Amnesia (Defteros x Asmita) 7/7

Sus labios deletrearon su nombre, pero sabía que no sería reconocido.

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Temas:  Canon, drama, angst
Personajes: Defteros, Asmita
Resumen: Sus labios deletrearon su nombre, pero sabía que no sería reconocido.
Dedicatoria:  A quien le guste la pareja.
Comentarios adicionales: Este fic lo tenía empezado desde el evento de las estrellas de Lost Canvas pero no lo había acabado. Usé también cinco imágenes del reto Destino Grecia.

    
«—Observa bien, ¡este es el mundo de tu corazón!

La ilusión era perfecta. Defteros vio horrorizado como las imágenes lo atrapaban en un espacio inhóspito donde no podía tener el control. De inmediato, sintió las espinas. Cadenas y cadenas de espinas rodeándolo y creando dolor en sus extremidades.

Al levantar la mirada, entre el horror galopante, pudo verlo a él en las alturas. Dorado, brillante e imponente. Seguro, confiado, sujetando su casco sobre la cadera y atizando con su expresión todo el juicio sobre él.

Sus labios deletrearon su nombre, pero sabía que no sería reconocido. Que así mismo él lo había permitido.»

Espejismo

—¿Y esto…?

El resto de su pregunta se quedó atorada entre los dientes al contemplar la visión. Verdes y azules en distintas tonalidades, el relajante sonido del agua caer, el aroma a musgo y agua dulce: todo lo llevó irremediablemente a otro mundo que no era al que pertenecía.

Defteros se vio en la necesidad de parpadear. El aire que le faltaba por su carrera y el sudor que sentía correr por su espalda, se sintió innecesario en ese momento que reconocía estar lejos del santuario. Si fuera un simple soldado como los otros, de seguro habría caído presa de la visión. Pero el sentía cosmos, y aunque sus sentidos le engañaran viendo algo que no era, su mente estaba muy clara que lo que había era una visión.

Ilusiones, había visto demasiadas desde niño. Aspros jugaba con ellas y muchas veces le hizo caer a él en sus juegos, como otros tantos más singulares. Así que para Defteros reconocer una no la consideraba un mérito. El asunto es que esta en particular, no era de Aspros. De haberlo sido, se hubiera preocupado por pensar que Aspros lo hubiera visto huir de los guardias de nuevo. Esta era imperfecta.

Se tendría que ser muy observador para darse cuenta que había una sombra que no concordaba con el resto del paisaje. Una pequeña. Defteros se quedó inmóvil, porque eso creaba otra contrariedad: si cayó en una ilusión ajena, tenía el riesgo de ser descubierto.

—¿Que ves? —La persona adivinó su pensamiento de huir incluso antes de que se materializara. Defteros tragó hondo y miró la figura transmutarse entre los colores de aquel idílico lugar.

—Ahora… A ti.

El muchacho arrugó la nariz y giró su rostro alrededor, como si buscara algo con que encubrir su presencia. Defteros debió admitirse satisfecho por haber logrado encontrar la pequeña falla a una técnica que estaba relacionada con el signo de géminis. Además de sentirse orgulloso por reconocer que la de su hermano era mejor.

Al poco tiempo, la visión se desarmó ante sus ojos, partiéndose en miles de pedazos. Defteros volvió a contemplar el conocido panorama del santuario y enfocó mejor los ojos en el joven que estaba frente a él. Pese a que nunca lo había visto y sus trajes eran extraños, lo identificó como un aprendiz. Tendría que desaparecer también antes de que lo reconociera.

—No fue perfecta… —masculló el muchacho, con una franca mueca de decepción. Recordó que su hermano colocaba una parecida cada vez que fallaba en su empresa. Defteros no quiso decir nada y caminó hacia atrás, buscando el mejor momento para desaparecer—. Tú me podrías ayudar a perfeccionarla.

—¿Eh?

No solo fue la proposición, inverosímil desde cualquier punto de vista, sino la manera en que la entonó, con una suave seguridad implícita en sus palabras. Defteros se halló perplejo y unas ganas inmensas de correr lo invadieron.

