Tomorrow (Cap 02)

La operación de Asmita llega y ante los cambios la tensión crece. Teme que si llega salir mal su relación con Albafica se desmorone.

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Temas: Universo Alterno, romance, angst
Personajes: Albafica, Asmita, Defteros, Kagaho, Kardia
Resumen: Mientras estuvieran juntos, mañana sería mejor. Aún con el silencio del hombre negro, aún con la espalda del hombre de la mano dura. Aún con las derrotas de ayer, de hoy.

Capítulo 02: Mañana será mejor

Albafica tuvo que tomar las sábanas y las jaló, sacándola del filo del colchón. Tragó grueso, con la saliva acumulada en la boca mientras la calefacción no le hacía justicia al calor que estaba sintiendo dentro de él. No importaba si afuera, en Londres, estaba lloviendo. No le prestó atención alguna a los fuertes relámpagos que sonaba ni al sonido de la fuerte lluvia golpear contra la ventana. Por dentro, él se estaba derritiendo. Asmita lo estaba sorbiendo cada partícula de calor.Abrió sus ojos buscando un punto de apoyo en un techo blanco y liso. Su mirada estaba enrojecida y humedecida. Puntos blancos y celestes brillaban en sus ojos empañados y en sus pupilas dilatadas por la excitación. No pudo contener el siguiente jadeo y lo dejó salir. Su cuerpo tembló al sentir el nuevo movimiento de esa lengua en la punta, obligándolo a retraerse por completo.

Era excitante. No importaba cuántas veces esa boca lo hubiera tocado, ni en cuantas sus manos lo hubieran dibujado, Albafia encontraba cada encuentro como único e irrepetible. Hundió sus dedos en el cabello rubio que tenía atorado entre sus piernas. Apretó suavemente algunos mechones y enfatizó el movimiento de esa boca mientras volvía a temblar. Sus piernas abiertas le exponían la desnudez a su pareja, y Asmita parecía deseoso de dejarlo seco esa noche.

—Ya… ya casi… —Advirtió sin aliento. Su voz resonó como un soplido lastimero y nada convincente.

La cabeza entre sus piernas se levantó y soltó una pequeña risita. Como si no fuera suficiente destinó un par de mordidas al interior de sus muslos, mientras las manos pasaban de la cadera que sostenía duramente, a caricias que atravesaban sus costados.

Albafica no supo si agradecer el hecho de dejarle una tregua a su cuerpo a punto de colisionar o de exigir que ya acabara con la tortura y lo dejara llegar al orgasmo. La caricia en su costilla lo sobresaltó un poco mientras sentía a su pareja acercarse.

Asmita subió a gatas sobre él, moviéndose con decisión. Tomó una de sus piernas con el brazo derecho, mientras le levantaba la pelvis y se posicionaba. Todo cuanto podía ver de su amada pareja eran puntos de colores más difusos por su propia ansiedad. Era incapaz de darle forma al rostro, al punto de su mejilla o a las bellas pestañas que Albafica siempre había tenido.

Había intentado usar los lentes de contactos, solo para hacerle el amor y poder comprobar una vez más la belleza de Albafica al llegar al orgasmo. Pero se hacía absurdamente molesto y era incapaz de tenerlos suficiente tiempos antes de que su vista se irritara y sus ojos comenzaran a lagrimear.

Faltaba poco… Se animó con ese pensamiento, y se empujó con fuerza mientras Albafica le apretaba la espalda. Faltaba poco para poder ver a su novio, por primera vez, sin los lentes. Para poder verle el rostro al hacerle el amor y comprobar cuan bello podía llegar a ser.

Sus besos cayeron como una lluvia contrastante con la del atemporal, rociando su pecho y parte de su cuello con sus labios. Albafica ya sabía la dificultad que le representaba para Asmita encontrar su rostro con la mirada. Sabía por qué cerraba sus ojos y dejaba solo temblar las pestañas. Así que en silencio, y necesitado de sentirlo más, le atrapó el rostro para llevarlo a sus labios y guiarlo a donde Asmita estaba buscando acertar, desde un inicio.

Las bocas se buscaron con sed. Sus besos se intercalaron entre las respiraciones y los suspiros, que se mezclaban con el aroma del sexo, de las frutas tropicales del champoo y la lluvia que perfumaba a la Londres por fuera. Las manos de Albafica dejaron marcas de rasguños en la espalda blanca de Asmita y este ya había dejado una estela de besos y succiones bajo su estómago y entre sus piernas. Las manos a veces resbalaron, entre las sábanas y la piel sudada. Y cuando no pudieron pensar en besos, porque estaban llegando al clímax, se dedicaron a pegar sus frentes y soltar el aire en la boca del otro, como si le inyectara vida.

