Insípido (Afrodita x Milo)

Temas: Yaoi, drama.
Personajes: Afrodita, Milo
Resumen: Entendía porque Shaka buscaba la iluminación para dejar de reencarnar. Que fácil era quitarle el sabor a la vida.
Dedicatoria: A Scarletrose por sus bellos arts, el trabajo Cuddling Somewhere inspiró este fic. Para AphroditePiscium PoisonRoses, que siempre me anima con sus comentarios y hace que valga la pena cada minuto invertido en seguir escribiendo. Y a Daga porque su Afrodita ha ampliado mi visión del personaje y amarlo más. Espero les guste.  :heart2:
Comentarios adicionales: Basado en SoG

Insípido

Respirar por otra vez había perdido la emoción. Fue aterrador la primera, confuso la segunda (pensó que ahora sí podía al menos disfrutar de la vida) y la tercera había sido apático, carente de significado y de necesidad. Afrodita estaba cansado para ese momento y se preguntó si acaso habría otro dios, otro peligro, otra guerra en la que necesitaran de sus servicios para luego dejarle el dolor de la muerte una vez más.

Esa ocasión, Afrodita despertó sintiendo nada.

Contra todo pronóstico, esta si parecía una nueva oportunidad. La diosa les había dicho que era un regalo, que los dioses se lo habían permitido, que la vida era ahora un libro en blanco dispuesto a ser reescrito con sus nuevas decisiones, pero Afrodita ya había llegado al punto del desencanto. Estaba cansado de creer en algo y morir. Estaba cansado de sacrificarse para limpiar su nombre y revivir con una nueva oportunidad como si dicho sacrificio no hubiera sido suficiente.

Entendía porque Shaka buscaba la iluminación para dejar de reencarnar.  Que fácil era quitarle el sabor a la vida.

Y allí estaba, mirando los días pasar. Observando las rosas morir y renacer y él allí, clavado y obligado a una vida que ya no tenía sentido.

En momentos, simplemente se iba a caminar mientras observaba las ruinas del santuario juntarse entre la arena, en las áreas de entrenamientos y más allá de los doce templos principales. Había conseguido un lugar favorito, donde el ruido de las voces de guerra, las caídas y los golpes no llegaban. Donde solo la brisa del mar Egeo cargando olivo y sal se apresuraba hasta su rostro y la vista hacia la costa y otros sitios cercanos resultaba encantadora. Ese lugar que había sido el nuevo cobijo de mil reflexiones, mientras Afrodita se determinaba una razón más para no quitarse a vida de forma patética, a ver si así lo dejaban descansar por fin. Ya estaba cansado de muertes heroicas.

Pero ese día alguien había ocupado su lugar secreto, invadido el sitio como si se tratase de una trampa. Afrodita observó la espalda de Milo, quien estaba con la vista puesta en el mar mientras la bota de su zapato pisaba una de las columnas caídas.

Milo… había acabado tan mal con Milo. Afrodita tras el enfrentamiento de Andrómeda lo había evitado. Imagino que seguro se regodeó con su muerte a manos del discípulo de Albiore, y tras esos hechos no habían tenido más oportunidades además que revivir y morir sin siquiera dedicarse una mirada. Lo último que recordaba de él era el odio en sus ojos y el asco en su expresión al declararlo cobarde, ruin, un traidor. Afrodita había recibido las agujas dolorosas con estoicismos, aunque Milo jamás se imaginaría cuanto había dolido.

No podría imaginarlo, porque el sentimiento que había germinado por él durante los últimos años antes de la caída de Saga era genuino y un secreto para todos. Había sido un excelente actor para evitar las miradas encandiladas cuando veía subir a Escorpión en oro, el brillo en sus pupilas cuando lo escuchaba hablar de los entrenamientos y el entusiasmo con él que mencionaba la posible guerra. Tan honorable, tan limpio y honesto, tan contrario a él y sus múltiples pecados. Era cómo el condenado mirando con dulzura la luz del sol.

Milo era eso y más. Un hombre con tal nivel de honor jamás perdonaría su intervención en esa batalla. Afrodita no se arrepentía, pero  sabía que con ello había perdido toda oportunidad (como si está en algún momento existió).

Mirando la figura de Milo, pensó que lo mejor era retirarse. No quería ahora iniciar una conversación dolorosa, aunque quizás esta sería una buena excusa para terminar de tomar la amarga y cobarde decisión de acabar con su vida. Se dio media vuelta, sin decir nada.

―Te estaba esperando. ―Escuchó cuando dio el primer paso y se detuvo. Afrodita se quedó por un momento perplejo, pero logró reunir el valor para al menos girar levemente el rostro, en señal de atender a sus palabras―. Me dijo Shaka que estaría aquí.