—Por supuesto. Tú tienes el poder de géminis. Aunque no lo seas.

Defteros lo vio aterrado, directamente a los ojos cerrados. El joven jamás le abrió tales ojos y sin embargo, se sentía desnudo ante la mirada invisible. Al mirarlo, comprobó que el muchacho estaba muy seguro de su presencia allí, pero le intrigaba que no lo mirara.

Prefirió no decir nada, quedarse estático mientras lo observaba desde esa distancia.

El niño, al que después supo debía llamar Asmita, le sonrió.

Deseo

Debía admitir que se había acercado demasiado, pero estaba atraído por la luz. Tenía tanto tiempo sin ver a Aspros entrenar que ver al niño, con técnicas más o menos parecidas, lo entusiasmaba.

Además se sentía seguro. Luego de comprobar su ceguera, estaba convencido que no habría peligro con el secreto de su estrella y su relación con géminis. Nunca afirmó lo que Asmita le dijo en aquella oportunidad, ni las ocasiones posteriores.

De cuclillas, sobre una de las paredes de las ruinas, observó al joven arrugar su nariz y lucir insatisfecho. No podía romper una roca con su puño, como le había retado Aldebaran, sin el uso de su cosmos. Defteros veía con gesto de diversión los esfuerzos infructuosos del menor.

—Lo haces mal… —Y se sentía bien saber que él tenía algo que enseñar. Asmita solo respiró hondo, con la ropa de entrenamiento que se veía obligado a usar y su cabello alborotado por el viento.

—Puedo romperla con mi cosmos. —Defteros sabía que sí. Lo había presenciado y había sentido las ganas despiertas de hacerlo con él. El poder lo llamaba y él se obligaba a mantenerse de bajo perfil.

—Pero no es con el cosmos, es con las manos.
Saltó desde la pared y se acercó un poco para volver a mostrarle. Era algo que había tomado como una misión personal. Tomó una piedra grande con las dos manos y la lanzó hacia arriba para luego, con un puño, recibirla al caer y romperla. Era una simple enseñanza.

Asmita volvió a tomar aire y a ajustar las vendas de sus manos. Se puso en posición y Defteros concluyó que para un cuerpo tan pequeño y delgado, se veía gracioso. Le parecía verlo más imponente cuando estaba sentado en forma de flor de loto —como él le dijo se llamaba— sobre una piedra.

Prefirió tomar la piedra del mismo tamaño y alzarla a la altura de Asmita. Para eso había tenido que arrodillarse. Esperó a que el joven se acercara a la piedra, primero la tocara y luego diera un par de pasos hacia atrás. Cuando se sintió listo, golpeó. Ciertamente se sentía el cosmos pero no el deseo de destruir. Defteros bajó sus cejas y observó a Asmita morder sus labios con desilusión.

—Tienes que sentir ganas de destruirlo. —le dijo. Asmita levantó el rostro y Defteros inclinó la piedra a un lado. Pudo sentir algo en el aire agitándose y antes de que pudiera reaccionar, Asmita lanzó el golpe con todas sus fuerzas y la piedra se partió entre sus nudillos.

Defteros logró alzar la piedra a la altura a tiempo, pero no pudo echarse  para atrás. El golpe arrancó un par de las amarras de su máscara y sus ojos se expandieron al sentir el viento en la cara. De inmediato se replegó y logró sujetar la máscara antes de que esta cayera.

Hubo un enorme silencio entre ellos. Pero el secreto se mantuvo a salvo. Aunque Asmita estuvo cerca de conocer la verdad, Defteros no lo permitió.

Enseñanza

Asmita corrió con todo lo que dio sus pies cuando sintió la brisa en la cara y la sal golpeando sus mejillas. Corrió y corrió, dejando atrás la bufanda de seda que traía en el cabello y permitiendo que el viento agitara sus hebras doradas sin orden ni resistencia. Defteros lo miró correr con una sonrisa medio divertida que se convirtió en carcajada cuando Asmita encontró la costa, el agua mojó sus pies y el rubio corrió hacia atrás totalmente desencajado.