El colchón dejó de sonar cuando por fin llegaron a la culminación. Los truenos resonaron por unos minutos más hasta que todo quedó en calma.

Asmita estiró las manos, tanteando hacía la mesa de madera que estaba al lado de su cama y en donde había dejado sus lentes. Albafica suspiró suave sobre su mejilla, abrazado uno sobre el otro, antes de extender su brazo y ayudarlo a alcanzarlo.

—Están aquí, cariño.

—Gracias.

La palabra «cariño» tenía propiedades curativas para él. Podía minimizar el enojo, liberar el estrés, inyectarle endorfinas, incluso podía ser anesteciante. También tenía la propiedad de distraerlo, porque por ello no se percató del cambio de movimiento y como Albafica le había dado la vuelta para dejarlo contra el colchón.

El remolino de cabello suave y claro le invadió la visión, ahora con los lentes puestos y sujetos por los dedos de pianista de Albafica. Compartieron unas risitas divertidas y Asmita envolvió el cuerpo de su pareja en un cálido abrazo.

—Así está mucho mejor. Ya puedo verte. —Albafica rio y le dejó un beso sentido en los labios.

—Extrañaré tus lentes…

—Podré tener unos sin formula, solo para tu deguste personal.

—¿No estás nervioso? —Le abrazó suave mientras recibía un nuevo beso, un poco más largo que el anterior.

—Un poco… prometo no ser una carga mientras esté vendado.

—No digas eso. De ninguna manera lo serías. Pasará pronto.

Y mañana será mejor.

Los dos habían aprendido esa frase y se había convertido en un aliciente para seguir y dejar de sentir a las circunstancias como determinantes. Mañana será mejor, habrá nuevas oportunidades, el dolor dolerá menos, las opciones se renovaran.

Mientras estuvieran juntos, mañana sería mejor. Aún con el silencio del hombre negro, aún con la espalda del hombre de la mano dura. Aún con las derrotas de ayer, de hoy.

La fecha pautada para la operación llegó, más rápido de lo que ellos quizás se habían preparado. Kardia, que había quedado en acompañarlos, al final no pudo gracias a un inconveniente. No dejó de disculparse y lamentarse por teléfono por no poder ir, a lo que Asmita le contestó con una sonrisa. Le prometió que iría en dos días a su casa a visitarlo.

Esa mañana, Albafica no fue a clase. Alistó con su pareja el morral donde tenían las carpetas de los exámenes médicos y lo que le habían pedido para la intervención. Revisaron de nuevo lo que debían tomar en cuenta para su recuperación en esas dos semanas que Asmita estaría vendado, hicieron un conteo de los medicamentos y se miraron por momentos mostrando sus expectativas y temores ante el nuevo escenario.

Para Asmita le costó cada vez más escudar su propio nerviosismo y fue fácil de notar cuando Albafica lo vio organizar de nuevo los papeles por el tamaño dentro del taxi. Con la nariz levemente arrugada y sus cejas juntas, concentrado en tan diminuta tarea.

Sonrió suavemente al observarlo y pensar en lo mucho que ambos habían crecido y en las nuevas cosas que habían ido enfrentando juntos, desde que decidieron vivir bajo un mismo techo. El filo de esos lentes le otorgaba a Asmita algo, un aire, que siempre le pareció atractivo aunque el mismo rubio no lo creyera.

Extendió su mano y rozó suavemente su nariz hasta llamar su atención y desconectarlo de la elaborada empresa de ordenar papeles. Aprovechó el momento en que le devolvió la mirada y se inclinó para tomar sus labios y dejarle un sentido beso que los relajara, a ambos, sobre todo a él. Así pudo tomar su mano y quitarla de la carpeta. Así pudo sentir que realmente lo que venía era una minúscula prueba que pasar. Extendió el beso, aleccionado por el mismo Asmita, hasta que sus músculos se relajaron y dejaron de sentirse inseguro ante el futuro.

—Todo estará bien. —Dejó deslizar sus dedos sobre la mejilla de Asmita, mientras le devolvía una mirada serena y confidente, en el espacio que le otorgaba la suave cercanía de sus labios. El aludido sintió, rozó su nariz con la de Albafica mientras apretaba los dedos de aquella mano que lo tomaba, con un toque apremiante.

