Tomorrow (Cap 05)

Confrontar la situación jamás sería fácil, pero ambos deben decidir si afrontarlas solo o no.

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Temas: Universo Alterno, romance, angst
Personajes: Albafica, Asmita, Defteros, Kagaho, Kardia
Resumen: Mientras estuvieran juntos, mañana sería mejor. Aún con el silencio del hombre negro, aún con la espalda del hombre de la mano dura. Aún con las derrotas de ayer, de hoy.

Capítulo 05: ¿Dónde está el mañana?

Sus dedos iban veloces por el tablero del teléfono, tratando de realizar aquella llamada. No sabía cuántas veces ya había marcado la misma fila de números, pero estaba seguro que jamás olvidaría ese teléfono, nunca en su vida. Dejó la bocina pegada a su hombro, sosteniéndola con su mejilla apretada a ella mientras revisaba los números de su agenda. Ya había tachado todo lo que había planeado para ese día, y en los espacios vacíos solo podía ver los nuevos e inesperados planes.

Sus dedos temblaban. Asmita era incapaz de pensar en el temblor de sus manos, en la poca firmeza de sus muñecas mientras miraba los colores oscurecidos de su agenda gracias a los lentes. La línea marcaba de nuevo la contestadora y Asmita dejaba un nuevo mensaje, sin saber exactamente cuántos había dejado ya.

Tragó grueso y dejó de nuevo la bocina en su lugar. Pasó una mano crítica pro su rostro. Retiró los lentes, solo para frotarse el tabique. Había llamado a la casa donde Albafica vivía, peor no había nadie. Era probable que la gente que la cuidaba no estuviera en ese momento. Había llamado a la oficina de su padre, pero la asistente era nueva. Además de que se encontraba de viaje, no tenía conocimiento si había otro familiar.

Y Albafica, él único que podría saber estaba inconsciente. La clínica estaba haciendo exámenes, pero le exigían un seguro. Si no lograba encontrar el seguro, tendría que pagarlo él o tendría que llevarlo a otro lugar.

Soltó el teléfono con un movimiento seco y pesado. Sintió su mano pendular a un lado de su cuerpo, sin fuerzas para sostener nada. Asmita sonrió, pero aquella sonrisa estaba lejos de transmitir alguna clase de emoción positiva. Estaba llena de cansancio, de rabia, de impotencia. Saturada de burla a sí mismo. ¿Cuántos planes Asmita para no tener en cuenta lo más importante?

Nunca pensó en el seguro, ni siquiera él mismo estaba asegurado. No tenía un trabajo que le permitiera mantenerlo asegurado, no tenía nada legal que tampoco lo amparara. La burbuja de la juventud se destruyó dejándolo solo en un mundo atestado de contratos y firmas. Donde no se movía una sola masa sin un papel de por medio.

Esto era distinto a pagar su primer recibo de servicio y sentirse grande. Diferente a obtener el permiso de conducir y llamarse adulto. Muy diferente al solo hecho de votar, y creer ingenuamente que con ello ha decidido el destino del país. Asmita tuvo deseos de llorar al comprender que entre el pase de niño a adulto, estaba más del lado del niño. Al admitir que no sabía qué hacer.

Se tumbó a la silla más cercana y atrapó su cabeza entre las manos. Por primera vez en mucho tiempo sintió el ardor subirle por la garganta, de un grito que no se pudo materializar. La gente seguía caminando a su alrededor, los sonidos habituales se esparcía con nitidez sin atender a la estampa de desesperación que Asmita representaba. Él ya se había quitado los lentes y dado rienda suelta a la humedad que cubría a sus ojos rojos. Se frotó con el dorso de las manos, sin permitirle el derecho de deslizarse por sus mejillas. Condenándolas antes de que estas se sintieran libre de mostrar su frustración. Asmita se obligó a detenerlas y tratar de pensar en frío. Buscar soluciones, en vez de llorar la desgracia. Tendría que hacerlo, por él tendría que sobreponerse.

Tomó suficiente aire y se puso de pie. Retiró el resto de lágrimas que quedaba en su rostro, para colocarse los lentes, agradeciendo que estos ocultaran muy bien el estado de sus ojos. Pese a que estaba el fondo de Albafica que le había dejado su abuelo, Asmita no podía acceder a él. Y él, tampoco quería hacerlo.

Kardia llegó poco antes del mediodía, con nueva ropa y el cabello alborotado. Había pedido de nuevo permiso, pero Asmita estaba seguro que no podía darse el lujo de hacerlo por otro día más. Se apresuró hasta quedar cerca de él, con el aliento entrecortado. Debía agradecerle porque no solo lo llevó a casa a buscarle ropa, sino que lo esperó, lo llevó de vuelta a la clínica y se quedó con él en la salita de espera toda la noche.