—Se mueve… —Escuchó a Asmita decir y ladeó una sonrisa. Defteros se despegó de la palmera mientras le seguía con la mirada, pensando en la agradable sensación que le nacía al verlo así.

Asmita se había inclinado y extendido la mano, esperando que el agua llegara de nuevo, pero el oleaje se quedaba a unos pocos centímetros al frente. Siguiendo el sonido del mar, era difícil seguro adivinar cuál sería el alcance de la marea.

—Siempre se mueve. —Encogió sus hombros y se sentó en la arena para empezar a quitarse las botas. Notó en Asmita aún la necesidad de comprender la naturaleza de ese nuevo espacio conocido y acercarse un poco más a la orilla hasta que la siguiente ola envolvió a sus pies—. ¿Te gusta?

Asmita se quedó callado sintiendo como el agua iba y venía entre sus dedos y la arena se pegaba a ello con facilidad. Defteros calculó que era una buena hora para ir, el sol caería en cualquier momento y así no lo molestaría los rayos golpeando a la cara. En alguna de sus conversaciones mientras Asmita practicaba, había descubierto que aún no conocía el mar.

—Quítate las sandalias.

El joven enderezó su cuerpo y obedeció. Se quitó las sandalias y la camiseta del entrenamiento, junto a los protectores, para arrojarlos a un lado de la arena. Defteros con los pies lo arrastró un poco más hacia atrás para que la marea no llegara y los hundiera. Luego, se adelantó hasta la costa agachándose para que el agua empezara a mojarla por la cintura.

—Ven.

—¿Es seguro? —Defteros rió y se acercó de nuevo a la orilla, chapoteando agua en el camino. Consideró que era mejor también dejar la máscara, sería muy incomodo llevarla mojada al templo.

Retiró las amarras y dejó la máscara cerca de su camiseta, envolviéndola. Luego se acercó a Asmita y le tomó la mano para guiarlo. Durante unos minutos, Asmita se quedó quieto comprendiendo la manera en que se movía el agua, analizando la situación entera y asimilando el cambio de temperatura. Defteros esperó hasta sumergirse más y provocó que una de las olas terminara por empaparlos.

Asmita salió a la superficie y restregó su cara un par de veces luego de saborear la sal marina. Defteros salió y echó su cabello hacía atrás.

—Esto es mar. —Le habló de nuevo. Asmita giró su rostro hacía él, luciendo sorprendido. Defteros infirió que se trataba por las olas, la sal, el agua que le rodeaba. Después entendería que no era así.

Con una sonrisa, Defteros ajustó sus pies en la arena a la altura donde el agua llegaba hasta sus pantorrillas. En Asmita, llegaba un poco más arriba, pero era un buen ambiente para proseguir con la práctica. Él fue quien la inició: Lanzó el primer golpe evadido, el segundo que le costó apartar y el tercero fue un toque en la cabeza que le hizo perder el equilibrio para caer de espalda. Miró a Asmita con su cabello mojado, la tela pegada al grosor de sus piernas y la piel salpicada de arena.

—Sé que te guías por el sonido para evadir golpes. Aquí te costará más.

Era un desafío. Asmita comprendió lo que Defteros buscaba y lo asumió, ladeando una sonrisa. Los primeros intentos fueron infructuosos. Defteros se valía del ruido para despistarlo y hacerlo caer. Pero luego, Asmita pudo detener algunos golpes y poco a poco mantener el equilibrio entre el movimiento de las olas.

En algún momento, el entrenamiento pasó a ser un juego infantil. Y antes de que se dieran cuenta, había terminado acostados en la arena, totalmente agotados. Defteros alcanzó la cinta de seda para recoger los mechones húmedos de Asmita, en medio de su atolondrada respiración.

Se estaba acercando demasiado. Lo supo muy tarde, cuando Asmita alzó su rostro, con los mechones cubierto de arena y plantó la palma fría sobre su mandíbula desnuda.

Y solo se escuchó mar.

Compenetración

Le contó el secreto, a medias. Se había descubierto ya demasiado cercano a él, como para ocultarle totalmente la verdad. Se quedó en el tramo que creyó seguro para los dos: para las metas de Aspros, para la curiosidad de Asmita.

