Hado (Cap 08)

El miedo de Afrodita no es imaginario, pero los detalles aún son deconocidos.

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Temas:  AU, Romance, drama, suspenso
Personajes: Afrodita, Albiore, DM, Shaka, Saga, June, Shun
Resumen: Afrodita se muda tras una relación intensa, hasta una residencia de pequeñas casas donde tiene por vecino a un hombre que no puede dejar de ver.

Capítulo 08: Fearing

—Debes pensar que estoy loco.

Albiore solo contestó con una sonrisa mientras apretaba su mano sobre la mesa, a la vista de todos, sin el menor reparo por el hecho de ser dos hombres. Aquel café a la salida de la estación de metro había servido de sitio para llevar a un Afrodita asustado y fuera de sí, a sentarse, tomar un té y tratar de relajarse. Estaba consciente que la función del cine a la que iban ya había pasado, pero esa no era su preocupación inicial. Afrodita sí lo era.

Tenían ya un poco más de treinta minutos sentados en la mesa, con ya dos tazas de té terminadas. Había unos croissants esperando, que se habían enfriado. Afrodita quería explicarle porque se sentía así, Albiore así lo veía en su gesto. La respuesta podría ser esperada, más no era imprescindible saberlo ahora.

—No estoy pensando en eso. ¿Te sientes mejor?

—Arruiné la salida.

—Hmm… para mí esto es una salida. —Encogió sus hombros con una diminuta sonrisa—. Aún podemos improvisar.

Afrodita le respondió con un gesto igual, aunque su sonrisa no pudo dejar el rastro de atribulación que se veía en su mirada. No entendía de donde Albiore sacaba tanta paciencia, de donde podía simplemente quedarse allí, como un grueso roble. Sentía que de seguir así sus rosas se convertirían en amarraderas y terminaría usándolo a él de sostén, cada vez que se sintiera desencajado. Aunque tal perspectiva no le agradaba del todo. Era un hombre fuerte, Afrodita mismo se consideraba un hombre capaz. Quizás, pese a eso, le gustaba pensar que siempre había alguien por encima dispuesto a estar a su lado.

Albiore no tenía ni el mejor empleo, ni la mejor carrera, ni siquiera mejor status o posición social. Tampoco era mayor que él. Pero cubría perfectamente la posición de ser alguien… mejor.

Él con Saga no había tenido tanta paciencia. De repente se sintió culpable.

Athenas estaba pasando por una de las crisis económicas más importantes en el último siglo, y eso era visible en la calle. La queja de los ciudadanos en los vagones de tren, en las paradas de buses, las enormes colas en los centros de atención, se había compartido en algo cotidiano. Los grafitis de distintas facciones expresándose en las plazas más emblemáticas, era solo la punta de iceberg. Por esa razón, Grecia había dejado de ser un destino para buscar un futuro. Y sin embargo, él estaba allí.

Habían destinos que estaban escritos con otras tintas, y que no podían evadirse ni siquiera con volver a nacer. A eso los hindúes lo llamaban Karma.

Shaka sacó de su morral mensajero el teléfono, tras llegar a la estación que le correspondía. Caminó entre la multitud con los audífonos puestos y evadiendo a la gente con facilidad. Llamaba la atención, como la llamaría cualquier extranjero en un país que empezaba a considerarlos como culpables de la crisis. Pero no había temor en su andar mientras se escurría entre el tumulto de gente que salía a la calle, con sus ojos cerrados.

El mantenerse de ese modo, ayudaba a poder comprender mejor el alrededor sin distraerse por otras cosas. Era una ironía que años después entendiera porqué de niño le gustaba caminar con los ojos cerrados en la multitud y hasta tenía la facilidad para hacerlo. Había pensado que en alguna otra vida había sido ciego. Esa podría ser parte de una gran verdad.

Sus ojos se abrieron cuando se encontró frente al edificio, una enorme estructura de 18 pisos en pleno centro de Athenas. La zona de Kolonakis pese a la condición socio-económica del país estaba repleta de gente, y era evidente que la mayoría de los que estaban allí eran turistas.

Después de anunciarse y esperar la autorización, Shaka caminó por el pasillo para tomar el elevador hacía el piso al que debía llegar.

—Tardaste. —Fue el comentario que lo recibió al encontrarse en el apartamento. La iluminación estaba opaca. A través del ventanal se podía ver, a diferencia del interior del departamento, la brillante Acrópolis a poca distancia.

Shaka solo saludó y entró cuando le dieron el espacio para invadir el lugar. De nuevo con sus ojos cerrados, se dirigió de forma casi automática hasta el mesón del bar de caoba que tenía el recibo.