“Estúpido Shaka”, pensó. Afrodita hizo una mueca antes de mirarle de reojo, como si no tuviera intenciones de quedarse por mucho tiempo.

―¿No quieres hablar?

―¿Hablar de qué, Milo?

―No sé, de cosas ―dijo con simpleza. Se apartó del escalón y tomó asiento en la pequeña muralla de piedra mientras juntaba sus manos entre sus piernas.

Milo vestía ese traje extraño que habían recibido al revivir en Asgard, y que Afrodita concordó que no había sido el más adecuado para el clima. Como si fuera alguna clase de presagio, él mismo había decidido ponerse el suyo esa tarde.

Se dio la vuelta, enfrentándolo con hielo en la mirada. Un escudo más fuerte que quizás la coraza de oro que había dejado en piscis. Milo le dirigió una mirada tranquila, aunque apagada. Podría decir que dudaba sobre qué pasos seguir.

―¿No quieres sentarte?

―Puedo escuchar desde aquí. ―Respondió tajante. Se cruzó de brazos mientras desviaba la mirada a otro sitio para no ver las expresiones tan transparentes de Milo ni sentirse mal por seguir siendo… él.

―Bien… bien, entonces… hablaremos así. ―Lo escuchó suspirar―. Creo que hay muchas cosas que debía decirte. Tuve que ir a hablar con Shaka porque, bueno, todo esto me resulta extraño. No morí pensando en revivir, y menos si la orden esta vez es un: vivan sus vidas. Ya la vida la viví, o al menos eso siento.

―Me alegra no ser el único.

―De hecho no lo somos, creo que la gran mayoría estamos así. Camus, incluso Aioria…. Pensé que Shaka me diría algo trascendental pero solo lo vi aguantando hambre y esperando el momento en que muera.

―Patético final para la armada principal de la diosa Athena ―dijo con sorna, observando el brillo de las aguas por el sol―. ¿Entonces andan planeando suicidio masivo?

―Claro que no. ―Escuchó el tono de reproche y dibujó una sonrisa burlona, apenas una mueca perfecta del estado emocional que tenía―. Shaka dijo algo que me ha tenido pensando, y es que si quiero morir al menos debería aprovechar antes para resolver mis asuntos pendientes. Aprovechar…

―Y supongo que tienes un asunto pendiente conmigo…

―Sí… ya hablé con Camus, con Saga, con Aioria… con Mu incluso. Y bueno con Shaka. Me faltas tú.

―Soy todo oído.

Menos mal que su mirada era de hielo y estaba acostumbrado a cubrirse con una coraza de indiferencia. Si se hubiera puesto a anidar ilusiones con su llegada, en ese momento seguro estaría sintiendo a su corazón convertirse en arena. O lo que quedaba de él.  Lo miro con la apatía que venía acumulando desde su despertar y el viento pareció acariciarle el cabello para darle una visión más vivaz de lo que era, porque su rostro era de sal: duro, pétreo, sin vida. Su cabello era lo que se movía como bruma.

Milo tardó más del tiempo deseado en empezar a hablar. Dejó que el sonido del agua se filtrase entre ellos, al igual que la danza de los olivos y hasta la tierra que se elevaba como un manto de seda. Extendió el momento, como el sonido de un violín en la cumbre. Dilatando así el dramatismo que Afrodita veía innecesario.

―Creo que solo he hecho gala de mi impulsividad. Y solo he traído problemas con ello. Cada vez que pienso en mis patéticos actos de Asgard, me digo: Milo, no aprendes. En vez de ser un guerrero, he sido un niño, y ha provocado que muchas personas tuvieran que ir a salvarme.

―Y supongo que todo esto es para hablar sobre lo ocurrido en Andrómeda. ―Soltó, impaciente. Milo levantó la mirada y le sonrió con cierta condescendencia, como si le pidiera tiempo para su verborrea.

―En parte. Es decir, tenía que aclararme muchas cosas. Y entender muchas otras.

―Si viniste a disculparte para sentir que ya tienes una cosa más tachada en tu lista de deberes, está bien. Perdonado. ―Su tono traía el cinismo tatuado, y su expresión no cambió. Era imperturbable, carente de emotividad ni empatía por las palabras de Milo. Este le miró por un momento, un tanto descolocado por la forma en que se estaba dando el momento. Frunció su ceño y mordió el labio en un gesto que se le antojó infantil a Afrodita.

―No solo vine a disculparme. ―Se levantó. Afrodita se preparó mentalmente a cualquier forma de represión que quisiera usar Milo ante su actitud―. Esto está siendo difícil para mí, ¿quieres ayudarme un poco al menos?