Mientras el mar bailaba, él se dedicó a contarle de sus entrenamientos, de la necesidad de la máscara y que nadie debía saber de él. Que estaba bien estar así, y que ya no le incomodaba. No estaba seguro de cuanto Asmita creyó de eso, per se esforzó para hacerlo creíble.

Entonces, Asmita propuso un juego. Y él se vertió a ese tempestivo pase de confidencialidad que entre los dos se gestaba.

EL primero en iniciarlo, fue Asmita. Su poder llenó de cosmos la abandonada costa para formar unas paredes de barro y el sonido de pequeñas campanillas por el aire. Defteros cerró los ojos y pudo sentir el viento correr por su cara. Atraía diversos aromas, muy silvestres, que llamaban al pensamiento dormido de lo que debía ser un hogar. También atraía un poco de incienso, de sanadlo y hierbas buena. Una temperatura confortante, distinto a lo que sería el día griego. Y así, con esos sentidos, adivinó un atardecer cayendo.

—Este es el lugar que más me gusta del mundo. —Comentó con una suave voz, un poco enronquecía por el agua que había tragado en el mar. La visión se deslizó en los ojos de Defteros como si fuera una fina seda clara que se traslucía con la luz.

Entonces, le tocó a él. Con el control que había tenido de la técnica, logró volcar las cosas que creyó suficiente para que Asmita encontrara sentido al lugar. Le hizo sentir la fría y dura construcción de mármol caído. La altura, por donde el viento atraía los aromas de las vidas e higos, así como el mar. Un cielo que se abría como un mapa de constelaciones que subían a lo alto, por eso no supo como explicárselo. Solo las columnas caídas y el olor de los siglos clavado en cada pequeña piedra.

—Este es mi lugar. —Dijo sin más y observaba que a la distancia el cabello de su joven hermano rugía con el viento. Que la luna le otorgaba un brillante haz de plata a sus protecciones de aprendiz. Que su sonrisa era como un mar de espuma.

Asmita supo que en esa visión, no estaban solos. Y aunque n pudiera captar todos los detalles, la emoción de Defteros se lo decía. Plegó su frente contra el hombro desnudo de Defteros y le tomó la mano, tras haber revelado ese algo que los hacía ahora impenetrables.

¿Podrían estar el uno en el lugar del otro algún día? No lo sabían. Ninguno de los dos se atrevía a asegurarlo. Pero allí, con la inmensidad del mar jugando con el viento, Defteros le apretó los suaves dedos y abaló el contacto que Asmita inició, sabiéndose más expuesto y no desagradándole del todo.

Cuando Virgo y Asmita fueran uno, las cosas cambiarían. Defteros se asió a esa mano, conocedor de esa enorme verdad. Y trató de beber la imagen de Asmita, durmiendo a su lado pegado a su hombro, en esos minutos. Seguro de que sería lo único que lo acompañaría de él para el resto de su vida.

Secreto

El día que Asmita tomó la armadura, Defteros no se dejó ver más. Había sido un acuerdo al que él había llegado por su propia cuenta y por mucho que sus pies quisieran llevarlo a los sitios en que Asmita y él compartieron los últimos meses, no lo hizo.

Lo tomó como un sacrificio a su hermano. Una manera de seguir abalando la promesa y cumplirla. Había caído, había cedido, había dejado que Asmita entrara demasiado peor ya no podía tolerarlo. No más… la excusa del oro que lo cubría parecía ser suficiente para justificarse.

Cuando sentía que no podía mantenerlo a flote y que la nostalgia y la necesidad de saber cómo estaba el niño rubio sobrellevando tan enorme cargo lo sobrecogía, se iba a ese lugar. Ese mismo donde su hermano le hizo la promesa, para fortalecerse.

No había anochecido. Defteros esperaba sentado en la columna el momento en que el sol se ocultara y las estrellas aparecieran en el alto firmamento. En algunos de los escalones aún intactos, ya florecían de nuevo algunas plantas, seguro por el hecho de haber dejado de entrenar allí. Los pétalos de esas flores eran rojos, rojos como el cosmos de Asmita y como el punto que dibujaba su frente. Y en cierto modo, le pareció verlo a él en ella, una planta que nacía entre la rocosidad del mármol.

