Desde el Alma (Defteros x Asmita)

Defteros busca a sus personas más cercanas, después de una noche de tormenta

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Personajes: Defteros, Asmita
Resumen: Defteros busca a sus personas más cercanas, después de una noche de tormenta
Dedicatoria: A los que les guste esta pareja :3
Comentarios adicionales: Nada en particular. Tenía esta idea desde hace un mes pero no estoy segura de haberla planteado adecuadamente. Espero que guste.

Al final el segunda persona es identificable. :3

Desde el Alma

Estás acostumbrado a las olas, al ir y venir. Al agua que choca y arrastra. Se lleva y dispersa. Estás acostumbrado a la sal, a la fuerza del oleaje. A la arena caliente al mediodía y fría en las noches. Al constante golpeteo contra la barza y su madera. Al vaivén. A los azules de sus superficies y los verdes de sus profundidades.

Has estado toda tu vida en ella. Has vivido por ella. Desde que tu hermano se fue, para buscar un futuro más brillante, fuiste tú quien ocupaste el puesto de tu padre en sobre el océano. Verterte en el mar desde la madrugada, traer las pescas al amanecer. Vender hasta que la tarde caía. Verle.

Su madre siempre va con él. Pálida como la luna, tiene el cabello tan brillante y dorado como él, quien solo recogía las bolsas de compras. Algunas veces le viste la mirada. Eran así, azules como las aguas en la mañana. Te preguntaste en otras si en el fondo hallarías tanto verde.

Ayer hubo una tormenta, Defteros.

Lo ves. Te emociona verlo después de casi diez meses solo hablándose a través de cartas. Comprendes que ha sido duro para él. Que el estudio es fuerte y su sueño grande. Que Aspros ha estado trabajando con todo para darles un mejor futuro. Lo aplaudes, lo avalas y has decidido ser fuerte por él. Sabes que si lo hace es por ti. Y te agrada eso.

Corres hasta el lado de la cama mientras ves su espalda, agazapada. Tiene la ropa casual, quizá la que usa para estudiar. Su cabello largo cae desparramándose en las sábanas y su brazo está ocultando su rostro.

Se escucha la noticia de la tormenta en la radio. Es fuerte y en las ventanas puedes ver que las lluvias azotan la ciudad, pese a estar lejos de la costa. Dibujas un rostro reflexivo mientras te pegas a su espalda y acaricia el vello de su brazo. Te alegra estar allí.

—¿Cuándo fue la última vez que te dije que te amaba? —«Ayer» Respondes, él mismo lo dice. No dices nada más porque ya el haberlo escuchado te agrada. Te quedas pegado sobre su brazo.

Cierras los ojos. Aspros llora. Te limitas a abrazarlo y a decirle las palabras que siempre le has dicho desde niño: no estás solo, sé que es difícil pero yo te apoyo, ya falta poco… muy poco.

—No… —Gime con la voz quebrada, convertida en un hilo de lágrimas alargadas. Le dejas un beso sobre su mejilla y esperas hasta que se duerma. Como niños… como siempre.

El espacio realmente parece pequeño. El tiempo no significa nada.

Siempre te ha agradado el ruido de las olas. Te sentabas en el muelle, observando las lanchas con Aspros y pensando cuán lejos llegaban. Querías una… una lancha a la que llamar géminis. Lo lograste. Tuviste tu lancha.

En la costa, mientras el viento sopla, ves la gente que se mueve y los destrozo de la tormenta. Esta vez no hay pescadores dispuestos a vender. Los puestos han sido llevados por los aires, la madera desperdigada por toda la arena y la policía inspecciona. Tienen cerrada la costa.

Miras tu puesto con decepción. Piensas: «Tengo que arreglarlo». Pero no haces nada de momento más que inclinarte a revisar la madera del anuncio enterrada en la arena amarilla. Levantas los ojos, y entonces lo identificas. El mismo muchacho que has estado viendo desde que se mudaron. El chico de los ojos ciegos, con color a mar.

Es raro verlo solo, te dices. Su madre nunca lo ha dejado ir solo. Es por eso que tampoco has tenido la oportunidad de hablarle. De preguntarle por el dulce favorito o de si le gustaría comer un helado en la esquina. Frunces levemente el ceño, convencido de que ese día tampoco te acercaras. Lo ves caminando como si supiera hacia dónde ir, con las manos vacías. Piensas en que te gustaría llenarlas al menos una vez…

Reniegas y suspiras. Vuelves la vista a la gente que ignorando tu presencia señala hacía el mar y el faro. El agua se ve totalmente arremolinada, con tierra y madera en su superficie soplando. Es mal día para pescar… así que no irás esa noche. Mejor regresar a casa de mamá.