—No has comido, ¿verdad? Se te ve en la cara.

—No tengo hambre. —Pero a Kardia no le importó escuchar eso. Simplemente sacó una manzana de su morral para mostrársela, en pleno ofrecimiento.

—¿No vas a negar a esta deliciosa y sensual cosa redonda y roja verdad? —Le sonrió de medio lado y Asmita sonrió con sinceridad, aunque esa sonrisa solo hizo mover sus labios unos cuantos milímetros—. Vamos, cómela.

—No puedo negarme a la seductora curva. —Continuó en chiste, con algo de desanimó en su voz. La tomó y le dedicó una mordida agradeciendo allí su presencia y el jugo dulce que recibía sus labios.

Se sentó con él a su lado y comenzó a echar sus números. Quizás si lograba vender su laptop, podría tener algo de dinero. Pensó también en la posibilidad de tomar el dinero de la renuncia del restaurant donde trabajaba, que tuvo que pedir para poder hacerse el tratamiento. Buscando varias cosas, quizás obtendría algo de dinero, lo suficiente para pagar los exámenes y dar tiempo a la respuesta del padre de Albafica.

Kardia le dijo que también podía contar con un dinero que él tenía guardado. Como sabía que Asmita era lo suficiente orgulloso como para aceptar un regalo así, más en esas circunstancias, le ofreció prestárselo y que lo pagara en cómodas cuotas y sin intereses. El asunto era atender los gastos. Ya luego verían que hacer.

Cuando creyó hallarse más tranquilo al respecto, el doctor se acercó y lo convidó a acercarse a la oficina. Kardia tuvo que quedarse afuera esperando, mientras Asmita seguía los pasos del médico y el movimiento su bata blanca al caminar en el largo pasillo. Le preguntó si sabía del sus padres, él tuvo que responder con la verdad. El padre estaba en el extranjero, aún no lograba conseguir información de otro familiar, no sabía si tenía seguro o con quienes.

—Llevan tres años juntos, ¿y no sabes nada de eso?—Asmita intentó no tomar las palabras como lo que eran, un reclamo. Tampoco quiso aclarar que llevaban seis años juntos, aunque solo tres viviendo bajo un mismo techo. No quería sentirse más miserable de lo que ya se sentía—. La clase de cosa que hace la imprudencia.

—Puedo costear los exámenes. —Se apresuró a decir, buscando sentirse más seguro y si era posible, más adulto—. Y sobre lo de la noche que estuvo, solo me tendrían que decir el costo y buscaré el modo de…

—No se trata de eso, muchacho. —Le interrumpió con un tono más condescendiente, casi paternal. Asmita se vio obligado a callar mientras miraba los pequeños ojos claros que lo observaban con algo que podía llamar pena—. Necesitaras un adulto aquí, necesitarás un seguro. El seguro de estudiante ya se agotó, cubrió parte del monto, pero necesitarás más.

Asmita se contuvo de preguntar por qué. Se contuvo de levantarse, exigir que le explicaran, pedir que le dieran los detalles porque así, por sí solo, era incapaz de ver lo que aquellos ojos llenos de experiencia veían. No lo dijo pero su expresión lo gritaba y los ojos aún tras los lentes transmitían ese cumulo de irritación y miedo. Él médico le dirigió una mirada aún más consideraba, suficiente para encender todas las alarmas del muchacho.

—Llama a tus padres si no consigues comunicarte con el padre de él. —El hombre puso sus manos sobre el escritorio y abrió la carpeta que estaba reposando allí. Le extendió aquel objeto que Asmita tomó, sin entender mucho de lo que estaba allí escrito—. Pero debes comunicarte con alguien.

Lo que siguió fue una catarata de información que Asmita dejó de escuchar en cuanto dijo el diagnóstico. Sus pupilas temblaron y sus labios no pudieron permanecer por mucho tiempo apretados ante la verdad. Las explicaciones médicas no importaban. Las causas le eran irrelevantes en ese momento. Todo cuanto quería saber era el tratamiento y el tiempo de su recuperación. Todo lo que quería asegurarse era que seguiría vivo. Que no lo iba a perder, que Albafica no se iba a ir.

—Un tratamiento así, no creo que puedas pagarlo por ti mismo. Al menos que cuentes con una fortuna por tu familia.

—Leucemia… —murmuró con la voz temblorosa al taparse con ambas manos su rostro.

—Busca ayuda, eres joven, no está mal buscar ayuda en la gente en quien confías. Gente adulta. Apenas tu novio despierte, le informaremos de su estado. Necesita iniciar el tratamiento lo más pronto posible, si quiere garantizar su total recuperación.

El doctor le puso una mano afable al hombro de Asmita, en señal de confortamiento. Así como lo veía, era notable la atribulación que tenía el muchacho encima ante un suceso que no se encontraba preparado a afrontar y que muy probablemente, jamás lo había imaginado. Esas clases de enfermedades jamás se planifican. Nunca se está preparado para ellas.