—Por fin te encuentro.

Defteros se sobresaltó de inmediato y volteó buscando ocultarse tras la columna. Asmita apareció así, sin más. Se había transportado a ese lugar y a su llegada solo había dejado átomos de luz refulgiendo en el aire. Defteros abrió los ojos lo más que pudo, para poder beber esa imagen. El cabello largo de Asmita se movía como una cortina sedosa en medio de un atardecer, otorgando brillo a una habitación vacía. El oro de la armadura palidecía ante el dorado de su cabello.

La melancolía lo doblegó unos instantes, al comprender que Asmita lo había estado buscando. Pero no pudo mantenerla por mucho tiempo. El cosmos de Asmita y su manifestación había llamado la atención de alguien más, y este apareció, con el sonido hueco del oro contra la piedra.

—¿Se ha perdido, Santo de Virgo?

Los huesos de Defteros se inmovilizaron al observar la figura refulgente de Aspros, caminando hacía Asmita, salido de la misma nada como Virgo lo había hecho segundos atrás. El viento golpeó con fuera y sus nudillos dolieron por la presión que sus músculos le había otorgado a sus manos.

Defteros se obligó a guardar silencio, mientras observaba lo que ocurría. Asmita había volteado hacía su hermano y su cabello seguía danzando al ritmo de sus capas. Dorado y azul intenso, en medio de un día que moría.

—No me he perdido. Estaba buscando a alguien.

—Aquí no hay nadie, Asmita. —Defteros tragó grueso al ver la mirada que Aspros le emitió desde su lugar. Hubiera querido tener la habilidad para desparecer.

—Claro que lo hay, Aspros. No intentes burlarte de mí. —El tono con el que Asmita respondió venía cubierto de molestia.

Aunque lo hubiera querido, no podía evitarlo.

Aspros soltó el casco y el ruido del oro contra el mármol fue un presagio. Colocó sus palmas en las suaves mejillas de Asmita y las subió despeinando sus largos cabellos.

—No Asmita. Aquí no hay nadie.

La energía corrió de sus dedos y se hizo un haz de luz. Defteros hubiera querido gritar. Vio el cuerpo de Asmita desvanecerse y el casco de virgo chocar contra el de Géminis al caer al suelo. Aspros lo sujetó con un brazo y lo miró, como si hubiera atentado contra algún adversario dormido.

El impulso de correr hacía él sino pudo tolerarlo. Le dolieron las piernas, pero Defteros se movía hasta donde su hermano sostenía el cuerpo de Asmita.

—¿¡Qué le hiciste!? —No pudo modular la voz, ni ocultar la desesperación que lo embargó en ese momento. Aspros subió la mirada. Sus ojos lo miraron y sentenciaron a su vez.

—Le he borrado todo lo que haya visto de ti.

TODO

La catarata de recuerdos lo aplastó en ese segundo. Sus manos cedieron y su voz dejó de sonar.

Aspros mencionó algo de su secreto. Defteros lo sintió ya como una sentencia.

¿Qué era peor que nunca haber existido?

Defteros lo supo. Haber sido olvidado.

«Cuando todo acabó ya no quedaba nada. Ni segundo, ni primero. Ni luz, ni sombras. Nada.

Asmita sentía que había una pieza faltante por dentro, que ni el cosmos de ambos gemelos pudo completar.

Al atrapar entre sus manos la máscara, le pareció escuchar el crujir de las olas y sentir el sabor del mal llenándolo.

Y entonces todo regreso, de golpe.

Como una catarata, aplastándolo.

Pero cuando volteó, ya él se había ido…»

One thought on “Amnesia (Defteros x Asmita) 7/7

  1. Ya lo habia leido hace tiempo, mucho tal vez, pero el resultado fue el mismo, aplastante, hermoso, un sentimiento que….es dificil describir, ojala nunca dejes de escribir. :’)

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