Tu casa, la que compartes con tu madre, se encuentra en silencio. Las luces apagadas y la radio encendida. El recuento de la tormenta y de que volverá de nuevo, más fuerte que nunca. La encuentras vestida con aquella bata de flores violetas que tanto le gusta. Dice que es fresca, es buena para el clima. Sus cabellos revoloteados, apenas se sostienen por una pinza y su rostro luce afligió y nervioso.

—Tengo que tener fe… ¿verdad amor? —Le tomas la mano. Seguramente es por el puesto. Siempre se preocupa de más. Las canas sobre su cabello lo evidencia.

Todo estará bien, le dices. Te encargaras de arreglarlo todo cuando el peligro de tormenta pase. Acaricias su mano y restriegas tu mejilla contra su brazo. Entonces ella llora. Y tiembla. Susurra tu nombre con una oración. Pide que te salves…

Te salves…

Recuerda Defteros, ayer hubo una tormenta.

Sales de la casa. Estás asustado. Por fin entiendes pero te niegas a la realidad. Corres entre la gente que no te mira. Te escurres en la multitud que no te oyes y al detenerte, comprendes que ya no eres parte de ese mundo. Rueda sin ti. Respira sin ti. La demoledora realidad te aplasta.

Al llegar al puerto, no está tu lancha. Te derrumbas…

Quisieras regresar a donde estaba tu hermano y gritarle perdón. Quisieras volver hasta tu madre y decirle que lo lamentas. Recuerdas lo último que hablaste con ambos, incluso su advertencia: hay peligro de tormenta, Defteros. No salgas…

Pero el peligro siempre ha sido tu aliciente. Te metiste confiado de que podrías escapar. Cuando la tormenta llegó, por mucho que remaste no pudiste contra la marea que te llevó bajo el faro.

Levantas la vista al cielo. El faro está allí. Tu mirada se cierra mientras intentas contabilizar los minutos que no vives. Y te resignas…

Un pensamiento te lleva a la habitación de tu hermano. Lo abrazas mientras lo ves llorando al saber la irremediable noticia. Le susurras que te perdone, que no pudiste esperarlo. Que fuiste tonto como todas las veces que lo has sido, temerario como cuando niño. Le dices que no es su culpa… reniegas cada vez que en medio de las lágrimas se echa la culpa por dejarte solo. Y adoleces la necesidad de secarle las lágrimas y decirle que todo estará bien…

Vuelves a casa de tu madre y la encuentras llorando sobre tu cama. Te recuesta sobre ella y tratas de consolarla. En vano, sabes que todo es en vano. Que no te escucha, que no te siente. Que la ausencia que has dejado es bárbara e inescrutable. Que te has ido para siempre y tus palabras no hallaran oídos que las escuchen.

Pero las sigues diciendo. Necesitas hacerlo. Tu alma, lo único que está vivo, llora en el silencio ante la crueldad de tu destino. Defteros, tú lo sabías. Ya es hora de irnos.

Dices no. Tu alma se dispersa en las memorias y tratas de recordar los últimos minutos de tu vida.

Así llegas bajo el faro. Al voltear, observas las casas que están al subir de las costas. Te detienes en ese momento, mirando la figura que se desliza entre el viento. Sus largos cabellos dorados, su piel refulgiendo en plata.

Allí está, el ciego con ojos de mar.

Lamentas tanto nunca haberte acercado, haberte quedado con las palabras y con las intenciones. Guardado cada pensamiento que te hubiera podido acercar a él, tomarle la mano y contarle de cómo se veía las estrellas cuando estabas dentro del mar.

¿Quieres despedirte de él, Defteros? No creo que sea buena idea. Pero como no quieres escucharme, te diriges a él con una última esperanza. ¿Quieres que el roce de tu voz le acaricie el cabello? ¿O que el aroma a mar cargado en tus labios deje un beso muerto en su frente? Ni siquiera sabes su nombre, Defteros. Ni siquiera él podrá sentirte…

Cómo me temía, él corre. Tú le sigues. Corre hasta empezar a subir el camino que lleva hacia el faro.