—Dije las siete, y faltan cinco minutos. —Acotó a su favor, sacando del bolso mensajero un récipe con medicamentos para dejarlo allí—. ¿Desde cuándo comenzó tu ataque de ansiedad?

—Una semana… dos.

—¿Desde cuándo no tomas los medicamentos?

—Hace tres días.

—¿Cuándo fue tu última ducha?

—Hace 10 minutos,

—¿Antes de eso?

—Mediahora.

—¿Y antes…?

—He tomado doce duchas hoy.

El sonido del agua cayendo dentro del vaso se escuchó como si fuera amplificado por el eco de una cueva. Había silencio, tanto de parte del visitante como del dueño de esa estancia que se mantenía lejos, en la oscuridad, cubierto con una bata. Al llenar el envase hasta el tope, tomó un par de pastillas y se dirigió hasta ese punto donde lo observaban aquellos ojos que no habían perdido la profundidad.

—Hoy de nuevo lo vi. A Afrodita. —El hombre tomó las pastillas y las tragó de golpe. Luego tomó el vaso—. Solo lo vi de lejos. Estaba acompañado.

El hombre se sentó en el sofá más cercano, descansando su cabeza en el mullido respaldar. Las luces lo molestaban, así que sentía una gran comodidad al verse rodeado de oscuridad y solo las pequeñas luces de la ciudad, a lo lejos. Solo por eso, Shaka no encendió las luces de la estancia. Se limitó a regresar sus pasos hasta el bar para dejar el vaso. Luego, tomó de su morral una libreta, para anotar las indicaciones del medicamento.

—Lo interesante, no fue el solo verlo —continuo con su retórica, mientras sentía la mirada afilada desde esa esquina de la sala—. Sino con quien. Tal parece que está aprovechando sus segundas oportunidades muy bien.

Segundas oportunidades. Desde la distancia, el hombre frunció el ceño, mientras miraba la figura esbelta del hombre que había ido a visitarlo, moviendo su mano con gracia sobre el papel. La montura de sus lentes caían suavemente sobre el puente de su nariz, y el cabello permanecía lánguido tras su espalda. Nada había fuera de sitio en él. Nada lo hubo nunca.

—¿Algo que debo aprender?

—Algo que has aprendido, Saga. —Los ojos azules se dirigieron al aludido—. Esto ha sido una oportunidad en toda regla, una oportunidad sin ventaja. Nuestras decisiones ahora están enlazadas recíprocamente con las que tomamos en el pasado. Nos está llevando al mismo camino, ¿hacia qué dirección correremos?

Los pasos de Shaka acercándose con las indicaciones en sus manos sonaron suaves, casi imperceptible en el silencio que inundó la sala. Apenas las luces se quebraban en finas líneas brillantes entre los cristales de las copas colgadas y algunos arreglos de vidrio que reposaban en la repisa. Faltaba más de la mitad de las copas y la mayoría de esos adornos, incluyendo los portarretratos que ya no estaban. Shaka se daba una idea de en donde estarían.

—Tus decisiones también lo están. —Era una pregunta, y al mismo tiempo una afirmación. Saga se quedó mirando los ojos de un hombre que se había negado a ver hasta el final, lo que había sido evidente a ojos de otros. Y sin embargo, esos ojos seguían teniendo la propiedad de atravesar verdades y descubrir… no mentiras, sino tesoros.

Esa había sido la grandiosa diferencia.

—Por eso estoy aquí. —Extendió el récipe, sosteniéndole la mirada mientras observaba como el efecto de los antipsicóticos comenzaban a actuar. Saga parpadeó, se sintió pesado entre las pastillas, la oscuridad, las memorias y la voz de Shaka, que tampoco había perdido esa propiedad.

—Quédate esta noche.

Ese mismo pensamiento se convirtió en un mantra en la mente de Afrodita, conforme veía el acercamiento peligroso de ambas casas tras volver a la residencia. Con sus ojos cansados, miraba el lugar como si, al separar sus manos de las de Albiore, fuera irremediablemente a una noche de insomnio y ansiedad. Tras el encuentro de esa persona la vez anterior, eso fue lo que había ocurrido. No quería más sueños. No quería más sueños con el cadáver fresco de Albiore a la orilla de la playa.

¿Pero cómo decirlo sin verse vulnerable? ¿Cómo pedirlo si lo único que quería era pasar la noche acompañado, sin que se viera alguna invitación sexual de por medio? Tampoco quería lucir desesperado, pero no era una agradable perspectiva darle vuelta a la cama, o despertar con aquella sensación asfixiante y tener que esperar al otro día para volver a verlo y al menos recibir un poco de calma.