El médico lo dejó solo en el consultorio, permitiéndole unos minutos para digerir la noticia, minutos que Asmita aprovechó para concentrar sus ojos en sus propios nudillos y tomar una decisión. Después pensaría en las consecuencias, después pensaría en el dolor, en el temor. Asmita no estaba dispuesto a dejarle tiempo de ventaja al mal que estaba en la sangre de Albafica.

Fue tan rauda la determinación, que Asmita no tuvo tiempo de llorar. Como si algo dentro de él se encapsulara en una bóveda inasequible para el derredor, para todos los agentes externos. Su único motivo era Albafica, y con ello se levantó del asiento y salió de la oficina. Llegó hasta la recepción, sin prestar atención a la cercanía que Kardia impuso al verlo salir de esa manera tan fría y con esa expresión que lejos de tranquilizarlo, solo le provocó temor. Habló con la mujer que atendía y sacó su tarjeta de débito de la billetera, dispuesto a hacerlo todo para que pudiera iniciar el tratamiento.

Todos los ahorros que había estado recolectando para su tratamiento, los dispuso para el consumo de todo lo que Albafica pudiera gastar en su estadía. Todo, sin límite alguno. Se firmó el documento y se hicieron los primeros consumos por la noche y los medicamentos utilizados, mientras se calculaba lo que sería las primeras fases del tratamiento, empezando con la valorización de un especialista.

—¿Oncólogo…? —Repitió Kardia al ver espantado los documentos que eran firmados y el rostro endurecido de Asmita, con una expresión casi inexistente en sus facciones—. ¿Oncólogo, Asmita?

Para cuando firmó la última hoja, sus dedos se quedaron pendiendo el aire, con el bolígrafo y un temblor.

Kardia tuvo el tino de tomarle de la mano y alejarlo del mostrador para tomarlo de los hombros y mirarlo fijamente. Los ojos de Asmita a través de los lentes oscuros se veían fríos. Eran como dos navajas de diamante que no podían evitar cortarlo todo. Sin embargo, a través de sus hombros se sentía ese vibrar que anticipaba una tormenta y Kardia supo que no importaba cuanto dijera, que palabras soltara, ninguna de sus bromas, ninguna de sus ocurrencias podrían traspasar a Asmita en ese momento. Solo recordaba haberlo visto así una vez. Y fue… horrible.

Entendiendo que ya era demasiado tener que sostener solo esa noticia, que vaticinaba era devastadora, Kardia solo lo abrazó fuerte. Sus manos se movieron olas a acariciar su nuca y espalda y ni siquiera se detuvo a pensar en si lo había tocado así en otro momento, solo en responder  la necesidad de hacerle sentir que no estaba solo y no necesitaba tragarse todo como lo estaba haciendo. No estuvo seguro de cuantos minutos duraron así, solo mordió su labio con frustración al notar que Asmita solo temblaba, pero no decía nada.

Se sentaron, le fue a buscar un café. Volvió a su lado y no dejó de mirarlo mientras Asmita sostenía el vasito plástico. Entonces lo dijo todo en calma, terriblemente neutralizado, repitió todo lo que el doctor le había dicho.

Kardia no encontró suficiente palabras para confortarlo y tampoco tuvo tiempo de buscarlas. La enfermera fue a buscarlo para avisarle que Albafica había despertado y preguntaba por él y que era necesario que estuviera allí, por recomendación del doctor. Asmita se levantó y le dejó el vaso a medio probar en manos de su amigo antes de seguir a la enfermera.

Solo tuvo que cruzar la puerta y ver a Albafica en la cama, con el suero y todos esos cables en sus brazos, para sentir que todo se movió bajo sus pies. Agradeció que sus lentes fueran oscuros, porque cuando Albafica le emitió una sonrisa tan natural, tan tranquila, en la camilla, él sintió sus ojos convertirse en puro ardor.

—Cariño…

El doctor prefirió esperar, notó que no era el momento. Prefirió darles espacio a los dos antes de dar la noticia. Asmita caminó hacia la camilla donde descansaba su novio y acarició suavemente un tramo de su brazo, mientras sus dedos temblaban. Estaba seguro que lucía más pálido que como recordó haberlo dejado ir la mañana anterior.

Se sentó en el banco al lado de la camilla y buscó abrazarlo. Hundió su rostro en el hombro de su novio mientras este le recibía pese a la incomodidad de las sondas en sus brazos. Recibió la caricia de Albafica en su cabello y cerca de sus pómulos, mientras que su garganta se llenó de esas palabras que quería decirle. No pudo retenerlas. No pudo retener el impulso que lo empujó a verterlas en su oído con la voz atribulada.

La cadena de te amos…

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