―Está bien, ¿cómo quieres que te ayude? ―Optó por el sarcasmo―. ¿Me quedo callado hasta que acabes o…?

Afrodita quiso convencerse que fue más rápido que la luz. Tuvo que serlo para no verlo venir, para no apartarse, para no hacer algo para evitarlo. Milo se acercó y rozó sus labios en un toque raudo, brusco. Los sorbió apenas lo suficiente para hacerlo temblar y mover su pie derecho hacia atrás para sostenerse. Sus ojos se habían abierto más de lo esperado, observando a Milo y su rostro de nerviosismo y malestar que era tan claro desde esa distancia.

Sintió que se le había cerrado el estómago como un puño. La mandíbula se mantuvo trabada y percibió que había dejado de respirar. A ese punto su rostro se había enrojecido, más no podía estar seguro de sí era rabia, frustración, o la más pura vergüenza.

―Puedes golpearme si quieres, insultarme o burlarte. Está bien, lo acepto. Sé que siempre me has visto como un niño, que aunque intenté mostrarte que no lo era, nunca dejaste de verme como un niño.

―¿Intentaste?

―Durante mucho tiempo. Cuando subía a tu templo a hablar, cuando te comentaba los entrenamientos… Pero nada valió porque siempre me viste como un niño. ―Afrodita intentó decir algo a su favor―. ¡Y está bien! He demostrado que aún lo soy. Que aún actúo por impulsos y no puedo ver lo que pasa alrededor. Me enojé… no, me enfurecí mucho cuando interviniste en la isla porque me hiciste ver lo preparado que no estaba para la guerra.

Afrodita tragó grueso, aún presa de la completa perplejidad. Milo hablaba acelerado, como si el aire no fuera necesario para seguir sacando todo lo que tenía dentro.

―Estaba enojado, frustrado y decepcionado de mí mismo. Pero la verdad es que no quería admitir que la batalla se estaba saliendo de mis manos y que cefeo podría haberme matado si daba un paso en falso. No quise hacerlo, y esa era la verdad. Cuando reviviste por hades, tuve miedo. Tuve miedo de enfrentarme a ti y a Camus porque sabía que no iba a poder. No por voluntad propia, necesité que Shaka muriera para sentirme tan lleno de ira como para atacar a mi mejor amigo. Pero no, no iba a poder hacerlo por cuenta propia. Y luego en Asgard…

Milo calló. Apretó sus puños. Afrodita separó sus labios aún atrapado por la sorpresa y sobrecogido por una cantidad innombrable de emociones.

―Hice lo mismo. Y tú, hiciste lo mismo. Engañaste al enemigo, te ocultaste, le venciste en un movimiento que jamás habría previsto. Hiciste lo mismo joder, me demostraste una vez más porque tenías que intervenir en la isla. Por qué tenías que hacerlo…

―Sigo atorado en la parte de: te vi como niño… ―musitó, perplejo. Necesitaba organizar sus ideas, entender que había buscado Milo con toda esa retahíla antes de formarse falsas esperanzas. Milo lo miró, como si hubiera sido obligado a frenar su impulso. Mantuvieron la mirada un momento sin decir nada, ni saber exactamente qué era lo mejor para romper el silencio.

―Me gustas. O me gustabas…. O me gustaste. Ya no sé, esto es raro.

Oh por Dios…
Afrodita necesito sentarse. De hecho lo hizo. Se sentó en la fila de piedras del camino y se quedó en silencio pasando una mano temblorosa por su rostro y tapando sus labios con ambas palmas con la mirada perdida en el suelo. Milo ocultó sus manos en los bolsillos, apretando sus labios.

―No sé… ―continuó―. No sé ya si aún, es decir, siento que hemos vivido mil vidas más desde lo ocurrido en Andrómeda. ―Afrodita tragó grueso, pasmado. Levantó la mirada derretida del hielo que ya no podía ser. Era tan brutalmente honesto―. Pero me gustabas mucho antes de eso. Y no hallaba como llamar tu atención y demostrártelo.

¿Qué se supone que tenía que hacer con eso? ¿Qué esperaba Milo de él después de semejante confesión? Era la cosa más triste y hermosa que había vivido, la confesión más perfecta y al mismo tiempo injusta. La exacta conjunción entre la esperanza y la rendición.  El silencio se convirtió en algo necesario. Milo incluso se ató a él antes de sentarse a su lado sin procurar contacto.

―Pensé que te burlarías al decirlo. ―Tragó con dificultad. Afrodita no era aún capaz de verlo, superado por todo lo que se derretía dentro de él en una mezcla amarga―. Que me dirías que soy un idiota.

