. Pasaba sus dedos para ir a la siguiente, la ampliaba y la odiaba. Detestaba la debilidad del sentimiento en él, detestaba su propia ignorancia y destetaba cada mirada enigmática del mago que fue Saga. Del conquistador cubierto de secretos. Del mejor constructor de espejismos.

Londres llovía.

En la soledad de la ciudad, recorrió lugar tras lugar cada encuentro. Hizo cada recorrido por las siguientes noches, sin una esperanza particular. Solo la de revivir conversaciones y miradas y tratar de capturar aquellos pedazos de información que no había podido guardar para sí. Buscar desvelar la verdad tras las mentiras. O consolarse con los recuerdos.

Cuando la lluvia se hizo más fuerte, se resguardó bajo el techo de una panadería cerrada. Sacó el cigarro, lo encendió. Levantó la mirada al oscuro cielo de la ciudad, derritiéndose ante sus ojos.

Sacó su móvil y de nuevo marcó. Hacía semanas desde la última vez que lo hizo. Escuchó la ferviente voz de Saga diciendo su nombre y pidiendo un mensaje. Colgó, volvió a marcar. Su mirada se mantuvo eclipsada entre los faros de los autos que cruzaban la calle. Su oído estaba concentrado en beber cada entonación en el exótico acento. Su ceño fruncido, sin nada más que ardor en la garganta, estaba como estatua recibiendo la lluvia por dentro.

«Alo»

Hasta que no salió la contestadora. Se escuchó su voz.

Había tanta dureza que no pudo sentir emoción alguna ante el cambio del panorama. No hubo un sol abriendo los cielos lluviosos, no hubo un cantar de algún ángel presagiando el fin de la tormenta. No hubo nada, que hiciera sentir a Radamanthys más afortunado. Tenía las emociones acartonadas y sus sentimientos secos. Tenía el alma vacía.

—¿Por qué?

Eso es todo lo que quería saber. Todo lo que le interesaba. No había nada más de Saga que quisiera más que eso una respuesta. Algo con el cual cerrar el episodio y enterrar lo ocurrido. Para terminar definitivamente de matar lo poco que quedaba, que distaba de esperanza, parecía más resignación.

Hubo un suspiró angustioso, de esos que se te paraliza el alma y se te aplasta el pecho. Radamanthys escuchó aquello como si le hubiese dado un espadazo, en vez de un cuestionamiento. Luego la llamada cortó.

Tampoco hubo rabia. Radamanthys rió, se burló de su posición. Guardó el móvil y lanzó el cigarrillo al suelo. Se sumergió en la lluvia helada. Caminó sin rumbo fijo, observando las luces moviéndose y la gente pasando. Iría a un bar, se metería a probar el Whisky, tomaría un sorbo por cada fotografía que le quedaba por borrar. Ahogaría la decepción hasta que no quedara nada más que cenizas.

Arrojaría todo.

El teléfono volvió a sonar. La reconocida canción de Queen, que él no había quitado. Radamanthys tardó más de lo normal en sacarlo y leer.

La lluvia era todo lo que podía escuchar en su cabeza. Dentro de su mente, persistía un zumbido. Un punto hueco u vacío que empezaba a recibir la poderosa lluvia. Los recuerdos, cada fotografía, cada imagen que no guardó, cada cosa que tenía él, se arrojaron y precipitaron contra su rostro mientras goteaba la lluvia por su nariz.

Él estaba dispuesto a quemarlo todo con la lluvia.

Pero había un mapa. Se dio cuenta que era todo lo que quería.

… Fue imposible no buscar una última vez.

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