—Desde niño, cuando supe que pude haber nacido ciego y que tenía que usar lentes para leer en clase, le tuve miedo a la oscuridad. No a la del cuarto, ni a la que estaba bajo la cama. Mientras yo viera esa oscuridad, estaba bien. Me daba miedo pensar que la oscuridad podría venir desde adentro…

—No será por mucho tiempo y no viene de adentro. Solo tendrás los ojos cerrados… por unos días.

Asmita le tomó la mejilla para volver a buscar otro beso. Sus labios dejaron un suave chasquido al separarse.

—Me tomaré fuerte de tu mano al salir.

—Y cuando llegue mañana, seguiré tomando tu mano.

Fue fácil sonreír al oírlo. Esa misma frase le había dicho Asmita cuando, en su salida de Gaia, Albafica lo miraba con temor a lo que viniera en el futuro. Lo había visto, con la toga y el birrete, junto a sus compañeros partiendo del lugar que había significado su pequeño nido de amor. Asustaba pensar que ya no estarían protegidos por las paredes del colegio, que ya no había oportunidades de verlo todos los días. Y había sido fácil imaginar futuros catastróficos donde Asmita encontrara a otro allá afuera.

Cuando eso pasó, Albafica sintió verdaderos deseos de llorar, aún si los futuros planteados eran absolutamente hipotéticos. Ya había sentido en ese año lo que significaba perderlo, y se preguntó si no fue más que la preparación para lo que vendría en el futuro. Asmita se acercó a él tras haber compartido el frenesí de la consumación estudiantil en el patio, con una sonrisa y la seguridad de que ese era al lugar en donde justamente quería estar. Albafica se esforzó para dibujarle una sonrisa, aún con la garganta atorada. Tuvo que destrozarla cuando lo primero que vino de Asmita fue un hondo beso apasionado.

Mentiría si dijera que no le hacía falta ese beso. Mentiría si dijera  que estaba bien. Se aferró a él con tanta fuerza que no lo dejó ir sino hasta que el aire escaseara entre ellos y tuviera la necesidad de respirar. Y eran en ese tiempo unos niños… una última vez en la habitación que Asmita abandonaría sirvió de promesa de que ese no sería el final. Que no había que tener miedo de mirar al mañana.

Al amanecer, seguiré tomando tu mano.

Apretó sus dedos cuando Asmita fue recibido por la secretaria y luego por el doctor. Los apretó cuando recibió la explicación de lo que harían en los ojos de su novio y lo que sería el tratamiento. Asintió cuando le advirtieron que el 60% de los resultados dependían de ellos y de sus cuidados. Que era un tratamiento particular, para una condición particular, pero que garantizaba que al acabar las sesiones, Asmita podría ver sin sus lentes.

Por mucho que le costó hacerlo, se obligó a soltar su mano para transmitirle a Asmita seguridad y tras haberlo hecho, tuvo que salir del consultorio para permitir el tiempo del tratamiento. Se sentó en silencio en uno de los muebles de la sala de espera y comenzó a hojear el libro que se había llevado con ansiedad. Sería un mentiroso si decía que leyó algo. Se dedicó en esos largos minutos a solamente pasar las hojas de un lado a otro, escuchar el sonido de su corazón latir y estimular a su imaginación para imaginar un futuro brillante y nada caótico.

—¿Eres su novio? —Escuchó a su lado y volteó para ver la sonrisa blanca de la joven secretaria, que lo miraba con un atisbo de encanto. Albafica le destinó una amable sonrisa, y dejó caer sus dedos sobre las hojas de papel para prestarle su entera atención—. Me habló de ti.

—¿Ah sí? ¿Qué habló de mí?

—Que son novios desde el colegio y que contó con suerte. ¿Eres muy guapo, sabes? ¿Eres modelo o algo así?

Albafica renegó pero miró a la joven con una pizca de serenidad. Respondió negativamente a su pregunta y siguieron intercambiando otras hasta que el tiempo pasó volando. Le dijo que quien había contado con suerte era él y ella escuchó la encantadora historia de un petirrojo que aprendió que volar fuera de la jaula no era tan malo.

Y aprendió a volar cada vez más y más rápido, para seguirle el paso a un ciervo de ojos gentiles que buscaba pequeñas ramas para armarle el nido.

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