Le llamas. Es tan irónica la manera en la que te refieres a él al no conocerle el nombre. «Ey», «Espera», «chico rubio», son algunas de las referencias que usas mientras él corre con sus manos siguiendo el camino en espiral de las escaleras ascendentes.

Solo quieres decirle adiós… Que ya te has ido. Solo quieres irte con el recuerdo de tus manos tomando espacio entre las de él, aunque fuese un mito. Cuando gira hacia la estructura, le pierdes de vista y te detienes. Entonces está al frente, con sus finísimas cejas, sus pestañas abundantes, su cabello ondeando como el sol en la madrugada sobre el mar.

—¡Auxilio! ¡Hay un hombre! ¡Hay un hombre en el mar!—Eso gritó, ayer, en la tormenta.

¿Lo recuerdas Defteros?

Sí… lo haces porque das un paso atrás y comprendes que la realidad es aún más oscura. Él huele a mar, a tanto mar como tú.

El oleaje golpeaba contras las piedras en las que te habías sostenido. Gritabas. ¿Puedes recordarlo Defteros? Habías logrado agarrarte de una piedra, pero las olas te estaban superando de altura y tu pecho ardía por la fricción contra la roca. Gritabas… esperabas que alguien saliera en esa tormenta y te viera. Esperabas ilusamente que alguien pudiera rescatarte. Pensaste en tu hermano, en tu madre.

Y salió él.

—Lo siento… —Te dice. Si tuvieras aún tu garganta de carne, estaría hecha un nudo de red.

—¿Qué hacías allí…?

Lo recuerdas. Estaba en la costa, con su pijama siendo golpeada por la lluvia y los fuertes vientos. Gritó, trató de hacer más alto tu pedido, pero no fue escuchado. Ninguno lo fue. Entonces… hizo lo que solo la locura pudo haber patrocinado.

—Mi perro ladraba… Traté de meterlo en casa, pero corrió hacia la costa y ladraba… allí te escuché.

Lanzarse al mar. Eso hizo. Eso le dices con tus ojos que quieren pensar que es una mentira y con tu llanto que ahora no puede materializarse. Lo recuerdas… ahora puedes ver como se metió en el mar, intentando hacer lo imposible. Como la marea lo arrastró y gritaste «no». Como te soltaste, avalado por la misma locura que lo había movido a él. Tratando de salvarlo del destino escrito para ambos.

—No debiste hacerlo… —Arrastra las palabras como tu alma y tus sueños muertos. Lo ves sonreír, con pena, con dolor. Lo observas mirar hacia el viento. Hacia la luz que a sus ojos azules le da un tono verde, como tanto fantaseaste.

—Ya no puedo sentir la brisa… —Te dice, en el mismo tono de voz con el que salen tus palabras—. Ya no puedo sentir el sol…

Quieres consolarlo. Quieres abrazarlo, pero algo sabe dentro de ti, tanto como yo, que no habrá contacto alguno. Que solo se quedaron en deseos. En cosas que ya no puedes obtener. El tiempo se está acabando Defteros, ¿lo escuchas? El reloj está dando vuelta atrás.

—Pero… puedes verme. —dices, emulando una sonrisa que dista de la felicidad. Él voltea, enfoca los bellísimos ojos azules que antes no hubieran podido mirarte y sonríe, con el sabor de la melancolía.

—Siempre te he visto… es decir. Te he sentido. Te ves mejor a como imaginé.

Humanos… tan frívolos… arrancándoles minutos al tiempo que ya no está.

Se ríen cortamente. Tu risa ronca es apagada por la suave melodía de él. El cabello de él tiene vida propia y te gusta. Te gusta eso, y esto, y aquello…

—Me llamo Defteros.

—Lo sé… Yo me llamo Asmita.

—Asmita… —Vámonos, Defteros—. Conozco unos cepillados, muy buenos. De limón. No sé… si te gustaría…

Humanos… ¿Era eso por lo que no podías irte? ¿Era esa la última cosa que quería hacer antes de abandonar el mundo? Ya con hacerlo, tu alma se desencanta de este mundo, preparándose para viajar.

Te llevas entonces la última señal de esa, tu vida. Lo ves sonreír mientras el sol te quema la mirada.

Que corta es la vida… que banal los sueños. Que fuerte el destino. Sus cuerpos flotan juntos bajo el faro y sus almas se han esfumado con una promesa, que siglos después llamaran karma.

«Sí… La próxima vez, llévame…»

El baile ha terminado.

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