—¿Quieres pasar la noche conmigo? —La pregunta no vino de él, quien en su cabeza ya empezaba a ensayar de qué manera decirlo. Vino de Albiore, con su voz gruesa pero entonación dulce que la hacía sentir totalmente sincera.

Afrodita miró a los ojos de Albiore visiblemente consternado por la atinada interrogante. Incluso podría decir que sus ojos gritaban un: sí, ¡sí quiero! Con total desparpajo. Pero lejos de poder responder de ese modo, lo miró como si en ese momento le estuviera dando una salida, un método de escape a una noche fría y angustiosa.

—¿Puedes? —preguntó. Albiore sonrió y acarició su rostro para apartar el mechón celeste de su mejilla.

—Puedo. Iré a buscar mi ropa de dormir y paso por tu casa, ¿te parece?

—No estoy en este momento para sexo… —Maldición, y él sabía que eso no era lo que Albiore buscaba, pero era su necesidad ya programada de armar distancia lo que había hablado por él.

Albiore rió, su risa fue un aliciente para hacerle sentir menos atribulado.

—Sí estuviera invitándote a tener sexo lo haría de otro modo.

—¿Oh sí? —Sonrió nerviosamente—. Algo cómo…

No pudo continuar. Albiore lo había tomado de su cintura y había acortado la distancia con un beso, húmedo, suave, pero profundo. La sensación de aquella lengua dentro de su boca amenazó con derretirle los pies en ese justo instante.

Para separarse, Afrodita tuvo que tomarse del brazo de Albiore para asegurarse de no caer en el momento en que sus labios dejaron de tener contacto.

—Así. Pero no estaba pensando en acostarme contigo, solo quería asegurarme de que pudieras dormir bien… aunque podemos hacerlo si eso asegura que duermas bien.

Eso sonaba muy bien, pero muy a pesar de sentirse ligeramente revitalizado por el beso, estaba seguro que no funcionaría bien en ese momento para hacer nada, y tampoco quería hacerlo de ese modo. No quería forzarse. Sonrió entonces con amabilidad, mientras se soltaban del agarre para volver a sostenerse él solo en la tierra. No iba a despreciar la oportunidad, aún si con ello no garantizaba más que una noche compartiendo el sueño juntos.

—Entonces te espero.

Quedaron en que Albiore iría a su casa, después de buscar su ropa y dejarle alimento a Cefeo, para que no pasara hambre en su ausencia. Afrodita regresó un poco más tranquilo a su hogar. Se dio tiempo de ducharse y cambiarse mientras Albiore llegaba, esperando que al final las cosas salieran bien. Se sentía nervioso, muy inseguro de lo que pasaría tomando en cuenta que jamás había dormido con una pareja sin antes haber intimado, al menos que ya tuviera tiempo con esa persona.

Cuando Albiore llegó, se apresuró a abrirle y recibirlo. Le dijo en donde cambiarse y esperó más nervioso de lo que podía disimular en el borde de la cama, sin saber de qué manera proceder. Albiore salió del baño con un pantalón de algodón y una camiseta blanca, listo para dormir… sin ninguna pretensión especial.

—¿Estás listo? —Afrodita asintió—. Dime, ¿dónde te gustaría que me acostara?

—Siempre me ha gustado el lado izquierdo.

—Entonces iré a la derecha.

Albiore sonrió y rodeó la cama para llenar el lado derecho, tal como lo había asignado el dueño de la casa. Afrodita solo lo miró, expectante, mientras él mismo se deslizaba hacía la cabecera y metía sus pies bajo las sábanas. Comparado a Albiore, estaba menos cubierto, de momento pensó si no sería más apropiado buscarse un pantalón como él, pero desistió de la idea de moverse. Cuando Albiore ya estuvo completamente acostado, apoyó su cabeza en su brazo flexionado sobre la almohada y miró a Afrodita, con una sonrisa pequeña, acogedora.

—¿Vienes?

Afrodita mordió su labio, indeciso en si tomar todo el ofrecimiento por completo, aunque definitivamente el dormir tan cerca de Albiore era una oferta tentadora. Finalmente decidió hacerlo, si algo ocurría, confiaban en que ambos serían lo suficiente adultos como para saberlo manejar en la mañana siguiente. Así que se acercó y al estar a su alcance, Albiore lo jaló con su brazo libre para rodearlo con él y abrazarlo en la cama.

Fue una sorpresa darse cuenta que el sólo latido de Albiore fue suficiente para hacerlo sentir libre de culpas. Y que dormiría plácidamente por ello.

Esa noche, no hubo pesadillas.

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