―Eres un idiota. ―Susurró y Milo soltó un suspiro―… Te equivocas, nunca te vi como un niño. Te vi más bien como un guerrero demasiado honorable como para procurar la ventaja en un combate. Pero no un niño.

―No es honorable salir corriendo tras un amigo en vez de buscar aportar para la guerra.

―Nadie sabía lo que estaba pasando, Milo. Mientras estabas tras Camus yo estaba tras Deathmask fingiendo vivir y disfrutar la buena vida. No estábamos muy lejos a decir verdad.

―Sí… ―Milo sonrió con tristeza, mirando la sombra que se creaba en sus zapatos―. Entonces… solo quería disculparme por todo lo que te dije ese día.

―No tienes porqué, todo lo que dijiste era verdad. Fue cobarde, ruin, un ataque a traición.

―Para salvarme… como hiciste en Asgard para salvarnos. Y queramos o no, Cefeo en ese momento era nuestro enemigo. Independientemente de sus ideales, tenía que verlo como mi enemigo. Además… mi enojo era más por sentir que me tratabas como un niño y mis intentos para ser visto de otro modo por ti fueron en vano, que por el hecho de que él muriera…

Afrodita no pudo decir nada. Para ese punto se sentía sobrado de emociones, sin espacio para siquiera hablar. Volvió a tragar lo que parecían piedras mientras contenía la humedad en sus ojos. Se sentía tan dulce y triste, como saborear chocolate mientras se llora.

Milo entonces buscó el contacto. Posó su mano sobre el hombro, lo miró con suavidad y apretó como si buscara consolarlo. Pero la mano de Milo no se quedó allí, sino que se movió. Acarició hasta su cuello, atrapando cabellos a su paso hasta estacionarse en su oreja. Afrodita le miró de reojo, con sus labios entreabiertos y temblando, en busca de entender el porqué de ese contacto. Milo no podía estar seguro, solo que necesitaba sentirlo un poco más cerca. Porque parecían que las piezas estaban pero no se terminaban de complementar.

Suspirando, acogió la cabeza de Afrodita en su hombro mientras se apoyaba sobre él, pasando sus brazos por la baja espalda y quedándose allí, en silencio. Su corazón latía en la cabeza y podía escuchar el eco que se expandía a cada lado de su cuerpo, como una fuerza corrosiva e inevitable. Afrodita olía a rosas, pero era un olor muy sutil atrapado en su cabello. Afrodita en cambió olía el olor maderoso que Milo usaba en su perfume, un olor tan añorado, como si hubieran pasado décadas desde la última vez.

Tenía razón Milo al decir que se sentía como si hubieran pasado vidas. Aunque nunca hubo un abrazo así, el calor que vivía cada vez que Milo subía al templo se había perpetuado como un recuerdo que ahora volvía a tener todos los colores de la paleta.

Afrodita pasó su brazo por sobre el hombro de Milo, para apegarse más a él y corresponder su abrazo. Se sintió apretado, como si su cuerpo no fuera suficiente para contener el sin fin de emociones que se anidaban, una sobre otra, chocando como las ondas sobre la superficie. Tragó con dificultad y se permitió cerrar los ojos, simplemente dejarse maravillar por lo perfecto del momento aunque se sentía un consuelo para su corazón.

Se habían necesitado tres muertes para eso. Se había necesitado cuatro vidas. ¿Acaso necesitaría una más para tener el valor de responder aún sin la certeza de que el sentimiento permaneciera?

Entonces lo decidió. Movió su cabeza para respirar contra la oreja de Milo antes de atrapar su lóbulo entre sus labios. Saboreó el temblor de su cuerpo y soltó su aliento atribulado contra la húmeda piel. Milo se removió, buscando una pequeña distancia para mirarle a los ojos. Al hacerlo encontró en Afrodita el brillo sutil de la amenaza.

―¿Qué haces? ―preguntó sin aliento. Sus ojos brillaron al mismo ritmo con el que Afrodita lo miró.

―Hago trampa… ―Apretó la distancia y suspiró contra sus labios―, y tomo ventaja.

Afrodita tomó sus labios deshaciendo los centímetros que quedaban entre ellos y enfrentando la resistencia, que fue tan nula y pobre  que al momento de sentir la respuesta de Milo, Afrodita saboreó la dulce victoria. Se volcó contra él, con fuego, con sangre, con deseos acumulados de cien vidas. Sin detenerse a pensar en los significados, ni en el mañana, ni lo que quedaba de sus sentimientos atemporales, guardados como baratijas que adquirieron valor con los años.

Ese era el sabor de su nueva vida.

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